Fedro Carlos Guillén Rodríguez, nació en la Ciudad de México el 17 de octubre de 1959. Es escritor, científico y novelista mexicano. Es doctor en ciencias por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Ha sido candidato a investigador nacional en el Sistema Nacional de Investigadores y es egresado del Programa de Estudios Avanzados en Desarrollo Sustentable y Medio Ambiente de El Colegio de México. Actualmente es profesor en la licenciatura de Sustentabilidad Ambiental en la Universidad Iberoamericana Campus Santa Fe.
Obtuvo la beca de la Rockefeller Foundation para el programa Leadership for Environment and Development en el Colegio de México. En 2012 obtuvo el tercer lugar a la mejor novela en el Certamen Internacional de letras Sor Juana Inés de la Cruz.
El autor conversó con Poetripiados acerca de varios temas como su niñez, los procesos creativos, la inteligencia artificial, sus trabajos literarios y su vida diaria.
—Me gustaría empezar pidiéndote que me platiques cómo era el niño Fedro, cómo fue tu relación con tu padre y cuándo te diste cuenta de que la ciencia y la literatura eran lo tuyo.
Bueno, yo era un niño muy tímido, muy introvertido y, de hecho, muy bulleable. Cambié mucho de carácter cuando llegué a la adolescencia, pero durante mi infancia fui sumamente tímido. La relación con mi padre era muy buena. Era un tipo muy listo, muy simpático. En ese sentido, tuvimos una gran relación.
También recuerdo que, cuando éramos niños, nos llevaba a dejar sus colaboraciones al periódico. Recuerdo cómo jugábamos tenis de mesa con él mi hermana Diana y yo. Era un buen hombre. También nos llevaba a ver los nacimientos que Carlos Pellicer instalaba en su casa de Las Lomas. Además, Pellicer recitaba poesía mientras el nacimiento se iluminaba; era algo muy bonito.
Entonces sí, considero que la relación que tuve con mi padre fue muy buena.
Y lo otro, pues no. Fíjate que nunca tuve una vocación literaria. Yo escogí la ciencia; eso fue lo que me atrajo. Fui un escritor absolutamente tardío. O sea, no sabía que sabía escribir. Alguna vez, cuando tenía treinta años, se publicó mi primer texto. Se me ocurrió como una puntada: escribí un artículo sobre los problemas que acarrea llamarse Fedro y no Pedro. Fui a Uno más Uno con un criterio ligeramente idiota: era el periódico que estaba más cerca de mi casa. El editor en aquel momento se llamaba Huberto Batis y tenía fama de ser muy malhumorado. Vio mi nombre y me preguntó: “¿Eres hijo de Fedro?”. Le dije que sí. Entonces me respondió: “Déjame lo que trajiste”. Yo se lo dejé sin la menor esperanza.

El miércoles siguiente me habló mi madre para decirme que habían publicado mi artículo. A partir de ese momento empecé a escribir semanalmente en Uno más Uno. Luego me fui a El Búho de Excélsior y la mayor parte de mi carrera como articulista transcurrió en la sección cultural de El Financiero, con Víctor Roura. Ahí publiqué durante alrededor de catorce años de manera semanal. Una cosa llevó a la otra. Me hablaron de Editorial Paidós para pedirme un libro para una colección que estaban armando, llamada Amateurs. Era una colección interesante porque le pedían a gente que escribía que hiciera un libro sobre su afición, no sobre aquello en lo que era experta.
Entonces escribí un libro de cine que se llama La sala oscura. Funcionó muy bien y después me pidieron otro. Propuse Crónica alfabética del nuevo milenio, una especie de alfabeto de las cosas emergentes, como el chat, el celular, etcétera, muy en mi estilo. Yo uso la ironía con mucha frecuencia.
Eso fue evolucionando. Empecé a escribir cuento, a buscar nuevos caminos y, si no recuerdo mal, en 2008 escribí mi primera novela, Soñé con Rocío Dúrcal, que me publicó Random House. Y bueno, a la fecha tengo treinta y tantos libros publicados, sin haber tenido nunca la pretensión de convertirme en escritor.
—¿Tuvo que ver que hayas sido hijo de Fedro Guillén o tú ya traías eso de la escritura?
Mi padre era ensayista; jamás escribió ficción, y yo quise superar eso. Creo que crecí en un ambiente intelectualmente muy activo, aunque lo dimensioné ya un poco mayor, cuando me di cuenta de que los amigos de mi padre se habían convertido en nombres de calles, puentes y escuelas. Era gente muy ilustre.
—Hablando de tu formación profesional: esa relación entre la imaginación y el pensamiento científico, ¿cómo las combinas?
Fíjate que hay tres elementos, sobre todo en la ficción y particularmente en las novelas, que tienen que ver con tres pasiones mías. Uno es la ciencia: todo lo que leas en una novela mía es rigurosamente exacto. Estoy entrenado para investigar información. En mis cuatro novelas hay una mezcla de tiempos, de presente y pasado, y eso tiene que ver con mi pasión por la historia. Y, nuevamente, cualquier dato histórico es riguroso.
Y finalmente, el aspecto literario consiste simplemente en tener una historia y saber contarla. Esa es la gracia de escribir. Hay quien tiene esa capacidad y hay quien no la tiene. Yo estoy tranquilo y contento con mi trabajo. Además, tengo una agente literaria, Verónica Flores, que es quien mueve mis libros.
—¿Crees que la ciencia te ha ayudado a crear tus novelas?
Pues te pongo un ejemplo. Tengo una novela que se llama La carta secreta de Darwin, basada en una anécdota previa a la publicación de El origen de las especies. Esa novela no hubiera podido escribirla sin los conocimientos científicos que tenía. Y, por otro lado, estoy entrenado para mantener el rigor en la información que presento, una característica propia de la ciencia.
—¿Piensas en la gente que te va a leer cuando estás escribiendo?
No conozco al noventa por ciento de la gente que me lee; no sé quiénes son. A veces recibo comentarios o respuestas a mi trabajo, pero en general no conozco a mis lectores. No pienso en ellos mientras escribo. Pienso en provocar algo en un lector. Si yo estoy contento con lo que escribí, espero que la gente se sienta igual, que perciba que está recibiendo algo que le aporta.
Me gusta hacer pensar, pero no es un objetivo. No me considero un didacta ni alguien que dé lecciones. Me gusta que la gente reciba lo que hago y que le guste, le atraiga, le enganche, pues. Por ejemplo, con Soñé con Rocío Dúrcal hubo gente que casi me mentó la madre, porque toda la novela es un misterio que gira alrededor de un objeto perdido durante la Segunda Guerra Mundial, relacionado con los nazis, y al final nunca digo cuál era ese objeto.
—¿Y por qué Darwin?
Es una anécdota que poca gente conoce. Darwin batalló mucho para publicar El origen de las especies. Llevaba entre quince y veinte años trabajando en esa teoría y era muy puritano, muy gazmoño. Tenía miedo de la reacción de la Iglesia. Entonces no se animaba y no se animaba.
Había un naturalista en el archipiélago malayo llamado Alfred Russel Wallace, quien le había preguntado qué pensaba sobre el tema. Darwin le respondió que no podía explicárselo en la extensión de una carta. Sin embargo, un día Wallace escribió un ensayo y se lo envió a Darwin, y ese ensayo contenía la teoría de la evolución.
Entonces Darwin se asustó y dijo: “Perdí la prioridad. Las palabras de Wallace son las mías propias. Yo no le di ninguna información; o sea, la teoría es de él”. Pero al final hicieron algo chueco y el crédito se lo llevó Darwin. Todo el mundo sabe quién es Darwin y casi nadie sabe quién es Wallace. Ahí había una novela. Y yo conocía esa historia porque soy biólogo.
—¿Crees que la literatura todavía puede cambiarnos el pensamiento?
Yo creo que sí. Hay libros que son muy influyentes, que te pueden hacer reflexionar, cambiar, pensar. Yo leí un libro que se llamaba La historia de San Michele, de Axel Munthe, que me cambió mucho la manera de entender la bondad en el ser humano. Sí creo en el poder literario de un libro como elemento de transformación.
—¿Se lee menos hoy que antes?
Yo creo que se lee igual, y no creo que se lea mucho. La lectura no es un pasatiempo favorito de mucha gente, sobre todo ante la emergencia de opciones que la sustituyen. Hay cosas absolutamente pasivas que pueden resultar más atractivas: una serie, una película, hacer deporte. Y sí creo que se lee poco, pero no sé si menos.
—¿Cómo es un día ordinario en tu vida?
Yo soy muy flojo. Tuve un trabajo fijo, fui funcionario público muchos años, y cuando dejé de serlo cambió mi rutina por completo.
Despierto a las 7 u 8 de la mañana. Los viernes hago radio, hago divulgación científica en Radio Ibero, desde hace muchos años. Una vez que hago eso, reviso mis pendientes. Luego escribo un rato. Escribo diario, eso es de ley. No siempre me quedo contento con lo que escribo; lo borro, lo reviso y digo: «No, pues no salió». Luego me voy al gimnasio. Y en la tarde tengo tardes muy fijas: todos los martes y los viernes juego dominó, y todos los jueves tenemos una tertulia. La armé en agosto de 2020, en plena pandemia: reuní a un grupo de amigos, somos como ocho o nueve. Cada quien trae lo que va a tomar, yo pongo hielos, refrescos, mi jardín, y en la pérgola nos sentamos a platicar. Un ejercicio del siglo XIX que funciona de maravilla.
—¿Qué te preocupa más del mundo actual?
Híjole, pues motivos hay. Me preocupa la inequidad, la falta de talento de nuestros gobernantes, la corrupción, la falta de cultura política de nuestro país. Creo que es un país profundamente manipulable y eso me preocupa mucho.
Justo ayer lo discutíamos en la tertulia. Mi explicación es: tú crees que el país es como tú. El país no es como tú. El señor que me ayuda en el jardín no tiene tus prioridades ni tus estudios. Pensar que todos deberían pensar como uno es arrogante y absolutamente erróneo.
También me preocupa que les vaya bien a mis hijos. María es editora en la revista Nexos, escribe ensayo y está haciendo una novela. Escribe a todo dar. Y Fedro está acabando el doctorado de matemáticas en Alemania.

—¿Te preocupa la inteligencia artificial?
Hoy hablé de eso en la radio. Hay un estudio en el que a dos mil personas les hicieron afirmaciones para ver qué opinaban sobre el sentido común. Resultó que el sentido común no es tan común, y que la inteligencia artificial no tiene la experiencia, la vivencia, la anticipación de un ser humano. Un ejemplo: una taza de café también sirve para servir té, se rompe si cae al piso, pero no sobre una alfombra, no está contenta ni triste, no participó en la Revolución Francesa. Esa serie de pensamientos es profundamente humana.
Estoy ligeramente escéptico a que esta complejidad de historia de vida se pueda resumir a través de inteligencia artificial. Creo que es una herramienta valiosa, no tengo problema con eso. No soy un viejito que da de bastonazos porque hay avances. Pero creo que está sobrevaluada y lo que tenemos que hacer es adaptarnos, vivir con eso. Como empezamos a vivir con internet, con Wikipedia, con Google. La adaptación a los adelantos es un reto, pero no hay que tenerle temor.
—Como científico, ¿crees que la especie humana es un fracaso?
No lo hemos hecho muy bien. En realidad, lo hemos hecho muy mal. Nuestra capacidad de transformación del planeta es brutal. Carl Sagan tenía una iniciativa muy ingeniosa: dividió la historia del universo en un calendario de un año. Si el universo nació el primero de enero, los dinosaurios aparecen el 24 de diciembre. El ser humano aparece el 31 de diciembre. Llevamos bien poquito tiempo aquí y ve el desmadre que armamos.
—No hemos entendido bien la vida ¿Tú cómo entiendes la vida?
Yo creo en el humanismo. Vivimos en una sociedad profundamente egoísta, en la que parece mejor estrategia valerte por ti mismo que ver por los demás. Creo que la urbanización deshumaniza mucho y no me veo con las herramientas suficientes para hacer algo al respecto. Mi único antídoto son mis amigos, que tengo un montón, que los quiero mucho y me quieren mucho.
—¿Qué piensas de las mafias literarias?
Me parece que son mafias y lo digo en el sentido más negativo que puedo. Es gente que se publica entre sí, que se dan premios entre sí, súper gremial, que pelea con otros grupos. Yo, como escritor, no me considero miembro de ningún grupo ni lo quiero ser. Tengo amigos escritores, muchos, pero hay grupos muy consolidados. Y sé de buena fuente que hay premios que ya están dados de antemano. Eso forma parte de este sistema mafiosón.
—¿Quiénes son para ti los escritores vivos más importantes en América Latina?
Me gusta mucho Padura, es probablemente de mis favoritos, y me gusta mucho su personaje literario, Mario Conde. Me gusta Fadanelli, no mucho, pero me gusta. Me gusta mucho Villoro. Y en cuanto a mujeres: Mastretta lo hizo muy bien en un libro en específico. Me gusta mucho Valeria Luiselli, es formidable.
—¿Qué te da esperanza?
Hay gente que está haciendo más cosas que yo por resolverlo, gente muy entregada que ha dedicado su vida a eso. Me da mucha esperanza que haya quienes están luchando para que esto no se vaya al diablo. Y me anticipo a decir que no es mi caso. Yo soy más cinicón.
—¿En qué estás trabajando actualmente?
Soy socio en una casa productora que se llama Circo Azul TV. Acabamos de levantar, para la Comisión Nacional Forestal, testimonios de mujeres de ejidos en Michoacán y Oaxaca con un proyecto de plantaciones forestales que se llama Green Next. También doy talleres de divulgación del conocimiento a investigadores del Tecnológico de Monterrey.
Fedro ha publicado las novelas: La traición de Bertrand. Ed. Consejo editorial Edo Mex, primera edición, 2013.
Soñé con Rocío Durcal. Ed. Random House, primera edición, 2009.
La carta secreta de Darwin. Ed. Storyside, primera edición, 2019.

