Gabriel Impaglione nació en Villa Sarmiento, municipio de Morón, provincia de Buenos Aires, Argentina, el 15 de enero de 1958. Es poeta, periodista y narrador, argentino-italiano. Ha traducido a poetas latinoamericanos al italiano y a poetas italianos al castellano. A su vez, ha sido traducido al portugués, italiano, sardo, francés, catalán, gallego, inglés, rumano, turco, ruso, y búlgaro, y ha sido distinguido con diversos premios como poeta y periodista.
Se le ha publicado en innumerables revistas literarias de diversos países, electrónicas y en papel. Escribe y colabora con sitios de contrainformación sobre temas de geopolítica y actualidad.
Actualmente reside en Italia.
La poesía como experiencia vital, la gestión cultural independiente y la defensa de una palabra crítica atraviesan esta conversación con Poetripiados con el escritor que ha hecho de la literatura un territorio de encuentro y resistencia.
Desde el origen de Palabra en el Mundo hasta sus reflexiones sobre traducción, política, Europa y América Latina, la entrevista ofrece una mirada lúcida, inconforme y humanista sobre el presente, la cultura y los desafíos de escribir en época dominada por el ruido y la inmediatez.
¿Cómo entró la poesía en tu vida? ¿Había ambiente literario en tu ciudad natal?
No. Los ambientes literarios aparecen muy después, cuando ya la poesía hizo su trabajo de topo fantástico abriendo túneles en los espacios en blanco.
No siempre llega con una ronda de lectores en un salón, un panel de avisados, la conferencia magistral o el aula. Está en el aire. Es la gente y su historia y su presente y su futuro. Está en las calles de tierra y por los pavimentos gastados de pies descalzos, está en el agua de mano en mano en los mediodías luctuosos y bajo los brotes del verde en todas partes. Creo que desde estos lugares me habló al oído.
Si bien tenía familia lectora, bibliotecas y sobremesas de ciencia y cultura, la poesía me tocó en la calle. Desde muy pequeño me acostumbraron a ir a la cama con un libro para desentrañar antes de dormir. Muchos fueron de poesía, a veces o casi siempre no entendía nada, pero leía con entusiasmo. Así se aprenden los idiomas. No se comienza con gramática, sintaxis y conjugaciones, todo inicia con una familiaridad que nos deja con la boca abierta. Sonidos que abren nuevos horizontes. Tal vez este sea el primer impacto: la familiaridad. Luego llegan los libros que estimulan la reflexión. Me pasó en la temprana adolescencia con Elvio Romero, el poeta paraguayo, sus “días roturados” que hablaban del pueblo guaraní y sus enormes pesares. Comencé a “ver” los poemas entre los inmigrantes que vivían en las periferias de mi ciudad, entendí a los niños descalzos y las casas levantadas a puro combate contra la injusticia; viví intensamente las experiencias de mis amigos y sus familias, y también supe dar un nombre a las tristezas de mi casa. En todo ello hablaba la poesía, no solo en los primeros encantamientos de aquella edad, en el misterio y la dimensión de un mundo que lentamente se ensanchaba, en los peligros y cada remanso de siesta y las horas furibundas de un país bajo el tormento de dictaduras y mezquindades. Otros tiempos. Las canciones tenían una letra, las charlas presentaban preguntas y noticias, la sociedad leía diarios en el tren, libros, discutía sobre el ahora y aquí.
Comencé a responderme. La realidad no tiene esas pompas de jabón tornasoladas que encantan a los cultores de lo aparente. Comencé a contar aquello con lujo de detalles y la convicción prepotente de quien no sabe. Advertí palabras que significaban otra cosa y unas mezclas de vocabulario que daban otros colores. La poesía (o aquello que fue una protopoética que me hizo gastar biromes y papeles), en silencio, estrenó su camino en cuadernitos manoseados que se apilaron como si una urgencia de dar testimonio los atesorara.
No asistí a cursos o clases magistrales, solo leía, escribía, trataba de entender el mundo y los confines. Ya estaba en mí, haciendo su trabajo paciente.
No frecuenté círculos literarios, sencillamente conocí poetas con los que hablaba de cualquier cosa, de política, de historia, de otros mundos posibles e imposibles. Cada tanto un poema, tal vez un consejo que entendería después. Y nuevos poemarios, hojas sueltas, revistas literarias, suplementos culturales.
Llegó, como lo más natural del mundo. Lejos de aburridas autocelebraciones y avalanchas de citaciones y diplomas. Como debe ser. Como es.
Platícanos un poco sobre cómo surgió la idea de Palabra en el Mundo, el festival de poesía más grande y simultáneo en decenas de países.
Con mucho gusto, Fidelia. Junto a Tito Alvarado integramos la comisión internacional del Festival de La Habana y, a la distancia, pensamos que una forma de apoyar el encuentro (y colaborar contra el infame bloqueo norteamericano a la isla) era organizar lecturas simultáneas en donde fuera posible para integrar esos grupos al programa general y hacer aún más ancha la celebración poética. Lo hablamos con Alex Pausides, presidente del festival cubano, y no solo acordó, también se entusiasmó.
Tito representaba al Proyecto Cultural Sur y yo participaba desde la revista Isla Negra, que entonces ya tenía presencia masiva en el ambiente poético.
No recuerdo cuántas actividades se lograron ese primer año, creo que fue el 2005, pero sí recuerdo que fueron tantas como para estimular la continuidad de la experiencia. Fue inédito y exitoso. Al año siguiente comenzó Palabra en el Mundo, codo a codo con La Habana, pero ya de manera independiente. El objetivo desde el inicio fue abrir espacios de encuentro a través de la poesía, estimular la reflexión crítica, promover artes y culturas, tender puentes fraternos. La sociedad de consumo cerraba puertas, exigía individualismo, marginaba las labores creativas.
Así fue como en 2006 coordinamos los tres la primera patriada con cientos de actividades y una veintena de países integrados. Nunca se detuvo. Llegamos a producir entre todos cientos de reuniones, pequeños y verdaderos festivales de poesía, fiestas culturales multidisciplinarias que integraron versos con danza, música, teatro, títeres, cine, artes plásticas, medios de comunicación, acciones sociales y solidarias, abordajes educativos, conferencias, debates y paneles de pensamiento crítico. Cada año se renueva desde la gente, hay novedades, búsquedas, propuestas que involucran a miles de personas. Uno de los programas más extensos llegó a casi doscientas páginas de datos básicos sobre convocatorias en más de 50 países.
Se trata del festival de poesía más grande del planeta. Esto no quita nada a nadie ni agrega medallas. Cada organización cumple un papel fundamental e importante en nuestra sociedad mundial, nosotros agregamos en equipo el movimiento que muchas veces no se circunscribe a todo el mes de mayo, sino que se extiende en el año otorgando continuidad a la promoción de las culturas y los trabajos por la paz.
En 20 años han sucedido muchas cosas. Es imposible sintetizarlo. Con Tito y Alex coordinamos el inicio, pero paulatinamente la necesaria centralización organizativa –y sobre todo difusora– creció, se enriqueció con personas que maravillan por su poder creativo y la voluntad constructora que nos contagian. Pero, dentro de Palabra en el Mundo no hay presidentes ni propietarios ni jefes de nada, somos una ronda muy grande que convoca a la ronda infinita.
Creo que un valor esencial que atesora Palabra en el Mundo es la coherencia por mantener el horizonte de objetivos, sin intereses de lucro ni honores individuales, y el esfuerzo por multiplicar “en todas partes” el reencuentro entre seres humanos que comparten un mismo fin: el futuro de todos los hijos en un planeta posible.
¿Qué diferencia ves entre la escena de gestión cultural independiente en Argentina y la que encontraste en Italia?
Tal vez en Italia se destinen o consigan más fondos para infraestructuras y organización. Existen programas italianos y de la Unión Europea con estos fines y eso energiza la actividad institucional, pero no alcanza. No obstante, es una diferencia que “hace diferencia” en la comparación.
La calidad, profesionalismo y capacidad creadora y de trabajo no se inclina por uno u otro. Tanto en Argentina como en Italia existen iniciativas excepcionales con apoyo económico o sin él, como así también actividades autocelebratorias que significan un despilfarro grotesco de dinero y energías.
Sí que emociona en un país que carece de políticas de Estado fuertes, decisivas, para con la cultura, el trabajo de asociaciones y grupos que, sin contribuciones directas y a pulmón, son capaces de hacer historia. Argentina merece mucho más en este punto. Merece un debate nacional, merece leyes concretas y fondos del presupuesto anual, pero… con el actual desgobierno –como con tantos otros que pasaron– da la sensación de que hablamos de utopías. (Se han cortado de cuajo fondos para la actividad cultural en los últimos tres años y esto implica un retroceso demencial).
Debemos partir de la base que un programa de acción cultural no debe tener como único objetivo la recreación, sino el desarrollo crítico de la sociedad.
Deberá llenarse el Congreso y la Casa Rosada de representantes con alto sentido de la masa crítica y los deberes para con el futuro de todos. Soy pesimista.
– Dijiste en una entrevista que el traductor debe «pasar inadvertido» frente al original. ¿Cómo se concilia eso cuando los idiomas pueden llegar a ser tan distintos?
No sé. Es un arte. Un trabajo arduo de vasta complejidad. Creo que la parte más difícil de la tarea es que la persona que traduce sepa hacer el esfuerzo necesario para dejar su ombligo a un lado.
No es importante en una traducción aquello que sugiere, aquello que ha inspirado, aquello que interpretó el traductor, sino lo que escribió el autor.
No siempre el autor mantiene las riendas del texto en las traducciones.
¿Qué lugar ocupa hoy, para ti, la poesía política o de denuncia frente a un mundo que parece cada vez más indiferente a la palabra escrita?
Es que la poesía no vive encerradita en un palacio de espejos. Ya lo quisieran muchos. Ella respira en lo cotidiano, se nutre de la realidad. Me interesa fundamentalmente la realidad. Este aquí y ahora es mi tiempo. La poesía asoma sus preguntas y me permite unos pocos balbuceos para contar qué pasa. Ocupa el lugar que ocupo.
Lucho para que mi espacio mantenga el aire necesario en este ambiente de ahogo y contaminación. No solo digo perversión, codicia, prepotencia. También digo estupidez. Abunda en veredas, redes y oficinas públicas. La estupidez es el resultado de la aplicación de políticas que estrechan el pensamiento crítico y manipulan la realidad. La estupidez ha ocupado las cumbres dirigenciales que otrora la usaron para disciplinar. Ha llegado a círculos “intelectuales” venales que abogan por la cancelación de la memoria y la rescritura de otra historia. Cae por los bordes de los chats, los posts, y toda esa iracunda estampida de escasas palabrejas al tono de los grandes enunciados que muchos copian y redistribuyen como verdades reveladas.
No es –la estupidez– un fenómeno exclusivo de este siglo XXI, sucede que la masificación de la ilusión de “estar comunicados” la ensancha. Hay mucho ruido, no hay información, es todo confuso. Ruido que se cambia por noticias y reflexiones que duran lo que un aleteo de mariposa.
¿Lectura? No. Consumo barato de una presunción que está muy lejana de la cultura. Cualquiera cree estar informado porque repite con aire escolar las cinco noticias del día que leyó, manoseadas, en internet. Con cinco noticias basta para dar cátedra de geopolítica, historia o sociología. También sucede que, con cinco versos, brotan poetas célebres de todas partes.
Es el consumo y sus diktat: obtienes suceso personal o fracasas, y, por tanto, quedas marginado. Mucha gente quiere su diploma, su foto ante los reflectores, su anticipado paso a la inmortalidad, y no se detiene ni ante el peligro del grotesco personal.
Esta era de la estupidez es antipoética. Se reproducen velozmente los “artistas” y poetas que usan mecanismos de IA para componer versitos. La decadencia adquiere una velocidad inusitada.
Lo terrible es lo que vendrá. Por cuánto, cómo y qué se lee, no hay muchas esperanzas.
¿Cómo definirías tu propia poética, si tuvieras que resumirla en una idea?
No la definiría. No me interesa definirla. Lo hacen o lo harán mucho mejor los lectores.
Desde Europa, ¿cómo se ven los problemas de América Latina?
Poco es lo que ve Europa de América Latina. Las mayorías se quedan con las rarezas folclóricas y cierta iconografía que no ayuda a entrar en detalles porque, tampoco a los europeos, les interesan los detalles.
No se conoce la historia ni la actualidad latinoamericana. ¡Ni hablar de cultura! ¿Libros? ¿Autores? Con tres nombres podríamos cubrir todas las expectativas del dominio de los europeos sobre asuntos literarios y artísticos latinoamericanos. Pasear por estas librerías es cosechar noes. Puede conseguirse algún libro de Neruda o Borges, García Márquez, no con facilidad. Preguntar por autores contemporáneos es inútil.
Gente que desconoce la ubicación de los países de Patria Grande carece de elementos para entender su historia y la realidad. Para estos ilustrados ignorantes del “primer mundo” todo es América. Pero cuando hablan de América, hablan de los yankis.
En la intimidad añoran sus épocas doradas de imperialistas, traficantes de esclavos, explotadores de riqueza ajena. Aun sin mea culpa. Entonces vivían mucho mejor (a costillas de los dominados). Hoy los “dominados” la ocupan lentamente, llevan sus culturas y memorias, pero a Europa –especialmente los sectores recalcitrantes– no le interesa encontrarse con descendientes de barcos negreros y de abuelos marcados por el látigo y la persecución. Europa que también acoge solidaria, expulsa y violenta. Y sólo lo que sabe del mundo es aquello cuyos intereses indica.
No los ayuda el periodismo. Los medios son aberraciones desinformativas manipuladas por el poder económico central.
Y tampoco la vida política. Los partidos han degenerado en corporaciones cerradas y sectas vampíricas. La izquierda europea es vergonzosa. La derecha es fascista y recurre a gestos nazis que dan miedo. No es una “evolución” a formas superiores de representación social y gestión pública, todo lo contrario, es la deshumanización absoluta, enmarcada en una cruel decadencia.
¿Qué puede importarle a Europa mirar las problemáticas latinoamericanas? Se puede hablar del bloqueo a Cuba, muchos desconocen esa historia y los más no pueden darle dimensión real a esta infamia. Pueden estar a favor o en contra del “chavismo” pero no tienen idea de la historia y la sociedad venezolana. Repiten como loros frases hechas sobre los desaparecidos, pero ni se imaginan la compleja red de intereses que llevó a la Argentina a esta tragedia. Cantan contra Pinochet porque así lo hizo Quilapayun cuando se exiliaron. Les encantan las historias de Emiliano Zapata, convencidos que sea un héroe de las películas yankis. No saben que el “patio trasero” es una definición yanki de Latinoamérica y hasta se sorprenden si escuchan las listas de injerencias violentas en Patria Grande.
Generalizo con base a la experiencia. También sé que hay gente formada e informada, pero son los menos y, sobre todo, no son los que deciden. Ni en las redacciones de los medios, ni en las oficinas públicas ni en los salones correctitos de las organizaciones internacionales.
¿Qué crees que le falta a la crítica literaria actual?
Algo que sin duda le faltará siempre a la crítica es la honestidad. Ni hablar de la proclamada objetividad. La objetividad no existe.
Se confunde con el marketing. Los críticos son demasiados y operan para alguna estrategia de ventas. No me interesaron nunca.
¿Quiénes son tus escritores favoritos vivos?
Muchos. Escritores y poetas fantásticos que conozco o conoceré algún día, digo, que he leído o leeré algún día. Quiero decir: también tengo muchos escritores favoritos que están por llegar.
– ¿En qué estás trabajando ahora, tanto en tu escritura propia como en Isla Negra?
Es ahora y ahora desde hace varias décadas y nunca termina, y siempre se aprende, se apilan originales que regresan al taller (martillazo aquí, soldadura allá) y vuelven al reposo y en el “mientras tanto”, cosas nuevas que terminarán fatalmente repitiendo la historia.
Poemarios, libros de cuentos breves y relatos, artículos sobre la actualidad (que a veces me parecen últimos testimonios de la existencia del sapiens sapiens sobre la tierra).
Isla Negra lleva 20 años, aunque ha corregido un poco su periodicidad para darme tiempo y dar tiempo a los lectores. Demanda atención en demasía y se me acumulan manuscritos que quisiera resolver.
También el asunto de la comunicación con los lectores es arduo. Son miles, y la mayoría tienen algo que decir sobre un poema u otro, un verso, el cosmos. Me gusta leerlos y responder, aunque se me vayan los días en la empresa.
Sus obras más recientes son: Cuentos de no creer, (narrativa), castellano. Amazon, 2026. Piccola silloge notturna, (poesía), bilingüe italiano-castellano. Amazon, 2024. Arpa a bocca, (poesía), AG Book Publishing, Roma, Italia. Versión italiana. 2021. Sotto i cieli di Che Guevara. Bajo los cielos del Che Guevara, italiano-castellano, entrevista de Fabio Pedrazzi. Placebook libri, Italia, 2020. Pequeño poemario nocturno, (poesía), bilingüe italiano-castellano. Edición Lulu, 2016. Overthrowing capitalism. A symposium of Poets, antología de la Brigada de poetas revolucionarios. Editores: Jack Hirschman y John Curl. San Francisco, Estados Unidos, Kallatumba Press, 2014. Parte de guerra, (poesía), Edit. Sureditores, Caracas, Venezuela, 2011. Travesías poéticas. Poetas argentinos de hoy, antología, francés-castellano, antologadores: José Muchnik y Nicole Barriere. Editorial L’Harmattan, París, Francia, 2011. El verso toma la palabra. Antología de 33 poetas argentinos. Alexandra Botto, selección. Edit. Homoscriptum, con apoyo de la Universidad Autónoma de Nueva León, México, 2010.

