María Antonieta Mendívil escribe ensayo, narrativa y poesía. Su novela A ras de vuelo (Tusquets, 2011), fue mencionada como una de las diez mejores novelas escritas ese año, según Milenio.
Cuenta con estudios en Letras Hispánicas por la Universidad de Sonora, en Ciencias de la Comunicación por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey y en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, España.
Como guionista, escribió la radionovela La espera de Ofelia, producida por el Instituto Mexicano de la Radio para motivar la alfabetización y el empoderamiento de las mujeres a través de la Educación.
Ha colaborado para diversos medios impresos y virtuales como El Imparcial, Siempre!, Tierra Adentro, Cultura Norte, Expreso, La línea del Cosmonauta, Homines, Espiral, Revista Este País y Pie de Página, entre otras.
En 2005 obtuvo la Beca del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en la categoría jóvenes creadores, género novela.
Entre la memoria, la maternidad, el duelo y la escritura como una forma de resistencia, la autora sonorense abre las puertas de su mundo interior en esta conversación íntima y profundamente honesta.
Desde sus primeras crisis de agorafobia hasta la construcción de una voz literaria marcada por la intensidad emocional y la exploración de los límites humanos, la escritora reflexiona sobre el centralismo cultural, las comunidades literarias, la creación desde el norte del país y el papel de las mujeres en la literatura contemporánea mexicana.
En esta entrevista también habla de la pérdida, del lenguaje como refugio, de los costos invisibles de escribir siendo madre y de los proyectos que actualmente la mantienen creando y reconstruyéndose desde la palabra.
—¿Qué es la poesía?
Esta es una de esas preguntas que quisieras que jamás te hicieran porque es querer definir el misterio, lo inasible. Pero lo intento, porque he dejado de escribir poesía por un tiempo, pero no he dejado de pensar en ella. Para mí, la poesía es una forma de atención extrema sobre aquello que el mundo considera mínimo, invisible o insignificante. Surge en la tensión entre la necesidad de nombrar la experiencia y la imposibilidad de hacerlo plenamente. La poesía siempre abre una fisura: un espacio donde la realidad deja de parecer estable y vuelve a revelarse en su extrañeza. La poesía sabe que el lenguaje no puede contener del todo la experiencia y, sin embargo, insiste en acercarse. Por eso el poema no colma el sentido, sólo nos acerca al borde del silencio.
—¿En qué momento te diste cuenta de que querías dedicarte a escribir?
En el verano de 1989. Tenía 18 años, estaba en una de las peores crisis de agorafobia que he tenido, pero yo pensaba que era miedo a vivir. Y quizá al final de cuentas es casi lo mismo. Quise enfrentarme a esos miedos. Uno era salir de mi casa, de la protección de mi familia, irme y abrazar la escritura sin el miedo a qué significaría esa vocación como proyecto de vida, más allá de aprender el oficio y seguir escribiendo, lo cual hacía desde mi adolescencia.
—¿Qué tema trataste con cuidado porque te tocaba demasiado cerca?
Cuando escribo sólo estoy yo explorando algo en la memoria o en mis sótanos a través del lenguaje. Creo que no hay que tener miedo de meter las manos al lodo o a la oscuridad. No me interesan el arte ni la literatura tibios. El único cuidado en el que pienso es en la forma y en la palabra. Ahí sí me concentro en cuidar tanto como soy capaz.
—¿Existen mafias literarias?
Antes de responder, te cuento. La primera vez que fui a la FIL me pareció mucho glamour para lo precaria que es la industria editorial. Pienso que nuestra alfombra roja es una de orillas raídas. Mafia implica poder, y ya desde esto que te digo cualquier poderío en la cadena de valor del libro es maltrecho. Yo diría: situémonos. Si hubo mafias en su momento (hablo de los noventa hacia atrás), se han transformado en la era digital, porque todo se atomiza, se pulveriza. Ahora no pensaría en términos de mafias, sino en comunidades, y algunas tienen más influencia que otras. Me gusta saberme parte de una comunidad con la cual dialogar, con la cual hacerme acompañar y a la cual yo misma acompañar. Esas se tejen, no se imponen ni compiten.
—¿Qué impacto te gustaría provocar en quienes leen tu obra?
Retomando lo que hablábamos sobre la poesía, me gustaría acercarles a los bordes: de lo humano, de la vida, de sus misterios, de lo que nos parece invisible e innombrado, de la palabra y del silencio también.
—¿Cómo ha cambiado escribir desde el norte frente al centralismo cultural?
Esta experiencia de no estar en el centro donde todo sucede es algo que te atraviesa desde que empiezas a tener conciencia. Recuerdo que al leer el tomo de arte en la enciclopedia Mis primeros conocimientos cuando tenía seis años, lloré mucho al saber que en mi ciudad no había teatros, ni escuelas de ballet, ni de pintura. Me pareció muy injusto y doloroso que hubiera nacido en una ciudad así. Y creces con este déficit, pero aprendes también a negociar con eso y a encontrar tus fuentes de formación aun con tales desventajas.
Crecí con una avidez por leer, aprender, encontrar, explorar, expandir mi bagaje como si fuera un sabueso. De tal manera que crecí pensando: se supone que todo está perdido, entonces no tengo nada que perder. Y fue así cuando me propuse publicar fuera de Sonora, y envié mis manuscritos como si fueran botellas al mar y fue posible publicar, aunque estaba en el Norte, aunque no formaba parte de un grupo literario, aunque no tenía padrinos ni influencias.
Quiero añadir algo en lo que aún no he reflexionado lo suficiente: cuando migré a la Ciudad de México en el 2011 algo se desdibujó. Para el centro institucional dejé de ser la escritora sonorense. Y jamás seré integrada como una escritora capitalina. Y quedé en un limbo que en mi caso fue un tiempo de silencio, de pérdida de identidad, de tener que reconstruirme y renombrar lo que soy. Lo que sí he tenido claro: la escritura siempre ha estado y siempre estará ahí. Y por fortuna tengo esa conciencia desromantizada de que, si un día me toca caminar por la alfombra, es bueno recordar que está raída.
—En Duelo de noche, la relación madre-hija es brutal. ¿De dónde nace esa intensidad?
La intensidad es la marca de la casa (si me permites reírme de mí misma). Pero esa exploración nace de la experiencia de perder a mi madre, y es un tema que sigue en mí conforme más reflexiono y vivo sobre la maternidad. Está en el poemario Llama, y en lo que escribo actualmente; y de alguna manera, no desde el duelo sino desde la politización de la maternidad, está también en la colectiva de la que formé parte (A Muchas Voces), está en Trenza Espacio (un proyecto de mujeres que acompañan a mujeres en sus escrituras), está en mis redes literarias, en mis proyectos, en mis afectos, reflexiones, en mi camino como ser humano.
—¿Qué opinas del estado actual de la literatura mexicana?
Me encanta lo que está sucediendo con la literatura escrita por mujeres en México, en Latinoamérica. Son escrituras potentes, disruptivas, descentradas del poder, despatriarcalizadas, situadas en las realidades tan complejas que vivimos en nuestras regiones, y que están llevando esa complejidad al lenguaje.
—¿La escritura te ha salvado alguna vez o te ha exigido un costo? ¿Cuál fue?
La escritura salva, por supuesto. En cierta manera somos como Sherezade, ahogada en la sentencia, pero posponiéndola, “Ahora voy al patíbulo, pero antes déjame escribirlo”. La escritura para mí tiene el poder de hundirme sin ahogarme. Y no lo digo sólo en un aspecto de supervivencia, como si la vida misma estuviera al límite, sino como una cuestión de identidad y de existencia. Me nombro y existo desde mi posibilidad de escritura, y desde ella exploro el mundo que atestiguo y me atraviesa. El costo que ha tenido es el tiempo que invierto en ello. Que tiene su complejidad. Por una parte, al ser madre, sé que hay algo de lo que privo a mis seres amados, momentos en los que mi presencia se suspende y no está del todo con ellos; y por otra, porque es un tiempo no remunerado que se suma a los cuidados que tampoco son remunerados. Y de esto podríamos tener una larga charla. Me alegra que hay muchas mujeres reflexionando sobre ello, desde Daniela Rea, Olivia Teroba, Alejandra Eme Vázquez, la misma colectiva Pensar lo doméstico, las colectivas de madres escritoras y artistas, en algunas de las cuales estoy estrechamente involucrada.
—¿Creas tus personajes desde vivencias propias o es mera imaginación?
Ambas. No puedo escribir desde un lugar ajeno a lo que me interpela, hiere, atraviesa, obsesiona, y eso sólo puede surgir de la vida. Pero al momento de crear lo que me interesa es reelaborar desde la imaginación, desde la construcción de formas, porque lo que me apasiona es la creación.
—¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?
En lo literario, en una novela sobre duelos, y una vez entregada retomaré otra novela que dejé lista y un libro de ensayos que tengo que cerrar. En otro nivel, pero que sigue siendo literario como ámbito aledaño, estoy cursando la licenciatura de Creación Literaria en la UACM, que es algo que le debo a esa muchachita agorafóbica que salió de Ciudad Obregón para estudiar Letras en Hermosillo; y estoy impulsando junto con Jessica Delgadillo un proyecto de acompañamiento a otras mujeres en sus escrituras, que se llama Trenza Espacio. Y aprendiendo siempre del desafío de la vida y de la maternidad.
Ha publicado las novelas: Otros Tiempos (Equilibrio Editores, 1999), Duelo de noche (Almuzara, 2006) y A ras de vuelo (Tusquets, 2011).
Los poemarios: Cuenta regresiva (ISC, 1992) y Llama (Libros del Umbral, 2008).

