Daniel Salinas Basave nació en Monterrey, Nuevo León en 1974. Es un lector, reportero y narrador de la frontera mexicana. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte 2020-2023. Es Licenciado en Ciencias Jurídicas por la Universidad Regiomontana.
Se inició como reportero en el periódico El Norte de Monterrey y fue fundador del periódico Frontera en Tijuana en 1999. Fue enviado como reportero a la Zona Cero de Nueva York en 2001 y fue becario de la Sociedad Interamericana de Prensa en Argentina en el seminario Periodismo de Alto Riesgo, Campo de Mayo, 2008.
Fue ganador del Premio Literario Fundación El Libro, convocado por la FIL de Buenos Aires; Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 2014 y Finalista del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2017, en Bogotá, Colombia. Premio Internacional Sor Juana Inés de la Cruz 2015; Premio Bellas Artes José Revueltas 2015; Premio Bellas Artes Malcolm Lowry 2014; el Premio La Paz y Premio Santoña La Mar en Cantabria, España 2020, por el cuento La soledad de la marsopa.
Entre una biblioteca de más de 33 mil libros, el periodismo de calle, la disciplina de escribir cada amanecer y una mirada crítica sobre la inteligencia artificial, el escritor reconstruye el camino que lo llevó a las letras. En esta conversación con Poetripiados, habla de la violencia como una constante histórica, del crimen organizado en la ficción, de los premios que marcaron su carrera y de la literatura como un placer que ningún algoritmo podrá sustituir.
—¿Cómo te iniciaste en la escritura? ¿Quién o qué te inspiró o movió a las letras?
Todo empezó en la calle Río San Juan 103, en la colonia Miravalle de Monterrey. Tuve la fortuna de vivir mis primeros ocho años de vida en la casa de mi abuelo, Agustín Basave, que era una enorme biblioteca donde había más de 33 mil libros. Todas las paredes estaban cubiertas de libros. Había libros hasta en los baños. Mi abuelo fue un filósofo y un bibliófilo empedernido. Pero sin duda lo que hizo la diferencia fue crecer con una madre, Ana Basave, muy joven y muy aficionada a la lectura, que me leía muchísimo y consiguió inducirme al vicio desde muy pequeño. Una vez que le das el golpe al libro, no hay rehabilitación posible. Para mí no la hubo.
—¿Qué puede aportar la literatura al tratamiento de la violencia?
Mostrar su eternidad con creatividad. Miles de años antes de improvisar un dialecto, el homo sapiens sabía guerrear. La guerra es mucho más antigua que la palabra. Comer, matar, fornicar, sobrevivir. Por miles de años no hicimos otra cosa. La violencia siempre ha estado y estará ahí. Está en el Poema del Gilgamesh y en la Ilíada. War, waaar, ¡WAAAARRR!!! ¿Te has puesto a pensar en la estructura de esa expresión? No es ni siquiera una palabra. Es un alarido animal, un grito primario y primitivo. Waaarrr. Escúchalo: un sonido ancestral, el rugido de una fiera a punto de matar, el estertor final de un neandertal despellejado por una piedra afilada. War. Una de las palabras más sencillas del idioma inglés en donde la A puede alargarse indefinidamente y en donde la R final la refuerza y le da carácter. War. Cualquiera puede pronunciarla y gritarla a placer, aunque no hables el idioma.
—¿Existe riesgo de que la ficción sobre crimen organizado termine normalizando ese fenómeno o ya sucedió?
Por supuesto que ya sucedió. Forma parte de nuestra vida cotidiana y de nuestra narrativa costumbrista. Sería imposible no reflejarlo. Tampoco es algo nuevo. El México de 1850, por ejemplo, también era profundamente inseguro. El camino de México a Veracruz estaba infestado de gavillas de bandoleros integradas muchas de ellas por militares en desgracia o caudillos derrotados en los múltiples cuartelazos y rebeliones que asolaban la naciente República y eso lo vemos reflejado en la literatura. Por ejemplo, El Zarco de Ignacio Manuel Altamirano, tiene como personaje principal al jefe de una sanguinaria gavilla de bandoleros de Yautepec que seduce a Manuelita, una joven de alta sociedad. El Zarco representaba al crimen organizado de entonces y el propio Altamirano refleja cómo muchas veces los bandoleros acababan integrando tropas de liberales o conservadores por igual. En la novela de la Revolución vemos lo mismo. El Rodolfo Fierro de La Fiesta de las Balas de Martín Luis Guzmán o los personajes descritos por Nellie Campobello en Cartucho no le piden nada a cualquier capo de los Zetas o el CJNG. En algún momento también fueron muy populares las novelas de piratas, pero, aunque Emilio Salgari los romantizó, los modelos de Sandokán, el Corsario Negro o el Pirata Morgan eran tipos bastante sanguinarios que no solían tocarse el corazón.
—¿Cómo fue el proceso de investigación para Pedro Infante en el Cine Curto?
Muchísimo trabajo de campo y de reporteo callejero en las calles del viejo Mexicali. Platicamos con descendientes de las primeras familias cachanillas, de los primeros migrantes chinos: la familia Yee, la familia Ma, la familia Ham. Fue clave el apoyo de Rubén Chen, comerciante de la Chinesca, o del cronista mexicalense Óscar Hernández Valenzuela. Es un libro coral, donde hay múltiples voces y testimonios. Mexicali podría ser una de Las Ciudades Invisibles de Calvino.
—¿Tienes una rutina o disciplina fija para escribir?
Escribir con café y leer con whisky. Escribir en la mañana y leer en la noche. Café sigo bebiendo muchísimo, pero whisky ya no tanto como antes. Suelo trabajar en la mañana y siempre en el mismo lugar, justo en donde estoy en este preciso momento, la cabecera de la mesa del comedor, de espaldas al patio, mirando a la sala, junto a un baúl que funge como librero. Es mi oficina, mi línea de producción desde hace casi 15 años y de este rinconcito ha brotado más del 90% de lo que he publicado. Mi primer ritual matutino, después de beber el primer café del día y antes de encender la computadora o mirar el teléfono, cuando aún no ha amanecido, es escribir a mano, siempre a mano. La primera escritura del día siempre es a mano y trato de postergar en la medida del posible el inevitable momento de entrar en contacto con las pantallas y empezar a recibir dosis de mierda y contaminación.
—Has ganado varios premios literarios en distintas categorías. ¿Alguno cambió realmente tu manera de escribir o de pensar tu carrera?
Creo que el primero, que fue un estatal de Baja California en 2010, era una cantidad muy pequeña, apenas 25 mil pesos, pero muy significativa en ese momento. Recibí la noticia el 8 de diciembre de 2010, el día que mi hijo Ikercho cumplía un año edad. Yo venía de casi dos décadas de reporteo en donde no me sobraba un minuto para poder madurar un proyecto literario e inscribirlo a convocatorias. Entonces por primera vez pensé que podía empezar a andar ese camino que hasta entonces me había sido ajeno. Después, en los años siguientes, todo se vino en cascada. Como esas noches en que no sabes ni cómo, pero agarras el taco de billar y metes todas las bolas y te salen todas las mulas en el dominó. Tan solo en 2016 publiqué seis libros, cinco de los cuales se ganaron su publicación por un premio. Fue muy significativo e intenso llegar a la final del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez en Bogotá en 2017 y ganar el Fundación El Libro en Buenos Aires en 2018. A veces me parece que todo eso le sucedía a otra persona.
—¿Qué opinas del uso de inteligencia artificial en la escritura y el periodismo?
Ya está aquí y llegó para quedarse. Pienso que para todos aquellos redactores para quienes la escritura es una tediosa tarea, para quienes deben redactar memorándums, actas, cartas, informes, proyectos o discursos es una herramienta muy útil. Vaya, pienso que cuando yo era reportero y tenía que teclear siete o diez notas en una tarde y aparte entregar a tiempo, habría sido imposible no usarla, pero ya no me tocó. Además, los manuales de estilo periodístico que debía respetar, (el de El Norte y el de Frontera) anulaban casi por completo tu estilo personal, pues era una escritura absolutamente neutra. Sin embargo, creo que sería bastante patético y miserable utilizarla para escribir literatura y aparte poner tu firma. De esa agua sí que no beberé. Además, por qué voy a pedirle a un robot que me suplante en algo que me gusta hacer. Para mí la escritura creativa no es un medio, sino un fin en sí mismo. Todas las mañanas escribo a mano en mis cuadernos y no lo hago porque sea una tarea que debo cumplir. Lo hago porque me gusta, porque se siente rico deslizar la pluma por el papel y dejar fluir las ideas. Para mí es hedonismo puro y no quiero que nadie lo haga por mí. Y lo increíble es que siendo en teoría un vampiro algorítmico que puede chupar sangre de infinitas fuentes, la IA tiene un estilo tan predecible, tan reconocible, tan ñoño y tan payo y lo único que ha logrado es que todos los llamados “creadores de contenido” escriben idéntico, igualito, sin variación alguna. De huevísima total.
—¿Cómo ha cambiado la manera de publicar y distribuir libros desde que empezaste hasta hoy?
Desde siempre he escuchado que la industria editorial está en crisis, que la literatura está en crisis, que la gente ya no lee, pero los libros y los lectores siguen estando ahí como los salmones en la cascada. La semana pasada fui jurado en la entrega de unas becas y tuve que revisar 171 proyectos de los cuales debíamos elegir cinco. 171 proyectos literarios tan solo en un estado y los había de todas las edades. Muchísimos jóvenes, pero también gente de mi size. En la era del Tik Tok, el Instagram, la IA y la ultrabrevedad, hay 171 personas en una sola entidad desarrollando proyectos literarios de largo aliento. Claro, hay temas de moda, estilos. Hoy vas a una librería y encuentras toda una sección de puros gatos japoneses, por ejemplo. Hay una infestación de temas de identidad de género, diversidad sexual, familia, trastornos mentales. No son temas que a mí me interesen demasiado, pero para toda una generación son significativos y por algo será.
—Escribir desde el norte del país, ¿qué ventajas y qué desventajas le ves?
En la era de la omnipresencia digital puedes escribir desde cualquier parte del mundo. En teoría no importa si escribes desde San Luis Gonzaga, Isla de Cedros o Hong Kong, pero para quienes están interesados en “hacer carrera” literaria lo más trascendente no es tanto desde dónde escribes sino en dónde te relacionas y con quién te tomas la copa. A qué eventos y a qué fiestas acudes y ahí es donde se marca la diferencia. Al final de cuentas, una carrera literaria se parece mucho a la política. A mí ya no me interesa hacer carrera ni granjearme el favor o la amistad de nadie. Me tiene sin cuidado. Vivo con mi esposa en la misma casa desde hace 23 años, mi vida cotidiana transcurre en Rosarito, Baja California y no está en los planes irme de aquí. Estoy muy contento en ese sitio.
—¿Qué estás escribiendo actualmente? ¿En qué proyecto trabajas?
Muchos proyectos por encargo que dan de comer, tantos, que apenas tengo tiempo para acordarme de los proyectos propios. Por ejemplo, recientemente ayudé a un médico leonés, el doctor Efraín Aranda, a escribir un libro de anécdotas y relatos de su vida. Es un hombre de 97 años que parece haber vivido varias vidas en una, que ha publicado algunos libros de poesía, pero no de narrativa. Me pidió que lo ayudara a estructurar un libro de relatos y justo este fin de semana lo presentamos en León. Un libro divertidísimo con esencia de novela picaresca estilo Buscón Don Pablos o Lazarillo de Tormes. Fue divertido. También habrá una segunda parte de Crónicas de la Frontera que ya está terminada y en manos de la editorial. Estoy trabajando también en las memorias de un empresario, pero todos esos son proyectos por encargo. ¿Proyecto propio? La continuación de Réquiem por Gutenberg y Bajo la luz de una estrella muerta. Un tercer ensayo sobre extinción y resistencia, y claro, también un montón de cuentos, más de veinte, aún sin publicar. No estoy en la dinámica hiperactiva e intempestiva de publicar seis libros al año como en 2016, pero eso sí te digo: todos los días derramo algo de tinta en el papel.
Derivado de algunos de los premios obtenidos, es autor de quince libros entre los que hay cuento, ensayo, novela y crónica periodística. Destacan: Juglares del Bordo, Días de whisky malo, Bajo la luz de una estrella muerta, El lobo en su hora. La frontera narrativa de Federico Campbell, Cartógrafos de Nostromo, y Dispárenme como a Blancornelas.

