Son las 2:36 de la madrugada en una posible historia de amor, si es que todavía hay alguien que se interese en ello.
Pero pasa el tiempo y nada pasa. El reloj marca ahora las 5:36 am.
Me froto los ojos, no hay otra forma de despertar; al menos eso se lee en las historias infantiles. A pesar de que el brazo poderoso del sueño pretende sujetarme, atraerme de nuevo al mundo de las imágenes oscilantes, el ruido que viene del exterior me confirma que el día comienza inexorable, necesario, obligatorio, productivo, ineludible; pero me obstino. Me sumerjo entre las sábanas como si tuviera frío. Una vez más me encuentro a solas con tu figura. Nadie me advirtió que tú serías esa forma que adopto al despertar, que me da cuerpo; que mis piernas llegarían de un viaje por el sueño donde existo en tus manos y en tus ojos ausentes; que no hay tacto más allá de tu piel y esto que ahora percibo tiene por única salida tus pechos; que tu presencia es insinuación de un pasado lejano: conjunción y placer en otras fechas.
La pesada puerta de metal se abrió con estruendo y un violento empellón proyectó su cuerpo hacia el interior. Quedó un largo rato inmóvil, esperando que los ojos se acostumbraran a ver bajo la escasa luz que se filtraba desde un lugar indeterminado del socavón. Se dio cuenta de que se hallaba en el centro y a los lados se hacinaban rimeros de piernas y brazos manchados de una oscura materia viscosa que provenía del suelo.
Sin encontrar lugar entre los cuerpos amontonados que no dejaban escapar ni el más leve murmullo, contagiado por el profundo silencio, permaneció de pie y falto de apoyo dilatadas horas. Quizá hasta logró dormitar en esa incómoda posición.
Sólo el cansancio le hizo hablar en voz alta para pedir permiso de introducirse en la madeja. Un contundente estallido resonante que llegó desde fuera y la ausencia de respuesta, le hicieron callar.
Después de un lapso que le pareció más largo por lo indefinido, cedió a la fatiga dejándose caer sobre el apilamiento más próximo. Ni un lamento, ni una señal de protesta, ningún movimiento. Sólo la fricción de la burda tela con la cual lo habían vestido, interrumpió la muda somnolencia de la mazmorra. Una sensación de bienestar le vino del contacto con la masa informe. Ahí se estaba mejor que de pie. No obstante la pesada inmovilidad, percibió el leve aliento de los cuerpos sumidos en un letargo húmedo y pegajoso. Latían, muy débilmente, pero latían. Respiraban. El calor soporífero que producían lo condujo al adormecimiento, o a algo muy parecido. La diferencia entre vigilia y sueño tendía a anularse, se extinguía en la semioscuridad que se transformó en negro total apenas un rato después de caer vencido por el cansancio. Muy pronto se acostumbraría a esos irregulares ciclos de oscuridad absoluta y penumbra, a yacer sobre el apiñamiento de músculos y huesos del que sobresalía una rodilla hincada en su espalda.
Cuando despertó –o creyó despertar– ya no pudo moverse, o ya no era necesario, o ya el deseo lo había abandonado. Comprobaría más tarde que en ese lugar, los desplazamientos no estaban sujetos a la propia voluntad, y que aun el más mínimo esfuerzo por recuperar el movimiento, caería vencido ante una persistente sucesión de imágenes que se iba haciendo más nítida conforme pasaban… ¿las horas?
Antes del encierro, la imagen más remota que habitaba en su memoria, se inscribía en un bar por la tarde. El tedio que se supone debe ocupar en esos casos a alguien que solo espera, lo mantenía con la vista perdida en las burbujas doradas que ascendían hasta la superficie espumosa del vaso que estaba enfrente. A escasa distancia, unas manos cruzadas sobre el filo de la barra se frotaban, y ocasionalmente tomaban el recipiente por la cintura para llevarlo hasta los labios y verter la efervescencia.
Después de repetidos vistazos, había memorizado las características del lugar. El edificio era estrecho y profundo; una prolongada caja rectangular de dos pisos que alojaba en los bajos una tienda de bicicletas y en los altos, el bar. En cada una de las cuatro ventanas del muro que daba a la calle principal, se recortaba la silueta de un músico pintada en negro sobre los cristales: un pianista, un trompetista, un saxofonista y un cantante. En el centro del techo se abría un pequeño domo transparente del que colgaban plantas, y a esa hora, por ahí se hacían visibles los vapores del día que comenzaba a esfumarse. A sus espaldas, una pared de piedra amarilla servía de marco a unos cuadros que le resultaba imposible comprender. En la parte superior de la contrabarra se sucedía una serie abigarrada de objetos que fatigaba la vista, y en uno de sus extremos había un reloj de madera. Las seis y media. Más abajo, multiplicados por un espejo empañado, se alineaban recipientes con líquidos de diversos colores. Cogió el vaso, esta vez por el borde, el trago fue más largo y pudo ver el fondo. Pensó explorar los reflejos iridiscentes de las botellas, pero una desconocida sensación en el estómago le hizo desistir. Pidió otra espumosa.
Dos puertas. Una lateral contigua al extremo opuesto de la barra y otra en la parte posterior del local, conducían a sendas escaleras que daban directamente a la calle. Por la lateral se introdujo una mujer volteando en todas direcciones. Excepto él y una camarera que enjuagaba vasos y copas de la víspera, el lugar se hallaba desierto.
Despacio, cada uno delante del otro, sus pasos se fueron aproximando sobre una imaginaria línea recta trazada en el suelo. Llevaba un vestido corto, oscuro y ajustado al cuerpo, con más de medio muslo al descubierto. La mujer echó la cabeza hacia atrás agitándose el cabello con el dorso de las manos.
Ya junto a él, le acercó una sonrisa húmeda al oído. Él la rodeó con un brazo ciñéndola por el trasero, atrayéndola hasta hundir la cara en el burbujeo rubio del cabello. No tenía mucho tiempo. Se lo dijo con un aliento fresco que se le clavó en los músculos del cuello.
El tono de la mujer era suave, dulce, pero no admitía demora. Le apremiaba con un fino roce de uñas en la espalda, con el muslo que buscaba su entrepierna, con una voz que le hablaba desde envolturas tersas y húmedas. «Tengo que irme pronto» repitió, guiñándole un ojo a la muchacha que atendía el bar. Él la siguió mecánicamente al baño. Tras algunos minutos plenos de jadeos, sollozos y saliva, se escuchó la catarata del excusado y la voz de la camarera que señalaba la conclusión del encuentro. Un beso apenas perceptible, ajustarse las medias, alisarse el vestido, la próxima cita concertada y punto. La mujer desapareció por la misma puerta por la que había llegado.
Volvió a la barra y pidió otra. Se buscó en los bolsillos y afortunadamente encontró billetes. Al cabo de un rato, ya iba por las escaleras posteriores del bar a encontrarse con los primeros señuelos de la noche en un solitario callejón.
Agua de las horas, de los días, de los años. Agua que aspira a ser tiempo. Agua que baja de tus pechos en una cascada inmemorial y me impone rumbos insondables, parajes inéditos. Agua fría que se vierte sobre tu cuerpo desnudando tus sueños. Corriente que fluye hasta mí
–que vivo del asombro– para transportarme a noches y deseos remotos. Agua que enarbola su música desde el aleteo de las aves, desde el transitar de antiguos navíos que, sin duda, retornarán a tu puerto.
Ahora se interrumpía el letargo con un trepidar metálico, posterior al pesado giro de la puerta. Luego un desplazamiento enérgico de los cuerpos que debían encontrarse en algún lugar cercano a ella.
La oscuridad siguió siendo la misma. Sólo la proximidad fría de unos aparatos que oscilaban por encima de los amontonamientos, había suspendido la obra herrumbrosa del aire estancado en la mazmorra, y de diferentes puntos, espesos lamentos e interjecciones escurrieron bajo el crujir del mecanismo.
La masa se removía en oleadas tranquilas de ayes y roces.
El trastorno se fue aquietando poco a poco. Volvían paulatinamente la exudación, la inercia, el mutismo, la pausa indefinida. Después del estrépito, el acomodo en el tabuco había cambiado, se intuían ausencias, vacíos en su ámbito moroso. Aun desde los sitios más recónditos, un extraño sentimiento de renovada soledad apilaba su indiferencia sobre el desparramamiento informe.
De bruces y a escasa distancia de la inmundicia untuosa que advirtió apenas lo trajeron, su cuerpo yacía bajo el peso intenso de un abultado montículo. El hedor era tan agudo que no opuso resistencia, dejó que atravesara sus filos por las superficies más finas y hondas.
Hemos arribado –por fin– al sitio donde te estremeces, ahí donde somos todo y nada. Vértice se pasiones, el camino desde tu espalda ha sido largo, delectable, pero expuesto a vendavales. Ahí donde te abandonas reside lo ignoto, tu ser profundo. He llegado a tu talle que gime, he mordido tus caderas, he entreabierto tus nalgas. Tu cuerpo empieza a cimbrarse. Son tus cimientos que, inútiles, emigran. Se los llevan las aves. Hemos llegado a ese lugar y es tu turno el nombrarlo, mientras yo ensayo ahí –con mis labios y mi lengua– un prolongado, hondo beso y me quedo sin palabras.
A esa hora y en esa época del año, la temperatura bajaba bruscamente. De la calidez del mediodía que, supuso, debió haber ocurrido, no quedaba más que un recuerdo –agradable y transitorio– producido por el fuego del cigarrillo que apretaba entre los labios. Mejor permanecer en el bar, contemplando sin prisa, uno a uno, los numerosos objetos alineados en la contrabarra; evitar, hasta donde hubiese sido posible, internarse en esa noche que se extendía helada y sin paradero.
Pensó en ello al tiempo que agitaba enérgicamente el fuego que había iniciado la humareda. Además, ahora lo confirmaba, desde que salió, una visión o impresión lo perseguía. De algún sitio en el fondo del callejón, agitadas por el viento, habían surgido cuatro gabardinas que rápidamente habían acortado su distancia. Había girado en sentido opuesto al que venían y comenzado a andar. Sintió su inminencia al desplazarse por la larga callejuela. Volvió la cabeza varias veces, pero en la penumbra, interrumpida apenas por los legañosos haces de luz que se dibujaban desde lo alto de las farolas, las perdió de vista y terminó por no darle importancia al repentino acecho. Sin embargo, al detenerse en esa esquina de la calle principal a encender el tabaco, notó que atisbaban, quietas, desde una mueca oscura de la calle transversal.
Titubeante, reanudó la marcha por el sitio menos indicado, adentrándose de lleno en la dirección más sombría. Y de nuevo, la acometida.
Antes de emprender la escapatoria pensó que sólo era una treta del instinto, una alucinación echada a andar por el juego de las sombras, un engaño en claroscuro que, inofensivo, venía persiguiéndolo desde la profundidad de la conciencia. Pero no. Seis detonaciones sucesivas lo persuadieron de que cualesquiera que fuesen sus motivos, la persecución de las gabardinas excedía el ámbito de los propios miedos.
En su tentativa por regresar a la calle principal, se precipitó hacia callejuela más obscura aún. Allí escuchó aullidos: le ulularon sirenas al oído: se desgarró la manga izquierda: tropezó con unos botes de basura: recordó delicias de una infancia improbable: reapareció la saliva perfumada de la mujer: vio los rostros del insomnio: volvió a pensar en el juego en claroscuro: juzgó el golpeteo de los latidos como una música innecesaria en esas circunstancias: no volteó: quiso entregarse al reclamo de las sombras: no sintió las piernas: pretendió gritar, ensayar la risa: habló en lenguas: ahogó gemidos: y siempre cerca de la nuca, sintió el ruido acezante de una agitada respiración.
Por fin, la luz de la avenida le salió al encuentro y en ella se disipó un tirón final que quiso agarrarlo por el cuello.
Nada, ni un rastro de sus persecutores. En esa calle, todo permanecía ajeno al apremio de segundos antes, hasta chocaba con la algarabía festiva de los transeúntes que se iban repartiendo por los diferentes establecimientos. Volvió a buscarse en los bolsillos y encontró el roce tranquilizador de los billetes. Decidió volver al bar. Allí podría encontrarse mejor, o cuando menos, a salvo de las incertidumbres emboscadas de esa noche que desde el inicio mismo, ya le lanzaba advertencias por el más mínimo intento de divagación. La carrera en busca de refugio había resultado aleccionadora. No tenía adonde ir. Recordó, cuando lo seguían, que en vano había intentado enderezar la brújula hacia su casa –¿cuál? ¿contaba acaso con alguna? –.
En aquel confinamiento untuoso, la irrupción helada de los aparatos establecía una cierta regularidad que modificaba la colocación de la masa. Ahora, como cuando lo trajeron, se hallaba en la parte más alta de un promontorio de carne mojada y tibia. Antes, estuvo debajo con todo el peso encima; después, contra una de las paredes mohosas, luego, otra vez debajo, otra vez arriba, una vez más entre la trabazón de extremidades que oprimía su cuerpo, y así sucesivamente. Los desplazamientos se iban convirtiendo en la rutina característica de ese encierro. Inexorable, el ruidoso mecanismo revolvía el contenido del antro como si fuera un caldo que cultivase algo. Sin punto intermedio: inmovilidad o agitación, fijeza o cambio, pero en todo momento, la mezcla, los olores fundidos en el calor y la humedad, el hedor compacto y tangible que era elemento y alimento de ese estado vegetativo, semimuerto, de unos cuerpos dislocados cuya única función se cifraba –ahora lo sabía– en recordar. ¿Cuánto tiempo llevarían así? Cuánto llevaba él, y cuánto más se prolongaría esa situación, tan inexplicable como las imágenes que lo invadían apenas terminada la faena de los aparatos. Con nimios resultados, a veces se resistía a caer en el letargo. La voluntad de nada valía bajo el peso de la atmósfera silenciosa y nauseabunda. Durante los instantes en que le ganaba terreno a la inconsciencia, intuía la constante de un flujo. Algo se diluía, se evaporaba, se desintegraba o se hacía más ligero; otros también, como él, entraban a disolverse.
En mis dedos, en mi cara, ha quedado el aroma a cáscara de lima. Es delicioso, y más delicioso aún, el no saber cómo describirlo. He cerrado los ojos para exprimir la cáscara sobre mi rostro. Repito la operación una y otra vez hasta que no da más rocío. Me invade la fragancia. El accionar de mis sentidos se suspende y accede a un tiempo inalterable y vago. Y pienso en ti, en compartir contigo esta trivialidad de la existencia, en una noche de verano que se extienda hacia ámbitos desconocidos. Tu ausencia se halla aquí, en este spritz, en estas gotas minúsculas que sólo existen para el tacto y el olfato. Como tú, estoy exhausto, estoy harto de estar lejos, y reflexiono en todo lo que no ha sido estos años.
Todavía presa de la agitación, trataba de hallar el rumbo, un posible itinerario. En el bar no podía permanecer indefinidamente; sin embargo, éste se abría como un amplio paréntesis. Estaba muy cerca. Ya eran discernibles los acordes que bajaban desde las siluetas de los músicos grabadas sobre los cristales que daban a la calle.
Abrió la puerta, subió las escaleras. Apenas hubo traspuesto una segunda puerta, lo envolvió el ruido multitudinario del bar que ya se hallaba en plena ebullición, pletórico de carcajadas, libaciones, música, roces generosos, mujeres sonrientes, hombres de nariz dilatada, girones de voces. Caminó hacia el otro extremo de la barra, cerca de la puerta de los baños donde había acogido, apenas unas horas antes, el embate violento de las caderas de la mujer.
Traía un sabor amargo y áspero en la boca. Se demoraron en servirle la bebida espumosa. Mientras esperaba y su conciencia se hundía en el alboroto informe del lugar, una voz al oído le informó que ya llegaba, que aguardara a un faraute. Había noticias de su bajada. Podían negociar su huida.
Al poco rato, se presentó un hombre insignificante y diminuto, aunque un tanto agresivo para su porte, quien sin más, le espetó:
—¿Tú lloras? ¿sabes llorar? ¿has llorado alguna vez?— y continuó insistiendo con una
voz aflautada, adolorida, angustiosa. Lo tenía asido por el antebrazo con una fuerza que no correspondía a su tamaño.
—Dime, ¿tus ojos han enrojecido? ¿has sentido arder tu pecho sin motivo aparente? Y cuando estabas solo, ¿notaste que todo a tu alrededor se volvía más oscuro y silencioso, y tu corazón convulso se agitaba entre mil gritos? —
A pesar de su dolor agresivo, sus ojos invitaban a la conmiseración. Lo observaba desde abajo, a través de los reflejos de unos anteojos que hacían más triste su mirada.
—¡Contesta!— le increpó; —…toma, entérate…— le extendió un papel arrugado. —Y si no sabes lo que es llorar, allá tú. —
El hombrecillo se desplazó velozmente y desapareció por el umbral de la puerta por donde había salido la rubia en la tarde. Todavía más confundido y temeroso, extendió despacio el aviso, esperando encontrar una respuesta a lo que le estaba sucediendo. Con dificultad pudo leer la apretada caligrafía que únicamente mostraba frases sin sentido, pero que extrañamente parecía relatar una historia.
***

Jesús Vázquez Mendoza es originario de Ciudad Juárez, Chihuahua, México. Obtuvo su doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad de Kansas. Ha impartido clases en diversas universidades de los Estados Unidos, entre ellas: la Universidad de Texas en El Paso, la Universidad de Kansas y Rice University. Su labor de investigación académica le ha llevado a instituciones como la Cineteca Nacional, el Instituto Mexicano de Cinematografía, la Filmoteca de la UNAM, la Universidad de Texas en Austin y la Universidad de Oxford. Ha trabajado en Hispanic Broadcasting Corporation, Univision Radio, ESPN y Telemundo.
Su obra de creación literaria ha aparecido en revistas y antologías y tiene dos libros publicados: Ráfagas y La huella del gnomon. Actualmente se encuentra trabajando en un libro de relatos, un poemario, y una exhibición de fotografía y texto.

