Pasaron cuatro días y la foto de la vecina, luciendo un conjunto de lencería que me voló la cabeza y que borré casi de inmediato, me seguía haciendo ruido.
Revisé su Instagram y esa foto no la subió a sus historias… Era una selfi privada (ni tan privada, pues apareció en mi WhatsApp).
Encontré fotos coquetas en su cuenta de Instagram, de cuerpo entero, pero con vestidos entallados, jeans y shorts diminutos… muchas donde el punto focal era su rostro (ya que es bonita) y tiene una sonrisa especial. No es nada parecida a esas mujeres que se retratan chupándose los labios para verse más flacas o con el rostro más afilado. Ella no hace trucos para verse mejor (no los necesita)… a lo mucho usa poco maquillaje. Por ejemplo, se pinta los labios o se pone un poco de rubor.
Inclusive tiene fotos donde aparece sin una gota de maquillaje o labial. En ninguna sale con pestañas postizas… Tampoco las necesita.
Porque hay mujeres que, si no se maquillan en exceso, parecen otras cuando las ves con la cara lavada… Mujeres a las que el maquillaje les sirve para quitarse años. No todas, aclaro.
Aparte, hay mujeres que saben maquillarse sutilmente, pero hay otras que no saben maquillarse.
Mis amigas me dicen que maquillarse es todo un arte y que, si no te maquillas bien, el tiro puede salirte por la culata.
Sé (porque me gusta la historia de las cosas) que el maquillaje, femenino y masculino, se inició en la Prehistoria y que en el Antiguo Egipto se perfeccionó… Luego pasó por Grecia y Roma… el Renacimiento… los nobles franceses e italianos. Y en el siglo XIX, durante la Revolución Industrial, el maquillaje solo era usado por las damas de la alta sociedad y las prostitutas… Fue ya en el siglo XX, con el surgimiento de Hollywood, cuando el maquillaje se volvió una industria y se puso al alcance de todas las mujeres.
El caso es que la vecina sale en sus fotos de Instagram maquillada levemente o sin nada de maquillaje. (Esa es una de las ventajas de ser bonita natural; otras necesitan una manita de gato y otras, un milagro).
Pero no encontré una foto igual o parecida a la que me envió. O sea que era una selfi reciente.
Aunque ya la había borrado de mi WhatsApp, la selfi seguía en mi “disco duro”.
Estaba en un dilema: no sabía si marcarle, mandarle un mensaje o esperar a que ella me contactara… para comentar sobre la sensual imagen que me envió.
Pasaron dos días más… y de pronto sonó el tono personal de WhatsApp de la vecina. (Me hizo una llamada).
—Hola, vecino… ¿Qué ha hecho en estos días que lo he dejado en paz?
—Ni la burla perdona… Es usted bien mula.
—¿Por qué me dice eso?
—Por la foto que me envió hace tres días.
—¿Cuál foto?
—Revise bien su WhatsApp.
—Voy a colgar para checarlo… Ahorita le vuelvo a marcar.
Esperé. Al minuto me marcó de nuevo.
—¡Perdóneme, vecino!… Sin querer le envié esa foto también a usted… Se la mandé a una querida amiga del lago Travis. Es la que me recomendó para trabajar de bartender; quería presumirle cómo me quedaba el conjunto de lencería que me compré en línea… y sin querer se la mandé por accidente… Fue un dedazo involuntario… ¿A poco a usted no le ha pasado?
—¿Me está diciendo la verdad?
—Por supuesto. Además, ¿por qué tanto alboroto? Ni que estuviera desnuda.
—Pues casi.
—Discúlpeme si lo incomodé, pero es que mi amiga y yo tenemos esa costumbre; nos mandamos fotos mutuamente… No vaya a creer que somos lesbianas… Simplemente lo hacemos para mostrarnos la ropa que adquirimos en línea… A veces son vestidos, jeans, blusas o ropa interior. Y porque somos muy vanidosas las dos.
—Ya entiendo… ¿Su amiga también es bonita?
—No más que yo… Ja, ja, ja… ¿Por cierto? ¿Qué opina de esa selfi?

