La pandemia me tenía harto; aun así, no debía dejar que la monotonía y el ritmo lento que se esparcía por la casa me atraparan.
Si no fuera por mi trabajo de leer manuscritos de novelas que quizá nunca serán publicadas, estaría hundido en una leve depresión.
Estaba solo en casa, pero mi esposa no me soltaba… me llamaba tres o cuatro veces al día. A veces me hablaba desde casa de su madre, otras desde su automóvil o desde su trabajo.
Las llamadas de amistades eran otra distracción.
Pero debo reconocer que las llamadas por WhatsApp de la vecina significaban una tabla de salvación que me ayudaba a combatir el aburrimiento.
Lo malo es que yo no podía hablarle… tenía que esperar a que ella se comunicara.
A estas alturas, nadie sabía de la existencia de la nueva vecina, porque no se lo conté ni a mi esposa ni a mi hija. ¿Era un secreto o una omisión?
De cualquier manera, no les había contado de mi nueva amistad… porque era algo banal y sin importancia para ellas. Y ya saben que soy muy amiguero.
Se puede decir que mi vecina era un secreto mío.
(Por cierto, mi hija se quedaba en casa de su abuela, porque también le dio Covid, sin consecuencias graves… y me llamaba a diario para checar cómo me iba con el encierro).
Estaba solo, pero a la vez no lo estaba. Mi familia estaba cerca de mí y pendiente de que no me faltara nada para sobrevivir sin contagiarme.
Y así pasan los días (como dice la canción).
De pronto, mientras leía y subrayaba el manuscrito de una novela malísima, sonó el tono personalizado que le asigné a las llamadas y mensajes de la vecina en WhatsApp.
Revisé mi celular: era una foto que se estaba abriendo.
La imagen terminó de cargarse: era ella, una selfi… de esas que se toman frente al espejo.
Pero no era cualquier selfi; en la imagen se veía sumamente sexy, luciendo un conjunto de ropa interior. Una foto de alto voltaje. Las pantaletas de encaje, igual que el bra… prendas muy pequeñas, demasiado pequeñas, diría yo, ambas de color rojo.
La selfi estaba bien tomada… nítida. Capturada con un iPhone (que sostenía en su mano derecha) de última generación. Toda ella con la piel chinita. La pose —ensayada mil veces, supongo— como de modelo… de cuerpo entero. Sin duda era una foto provocativa: no estaba de frente, sino en tres cuartos, resaltando sus calzoncitos rojos cacheteros… y cada milímetro de su piel chinita, en cada poro.
La foto llegó sin ningún comentario ni emoji.
La vi y la analicé en menos de un minuto… y en chinga la cerré. Sentí que estaba haciendo algo prohibido.
Traté de volver al manuscrito, pero me fue imposible. La imagen de la lencería roja carmín no se me borraba.
Empecé a caminar de mi estudio a la sala y a la cocina… daba vueltas para olvidar lo que acababa de ver y esperaba a que la vecina diera señales de vida en WhatsApp.
Comencé a elucubrar. ¿Por qué demonios me mandó esa foto tan atrevida? ¿Me estaba poniendo a prueba? ¿Quería mi opinión? ¿O era una broma?
Volví a abrir la selfi… traté de ver si era una imagen trucada, creada con IA o saturada de filtros. Pero no, era mi vecina.
Cerré nuevamente la foto y esperé que sonara el tono personalizado… mi celular permaneció mudo.
Era una imagen con dinamita pura.
Pensé y pensé en la foto. La borré… la dejé ir.
Intenté distraerme. Me puse a escuchar, a todo volumen, a Alfredo Zitarrosa, que me cantaba el “Candombe del Olvido”.
Alfredo Zitarrosa fue un cantautor, poeta, periodista y escritor uruguayo, considerado una de las figuras más destacadas de la música popular de América Latina en el siglo XX.

