Seguimos en la llamada. Desde que propuse no vernos —ella en su azotea y yo desde mi patio, porque habían subido los contagios por Covid—, cada vez que me contactaba por WhatsApp durábamos hablando mucho tiempo.
Yo la agendé en mi teléfono y en WhatsApp como LA VECINA, y así me aparecía en el identificador de llamadas.
—Yo a usted le puse VECINITO; así lo tengo en mi celular —me dijo.
—¿Y por qué me tiene como VECINITO?… ¿Por chaparrito?
—Fíjese que no, sino porque se me hizo muy tierno, desde que lo vi en la azotea regando… ¡y hablándole! a sus arbolitos.
—Ha de haber pensado que estaba lurias… ya me la imagino.
—Nunca pensé eso… Como también lo veía leyendo y tomándose una copita de vino, supe que no estaba tan loco… por eso me animé a saludarlo. No olvido el susto que le metí.
—¡Casi me da un infarto!
—¡Ja, ja, ja!… Lo tuve que saludar varias veces hasta que levantó la vista.
—No se burle. Por mi condición debo fijarme en cada paso que doy; si no, me doy el azotón. Además, cuando miro hacia el cielo me mareo y pierdo el equilibrio… por eso me asustó; me imaginé que ya estaba oyendo voces, como un esquizofrénico.
—Pero qué bueno que me animé a hablarle; si no, nunca nos hubiéramos conocido. Lo saludé porque me transmitió un no sé qué… tal vez confianza… me inspiraba ternura, y creía que vivía solillo. Además, me intrigaba su personalidad. ¿Y a usted qué le provocó que le sacara plática desde la azotea?
—Me sorprendió, más que nada. Y no sé por qué, de inmediato sospeché que no era de Juárez… tenía aire de foránea.
—¿Cómo?
—Su forma de hablar, su desenfado… Noté que no era de aquí.
—Qué observador.
—También, desde que la vi trepada en la azotea… me cayó bien.
—¿Sería lo mismo si yo fuera una chica no tan agraciada?
—Yo creo que no me hubiera hablado… no se habría atrevido. Pero como es guapa y de buena estampa, pues me habló.
—A lo mejor le estaba coqueteando… No se crea. Lo que quería era saber quién demonios era usted, a qué se dedicaba y, sobre todo, por qué les hablaba a sus arbolillos. Y me llamó la atención que saliera bien vestido a regar… nunca lo vi en pijama o pantalonera. Me intrigaba verlo bañadito, arregladito, con su sombrero, y no en modo pandemia.
—Es que no me gusta trabajar todo guandajón; bajo a mi estudio como si trabajara fuera de casa… manías de uno.
—Ahorita mucha gente trabaja desde casa, desde su compu, y anda en calzones… como no se ven.
—Sí… he visto videos, pero yo trabajo en casa desde antes de la pandemia. Oiga, cuénteme de su trabajo de bartender. ¿Ha de haber vivido muchas anécdotas y experiencias?
—Ni me acuerde… Estaba muy contenta en ese bar… aprende una de todo.
—Aquí se dice que un cantinero o cantinera es como un psicólogo.
—Sí… igual que un barbero, una estilista y un chofer de taxi o de Uber. Por cierto, ¿en este rancho ya hay servicio de Uber?
—Ya va a empezar a echarle a Juárez.
—Estoy bromeando… ¡no se esponje!
—Aquí en Juaritos tenemos Uber… pero muchos taxistas o choferes de aplicación son muy malacarientos… o serios.
—Hay de todo… muchos son muy parlanchines.
—¿Usted era una bartender parlanchina?
—Yo era un encanto… ¡Ja, ja, ja!
—Vecina… me está hablando mi esposa… le voy a colgar.
—Está bien… después me comunico.

