Seguimos en la llamada por WhatsApp, mi vecina y yo, hablando de esto y aquello.
Ella me preguntó si no me aburría de estar encerrado… tomando en cuenta que ella, al menos, interactuaba con su sobrina.
Le dije que estaba muy acostumbrado a la soledad y que incluso ya me agradaba. Que antes de sufrir el infarto cerebral (embolia) no me veían ni el polvo… me la pasaba en la calle todo el santo día, y luego iba a escribir al periódico lo que pepenaba de información… Como tenía la libertad de reportear e investigar lo que se me antojaba, andaba siempre en la pesca de historias interesantes… (siempre pensando en el lector).
Recalaba en casa muy noche; y cuando no trabajaba, andaba divirtiéndome con mis amigotes o amigas (así conocí la mayoría de los bares, cantinas, tugurios y teibols de mi Juaritos… era muy aficionado al trago y al billar).
Al respecto, me topé en la red con estas reflexiones del “Laboratorio de la Felicidad”, del periódico El País:
“Somos animales sociales, ya lo decía Aristóteles. Necesitamos a los otros para vivir y para darle sentido a lo que hacemos. Pero también necesitamos estar con nosotros mismos, sin interrupciones, sin móviles o redes sociales y sin nada que implique ruido externo. No hablamos de la soledad profunda, que nos aterra, sino de un tiempo para reflexionar, que nos ayuda a ser más exigentes, más creativos y más felices. Casi nada. Veamos por qué es beneficiosa y cómo conseguirlo.
Primero, saber convivir con la soledad nos hace más libres. Cuando nos angustia estar a solas, nos aferramos como a un clavo ardiendo a relaciones que pueden ser nocivas o a planes que, en el fondo, no nos gustan, pero que nos alivian. En la medida en que sabemos convivir a solas con nosotros mismos (no hablamos de ir de ermitaños, que es otra cosa), podemos ser más exigentes con los que nos rodean y, por supuesto, nos ayuda a conocernos mejor.
Segundo, la ciencia ha comprobado que la soledad nos permite valorar más lo que tenemos. Allá por los 90, Reed Larson, profesor de desarrollo humano de la Universidad de Illinois, llevó a cabo un estudio con adolescentes en el que se les pedía que llevaran un buscapersonas. Durante unos días tenían que decir con quién estaban, qué hacían y cómo se sentían. El estudio demostró que, cuando estaban solos, se encontraban más tristes, pero curiosamente, después de ese tiempo, cuando volvían a estar en compañía, sus indicadores de felicidad aumentaban más. De algún modo, podemos decir que la soledad actúa como una brújula que nos hace valorar más lo que tenemos o, como resume Larson, “actúa como una medicina amarga”.
Y, por último, nos ayuda a desarrollar más nuestro talento. Los grandes científicos no habrían llegado a sus conclusiones si no hubieran tenido espacios para trabajar a solas. Incluso, los líderes más admirados necesitan asumir la soledad en la toma de ciertas decisiones que no siempre se entienden, pero que son necesarias, según el análisis publicado en Harvard Business Review. Si no dedicamos tiempo al trabajo en solitario, será difícil que todo nuestro potencial se desarrolle, porque la presión de grupo no siempre ejerce un impacto positivo.
En definitiva, si cierta soledad es buena, necesitamos poner un paréntesis al entorno y aprender a estar con nosotros mismos. Por ello, deberíamos hacernos una pregunta sencilla: ¿cuánto tiempo pasamos al día sin que el mundo o las obligaciones nos distraigan? Nuestra agenda, incluso en vacaciones, debe incluir un tiempo para estar con nosotros mismos, sin móviles ni televisión. El objetivo es no crear una soledad guiada por redes sociales o por la tele, sino un tiempo que nos permita reflexionar, disfrutar de nuestras aficiones, hacer deporte o, simplemente, no hacer nada. Y, aunque no se entienda por quienes nos rodean o estemos en medio de un jaleo inmenso, necesitamos defenderlo con la pareja, la familia o los amigos. Solo así seremos capaces de conocernos mejor, descansar y disfrutar más de las personas que están a nuestro lado”.

