Jesús Gómez Morán, nació en la Ciudad de México en 1969. Es Licenciado, maestro y actualmente doctorante en Letras por la FFyL (UNAM). Ha sido docente en la Universidad del Claustro, la UNAM, la UACM, el Instituto de Estudios Superiores en Periodismo JRF y actualmente en la UPN, Unidad 096. Obtuvo el premio de la revista Punto de partida (1992), en la categoría de ensayo, y el primer lugar en el Premio Nacional de Haiku Juana María Naranjo 2024.
En entrevista, el autor reflexiona sobre la poesía como una definición cambiante y la describe como “la continuación de nuestra interrumpida charla con el bosque”. Además señala que escribir nace de una necesidad personal más que de una vocación clara y afirma que la poesía no puede enseñarse, aunque los talleres de apreciación sí enriquecen la formación.
Critica la falta de honestidad en la crítica literaria en México y reconoce que publicar sin contactos o recursos económicos es complicado. También aborda la autopublicación, el papel de editoriales independientes y considera que la literatura puede influir en la sociedad, aunque no sea su objetivo principal.
-¿Qué es la poesía?
Una pregunta de ardua respuesta. He imaginado diversas posibilidades (paródica, “¿y tú me lo preguntas?, poesía no eres tú”, contradictoria; “poesía es decir algo cuando justamente no viene al caso”; ensoñadora, “poesía es un sueño en voz alta”; malditista, “poesía es un paraguas de cabeza sobre una máquina de coser arrastrada por el vórtice de un huracán”; pragmática, “poesía es la actividad más bellamente inútil ideada por la humanidad”, etc.) para contestarla y quizás, por algunas preocupaciones o lecturas presentes, lo que ahora diga sea distinto a lo que diría el mes entrante. Así pues, bajo ese carácter transitorio, diría que poesía es la continuación de nuestra interrumpida charla con el bosque.
-¿En qué momento te diste cuenta de que serías escritor?
No es pose si dijera que incluso después de 35 años de mi primera publicación, todavía no sé si quisiera ser escritor. Aclaro que conlleva una emoción grata ser leído y felicitado por algún material publicado, sin embargo, el motor primero (y eso me vino como a los 12 años) es la necesidad de escribir algo que pensaba y sentía, más allá de que eventualmente esas líneas pudieran o no, ser publicadas. Y justo a raíz de esta reflexión me atreveré a agregar que escribir poesía es recuperar a través de la palabra, algo que perdimos, pero que ciertamente nunca fue nuestro.
-¿Se puede enseñar a escribir poesía?
En definitiva, no. Precisamente por lo anterior. A veces siento que los talleres de poesía pueden tener un manejo conductista y hasta hacer que los asistentes perciban la realidad tal como se los inculca el tallerista. En este punto aplica lo mismo que decía Borges: “como no se puede obligar a nadie a ser feliz, tampoco se puede obligar a nadie a leer, ni a escribir”, específicamente a escribir como le guste a su instructor/a (a menos, claro, que el hacerlo tenga una finalidad terapéutica, en cuyo caso la ejercitación escritural es de mucha ayuda para el proceso catártico). Más enriquecedor me resultan los talleres de apreciación literaria, en los que se analizan y comentan lenguajes, recursos, temáticas, técnicas literarias, etc. y a partir de ahí, alguna o alguno de los participantes pueden desarrollar una propuesta de escritura propia.
-¿Qué tan honesta es hoy la crítica literaria en México?
Poco honesta y esto deviene en que casi no hay ejercicio crítico. Tenemos por aquí y por allá autores que la cultivan (Adolfo Castañón, Christopher Domínguez Michael, Víctor Manuel Mendiola, Armando González Torres, etc.), pero los veo como tareas un tanto dispersas, isla de un archipiélago poco conectado. Ahí, por ejemplo, me resulta seductoramente provocadora la idea de un taller de crítica de poesía, solo que en la actualidad lo vislumbro poco viable, además de la susceptibilidad de los cultivadores de la escritura creativa, por los compadrazgos, los amiguismos, los elogios mutuos de Melees y Teleo, el ser prosélito de una vaca sagrada (y algunas que ni siquiera lo son), la buenaondez, etc.
-¿Qué tan difícil es publicar poesía sin pertenecer a un circuito específico?
Muy complicado. Para publicar se necesitan básicamente dos requisitos: tener contactos con alguna editorial (o un buen padrino literario) y tener dinero (y en ocasiones, gracias al asunto de la autopublicación, con el segundo requisito basta). Lo de presentar una obra de buena calidad queda en mundo plano (y muchas veces ni siquiera es un punto que se tome en cuenta). En resumen, quienes publican son las plumas consagradas y los que tienen lana para financiar su libro.
-¿Hay algo que te decepcione de la poesía contemporánea mexicana?
No en general, aunque hay propuestas poéticas que sinceramente me aburren, pero admito que eso puede ser más problema mío que del ámbito circundante.
-¿Quiénes son los autores vivos más importantes para ti?
Quiero confesar, de entrada, que no soy un experto a profundidad de la creación poética actual. Hasta donde he podido extender mi ojo lector, diría que hay voces que me resultan sumamente valiosas: Roxana Cortés, Angélica Santa Olaya, Yolanda de la Torre, Angélica Cortázar, Fabiola Amaro, Coral Bracho, Hortensia Carrasco, Lorena Garduño, Carmen Nozal, Lucía Rivadeneyra, Vanessa Fens, Guadalupe Elizalde y Norma Salazar. Del sector masculino mi admiración incluye, además de Roberto López Moreno, Vicente Quirarte, Efraín Bartolomé o el mencionado Víctor Manuel Mendiola, a Norberto de la Torre, Leonardo Cruz Parcero, Ángel Carlos Sánchez, aforismos de Armando González Torres y de Israel Ramírez (que han publicado ambos en Twitter, ahora X), Félix Suárez, algunas cosas de José Eugenio Sánchez y, aunque recientemente fallecido (pero cuya obra considero una asignatura pendiente de explorar y disfrutar), Salomón Villaseñor (autores estos últimos a quiénes tuve oportunidad de elaborar su dicha de autor para el Diccionario de escritores. Siglo XX, de la UNAM, en el que colaboré varios años). Pero como decía, de momento debo estar omitiendo involuntariamente a alguien más de mucha valía.
-¿Qué opinas del auge de la autopublicación y las editoriales independientes?
Lo de la autopublicación, creo que ya quedó contestado. Respecto a las editoriales independientes me parecen una loable apuesta ante el panorama que también ya describí, siempre y cuando respeten la esencia de constituirse en una vía alternativa para quienes tienen algo que merece ser difundido, y no como sucede con algunas que cooptan espacios y estímulos, e incluso hasta persiguen editar los inéditos de grandes figuras recientemente fallecidas para lucrar con ellos. Como decía un amigo, son editoriales que navegan con bandera de independientes, pero en realidad son auténticas corsarias.
-¿Crees que la literatura puede ayudar a cambiar a las personas y a la sociedad misma?
Sí, aunque muy probablemente no sea su objetivo principal. Hacer de la nuestra una sociedad más amable y justa, no es el propósito de la expresión artística, pero de ningún modo está peleado con el hecho de aspirar y conseguir ambas cosas (piénsese simplemente en la Oda a Roosevelt de Rubén Darío). La escritura marxista no es artística de manera automática (tampoco la escritura automática, eh), pero en este sentido, poesía y literatura también pueden contribuir a apuntar el cumplimiento de la máxima de Salvador Díaz Mirón, expresada en estos soberbios endecasílabos: “nadie tendrá derecho a lo superfluo, / mientras alguien carezca de lo estricto”.
-¿En qué trabajas actualmente? ¿Qué preparas?
De años atrás vengo arrastrando cinco o seis proyectos de libro (entre ellos una recopilación de poemas dispersos en varios volúmenes colectivos) que confío concretar lo antes posible.
Es autor de los libros: Cantar sin música (1991), La consagración de la primavera/Epigramas sin épica (1998), Estancias (2002), Sólo 8 poetas (2006), Cánticos a Erígona (2018) y Estación de ángeles (2022).
Junto con Seiko Ota, es autor de El secreto del haiku (2024).

