La manguera
se extiende bajo las estrellas
que el farolero enciende
con sangre sacada de un pozo.
El pasante
toma un segmento
y la cosa resbala
entre sus manos.
Si estás imaginando algo sucio
-dijo el maestro-
es normal,
a todos nos pasa al principio
aunque ya luego
se te olvida,
dejas de pensarlo
como un acto sexual gigantesco, incomprensible,
del que no sabes dónde empieza
ni a dónde lleva…
ciertamente no sabes
qué función o propósito
pudiera tener
más allá de lo obvio.
Suena un cuervo en algún rincón del cielo.
Agárrala bien
-dijo el maestro-
pero no la ahorques.
Es como tener pareja
y compartir la renta
pero no te puedes confiar
porque te arranca la mano.
¿Ves cómo corre sola?
Sólo hay que guiarla.
Te recomiendo
compres buen calzado.
Las horas son largas
cuando estás de pie toda la noche.
Pasa el tiempo
y el negro del cielo
se va haciendo infantil…
Pasa el tiempo
y el azul del cielo
se va haciendo hermético…
Sigue sonando un cuervo allá arriba
pero nadie puede verlo.
El pasante
(otro pasante)
pregunta
sin miedo
para qué sirve la manguera
y si de verdad es necesaria.
(La manguera,
tal vez
¿ya empieza a soñar que es tocada
por otras manos?)
Si quieres ponerte profundo
-dijo la voz del maestro-
hazlo en la fila de desempleo.
Arriba
un graznido
anuncia algún tipo de
desastre.
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Eduardo Padilla (Vancouver, 1976) es autor de Zimbabwe (El Billar de Lucrecia), Minoica (escrito en colaboración con Ángel Ortuño, publicado por Bonobos), Mausoleo y áreas colindantes (La Rana), Blitz (filodecaballos), Un gran accidente (Bongo/3pies), Hotel Hastings (Cinosargo) y la antología Paladines de la Auto-Asfixia Erótica (Bongo Books). Su libro más reciente es Zwicky (Cinosargo).
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