Antonio Leal nació en Chetumal, Quintana Roo, el 17 de enero de 1946. Es egresado de la carrera de sociología de la Escuela Nacional de Estudios Profesionales, Acatlán, generación 1975-1981, de la Universidad Nacional Autónoma de México, reconocida actualmente como Facultad (FES-Acatlán, UNAM).
Fue becario de Poesía del Centro Mexicano de Escritores 1969-1970. Presidió el jurado del Premio Internacional de Poesía Caribeña “Nicolàs Guillèn” 2001, invitado por la Unión Nacional de Artistas y Escritores de Cuba. Durante muchos años se desempeñó como guionista de radio en el Sistema Quintanarroense de Comunicación Social. Ha ejercido el periodismo en los principales diarios de la ciudad de México, como corresponsal en Quintana Roo del Novedades, La afición, Día a Día.
Ha publicado en revistas como Punto de Partida, Revista de la Universidad de México, La Cultura en México, revista cultural de la revista Siempre!; Biblioteca de México, Tropo a la Uña, revista de la Casa del Escritor de Cancún; Revista de Poesía, de la Sociedad Internacional de Escritores, impresa en West Virginia, EU; Revista de Bellas Artes, El Rehilete, Diálogos, de El Colegio de México y Parva. En suplementos culturales de periódicos como La Jornada y El Gallo Ilustrado.
Miembro del taller literario del escritor Juan José Arreola y becario de poesía del Centro Mexicano de Escritores. Becario de Creadores de con Trayectoria por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y Gobierno del Estado de Quintana Roo, 2010.
El autor conversó con Poetripiados, entre otros temas, sobre su obra, sus anécdotas literarias y sus inicios en la escritura.
—¿Qué es la poesía?
Quienes se interesen en saber la definición de lo que es la poesía se encontrarán con el hecho de que no se puede saber qué es y esto viene desde su origen.El concepto original aparece en la antigua Grecia cuando los filósofos la nombraron. Proviene de poieo (“hacer”, “crear”), y se refiere a la acción de producir, fabricar o inventar, abarcando desde la artesanía hasta la alta poesía. La filosofía fue anterior a la poesía y poesía se puede decir que es un conocimiento. No es difícil suponer que Aristóteles escribió poesía, pero se desconocen sus textos poéticos. Decía que la poiesis es un saber productivo que busca la creación de una obra, a diferencia de la praxis, cuyo fin es la acción misma. Es una de las tres formas de saber, junto con el teórico y el práctico. Para el filósofo Heidegger, por su parte, la poiesis es como un «hacer surgir» o revelar algo que antes no existía. Vemos entonces que no tiene definición si no que se dice o se destaca en qué consiste la poesía.
Lo que parece indudable es que son los poetas, los que escriben poesía, los únicos que pueden decir o referir en qué consiste la poesía. Quien es poeta lo demuestra con su propia poética, con lo que escribe. En lo personal, me he ocupado en conocer lo que el poeta Ovidio señala en su Poética. He consultado cuantos libros de Arte Poética se han escrito. Paul Valéry escribió una poética, el mismo Homero da el nombre de muchos poetas en La Ilíada y La Odisea, los autores clásicos griegos escribían sus obras en poesía y mencionan a poetas, es decir, hay que leer poesía para comprender en qué consiste la poesía. Casi todos los poetas importantes hablaron alguna vez de lo que ellos consideran que es poesía. En nuestro caso hay que ver lo que dicen nuestros máximos poetas, José Gorostiza y Octavio Paz, sobre la poesía. En el primer caso, Muerte sin fin de Gorostiza, fue construido a la manera antigua, es decir, que es un poema extenso en un solo libro, y Piedra de Sol de Octavio Paz, también. Son ambos textos excelentes referentes para saber por qué terrenos andamos cuando queremos saber qué es poesía. Ambas obras constituyen sendos monumentos literarios que nos permiten reconocer las posibilidades que el idioma español, de aquí y de allá, tiene para manifestarse. Son serias propuestas para conservar limpio y vital nuestro idioma, lo conservan, a tal grado de que sus posibilidades, a pesar del tiempo que ha pasado desde que fueron escritas estas obras, cumplen con el objetivo de custodiar el idioma. Solo que hay que leerlos. A menudo escuchamos que los poetas jóvenes consideran que estos autores ya pasaron de moda sin haberlos leído. Si esa postura la aplicamos a la música, lo que escribió (porque la música se escribe) Beethoven, Mozart, D´Vorak o Sibelius, ya no debe oírse porque ese tiempo en el que compusieron sus obras ya pasó, y no ocurre esto, son autores clásicos, y esto se refiere a que se vuelve siempre, año tras año, ayer y hoy, a estas obras, los conciertos continúan agolpando a grandes públicos en todas partes del mundo, volvemos siempre a ellos, por eso son clásicos, y claro, no a todos les gusta la música clásica, pero no escucharla no significa que ya no sean obras de arte de gran valor a las que cualquier público, cuando lo desee, puede tener acceso. Tengo una nieta de cinco años que todas las noches pide algo de Beethoven para poder dormir, y no porque la familia quiera que sea en el futuro concertista. No. El arte es para vivir y pasar la vida de la mejor manera. Poesía y música van de la mano.
—¿Cómo fue tu encuentro con las letras? ¿Cómo descubriste que querías ser escritor?
Una mañana llegó de visita a mi casa una vecina procedente de Poza Rica, Veracruz, muy querida por nuestra familia y que vivía frente a nuestra casa, llegó a la hora en la que yo salía caminando rumbo a la escuela rural de donde vivíamos para asistir a mi primer día de clases. Era sólo un libro oficial el que se usaba entonces en la primaria, un cuaderno y un lápiz. Tomó mi libro de texto y lo abrió en la primera página y escribió, aún lo recuerdo:
“Si este libro se perdiera,
como suele suceder,
suplico a quien lo encuentre,
que lo sepa devolver,
y si no sabe mi nombre,
aquí lo voy a poner”,
y escribió, después de estos versos, mi nombre completo y la fecha.
Han pasado muchos años desde entonces. Egresé de la carrera de sociología en la UNAM, y juro que me deshice de todos los libros que me sirvieron como bibliografía de estudio en la universidad, en la ciudad de México. Los únicos libros que conservo en mi biblioteca personal ahora son de literatura, de poesía, de buena poesía escrita en todas partes. Todavía me acuerdo de mi número de cuenta que consta en los archivos de la universidad, 6405226, al igual que esos seis versos de ocho sílabas, que esa amistad de mi familia grabó en mi alma para siempre. Recuerdo otros de ella misma: “si el verte me da la vida, y el no verte me da la muerte, prefiero la vida y verte, que la muerte y estar sin verte”, versos con rima de ocho y nueve sílabas, que es muy seguro esta persona citaba de memoria y que muy bien pudieran ser suyos o de algún autor anónimo, perteneciente a la trova popular veracruzana del son jarocho, que por cierto me gusta mucho y muy a menudo escucho, y que en términos generales estos sones jarochos tienen letras con versos rimados, todos de ocho sílabas del género literario que todo mundo reconoce como décimas o espinelas, muy dignas de llevar a las páginas por cualquier poeta actual.
Aquí doy constancia ahora de la influencia de la trova jarocha en lo que escribo, y me refiero al gusto por la rima, ritmo y métrica. Cito unos versos de memoria, que considero son obra de un poeta anónimo, hasta que alguien venga y me diga lo contrario: “Señores, no sé cantar, porque crecí en el monte. A mí me enseñó a gorjear, la calandria y el zenzontle, y el pájaro cardenal”. Sin pensarlo mucho, me gustaría haber sido el autor de estos hermosos versos. De esta manera fue que desde mi infancia pude distinguir que existe entre nosotros una manera de usar el idioma para comunicarnos a diario, y otra manera para también comunicarnos con palabras que suenan distinto, que se escriben con métrica y rima. La poesía es canto, me dijo en cierta ocasión el gran poeta Rubén Bonifaz Nuño, filólogo en demasía, fundador del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, a quien todos los mexicanos avocados a la literatura, le debemos el habernos enseñado en idioma español lo que escribieron muchos autores que han pasado a la historia cultural de nuestro país y ahora se conservan en la Biblioteca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, que también él fundó. Curiosamente don Rubén Bonifaz Nuño es oriundo de Córdoba, Veracruz.
—Pasar por el taller de Juan José Arreola implicaba rigor. ¿Qué aprendiste ahí que todavía aplicas o recuerdas bien?
Inscrito en la Universidad, le mostraba mis primeros versos a unos vecinos cercanos a mi casa en la ciudad de México. A Enrique y Roberto Moreno de los Arcos. Eran gemelos univitelinos, idénticos, sólo era posible distinguir quién era quién por la apertura de los dientes incisivos superiores centrales, y hasta ahora, después de muchos años, no sé quién era el que tenía los dientes separados. Estudiaban, uno, historia y el otro, pedagogía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Excelentes estudiantes. Tenían una biblioteca vastísima. Me acuerdo que todas las ediciones de los Breviarios del FCE allí estaban en orden. Lectores profundos y dotados de gran información, resulta obvio que deberían conocer a Juan José Arreoloa, que por mucho tiempo impartió clases en esa facultad y con salones llenos y ante estudiantes y personas ajenas a la universidad que llegaban a sus clases, que eran más bien conferencias. Pasado el tiempo, en una ocasión, yo también lo encontré en uno de los pasillos que dan salida de la FFYL, dijo: “no voy, me llevan”, y era que unas damas elegantes, materialmente lo llevaban arreando para subirlo a uno de sus autos.
Esos gemelos me dijeron un día: “Antonio, nosotros ya no podemos decirte nada más sobre tus poemas, ¿por qué no vas al taller literario que tiene Juan José Arreola?”. Me dieron la dirección y una tarde me presenté a la Sala de Arte OPIC (Organismo de Promoción Internacional de Cultura). Allí le prestaban una gran sala con sillas y mesa para que funcionara el taller de Arreola. Llevé media docena de poemas, por fortuna pasados a máquina, pero sin poner mi nombre de autor en ninguno de ellos.
Vi por primera vez al maestro Arreola, materialmente, trepado a un banquillo, con sus lentes claros de medialuna, alborotada cabellera, camisa blanca sin corbata, saco negro y pantalón marrón de pana. Leía los textos de los asistentes al taller. Llegó el momento en el que uno de ellos me descubrió sentado en la última fila y me pidió mis poemas para someterlos al taller abiertamente.
De mano en mano llegó el folder con mis textos a las manos del maestro. Los leyó con atención y lo que hacía era detenerse en algún giro de alguno de mis versos, destacar con ejemplos, cómo ese momento había finalmente solucionado por otro poeta, recitando de memoria varios párrafos de ese autor en donde una palabra, una frase mía, estaba lograda y nada más.
Allí asistían José Agustín, René Avilés Fabila, Gerardo de la Torre, y otros más. El poeta del Taller Literario de Juan José Arreola era nada menos que Alejandro Aura. Con el tiempo el taller en ese sitio desapareció y teníamos que acudir a la casa de Arreola para entregarle los textos. Después hubo un local fijo para el taller en la calle Guadalquivir, en la Colonia Cuauhtémoc. Finalmente, el taller dejó de existir. El taller llegó a contar con una revista, la revista Mester del Taller Literario de Juan José Arreola. Hubo un día en el que me dijo: “Antonio, traiga usted los poemas tal y cual”. Así llegué a publicar mis primeros poemas en los números 7, 8, 9 y 10 de Mester. La revista acabó en el número 12. Lo que aprendí en el taller es haberme encontrado con la literatura en serio. Las sesiones terminaban en conferencias y en el recitado de poemas de autores mexicanos como Ramón López Velarde, que era, por cierto, uno de los temas que Arreola dejaba en claro: la de su importancia dentro de la poesía moderna en México. Era una maravilla escuchar al maestro en cualquier momento desatándose, leyendo de memoria poemas en francés de Baudelaire, Rimbaud, o Lautréamont. Allí conocí la gran poesía. Llevé allí sonetos que no eran sonetos. Aprendí a escribirlos. El soneto es un formato relevante para componer versos. Nadie lo dice, pero hay que recordar que todo mundo admira la poesía del poeta Jaime Sabines. Los poetas jóvenes que no admiten que sea necesario escribir poemas con métrica ponen la obra de Sabines como ejemplo de escritura en verso libre. Leen mal a Sabines. Cabe destacar que, en su extenso y maravilloso libro de poemas titulado Algo sobre la muerte del mayor Sabines, aparecen más de media docena de sonetos, y muchos versos más tratados con métrica rigurosa, por no decir que todo el libro.
Lamenté mucho no haber tenido a Arreola como coordinador en el Centro Mexicano de Escritores. Juan José Arreola y Juan Rulfo fueron becarios del CME. Muchos de los que asistimos al taller de Arreola tuvimos beca del CME. Fui becario de poesía en esa generación en la cual Carlos Montemayor tuvo la beca de novela. Durante el año de mi beca me sentaba en las sesiones del CME a la derecha de don Francisco Monterde, como director y además miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Tuve un año frente a mí a Juan Rulfo y a Salvador Elizondo, como coordinadores. Durante esa beca escribí para el CME mi primer libro de poemas Duramar, que finalmente fue publicado por la UNAM en 1981.
—Se ha dicho que tu obra marca un inicio en la poesía de Quintana Roo. ¿Cómo se carga con esa idea sin que se vuelva una etiqueta?
Bueno, lo que mencionas aparece en la primera página de la antología poética que el poeta Juan Domingo Argüelles tituló (y publicó, creo que en CONACULTA), Quintana Roo: una literatura sin pasado. Allí señala, con otras palabras, que antes de mis escritos, en esa entidad era imposible hablar de un autor que alcanzara el mérito de escribir bien poemas. En lo personal, ese asunto no mejora ni empeora mi obra. He publicado media docena de libros de poemas viviendo en Quintana Roo, con la fortuna de haber aparecido en editoriales importantes. SEP, CONACULTA, UNAM, Siglo XXI, UAQ, BUAP, por mencionar algo, y también mis escritos han tenido lugar en revistas y suplementos culturales de reconocida importancia en México. No me considero por esto un autor independiente y reconozco que me ha costado mucho trabajo componer cada uno de los libros que han sido publicados. Y todo escrito desde el caribe de México. Mi alejamiento de la capital del país ha sido, en algún sentido, lamentable, porque no participo en los numerosos eventos culturales que día con día se llevan a cabo en varios sitios públicos y privados, en conferencias, presentaciones de libros o encuentros de poesía. Sin embargo, sigo convencido que mi presencia en el escenario de la escritura en México está a la vista en las editoriales en donde hemos publicado.
—¿Cómo ves el futuro de la literatura de habla hispana? ¿Existen buenos escritores jóvenes?
Respecto a la poesía, que es una parte de la literatura, estoy al tanto de lo que se escribe en varios países del mundo. Las redes sociales dan cuenta a diario de eso. En FB es posible enterarse muy bien quién ha merecido el Premio Nóbel de Literatura, saber de la presentación de la obra de cualquier escritor, leer en Google libros importantes de poesía escritos en español. Yo mismo recurro a varias páginas y publico mis textos en páginas como Poesía Global, un sitio creado en España, en donde aparecen desde autores consagrados, hasta poetas importantes vigentes de todo el mundo. La literatura en habla hispana sigue conservando su importancia en el mundo actual. Las ferias de los libros que frecuentemente se llevan a cabo en todas partes del mundo, son una muestra de la importancia que tiene la literatura. Los premios de cuento y poesía dan cuenta de la gran cantidad de autores que envían sus trabajos literarios a concurso.
En cuanto a la literatura escrita por los jóvenes, digamos, y quizá no sea yo exagerado, de quienes tienen menos de 35 años, es notable, las editoriales independientes son las entidades que más se hacen cargo de la publicación de los considerados autores jóvenes, y hay muchos entre ellos que bien vale la pena conocer.
—¿Qué obras literarias te gustaría llevar a un viaje interplanetario en caso de que la humanidad tuviera que abandonar el planeta Tierra?
Tentativamente, podría citar 100 obras. La antología de la poesía lírica y épica sumeria, para empezar, comenzando con el Gilgamesh; la poesía de Nono de Panópolis, un autor poco citado en nuestros días, tenido como el último poeta de la antigüedad clásica de los autores griegos; Apolonio de Rodas; las obras de Homero y los autores trágicos clásicos griegos; Los 9 libros de la historia, de Heródoto, una decena de autores latinos, Ovidio, Virgilio, a Catulo, Jenófanes, Dante, Saint-John Perse, Baudelaire, Villon, Shakespeare. El Quijote, para no volverme loco; Paul Valëry, Pavese, Borges, Octavio Paz completo, Gorostiza, en fin, un buen diccionario; un aparato que sirva para traducir fácilmente a autores de varias lenguas. El tema da para más, y más. La poesía persa, los salmos, San Juan de la Cruz… tratar de sincronizar lo que llevó esa nave que navega en el espacio interestelar enviada por la NASA, con grabaciones de los temas más importantes que la humanidad ha creado; música, en fin….
—Comentabas que en tus libros hay mucho trabajo con el verso medido, pero que casi no se ha señalado. ¿Consideras que se tiene que volver a la métrica para entender el verso libre?
Bueno, en mis libros es posible encontrar, en cada uno de ellos, poemas que han sido tratados con métrica. Creo que en todos. En especial, debo mencionar uno. En Thalassa, no sabes el trabajo de investigación que tuve que hacer para ponerme a escribir un libro de poemas en el cual se abordara el tema del mito de las sirenas. Desde la relectura de Homero, que es el primer poeta que las menciona y no nos da el nombre de ellas, y la consulta de varios autores que trataron el tema, no te imaginas cuántos: Dante, Virgilio, Octavio Paz, el profeta Elías, Camoens, E. Pound, T. S. Eliot, Ovidio; una caterva de autores de los cuales, en cada poema puse los versos que ellos escribieron tratando el tema de las sirenas como epígrafe. Fueron tantos los autores consultados que fueron leídos y releídos, al grado de que muchos no aparecen citados en los epígrafes, por lo que tuve que terminar de escribir, poema tras poema, cuando me di cuenta de que lo que tenía escrito era ya un libro.
Todos estos poemas fueron escritos en versos de arte mayor, es decir, versos de arte mayor con base en textos escritos a partir del octosílabo, el verso alejandrino, pasando por el endecasílabo. Me quedé esperando que algún lector se diera cuenta de esto. El libro puede considerarse un libro clásico dentro del catálogo de la editorial Siglo XXI, que lo publicó el año 2008 y que dio ya por agotado. Quizá hoy sea yo el único poeta vivo que tenga un libro escrito de poemas con un prólogo de José Emilio Pacheco, quien en vida tuvo los más importantes premios literarios en el ámbito de las letras hispanoamericanas. Y ya encarrerados hay que decir que, de no haber fallecido JEP, ya sería otro Premio Nóbel de México más para estos días.
—¿En qué trabajas actualmente?
Tengo un nuevo libro de poesía terminado que por ahora está inédito. Y ya voy ocupándome en escribir otro, del cual considero que ya se ha puesto de pie, dentro de lo que llegará a ser el contexto de este nuevo trabajo. Estoy en el tiempo de encontrar un espacio editorial adecuado para publicar una selección muy ajustada de mis obras completas publicadas hasta ahora. Completas no lo serían, pues el libro inédito quedaría aparte de este proyecto. Esa obra se titula Mester traygo fermoso, no es de joglaría.
Entre sus libros publicados están Duramar, Universidad Nacional Autónoma de México, 1981. Poemas Provinciales, taller del autor, Pontevedra, España, 2004. Thalassa, Siglo XXI Ediciones, México, 2008. La fauna exaude, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2012. Divagario, Universidad Autónoma de Querétaro, México, 2015. Duramar, poemas selectos, Editorial Papálotl, independiente, Tuxtepec, Oaxaca, México, 2021. Ítem ola-canción de la manada nómade, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2022.

