Michael Karl Schuessler, es doctor en Lenguas y Literaturas Hispánicas por la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA). Actualmente es Profesor Titular del Departamento de Humanidades de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Unidad Cuajimalpa y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.
El estadounidense btuvo el Premio a la Docencia, por la Universidad Autónoma Metropolitana, Cuajimalpa (2013); la beca Fulbright Senior Specialist (Febrero–Abril, 2007) y la Fulbright García-Robles (2003-2004), entre otros premios y reconocimientos.
Llegó a México siguiendo las huellas de una cultura que había conocido desde niño en la frontera con Estados Unidos y terminó encontrando aquí buena parte de su vida intelectual. Investigador, escritor y académico, su trayectoria ha cruzado la cultura novohispana, la biografía y la recuperación de figuras esenciales de las letras mexicanas.
Su encuentro con Pita Amor en 1990 abrió una relación de una década y contribuyó al rescate de su obra, mientras Elena Poniatowska sembró en él la inquietud por la biografía.
Autor de estudios sobre cultura gay, cine, literatura e historia cultural, Schuessler conversa con Poetripiados sobre sus archivos, la pérdida de voces críticas, la inteligencia artificial, el autoritarismo, Donald Trump y ese México al que llegó en tren en 1986.
—¿Qué fue lo que te trajo a México y qué fue lo que te hizo quedarte para siempre?
Qué bonita pregunta. Pues, fíjate que yo soy producto de la frontera entre México y Estados Unidos. Yo me crie en Arizona. Soy como americano-mexicano en ese sentido. Y lo que me trajo a México fue un interés por explorar cosas, facetas de la cultura que yo había atestiguado, experimentado en mi infancia y en mi juventud en Arizona; amén del hecho de que, bueno, tuve la fortuna de aprender el español desde chiquito, desde los ocho años, cuando hubo un programa en mi primaria de educación realmente bilingüe, no solo inglés para hispanoparlantes. Me gustaban las humanidades, la lectura, las artes y elegí tomar el camino de las letras hispanas, las mexicanas en particular.
Vine a México la primera vez en tren desde Nogales, Sonora, hasta Guadalajara, Jalisco, allá por el verano de 1986, y de ahí me fui en tren a la Ciudad de México y de ahí a Xalapa para estudiar en la universidad veracruzana. Y luego, bueno, me quedé cuando supe del desarrollo de una nueva unidad de la UAM Cuajimalpa y obtuve una beca Fulbright, Senior Scholar, se llama, para venir y ayudar en la creación del programa de Humanidades y bueno, hubo la oportunidad de competir por una plaza y la tomé, porque en aquel entonces yo estaba en Columbia University de Nueva York; pero, pues, como les digo a mis amigos: me sentía como Eydie Gorme sin sus Panchos.
—De estudiar literatura colonial en la UCLA a convertirte en el biógrafo de Elena Poniatowska y Pita Amor: ¿cómo se dio ese giro hacia la biografía como género?
Otra pregunta muy interesante. Desde hace mucho me ha llamado la atención el arte, la cultura novohispana. De hecho, escribí mi tesina de la licenciatura sobre el programa de pintura mural de Ixmiquilpan del convento de San Miguel Agustino de Ixmiquilpan, Hidalgo. Pero al mismo tiempo tuve otras experiencias precisamente en Guadalajara. Cuando llegué en aquel verano de 1986 tuve la oportunidad de conocer a alguien que sería fundamental en mi vida, Ángel de la Cruz, el tío de un amigo que hice estando allá en Guadalajara. Era un ex bailaor de flamenco ya mayor, ya no podía bailar y se había convertido en declamador de poesía, y entre sus poetas favoritos estaba Guadalupe Amor, y como él había vivido en Ciudad de México en los 40, 50, se presentaba en lugares como el Salón Waikikí y en el Cabaret Leda, donde vio por primera vez llegar a Pita Amor en su abrigo de mink.
Me habló mucho de ella, y yo empecé a estudiar declamación poética con él y memoricé poemas de García Lorca, de Sor Juana, de Ángela Figuera Aymerichy, de Cernuda y otros más; pero la que aún vivía y la que era fascinante para mí, y para él también, era precisamente Pita Amor, y una vez que yo iba a la Ciudad de México para hacer investigaciones sobre Sor Juana Inés de la Cruz, él un poco me retó y me dijo: “bueno, a ver si te topas con Pita, me dicen que anda siempre por la Zona Rosa. Si vas, seguro que la vas a encontrar”.
Y no sólo eso, sino que di una conferencia en 1990 en la UCLA, mi alma mater, en un congreso sobre literatura de la mujer, y mi ponencia fue sobre Pita Amor y estuvo de invitada de lujo Elena Poniatoska. De hecho, ahí la conocí y fue tan espléndida. Después de mi conferencia me abordó y yo estaba muy nervioso, y me dijo: “Michael, tú a lo mejor no lo sabías, pero Pita es mi tía, es la tía Pita. ¿Por qué no haces un libro de lo que acabas de presentar? Te ayudo. Cuando vayas a México la próxima vez, búscame, porque podemos encontrar muchas cosas en mi casa, tengo cuadernos y álbumes y cosas así de mis entrevistas; la entrevisté mucho en los años 50”.
Y bueno, dicho y hecho. Llegué a México el siguiente verano y la busqué, me recibió, y me acuerdo de que estábamos los dos sentados en el piso de su sala revisando innumerables cuadernos que había hecho su mamá cuando ella comenzó por el año 1953 en Excélsior. Buscando artículos sobre Pita, que sí los hubo, también veía todo lo que había hecho la sobrina: entrevistas con Diego Rivera, con Alfonso Reyes, con la esposa de Alfonso Reyes, con María Félix, con Julio Cortázar, con Juan Rulfo, con Octavio Paz, y un largo etcétera.
Así fue como me sembró esa semilla. Me plantó la semilla para hacer después una biografía sobre Elena Poniatowska. De hecho, acabo de ir a la exposición que ahora está en el Museo del Estanquillo de su gran amigo Carlos Monsiváis, y al ver esos cuadernos, fotos y libros, fue como volver a vivir esa experiencia en su sala, que se cortó porque me dijo: “Ay, Michael, me tengo que ir a presentar un libro de Carlos Monsiváis y siempre llegó tarde, pero no te preocupes, quédate aquí y revisa todo lo que lo que quieras. Nada más, por favor, cierra la puerta cuando te vayas”.
Entonces, así fue como me interesé por esos dos senderos, o dos caminos.
—¿Y encontraste a Pita por la Zona Rosa, o nunca se dio el encuentro?
La encontré después de consultar con unas chicas en una joyería, con los gerentes de hotelitos mal encarados que me comentaron que claro que había estado ahí alojada y que había sido un problema siempre para los demás huéspedes, que no pagaba, que dejaba abiertas las llaves del baño y que inundaba el cuarto de abajo.
Y sí, al final alguien me dijo que estaba en el hotel General Prim, y en julio del año 1990 la conocí. Me comuniqué con ella por teléfono.
Estaba en ese hotel que ya no existe, y quedamos de vernos como a las nueve de la noche. Yo llegué temprano al restaurante bar y ella un poco tarde, pero llegó y ese fue nuestro primer encuentro. Casi no platicamos, más bien ella me regaló una especie de recital íntimo, aunque a veces los demás comensales se callaban y aplaudían.
Tengo ese primer encuentro en caset, porque lo grabé en audio.
—¿Y fue la única vez que la viste o se vieron después?
No, fue el comienzo de diez años que la frecuenté y nos hicimos amigos… bueno, más o menos, porque con Pita no te hacías amigo, porque era muy impredecible y podía ser bastante cruel. Pero sí, nos vimos mínimo quince o veinte veces a lo largo de los años. Del 90 hasta que ella muere en mayo del 2000. Yo diría que la última vez que la vi, seguramente habrá sido como a finales de 1999, cuando ya, la verdad, pobrecita, casi no podía caminar y le rogaba a su amigo que la ayudaba, que la cuidaba, Carlos Said, que la dejara salir a dar la vuelta y a él le daba miedo de que se fuera a caer, porque se cayó varias veces.
—¿Qué es lo que hoy te preocupa más del rumbo del mundo?
El ascenso del autoritarismo y la destrucción del planeta (cambio climático). La IA, la adicción a los teléfonos celulares y la desaparición de la lectura de textos largos.
—Sobre la IA, ¿le ves alguna ventaja o sólo la ves como desventaja?
Hay que tener reglas internacionales de cómo se usa y para qué, esto antes de que tome el control del mundo y provoque (posiblemente, por ejemplo) un enfrentamiento nuclear y la consecuente destrucción del planeta.
—¿Qué avances concretos ha habido en el acceso a archivos sobre cultura gay e identidad de género en México desde que empezaste a investigar el tema?
Excelente pregunta, no lo había contemplado. Yo creo que cuando hicimos México se escribe con J, que se publicó, creo, por el 2010, todavía era hasta cierto punto tabú hablar del tema, y fue la primera vez que una casa editorial grande y comercial y con posibilidades de distribución en masa, publicara un libro de esa índole, que fue un libro colectivo.
En cuanto al acceso a los archivos, yo creo que han salido muchas cosas a la luz, no sé, como la revisión de esa revista amarillista con tantos textos muy negativos, degradantes, sobre la comunidad, Alarma.
Por otro lado, personas como Juan José Hernández con su colectivo Sol; ahí tienen un archivo que ya lleva décadas. No sé dónde hay nuevos archivos, pero yo creo que hay proyectos que tienen que ver con la comunidad trans, por ejemplo; que serían la conformación de archivos que datan de los últimos diez, quince años.
—De toda tu obra publicada, ¿cuál consideras tu aporte más significativo a la historiografía cultural mexicana?
Bueno, en ese contexto, yo creo que sí sería México se escribe con J, aunque sea un libro colectivo; yo nada más soy colaborador y editor. También me parece importante el rescate de la vida y obra de Pita Amor, que cuando yo la conocí, francamente, estaba en plena decadencia y nadie recordaba su grandeza literaria, sólo su actualidad de… no pordiosera, pero sí de una figura excéntrica que era casi imposible de abordar. Tal vez estaba un poco loca, ¿no?
—¿Crees que existe una crítica cultural importante en México actualmente?
Ese tema lo estaba comentando con un amigo mío, y lamentamos que ya no haya voces críticas, inteligentes, del nivel de un Carlos Mosiváis, por ejemplo, de un Carlos Fuentes. No sé qué decir. Digamos, ¿quiénes serían los y las que hoy en día son críticos culturales importantes?; tal vez Juan Villoro, tal vez Jorge Volpi, que realmente no sé si viven en México, la verdad. Luego, voces como Cristina Rivera Garza que a través de sus libros hace una crítica cultural muy importante.
—¿Qué rutina de trabajo mantienes para producir el volumen de investigación que has publicado?
Bueno, la verdad es que ha decaído algo en este mundo pospandémico, pero soy una persona disciplinada, soy matutino, así que trabajo algunas horas por la mañana y poco a poco se van realizando los proyectos. Es decir, si escribes diez páginas todos los días, en un mes ya tienes trescientas páginas, un cuerpo para releer, corregir y moldear.
—¿Cómo describirías tu relación actual con tu país de origen y cuál es tu opinión sobre su actualidad?
Mi relación no es tan positiva, gracias a las dos presidencias, ahora, de Donald Trump. Y no llego al grado de mi hermana que vive en Canadá y que se rehúsa simplemente visitar Estados Unidos hasta que él se haya ido. Yo sí trato de participar, digamos, yo voto desde aquí, en ausencia. Me mandan mi boleta y puedo rellenarla y transmitirla como documento en PDF al Instituto de Elecciones del Estado de Arizona, para las elecciones locales y nacionales. Así que, honestamente, la relación es de vergüenza y de esperar que se acabe lo más pronto posible y que los demócratas retomen las cámaras o al menos una, para que haya un balance en los poderes, para empezar.
—¿Cómo ves la relación de Estados Unidos y México?
No está en su mejor momento. Creo que México se ha usado como punshing bag de la administración de Trump. Cuando quiere distanciarse de un problema, como la guerra que empezó en Irán, por ejemplo, pues vamos a ir hacia México y tras de México para desviar la atención, ¿no? Entonces, bueno, ha habido mejores momentos, definitivamente.
—¿Qué proyecto personal o académico, tienes pendiente? ¿En qué trabajas actualmente?
Quiero hacer un segundo tomo de un libro de cuentos que publiqué hace ya varios años en la editorial Planeta, que se llama Perdidos en la traducción. Son cinco relatos, cuentos biográficos, inspirados en personas de otros países que han venido a México, o a pasar un rato breve o a quedarse para siempre; Howard Hughes, B. Traven, William Burroughs, Marilyn Monroe y Edward James, creo que son los sujetos.
Entre sus libros más importantes figuran: Perdidos en la traducción: cinco viajeros ilustres en el México del siglo XX. México: Ed. Planeta, 2014.
Foundational Arts: Mural Painting and Missionary Theater in New Spain. Tucson: University of Arizona Press, 2013.
Artes de fundación: teatro evangelizador y pintura mural en la Nueva España. México: Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Humanidades, 2009.
Elena Poniatowska: An Intimate Portrait. Tucson: University of Arizona Press, 2007.
Elenísima: ingenio y figura de Elena Poniatowska. México DF: Ed. Diana, 2003. Segunda Edición (Ed. Planeta), mayo, 2010. Tercera Edición (Ed. Planeta), noviembre, 2013. Cuarta Edición actualizada, (Ed. Penguin Random House / Aguilar) febrero 2017.
La undécima musa: Guadalupe Amor. México, DF: Editorial Diana, 1995. Segunda Edición, mayo 1996. Tercera Edición, septiembre, 1997. Cuarta Edición (Ed. Planeta), mayo 2009. Quinta Edición (Ed. Planeta), febrero 2014. Sexta Edición actualizada (Penguin Random House / Aguilar), abril, 2018.
México imaginado: nuevos enfoques sobre el cine (trans)nacional. (con James Ramey & Claudia Arroyo). México: Universidad Autónoma Metropolitana, Colección Cultura Universitaria, 2011.
México se escribe con J: una historia de la cultura gay (con Miguel Capistrán). México: Editorial Planeta, 2010.
Pita Amor: un caso mitológico (con Eduardo Sepúlveda). Penguin Random House / Debolsillo septiembre, 2021.

