Manuel Parra Aguilar nació en Hermosillo, Sonora. Es maestro en Estudios de Arte y Literatura por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha ganado el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines; los Juegos Florales Iberoamericanos Ciudad del Carmen; el Premio Internacional de Poesía Oliverio Girondo, organizado por la Sociedad Argentina de Escritores (SADE); el Premio Nacional de Poesía Amado Nervo; el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal, entre otros.
Para el autor, la poesía sigue siendo necesaria porque representa una forma de acercarse al misterio y al asombro que habitan en la vida cotidiana. Considera que la poesía rara vez se revela de manera inmediata; suele permanecer frente a nosotros, silenciosa, hasta que alguien decide observar con atención.
Parra relaciona en entrevista con Poetripiados, esta experiencia con sus primeros acercamientos a la literatura durante la infancia, cuando los libros de lectura escolar despertaron su imaginación a través de historias y poemas capaces de ampliar el mundo. Desde entonces, la poesía se convirtió para él en una manera de comprender la realidad desde la curiosidad y el asombro.
-¿Por qué crees que la poesía sigue siendo necesaria en nuestro tiempo?
Sabes, al pensar en una respuesta, me vienen las palabras de un antiguo poeta que aprecio mucho, quien, parafraseando, decía algo así como: poesía es igual a misterio. Me gusta pensarlo también así, como algo que no puede comprenderse de manera inmediata ni por completo.
Cuando la poesía está frente a nosotros, suele pasar inadvertida. No es sino hasta que uno presta atención cuando descubre algo que estaba ahí desde el principio, llamándonos. Entonces aparece el asombro, la expectación, esa sensación de encontrarse frente a algo que se nos revela conservando su secreto.
-¿Cómo diste con la poesía? ¿Por qué? ¿Qué hubo en tu infancia para que llegaras a ella?
De alguna manera, todo lo cubre la poesía.
Recuerdo una colección de libros que había en la escuela primaria; me gustaba hojearlos primero y después leerlos. Los libros de Español Lecturas eran fantásticos, porque uno podía dejarse fluir por esas palabras, por esas imágenes. Poemas como aquel de una pareja de lagartos que perdió su anillo de bodas, o el del leñador que corta un pino sin saber que en las ramas hay nidos de aves, o incluso conocer cómo se formó el cocodrilo, fueron los iniciadores de este fuego.
En aquellas páginas se hallaba ese misterio para explicar las cosas desde el asombro. Aunque las historias y los poemas no fueran ciertos, sonaban bien; ampliaban el mundo.
-¿Cómo ha evolucionado tu obra de un libro a otro y cuál es tu proceso creativo?
De cierto modo, ese aspecto de asombro me ha ayudado al momento de pensar y escribir. Siempre existe algo que motiva y pone en marcha la escritura de un libro: una canción con cierto tono que llega de pronto, una imagen que permanece fija en la memoria, como me pasó en la escritura de mi libro Breves, donde imperan recuerdos de infancia, o en Los muchachos del Guinness Book, donde se encuentra el asombro y la empatía, lo que nos separa y lo que todavía nos une como personas a partir de la imagen del cuerpo.
De ese asombro, de esa curiosidad, pienso en cómo armar un poema y después un conjunto que, como en una orquesta, haga que cada pieza dialogue con la otra, pero que también, de manera aislada, tenga algo que decir.
-¿Cómo observas la literatura del norte actual en comparación con la del centro? ¿Qué diferencias ves?
A lo mejor es muy inmediato lo que diré, pero así lo veo en algunos libros que he leído: existen temas que se acercan a las distintas fronteras que hay en el norte de México.
Es curioso cómo en esos libros aparece una especie de registro que busca dejar huella de lo que ocurre a diario. Pero, al expresarlo en voz alta, eso está en toda literatura, incluso en aquella que quiere ubicarse en otros mundos posibles. Mirar el lugar que se habita parece ser una consigna.
En el centro del país, en las fronteras costeras y en el sur, hay otras problemáticas que imperan, otras injusticias que son señaladas.
En los distintos Méxicos que tenemos, cada creador artístico carga con sus fantasmas llenos de asombro o dolor, llenos de contradicción o reconocimiento, al hacerse sus propias preguntas, que sabe que muchas veces no tendrán respuesta.
-¿Quiénes son tus escritores favoritos vivos?
Ay, ya se llegó ese momento de la entrevista.
No te creas, eh.
Hay varios autores que me agradan.
Me gustaría que los siguientes fuesen vistos como esos felices encuentros con ciertas afinidades, ocupaciones y preocupaciones compartidas alrededor de la poesía y la escritura desde la práctica. Eso me agrada: poesía desde la práctica, aunque suene como título de ensayo ochentero.
Bueno, mi poeta favorita es Julia Melissa Rivas (guiño, guiño). Desde su primer libro, Habitaciones, hasta los que escribe en este momento, me parece que ha construido una obra muy sólida y personal, lo cual me agrada mucho.
Pienso, por ejemplo, en Imperio, ese libro que dialoga no solo con la parte biográfica de la escritora Clarice Lispector, sino que también reflexiona sobre la escritura y cierta experiencia humana a partir del contexto social.
Otras autoras a las que recurro frecuentemente son Lydia Davis, Ginger Andrews y Donna Stonecipher. Me interesa volver a sus libros porque en ellos encuentro formas de dialogar con mis propias inquietudes, obsesiones e incluso temores.
Debo señalar que muchas veces las he leído gracias a internet o en algunas colecciones y antologías que me he encontrado, como la última que conseguí de Anne Boyer.
-¿Qué aporta la poesía a esta sociedad tan digitalizada y violenta? ¿Sirve de algo escribir?
Escribir es confrontar un mundo y, al mismo tiempo, hacerlo un poco más llevadero. Pienso en la creación poética a partir de los objetos comunes, de las cosas y situaciones diarias, y en cómo los espacios donde pasamos nuestra vida se convierten en una especie de refugio, una válvula de escape para poder ser nosotros.
Este es un tema que, desde distintos puntos de vista, ha estado presente en dos libros míos, tanto en Pertenencias como en Permanencias, donde los espacios y los objetos nos dicen más de lo que vemos o imaginamos.
La poesía, amiga, aporta justamente esa conversación. Una conversación entre lo que en apariencia nos resulta insignificante y ese misterio oculto. Por alguna razón difícil de explicar, percibimos una imagen, un objeto nos observa, un aroma nos llama desde el más íntimo recuerdo. Y el mundo se vuelve más habitable, extraño.
-¿Encuentras diferencia entre la poesía escrita por mujeres y la escrita por hombres?
Más allá de cuestiones temáticas como la familia, el trabajo, la memoria, la injusticia social o las experiencias como seres humanos, sospecho que no habrá una respuesta que satisfaga; incluso no creo que lo que diga me satisfaga a mí mismo.
Puede ser que, como sucede con el asombro, las diferencias escapen de cualquier explicación.
Por ello resaltaré lo obvio: que existen ciertas cifras poderosas, ciertos números que despiertan expectativas y abren nuevas preguntas a unas y a otros; me refiero a cuestiones históricas vinculadas a los accesos, como quiénes pudieron leer y quiénes pudieron escribir. Sabemos que todas las personas podemos soñar, aunque no lo recordemos al despertar.
-¿Se puede hablar de una poesía mexicana frente a una poesía latinoamericana?
Me parece que sí. Es curioso cómo de nuevo traigo a colación los temas y las formas.
En algunos países sudamericanos que Julia Melissa Rivas y yo hemos podido visitar, existen los mismos problemas que hay en varias ciudades de México. Todos sabemos cuáles son esos problemas.
Pero lo que me llama la atención no es solo el lenguaje, sino las formas en cómo los tratan, las posturas y los datos históricos relacionados con los contextos actuales donde se encuentran.
Esto me resulta curioso porque no hay tema que exista por sí solo; se trata de contextos y de cómo enfrentar esos contextos.
-¿Cuál es tu mayor preocupación del mundo actual?
Hablando con algunos amigos, es curioso cómo se vuelve común el tema de lo costoso que es la vida. Ojo, no como queja, sino como preocupación compartida.
Me refiero tanto a los productos de consumo básico como a aquellos que hacen más llevadero un hogar, como los servicios. A mí me ocupa eso: tener algo en la mesa para comer.
¿Es algo sencillo? Bueno, a raíz de esto surgen otras ocupaciones.
-¿Hay alguna relación entre ser escritor y la locura?
¿Cómo era aquello de músico, poeta y loco?… Bueno, para escribir y darle continuidad a un proyecto, que muchas veces —sí, muchas veces; no engañemos a quienes inician en la poesía— no tendrá una conclusión que satisfaga por completo, debe existir un acto de resistencia.
Quizá ante la locura o la incertidumbre.
Porque recordemos que escribir es un acto de convivir con las dudas más que con las certezas.
Pero puede que me esté haciendo más bola y que la relación entre la escritura y la locura, si la hay, sea más sencilla: escribir para no sentirse solo o para no hacerse el loco; escribir para que las preocupaciones y los asombros tomen una forma, cualquiera que esta sea.
-¿Cuáles son tus proyectos a futuro?
Me gusta pensar en las distintas posibilidades que hay, pero también en generar expectativas. Creo que ya van varias veces que repito esa palabra. Sí.
Bueno, en ese sentido, en lo profesional, escribo menos ahora; pienso un poco más en lo que escribo y corrijo más.
Tengo algunos libros que he empezado y otros que definitivamente deseché porque no se adaptaban a mi etapa actual de escritura.
Ahora que lo veo de esta manera, escribir también es renunciar.
Manuel Parra tiene publicados los libros de poesía Los muchachos del Guinness Book, Permanencias, Pertenencias, entre otros; además del libro de ensayo Espacios contenidos. En torno al poema en prosa moderno.

