Filósofo, escritor, ensayista y profesor, Óscar de la Borbolla se ha consolidado como una de las voces más singulares de la literatura y el pensamiento mexicano contemporáneo. Autor de obras como Las vocales malditas y El gabinete de curiosidades del doctor Zagal, su escritura se distingue por una mirada reflexiva y aguda, cargada de cuestionamientos y matices críticos que interpelan constantemente al lector.
El 14 de octubre de 2025 presentó su más reciente libro, La rebeldía de pensar, publicado por el Fondo de Cultura Económica, en el marco de la XII Feria Internacional del Libro UNACH 2025. Al día siguiente, camino al Aeropuerto Internacional Ángel Albino Corzo, sostuvo esta conversación con Poetripiados en la que reflexiona críticamente sobre redes sociales, lenguaje, educación e inteligencia artificial, trazando un diagnóstico sobre el presente cultural y el futuro del pensamiento.
-Usted plantea que el uso excesivo de redes está deteriorando la capacidad intelectual de los jóvenes. ¿En qué evidencia o estudios sustenta esta afirmación?
Lo que pasa es que se han mudado a vivir a las redes sociales. Más que tener un contacto con la realidad que les resulta aburrida, porque es demasiado lenta.
En la misma casa, en la misma familia, en la misma escuela, en las redes sociales lo que aparece es una diversidad enorme. Y se van acostumbrando a ser sobreestimulados. Y un estrómeno que te resulta grato te saca algunas endorfinas, que te hace sentir cierto placer y te produce adicción.
Lo malo no es eso, sino lo malo es que por acostumbrarse a un cambio de imágenes constantemente, luego ya no pueden seguir el hilo de una conversación porque no se pueden concentrar. No pueden tener una relación real porque no es lo mismo platicar cabeza contra cabeza que platicar en un chat donde aparecen 400 opiniones simultáneas. Entonces este problema está deteriorando la capacidad intelectual de los jóvenes.
Y además es un impedimento absoluto para la lectura porque la lectura que es la fuente principal de abastecimiento de conocimientos, de sensibilidad, de muchas cosas, pues le resulta impenetrable. Comienzan a leer el primer renglón, llegan al segundo y ya se olvidaron del primero. Piensan en otra cosa y tienen que volver a empezar.
Y después de hacer esta operación seis veces, la lectura les parece una tortura. Y sin embargo la lectura es la forma de formarse, no solamente de informarse, sino de formarse. Entonces mi impresión es que sí está por culpa del desarrollo tecnológico creando una sociedad de gente que no tiene ya cacumen, no tiene inteligencia.
Y eso pues es benéfico para los comerciantes porque hacen que por un lado la obsolescencia de la mercancía y por el otro lado la moda los obliga a ser unos consumidores fanáticos. Siempre están ávidos en una novedad y eso influye también en su conducta a propósito de la sexualidad. Siempre están ante la ansiedad de alguien nuevo, a la expectativa de quién vendrá después.
En lugar de tener algo que los forme, lo que andan buscando son experiencias y experiencias y experiencias. Y al final del día, como dicen, pues se quedan huecos. Y luego se sienten angustiados, se sienten solos.
Y es un círculo vicioso. De ahí se parte al alcohol y se parte a las drogas para encontrar otra forma de estimulación mucho más eficaz. O sea que afecte más el cerebro que las simples imágenes.
Así veo pues el panorama de la juventud en general. Veo mucho en las redes sociales, maestro, como algunos comunicadores están utilizando un estilo de comunicación, utilizando números y letras que solo ellos pueden descifrar. Entonces ellos ya pasaron por un periodo de haber estudiado en una universidad.
-Si el lenguaje siempre ha cambiado —del latín al castellano, de lo oral a lo digital—, ¿qué distingue esta etapa para considerarla un empobrecimiento y no una mutación cultural?
Pues mira, el lenguaje está siendo acometido por muchos lados, porque todavía no hablamos bien el español y ahora tenemos que hacer visibilidad de género. Entonces ponemos un sujeto expandido: niños y niñas. Los niños y las niñas corrieron.
Si dijeras el genérico, los niños o las niñas, me da igual, una sola palabra compactaría la expansión del sujeto. Porque cuando haces enunciados largos con el sujeto que te quedó tres renglones atrás, la inteligibilidad, la comprensión, se disminuye. Esto tiene, por un lado, este problema; por el otro lado están estos jugueteos con el lenguaje, en los que se mezclan letras con números.
Y aunque no significan ninguna dificultad, porque el cerebro completa, sustituye, se habitúa a entender el cuatro como A o el tres como E, y normalmente lo que se respeta son las consonantes, entonces se puede leer. Es más, hay algunos idiomas, como el hebreo, en que no existen las vocales. Son puras consonantes y ponen algunas veces puntos para señalar que ahí debe haber alguna vocal.
Este es un acondicionamiento simplemente. Lo malo es que son las mismas palabras, un repertorio reducidísimo de términos, que eso les estrangula la posibilidad de poder distinguir las cosas que están alrededor de ellos. Porque si uno no tiene el nombre para nombrarlas, pasan inadvertidas.
Ayer, en la plática, ponía el ejemplo del camello y el dromedario, que son dos maneras de distinguir, en la raza de los camellos, estas dos especies. Y les mencionaba que existen, en las tribus bereber que recorren el desierto del Sahara, más de cinco mil palabras que sirven para referirse a camellos. Entonces los ojos con los que un bereber ve una manada de camellos son unos ojos perfectamente afilados, porque tienen el vocablo para llamar a cada clase de camello. Nosotros los vemos y no vemos más que si tienen una jiba o dos jorobas. Ellos, en cambio, los pueden distinguir a golpe de vista.
Y es que las palabras no solamente nos permiten pensar, sino que nos permiten distinguir en la realidad cosas. En el fondo, el oficio de la medicina no es más que la adquisición de un nuevo lenguaje. Cuando el médico aprende toda la sintomatología que está detrás de las ronchas, puede detectar perfectamente bien un chancro, una varicela, etcétera.
De hecho, tiene un lenguaje especializado y eso le permite ver, pero ver no simplemente con los ojos con que nosotros vemos los granos, sino ver como un diagnóstico. Él sí las identifica; nosotros, aunque las veamos con los ojos, no sabemos lo que son. De ahí la importancia de tener la palabra precisa para cada cosa.
El mundo de pronto se vuelve más inteligente porque uno lo intelige, lo distingue. Y como en las redes sociales manejan un repertorio de palabras escasísimo y no se puede prácticamente distinguir, pues todo eso se lo tienen apelmazado. El mundo les parece una pantalla sin matices, sin fronteras.
E insisto, se están embruteciendo.
-¿Por qué, pese a las múltiples campañas de fomento a la lectura, los índices de comprensión lectora siguen siendo bajos?
Pues mira, hay cientos de campañas de promoción de la lectura. Porque además, fíjate una cosa: con muy buena intención, los jóvenes se ponen a leer, pero como no entienden el significado de los signos de puntuación, si tú empiezas a leer y te detienes después de la coma, y luego recomienzas a la mitad de una oración, y no al principio de la oración marcado por los signos de puntuación, pues no entiendes nada.
Y por eso mucho del trabajo del fomento a la lectura tiene que ver con llegar y leerles en voz alta. Es más, el auge de los audiolibros y otras formas de transmisión se debe justamente a esto: que la gente no sabe leer porque no sabe puntuación. Lo cual nos remite a un problema con la educación.
El estudio del español prácticamente está desterrado. Ya no se enseña escritura, ya no se enseña ortografía, ya no se enseña nada de esto. Entonces se les está privando a los niños de una herramienta que era básica para poder, más tarde, ser lectores y estar formados, y poder ser una ciudadanía crítica y culta.
Y como encima de todo hay esta especie de simpatía hacia el que presenta las cosas más fáciles y más fáciles y más fáciles, pues se está creando una dependencia terrible con Internet. Hoy cualquiera que tenga una duda, se la resuelve la inteligencia artificial, y cualquiera que tenga que hacer un trabajo por escrito, se lo hace la inteligencia artificial. Y yo no me explico qué va a suceder el día que se vaya la luz, porque se van a quedar imbéciles todos.
-Entonces, ¿cuáles son las causas de esta deficiencia en la enseñanza del español?
A nadie le gusta la parte pesada de la gramática. Es tediosa, es molesta, y como estamos muy acostumbrados a la facilidad, las autoridades educativas, que debían tomar el toro por los cuernos y decir que esto es necesario para la formación, un poco lo dejan pasar con la simpatía y el beneplácito de los maestros, a quienes les cuesta mucho trabajo; de los planes de estudio, que se vuelven más complicados; y entonces, con tal de que las generaciones pasen y pasen y pasen, aunque salgan o egresen sin traer nada, de todos modos parece que cumplen con su oficio.
Y ahí habría que recordar, por ejemplo, que alguna vez en el bachillerato eran obligatorias las materias de griego y latín, y que a los de mi generación, a quienes nos tocó llevar una clase de etimologías, en el fondo nunca nos terminó sirviendo para nada, pero nos enseñó una disciplina y nos permitió poder entender cuál es la estructura del lenguaje.
Materias que parecen muy complicadas —matemáticas, lenguas muertas—, todo eso es retar al cerebro para que se esfuerce en tareas cada vez más complicadas. Quitarles del camino los obstáculos para que todo les parezca fácil es traicionar el sentido profundo de la educación, que es formar, no informar.
-¿Considera que sería necesario reincorporar materias como latín, griego o etimologías en los planes de estudio actuales?
No sé si a esas o a otras, no soy pedagogo, pero lo que sí entiendo es que es necesario que se evalúe al joven y que deje de engañársele con la idea de que todos pueden y todos saben. No, no, no, habría que ser muy riguroso en las calificaciones: el que aprueba, aprueba, y el que reprueba, reprueba. Pero ahora no se vaya a ofender, según lo políticamente correcto, la autoestima del niño mostrándole sus errores.
Esta idea absurda está generando que se les dé por su lado, y es un problema de tomar en serio, de verdad, qué cosa es la educación y la tremenda responsabilidad que tienen las autoridades y los docentes con el material humano que se les está poniendo delante. No se trata de entretenerlos durante una jornada académica, se trata de formarlos, y este sistema de premios y castigos, o sea, de calificaciones buenas y malas, sirve para que todos hagan el esfuerzo por obtener un resultado que realmente refleje lo que saben, lo que valen; y si no saben, pues no pueden. Lo demás es pura demagogia.
¿Todos son iguales? Pues no, no todos son iguales, porque el día de mañana, cuando esos jóvenes ingresen y se enfrenten a la vida real, donde se les exige una capacitación enorme para poder obtener un trabajo mal pagado, se van a dar cuenta de que no pueden optar más que por trabajos en los que no se han pedido requisitos. Entonces se van a convertir en cajeros de supermercado que ya ni siquiera saben hacer sumas. Basta con pasar el código de barras por la lectora.
Y por eso es que, al rato, esos seres humanos ya degradados van a ser reemplazados muy fácilmente por la automatización. O sea, estamos, si no tomamos la educación en serio, permitiendo que la vida se nos vaya de las manos.
-¿Se está formando generaciones que compiten más por aparentar eficiencia que por adquirir conocimientos reales?
Sí, volvemos al asunto de la facilidad. No se trata de ser, sino de aparentar. Y eso trae un problema gravísimo, porque la gente que sí sea capaz no va a poder rivalizar con la inteligencia artificial, que se está perfeccionando a niveles enormes. Antes, un escrito de la IA parecía no tener alma, pero ahora, justamente para darle un carácter que parezca realmente un producto humano, introducen los errores que cometen los seres humanos para darle una apariencia de mayor veracidad al texto, como si el texto fuera efectivamente creado por una persona.
Esto es terrible, porque los que sí se hayan capacitado van a estar en desventaja compitiendo con los que no saben nada, pero entregan eficientemente lo que les piden. Y al rato no es que nos volvamos inútiles, sino que vamos a ser simplemente no útiles. Hay aquí una diferencia importante.
El inútil es el incapaz que nunca aprendió nada; pero el que sí sabía y, de pronto, ya no es útil porque puede prescindirse de su trabajo o de su participación, porque lo hace mejor la IA, va a ser terrible, o nos vamos a jubilar cuando nazcamos.
Los que están detrás de esto —Elon Musk, por ejemplo— están proponiendo que haya una especie de salario universal, justamente pensando en un desempleo masivo terrible. Claro, él lo dice porque le conviene: está desarrollando inteligencia artificial y, por supuesto, los creadores de esto van a terminar extraordinariamente ricos. Pero lo que pase con la gente, pues eso no le tiene ningún cuidado.
¿Qué va a suceder cuando, después de habernos convencido de que es mejor lo que nos ahorra tiempo, nos haya ahorrado tanto tiempo que tengamos todo el tiempo? Ya no hacer el trabajo en tres días, como decías, sino hacerlo en tres minutos. ¿Qué va a pasar con el tiempo libre?
Lo que va a pasar es que van a crear —y ya estamos viéndolo— una industria de la diversión, del entretenimiento, en que se mantienen imbecilizadas a las personas, viviendo una realidad prestada. Vivimos a través del cine, a través de las series de televisión, a través de los chats de Internet, y ya el contacto con la realidad lo hemos perdido.
Entonces vamos a tener un montón de robots resolviendo las cosas y un montón de imbéciles viendo pantallas o metiéndose en la realidad virtual para tener una experiencia más intensa. Ese futuro, a mí, por lo menos, no me gusta.

