Hubo una época, no tan remota aunque digitalmente parezca el Pleistoceno, en que personas perfectamente respetables se colocaban cascos, máscaras o cualquier objeto absurdo en la cabeza y esperaban quince segundos para perder colectivamente la dignidad frente a una cámara. Era 2013 y se llamaba Harlem Shake. Oficinas, universidades, equipos deportivos y hasta militares participaron. YouTube registró alrededor de 12 mil versiones y 44 millones de reproducciones en cuestión de días; en el momento de mayor furor aparecían más de 4 mil videos nuevos diariamente.
Lo maravilloso es que aquello parecía importantísimo. Había que hacerlo inmediatamente porque el lunes siguiente podía resultar viejo. Y ocurrió exactamente eso. Google observó que las búsquedas de Harlem Shake en Canadá habían caído 50 por ciento respecto de su pico apenas unas semanas después. La cultura digital había encontrado una característica que terminaría definiendo nuestra época: la fama instantánea también puede traer fecha de caducidad instantánea.
Trece años después ya no necesitamos reunir treinta compañeros de oficina. Basta un teléfono, ocho segundos y cierta expresión de quien sabe perfectamente que está siendo observado mientras pretende que no le importa.
Así llegamos a “farmear aura”. La expresión comenzó a circular con fuerza desde 2024 para describir ese curioso ejercicio contemporáneo de acumular “aura”, es decir, proyectar carisma, seguridad o una especie de elegancia espontánea. Durante 2025 adquirió dimensión internacional gracias a los videos de Rayyan Arkan Dikha, un niño indonesio que bailaba sobre la proa de una embarcación durante el Pacu Jalur, una tradicional competencia de barcos en Riau. Sus movimientos fueron reproducidos, musicalizados, convertidos en memes y bautizados por internet como aura farming.
El detalle resulta delicioso. Una tradición indonesia terminó convertida en lenguaje universal porque el algoritmo encontró algo que no necesitaba subtítulos. Un niño bailando con una seguridad extraordinaria podía entenderse en Yakarta, París, Monterrey o Nueva York. Y ahí está una de las claves de estos fenómenos. Los virales más poderosos son fáciles de comprender y todavía más fáciles de copiar.
Harlem Shake proporcionaba una receta perfecta. Quince segundos de normalidad, corte, caos. “Farmear aura” ofrece otra todavía más sencilla. Mirada, pose, movimiento y actitud. El espectador entiende rápidamente el código y puede producir su propia versión. El usuario deja entonces de ser público para convertirse en propagador.
Las redes sociales perfeccionaron esa maquinaria. Antes consumíamos productos culturales terminados. Hoy recibimos plantillas. Un baile, una frase, un audio, una postura, una expresión facial. Cada persona agrega una variación mínima y devuelve el producto al algoritmo.
El resultado parece espontáneo, aunque existe una estructura industrial detrás de nuestra espontaneidad. TikTok, Instagram Reels y YouTube Shorts necesitan circulación permanente. El contenido que puede reproducirse miles de veces ofrece una ventaja enorme porque convierte a los usuarios en productores gratuitos de nuevas versiones.
Por eso también duran tan poco. La repetición que hace gigantesco al fenómeno termina agotándolo. Primero vemos algo porque resulta extraño. Después porque todo el mundo lo está haciendo. Luego aparecen políticos, marcas y departamentos de comunicación intentando demostrar que también “entienden a los jóvenes”. Para entonces comienza el funeral.
El meme muere precisamente cuando alcanza su máxima respetabilidad. Harlem Shake recorrió ese camino en semanas. El aura farming pertenece a la misma genealogía junto con innumerables bailes, audios, retos y expresiones que dominaron nuestras pantallas durante días y después quedaron abandonados en ese gigantesco cementerio de internet donde alguna vez también estuvieron las modas que jurábamos inolvidables.
Existe además una transformación interesante. Harlem Shake necesitaba grupos. El protagonista contemporáneo suele ser el individuo. Ya no queremos solamente participar en el chiste colectivo; queremos demostrar personalidad dentro de él. La palabra “aura” resulta reveladora porque convierte algo tan antiguo como el carisma en una puntuación imaginaria. Se gana aura, se pierde aura, se farmea aura.
Es casi una contabilidad emocional para adolescentes y adultos que aseguran no preocuparse por lo que piensan los demás mientras publican precisamente para que los demás los miren.
Tal vez por eso estas tendencias explican bastante bien nuestra relación actual con las redes. No importa únicamente hacer algo. Hay que hacerlo mientras todavía significa algo. Llegar tarde equivale a presentarse en una fiesta cuando están levantando las copas.
Harlem Shake necesitó miles de personas brincando frente a webcams. “Farmear aura” puede conseguirlo con un niño sobre una embarcación al otro lado del planeta. La tecnología cambió, los videos se hicieron verticales y nuestra paciencia se volvió considerablemente más corta.
El mecanismo permanece. Internet descubre algo, lo convierte en obsesión, millones lo imitan, las marcas llegan, los adultos preguntan qué significa y, justo cuando todos finalmente aprendimos el término, los jóvenes ya están mirando otra cosa.

