Julia Melissa Rivas Hernández nació en Hermosillo, Sonora, el 18 de diciembre de 1981. Cursó las licenciaturas en Artes Plásticas y Literatura Hispanoamericana. Fue beneficiaria del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Sonora (FECAS) 2011-2012 por el poemario Mercadeo, en la modalidad Jóvenes Creadores. También fue beneficiaria del FECAS, en la modalidad Residencia Artística, segunda etapa 2014-2015, donde realizó estudios sobre el género del poema en prosa en Buenos Aires, Argentina.
Ganadora del reconocimiento del Pitic “Alonso Vidal” 2010, en poesía. Segundo lugar en el Premio Nacional de Cuento Villa Zaachila, Oaxaca (2017). Ganadora de los Juegos Florales Lagos de Moreno 2018, en la categoría de cuento. Ganadora de los VII Juegos Florales Nacionales Toluca “Horacio Zúñiga” 2019. Ganadora del II Premio Nacional de Poesía Joven “Raúl Rincón Meza” 2022. Ganadora del Certamen Nacional de Poesía de los XL Juegos Florales Nacionales Universitarios 2022. Ganadora del Concurso del Libro Sonorense 2023, en poesía. Ganadora del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) 2021, por su proyecto Entonaciones, antología de mujeres poetas en Sonora. Ha sido instructora de talleres PECDA y maestra de escritura creativa.
La poesía, dice Julia, quizá sea una pregunta que nunca termina de responderse. Desde los trece años escribe diarios y desde entonces arrastra dudas sobre el lenguaje, el poema y la manera en que las palabras pueden comunicar algo verdadero en medio de la incertidumbre.
En esta conversación, la autora sonorense habla sobre su relación obsesiva con la escritura, la influencia de Clarice Lispector, la literatura del norte del país y las dificultades que aún enfrentan muchas escritoras para ser tomadas en serio.
También recuerda el instante en que descubrió la poesía escondida detrás de una fotografía del mar y reflexiona sobre el extrañamiento, la constancia y el oficio de escribir en un mundo cada vez más acelerado y extraño.
—¿Cómo ha cambiado tu idea de la poesía con los años?
Llevo un diario desde los trece años, aunque no siempre soy constante. A partir de los 21 años empecé a hacerme esta pregunta: ¿Qué es? ¿Cómo hacer poesía? ¿Qué se supone que construye el poema? En realidad, muchas dudas alrededor del tema. Ahora leo mis diarios de hace diez años y la pregunta sigue sin respuestas y con muchísimas dudas. Mis últimas anotaciones giran sobre el poema como lenguaje, como comunicación —hacer eso creo que es muy difícil—; es: múltiples voces, coros, salmos; es expansión, pero también fragmento —quizá porque últimamente pienso bastante en la brevedad—; es: los poemas de los otros; es constancia, y más y más constancia.
—¿Recuerdas el momento exacto en que entendiste que querías dedicarte a escribir?
Sí. Hay una anécdota que me gusta muchísimo sobre Elizabeth Siddal, y va algo así: “En una ocasión, un trozo de diario cubría una barra de mantequilla. En él estaba un poema de Alfred Lord Tennyson, que Elizabeth —o Lizzie, como le decían de cariño— leyó y, según quien cuenta el suceso, desde ese momento la poeta quiso escribir poemas”. Me imagino un trozo de papel lleno de grasa, con un rico olor a mantequilla y los versos en letras semitransparentes, porque eso hace la grasa sobre el papel: abre una transparencia hacia algún otro lado, pero en una visión difusa. ¿Cómo podría alguien evitarlo? Escribir después de eso es lo único que se puede hacer.
De niña me gustaba explorar mi casa —la de mis papás—, que es grande, tiene dos pisos y habitaciones enormes, quizá porque mis hermanos son muy altos… La cosa es que buscaba entre muebles, cuadernos y libros, cajitas, cosas viejas o regalos escondidos para Navidad. En eso estaba un día, cuando detrás de unas hojas engargoladas llenas de números —mi papá trabajaba en un banco— encontré, en lugar de papel o plástico, la foto de un mar, la orilla de un mar. Sobre la foto estaba escrito con una flamante tipografía cursiva: La orilla del mar/No es agua ni arena/la orilla del mar./El agua sonora/de espuma sencilla/etc. Lo leí y me pareció tan luminoso como extraño. No fue ese día, pero todo cambió, porque empecé a buscar ese uso extraño de las palabras en otros lugares, algo que me llevaría a querer escribir. Creo que ese fue mi suceso de transparencia hacia algún otro lado.
—Durante mucho tiempo la literatura mexicana estuvo muy centralizada. ¿Sientes que todavía existe una mirada “centralista” hacia lo que se escribe en el norte?
Sí, y podemos pensar que ya no es así, justo por estos lazos que se están creando con esta entrevista; por el poder de las redes o por la inmediatez para compartir información que tenemos. Pero hace dos años, en un encuentro de poetas, escuché que una poeta del centro decía: “ustedes los foráneos”. Lo sentí como el “los amiguitos de provincia” de Chabelo; ese estar lejos de donde pasan las cosas.
Y nos guste o no, muchas cosas pasan en el centro, y quienes se encuentran a un viaje en autobús o en caravana no me dejarán mentir: para ellos acercarse a todo eso que pasa es más sencillo —hay excepciones, por supuesto—. Los del norte tomamos vuelos, vamos y visitamos, llevamos carne de regalito y movemos todo nuestro calendario para ir a tal o cual feria o festival de poesía porque nos queda lejos… así que sí, creo que el asunto de la literatura sigue siendo centralista.
—Participaste en una residencia artística en Argentina enfocada en el poema en prosa. ¿Qué tan distinto era el ambiente literario argentino respecto al mexicano?
La poesía en prosa la estudié con el poeta colombiano Fredy Yezzed y junto con él colaboré un tiempo en su revista Abisinia Review. Todo esto en Buenos Aires. Es curioso porque la primera vez que fui a Baires, en 2012, muchas personas en el “subte” (metro) iban leyendo y eso me encantó. En 2015 y en 2022 volví de visita y más personas iban viendo su celular que leyendo libros. Supongamos que no son personas del “ambiente literario”.
Muchas veces, en encuentros o festivales —salvo que nos lleven a escuelas—, en las lecturas somos los mismos quienes leemos y quienes escuchamos como público. Ahora bien, en lecturas he visto muchas veces lo mismo que vi en el “subte” conforme pasan los años: incluso frente al micrófono y después de su participación, los compañeros sacan el celular para revisar redes sociales.
¿El ambiente literario porteño? Activo y donde te daban bienvenidas lindísimas por ser mexicana, pero quizá llevé la conversación sin querer hacia otro lado, qué caray.
—Imperio tomó muchos años de gestación. ¿Qué cambió entre la primera versión y la definitiva? ¿Por qué Clarice Lispector fue importante en el origen de ese libro?
Diez años, bastante tiempo. Es hermoso leer a Clarice, ver cómo todo le extrañaba tanto y creo que ahí está uno de los motivos por los cuales ella fue el eje central del libro. Estar vivo sigue pareciéndome la cosa más difícil y extraña que una persona puede llevar a cabo. Tratar de comunicarse, porque la poesía nos cambia el lenguaje y la comprensión.
Está este verso de una canción de Joanna Newsom que he tenido mucho en la cabeza estos días: Never get so attached to a poem. You forget truth that lacks lyricism; que sería algo así como: “Nunca te encariñes tanto con un poema, que olvides la verdad de la que carece el lirismo”. Se oye súper esnob, lo sé, desde luego que lo sé. Pero, en serio, lo juro por lo más sagrado, como dice Betty Pinzón Solano, llevo años con eso en la cabeza y en estos días volvió de manera muy insistente.
En Imperio fue desear todo lo contrario al verso de Newsom: sí encariñarme con el poema, buscar ese lirismo lleno de inexistencias, mentiras e imprecisiones en lo que existía a mi alrededor; tratar de comprender todo lo que no comprendo —que es apabullante—, y estar extrañada frente al lenguaje como Lispector. Y eso hizo de este libro uno que, para mí, tuvo muchas versiones antes de llegar a su forma impresa.
—¿Crees que las escritoras todavía tienen que demostrar más que los hombres para ser tomadas en serio?
Sí. No sé si ese “demostrar” sea preciso, pero sí. Sin embargo, también pasa lo siguiente. Hace unos años gané un apoyo para crear una muestra de poesía escrita por mujeres en Sonora.
Que las autoras me entregaran el material para la muestra fue muy complicado; pocas entregaron a tiempo, varias con descuido en la presentación y faltas de ortografía. Algunas me compartieron fotos mal tomadas y me pidieron transcribir los textos. Solo un par de autoras entregó todo con tiempo, formalidad y conforme se pidió.
Demostrar… creo que podemos ser más disciplinadas y menos rígidas. Podemos tener más orden en nuestro trabajo sin maniatar nuestra creatividad. Podemos tener más compromiso con los espacios que nos prestan sin “casarnos” con un solo lugar o institución. Más enfoque en la manera en la que difundimos nuestra propia obra, sin ser influencers de la poesía. Dejar de crear tanto y crear con más conocimiento sobre la construcción del poema, con más conciencia. Podemos, y qué gusto que debamos demostrar más. A mí me gusta demostrarme más.
—¿Se puede enseñar poesía realmente?
Siempre cito a Mary Oliver; bueno, más bien la parafraseo en esto que dice sobre que el poema es un documento escrito, no ese objeto místico que se suele creer que es el poema, cosa que también es el poema; algo así dice. Se puede enseñar a leer un texto y, por lo tanto, a leer poesía; a identificar figuras retóricas y lo que son y, por lo tanto, se puede enseñar a crearlas; se puede enseñar lo que es una muestra, una antología, un libro de poesía y, por lo tanto, podemos crear muestras, antologías, libros, etcétera. Pero, por supuesto, hay una parte que no se puede enseñar y ahí está también el poema.
—Has hablado de escribir como un oficio cotidiano. ¿Cómo haces para construir esa constancia? ¿A qué hora escribes?
Justo estoy escribiendo un montón estos días. Tengo muchísimas dudas que no quiero dejar pasar y pierdo mucho tiempo todos los días, pero creo demasiado en la contemplación y en las dudas. Entonces leo, y leer siempre me abre el apetito para escribir. Pero normalmente escribo mucho en mis diarios. Ahora tengo cuatro cuadernos: dos diarios, un cuaderno de apuntes sobre lo que investigo acerca del tema que escribo y mi cuaderno para escribir poesía.
Y he estado mezclando todo un poco porque últimamente me encuentro escribiendo el poema dentro de mi diario, y donde tomo notas hay poemas, y en mi celular, a veces platico por DM y el tema es interesante y empieza el poema.
Escribía de día hasta hace unos meses y corregía y pasaba en limpio de noche. Ahora me parece que a cualquier hora estoy escribiendo, pero sigo en la parte aburrida del oficio durante la noche: pasar a Word, corregir, leer y volver a corregir. Así trabajo ahora.
—¿Qué autores o autoras te han influido a lo largo de tu carrera?
Es una pregunta que no disfruto mucho. La detesto un poco porque la memoria me falla y me siento como en una ceremonia de entrega del Oscar: alguien siempre se me olvida mencionar y ¡plum!, empieza a tocar la orquesta.
Pero supongo: David, Salomón o los escritores de salmos bíblicos. Luego, en estos últimos años, he leído y releído a Elizabeth Bishop, Mary Oliver, Ron Padgett; vuelvo a poemas de Shuntarō Tanikawa, Maruša Krese, Federico García Lorca, José Watanabe; y creo que Siri Hustvedt es brillante, así que la releo a ratos, igual que a J.M. Coetzee. Y a mi Manuel Parra Aguilar, mi Manolo.
De hecho, tengo que leer estos días su último libro. Él es mi primer lector cuando termino y yo soy su primera lectora cuando él termina un nuevo libro. Es Manolo quien siempre me regresa a Lorca, me pone a leerlo en voz alta por las noches, a veces, y no hay ocasión en que me tope con Lorca y no me dé una inmensa nostalgia por estar viva de esta manera.
—¿Qué te preocupa del mundo actual como escritora?
Mucho. El mundo y las personas son cada vez más desconocidos, quizá por los años que se acumulan. Recuerdo que mi tata Eliseo se enojaba porque le querían enseñar a usar el microondas y él no quería, se confundía. Es uno de esos recuerdos imprecisos que supongo tienen demasiada ficción, pero son recuerdos que no puedo cambiar; así me vienen a la mente.
Creo que me pasará lo mismo. El mundo es mi horno de microondas y cada nueva tecnología significa un nuevo número por picar, una nueva función y Enter para escuchar el sonido del plato giratorio donde se calienta el futuro.
Y sobre el futuro, me preocupa demasiado el mundo. Pero dice Shuntarō Tanikawa que termina de escribir un poema y el mundo termina ahí, así que nomás me queda seguir escribiendo y ya, hasta que suene el bip que anuncie que el futuro está caliente… y mi mundo se acabe.
—¿En qué proyectos escriturales trabajas actualmente?
Varios. Nunca escribo poemas sueltos, pero el año pasado eso sucedió y no pude evitar convertirlo en un proyecto con poemas, lo más breve posible. Escribo otro libro con muchísimo por leer e investigar, como me pasó con Arqueología del paraíso, así que eso me dará para años, lo sé.
También escribo algo de narrativa porque hay cosas que no comprendo y quiero intentar comprenderlas, entonces me parece más sencillo que seres ficticios hablen por mí. Y el proyecto escritural de contestar esta entrevista para Fidelia Caballero, a ver qué tal me va.
Julia Melissa tiene publicados los libros: Habitaciones (JUS, 2011), Imperio (CECUT, 2023) y Arqueología del paraíso (Círculo de Poesía, 2024).

