Manuel Argudín nació en la provincia de Camagüey, Cuba, el 10 de diciembre de 1961. Formado en el rigor académico del Conservatorio Amadeo Roldán de La Habana, donde consolidó su maestría técnica en la guitarra, Argudín ha logrado lo que pocos: tender un puente inquebrantable entre el lirismo intelectual de la Nueva Trova y la calidez bohemia del filin cubano.
Ha sido figura central de espacios emblemáticos como el Centro Pablo de la Torriente Brau y la Casa de las Américas, donde su peña «A guitarra limpia» se convirtió en un refugio para los amantes de la canción inteligente.
Argudín ha llevado la bandera de la trova a escenarios de España, Francia, Italia y toda América Latina, consolidando una relación particularmente fuerte con México.
Ha participado en festivales de música de autor que lo han unido a figuras de la talla de Eugenia León. Entre sus actividades recientes destaca la exitosa gira «Venga la esperanza», un proyecto ambicioso donde rinde tributo a la obra de su colega y amigo Silvio Rodríguez.
Ha compartido escenarios junto a Rey Guerra, Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Vicente Feliú, José María Vitier, Amaury Pérez, Ireno García, Alberto Tosca, Gerardo Alfonso, Sara González, Marta Campos, Miriam Ramos, Anabell López, así como con Alejandro Filio, Víctor Víctor, Tita Parra y otros creadores extranjeros.
En entrevista con Poetripiados, Manuel Argudín reflexiona sobre la poesía como refugio espiritual y la trova como expresión cultural marcada hoy por la nostalgia más que por la resistencia. Narra su formación influenciada por grandes cantautores y su vida en México, donde mantiene una rutina creativa.
Además expresa preocupación por la polarización mundial, el impacto de la tecnología en el arte y la crisis cubana, proponiendo apertura y diálogo como soluciones. A pesar del tiempo, reafirma su compromiso con la creación artística.
—¿Qué es la poesía?
José Martí dijo alguna vez que “la música es el hombre escapado de sí mismo…”, y yo no temo en concederle esa suerte a la poesía, o al menos a la parte de la poesía que merece esa misma definición.
De todas formas, y hablando de poesía me gustaría conceptualizarla un poco a mi manera:
Creo que la poesía
Es ese soplo de calma
Que a veces precisa el alma
Cuando se queda vacía
El cuerpo en su travesía
Por esta breve existencia
Necesita esa presencia
Místicamente impalpable
Ese susurro adorable
Que nos sosiega la esencia
—¿Cómo fue para ti crecer musicalmente con figuras como Silvio Rodríguez y Pablo Milanés?
Tendría yo unos once o doce años cuando me atreví a cantar por primera vez en público, totalmente a capella, porque en ese tiempo todavía no tocaba la guitarra. Y sin pensarlo mucho, elegí la canción “Fusil contra fusil” de Silvio Rodríguez, que sonaba mucho en esos tiempos.
Desde entonces, y sin que nadie me indujera a tomar ese camino, Silvio se convirtió en lo que yo quería ser y sobre todo hacer, y consiguientemente fueron llegando Pablo Milanés, Noel Nicola, Amaury Pérez, Pedro Luis Ferrer, Joan Manuel Serrat, Alberto Cortez…
Fue, sin lugar a duda, una gran fortuna haber crecido con esas presencias devenidas, poco a poco, en las influencias que me formaron como el cantautor en el que me fui convirtiendo, y que sigo intentando encontrar.
—¿Sientes que la trova sigue siendo un espacio vigente de resistencia y reflexión?
Hace muy poco Silvio hizo una gira por cinco países de Latinoamérica, y según cifras que se publicaron, fueron a verlo a sus conciertos alrededor de 150 mil personas en total. En Chile, por ejemplo, las ventas superaron todos los récords y expectativas. Creo que ese es un ejemplo de la vigencia de la obra de Silvio, y de alguna manera de ese fenómeno cultural aplastante que fue lo que en los años 70 se conocía como La Nueva Canción, y en Cuba, La Nueva Trova.
Ahora, lo que no me parece es que en estos tiempos esa vigencia tenga la misma función que tuvo en aquellos años en que se apostaba más a la formación de una conciencia social nueva y necesaria, que se fue diluyendo en el tiempo. Lamentablemente hoy, al menos a mi juicio, existe una relación mayor con las nostalgias y añoranzas de aquellos tiempos, que contrastan dolorosamente con el giro que han tomado las cosas en materia cultural y social.
El mundo cambió demasiado, y desafortunadamente muchos de los caminos y conceptos que defendíamos se torcieron y se corrompieron. Ya el término “resistencia”, al menos para muchos de nosotros, los cubanos, tiene un significado tristemente distinto y distante.
—Entiendo que estás viviendo en México. ¿Cómo es un día ordinario en tu vida?
Vine a México por primera vez en noviembre de 1996, como refuerzo vocal de un grupo de música campesina muy conocido en Cuba. La estancia, aunque no demasiado corta, no me permitió adentrarme como hubiera querido en la hermosa profundidad cultural mexicana y en los muchos encantos de este gran país. No fue hasta seis años después (2002), que regresé formando parte de la delegación cubana a La Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, evento al que Cuba fue el país invitado de honor.
Podría decirse que la FIL de Guadalajara fue el comienzo de todo porque a partir de ese evento comencé a venir de manera casi sistemática, gracias a amigos de La Tropa Cósmica de México y de Trovacub, un grupo de amigos mexicanos generosos y buenos que apoyaban a los trovadores cubanos.
En el 2014, mi querida amiga María Luisa Armendáriz (EPD), a quien conocí en 2002 cuando dirigía la FIL, y que ese momento presidía la Asociación Cultural “Na Bolóm” en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, me invitó a pasar un año como artista residente de la institución que dirigía, y lo cierto es que no lo dudé ni por un segundo, y partí rumbo a Chiapas desde el Estado de México donde estaba pasando un tiempo, gracias a una invitación de mi hermano mexicano Martín Martínez, uno de los artífices principales de mis prolongadas estancias.
Algunos meses después vino mi esposa, y muy pronto las raíces comenzaron a brotar; ella se enamoró perdidamente de México, y poco a poco nos fuimos adhiriendo a este lindo, querido y controvertido país que nos abrió los brazos como a tantos otros cubanos. Ya ha pasado poco más de una década, y al día de hoy, somos dos felices ciudadanos cubano-mexicanos establecidos en la ciudad de la eterna primavera: Cuernavaca.
Mis días no difieren mucho de los de cualquier hombre de casi 65 años con las inquietudes y los deseos de existir y de crear, intactos. La mayor parte del tiempo la paso en casa, haciendo uso de ese sagrado derecho que me he auto conferido de hacer del lugar donde vivo un pequeño país a mi semejanza, y no tanto a mi imagen.
Cocino todos los días con un entusiasmo casi vehemente, canto, hago música, o simplemente recreo la que ya está hecha, tanto mía como de otros autores. De vez en cuando se me escapa algún soneto o alguna décima. Hago ejercicios disciplinadamente durante más de dos horas, de lunes a sábado. Y sobre todo, convivo y coexisto con mi esposa: el ser humano más genial que he conocido en toda mi vida.
—¿Qué te inquieta más del rumbo que está tomando el mundo?
Lo que más me preocupa del rumbo que está tomando el mundo, es el mundo en sí mismo; ver que la polarización, la tozudez y los intereses personales de algunos han hecho del egoísmo un camino que podría convertirse en el ocaso de toda la humanidad.
Hace muchos años dije, pensando en voz alta, que, al mundo, tal como lo conocíamos, le quedaba un siglo, y ahora veo lastimosamente, que de no pocas maneras tenía razón, y lo digo desde el pragmatismo y sin pesimismos estériles. Solamente si nos detenemos en lo que ha sucedido en la música popular y en el arte en general en los últimos años, tenemos razones más que suficientes para no ser optimistas.
—¿Quiénes son para ti, hoy en día, los cantautores más importantes del mundo de habla hispana? ¿Y los poetas?
Con total impudicia y sin titubeos te respondo que, en el mundo, el mío, el que mis propias circunstancias me han llevado a crear, los cantautores más importantes siguen siendo: Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Noel Nicola, Joan Manuel Serrat, Alberto Cortez, Joaquín Sabina… En fin, creo que están claras mis preferencias…
En cuanto a poetas, no me siento calificado para emitir un dictamen tan comprometedor, en tanto con igual procacidad confieso que no he sido nunca un consumidor disciplinado de la poesía no musicalizada. Claro que, si me fuerzan un poco a nombrar algunos de mis elegidos, citaría al mexicano Jaime Sabines, a los cubanos Eliseo Diego, Luis Rogelio Nogueras y a mi buen amigo Waldo Leyva, o al francés Arthur Rimbaud.
—¿Cómo visualizas el futuro de la música, como la conocemos, a partir de las nuevas formas de crearla, como la IA?
No estoy en contra del uso de la IA en función de la música. Lo que me sucede con la IA es lo mismo que con otras vertientes de la tecnología: todo depende de cómo y para qué se usen. Creo que todo lo que incita al facilismo y a condenar a la opacidad al verdadero talento es un riesgo (uno más), para esa sensibilidad humana que ya está trastabillando desde hace décadas.
No hay que olvidar, por ejemplo, que géneros como el vals o el tango fueron en sus orígenes expresiones marginales de la música popular, solo que esos géneros sí ocuparon el lugar que merecían; en cambio, desde mi punto de vista, algunas expresiones de estas llamadas variedades urbanas, están teniendo una preponderancia que en lo personal resulta preocupante.
—¿Qué papel crees que tiene hoy un artista cubano que vive fuera de la isla, ante una sociedad en crisis?
No me atrevo a asignarle un rol a los artistas cubanos que viven fuera de la isla. Cada artista, cada atleta, cada médico, ingeniero o profesional de la rama que sea, tiene una historia igual y diferente, aunque me atrevería a decir que, en la mayor parte de los casos, no encontraron en su tierra la vía para desarrollarla y desarrollarse. De cualquier manera, hay muchas llagas y demasiado resentimiento por corregir. Es mucho más complicado que lo que yo pudiera responder aquí.
—Políticamente, ¿cuál es para ti la solución para atender la problemática de Cuba?
A mil millas de ser un especialista en el tema, pienso que la solución de la problemática cubana pasa, en primer lugar, por la urgente y nada visible suma de voluntades de ambas partes de este conflicto, que ya tiene casi siete décadas de morbosa existencia, y que asfixia a un pueblo noble y bueno que merece una mejor realidad, y que hoy apenas sobrevive en medio de circunstancias muy tristes.
Existen dos bloqueos que deben ser abolidos: el estadounidense, que fue implantado a principios de los años 60 del pasado siglo, aunque nos empezó a afectar realmente después de la caída de la URSS; y el interno, que comenzó a finales de esa misma década, cuando el estado “revolucionario” le cercenó al pueblo cubano su derecho a participar directamente en el desarrollo de la isla, al centralizar toda la actividad económica y al erigirse como dueño absoluto de nuestra isla, todo lo que contenía y todos los que contenía.
Cuba necesita de una apertura en todos los sentidos, y repito que urge dejar a un lado tozudeces y modelos socioeconómicos que han fracasado estrepitosamente en todo el mundo. Baste decir que desde 1959 a la fecha, más de tres millones de cubanos han abandonado su país natal.
—¿Qué hay en el futuro para Manuel Argudín? ¿En qué trabajas?
Aunque, por razones lógicas, ya estoy en ese punto en el que se tiene más pasado que futuro, no dejo de crear, de creer, y hasta de tener esperanzas. Como expresara Herman Hesse en Siddhartha, “quien deja de buscar, aprende a encontrar”. Será por eso por lo que no dejo de hacer y de ser, sin que la búsqueda de algo etéreo e ideal me robe el sueño y el tiempo. A fin de cuentas, esta efímera carrera a la que llamamos vida es como un juego de béisbol: se acaba cuando se acaba.
Con una discografía que incluye joyas como Aroma de Invierno (2000) y Fúgate conmigo (2009), y colaboraciones con artistas como Heidi Igualada, Polito Ibáñez y el guitarrista Rey Guerra, Manuel Argudín se mantiene activo y vigente.

