La poesía está en crisis. Leyendo las pautas para enviar una propuesta literaria a una revista londinense, donde en su momento publicaron a autores muy prestigiosos, me encontré con una muy desconcertante en específico. Cito y traduzco de forma inmediata: “La abstracción es el enemigo de la buena poesía.”
No es la primera vez que me encuentro con una pauta similar, en otras revistas también han especificado que no quieren poesía demasiado abstracta que solo el autor pueda entender. Entiendo el extremo al que pueda referirse este punto pero ¿Cuál es el límite? La metáfora y la retórica siempre han sido partes fundamentales de la poesía. La abstracción señala la parte subconsciente del receptor. Aunque una obra sea entregada con total objetividad y claridad, esta siempre quedará a interpretación del otro. Es importante remarcar que esta es una de las razones por las que el arte es una fuente inagotable, y por esa misma razón, la experiencia de un lector que lee el mismo libro a través de los años, no es la misma; estamos en constante cambio.
Formamos parte de una cultura regurgitativa donde evitamos pensar por nosotros mismos a toda costa. Las inteligencias artificiales y las máquinas no han hecho más que empeorar esta condición. Queremos que nos digan qué comer, qué ver, qué vestir -y si aún existe el interés- qué leer. Nos movemos a través de algoritmos y recomendaciones. La curiosidad y la iniciativa han muerto. Nos dejamos llevar y hacemos todo lo que nuestros ídolos mediáticos nos dicen que hagamos, que pensemos. ¿Creíste que sólo se trataba de robots? ¡SORPRESA! Nosotros nos hemos convertido en esa especie carroñera y deshumanizada. Toda la información ha sido ya digerida para que podamos navegar en ella de una forma segura, de una forma en la que no ahondemos demasiado y podamos descubrir algo del mundo o inclusive, descubrir algo de nosotros mismos. Queremos que nos digan cuál es nuestra personalidad y cuáles son nuestros intereses porque hemos regalado nuestro tiempo a los tumultos cibernéticos e intrascendentes.
Las vanguardias permanecen como vanguardias y hemos abandonado incluso a las ya consagradas por el reloj. La poesía ha dejado de ser desde hace mucho un campo de experimentación para volverse un espacio común; el cliché del cliché. La poesía es tierra fértil abandonada. Con la posibilidad de experiencias infinitas, la hemos encasillado en una: en la más ordinaria. Si nuestro día a día estuviera escrito en prosa, los poetas actuales la mutilarían y elegirían las frases más simplistas para hacer de esta un poema, y del poema, una experiencia universal -aun cuando lo universal puede encontrarse en lo más recóndito, en lo que pocos se atreven a decir- y digerible. Ya no se trata de poetizar lo cotidiano sino, de atraer multitudes identificadas con su contenido vacuo. Ya no se trata de interpretar lo que se lee, sino de mirar una representación superficial de la condición actual y específica de una persona, una visión completamente individualista que actúa como inalterable, a través de poemas burdos que nada tienen de interesante, poemas que no ofrecerán nuevas lecturas ni con el paso del tiempo porque fueron creados desde el estancamiento y el aferramiento a una idea que no tiene ninguna intención inventiva ni de expansión del pensamiento. El arte dejó de ser introspectivo hace mucho tiempo. Buscamos superficialmente en él, estandartes que podamos usar como representación de nuestras personas, en lugar de darle la oportunidad a este, de mostrarnos algo que no sabíamos de nosotros mismos. Encasillamos a los poetas y nos encasillamos a nosotros. Nuestro complejo de víctimas nos ha llevado a los lugares más inhóspitos de la pasividad. Siempre nos llamamos “seres demasiado sensibles” y en el campo creativo no demostramos más que mediocridad.
Esto no es una invitación a crear un arte elitista sino, a crear con ímpetu, avidez y curiosidad, un arte honesto, dotado de sensibilidad y liberado de la monotonía. Un arte que no descarta la habilidad de pensamiento del receptor. Es fácil temerle a la abstracción en un mundo alimentado por la controversia y la indiferencia. Nos hemos vuelto demasiado agradadores por el miedo a la crítica y la exclusión. Ser outsider se ha vuelto un acto meramente performativo. Queremos salirnos de la caja y que se nos denomine como tal, sin afrontar las consecuencias que esto determina. Queremos liberarnos de toda la responsabilidad que atañe nuestro ámbito creativo. Nos hemos vuelto el gato de Schrödinger, demasiado ambiguos para ser algo. Dejamos de indagar en nuestras ideas, dejamos de imprimirlas por entregarnos a la inmediatez de las cosas. Hemos vertido en nuestro trabajo las hieles de la impaciencia y la intolerancia.
Los escritores dejaron de asumirse como tal, cuando el acto de crear se sustituyó por la producción en serie, en aquella red donde solo importa lo que se considera relevante. Una acción que ha sido trascendental para todos los humanos, ha sido condenada a la extinción en esa maraña de consumo efímero de sobreinformación.
Debemos entender que limitarse a la no-experimentación es un acto de censura y ese, es un trabajo que no nos corresponde a nosotros.

Rina Verità (también conocida como Beatriz A. Menelik) es una poeta y escritora mexicana nacida en 2001. Su primer poemario, SOBRE… “CONTRAER EL HÁBITO DE CREER EN EL MUNDO EXTERIOR” se publicó en 2023. Ha participado en el programa Muerdelenguas de Radio UNAM y su obra ha aparecido en Revista Alcantarilla, Laberintos de la Mente I (Palabra Herida, 2023) y Reminiscencias (Ediciones Komala, 2023).

