La segunda novela de José Fuentes Mares (Chihuahua, Chihuahua, México, 1918— 1986), “Servidumbre[1]”, publicada en 1983 por editorial Océano, y de la cual su autor afirma en su contraportada que, para él, es el mejor de todos sus libros, el que le gusta más, incluso, que sus éxitos biográficos sobre Cortés, Santa Anna o “Miramón, el hombre”, porque lo considera el libro más suyo, aquél donde escribió más y mejor cuanto tenía pendiente.
“Servidumbre” es una novela que se encuentra seccionada en doce partes o capítulos. En ella, sus frases son largas, con una prosa pulcra, puntual, dignas de un historiador como él y la trama es idónea por cuanto atraviesa la guerra civil española y el ámbito de los primeros años de la segunda guerra mundial.
El protagonista principal se llama Pedro Majalca y cuenta en primera persona los primeros recuerdos de su infancia: su padre y las cabras; los ocotillos y sus hermosas flores de un intenso escarlata en cada primavera, el viento cálido y nocturno y su odio enloquecido por el sol, ese señor del cielo, tanto así, que ama ver los crepúsculos, durante los cuales el astro rey perece en su propio fuego:
En el desierto no hay suicidas, los hombres se aferran a la vida porque en ella encuentran el instrumento de las tres grandes esperas: la sombra, la lluvia y la resurrección[2].
Las cabras son sus altísimos maestros, aparte del cura cincuentón don Metodio, quien le ha enseñado las primeras nociones de Dios, Patria, Cielo e Infierno y con quien su padre discute y discrepa de continuo. Recuerda también un solo año que llovió y la cosecha fue abundante. Bernardino Julimes, el presidente municipal, es el segundo hombre que estima a ese par de Pedros Majalca, padre e hijo, y es quien le consigue una beca al vástago para que vaya a estudiar a la ciudad. Don Bernardino se encarga de enviarlo y Pedro junior se despide del desierto con un:
—¡Hasta la vista maldito sol! —frase que desconcierta al presidente, quien lo lleva en ancas de su caballo.
El joven Pedro, ya instalado en la ciudad, se da cuenta de que nadie se fija en los árboles como lo hace él. Y cuando comete la ingenuidad de decirle a sus compañeros a lo que se dedicaba en el desierto, éstos comienzan a decirle el “chivero”. Todos ellos tienen por maestro a un hombre llamado Gil, quien es golpeador y, aunque nunca le pone una mano encima a Pedro Majalca, sí lo zahiere profundamente con sus frases y lo marca para siempre con esa clase de maltrato reduccionista, humillante, incluso, que, a la vez que amenaza con paralizarlo, resulta, paradójicamente, un acicate para fortalecer en el chico la voluntad individual:
—A ver si tú (sabes); Pedro no sabe[3].
Y cuando éste tiene otra oportunidad y demuestra su conocimiento, el maestro arguye:
—¿No les da vergüenza que hasta el chivero haya podido contestar?[4]
—No me llamo así —replicó el niño. —Me llamo Pedro. El chivero soy sólo para mis amigos.
—¡Tu es Petrus! ¡Petrus! ¿No te suena eso a piedra?
—Mi padre me puso Pedro.
—Pero el maestro es el segundo padre —replicó fuera de sí; —te quito lo de don Piedra y te pongo don Nulidad. Eso viene de “nulo”, ¿sabes? Y nulo viene de “nihil”, que significa “nada”. Eres nada; convéncete de que nos sirves para nada ¿eh?… ¡Pero para nada![5]
Y esto es lo que va a mover a Pedro Majalca el resto de su vida: el deseo de probar que es alguien obteniendo las máximas calificaciones. Pero a pesar de sus logros, Pedro vuelve, una y otra vez, a sentir que es nada. Pedro enamora a Irene, una de sus maestras más viejas y feas de la escuela. Va seduciéndola. Saca ventaja de ello. Ella y su dinero lo introducen: al secreto del valor instrumental de las cosas[6]. Pedro acaba por dejarla. Siendo tan grande, termina la secundaria.
Durante las vacaciones de verano, enterado don Metodio de la actuación del muchacho, le da su reprimenda. Ahora es Pedro Majalca junior quien discute con el cura, como antes lo hacía con su padre. A punto de concluir el bachillerato, se aterroriza con la idea de graduarse, y es en esta etapa en que surge el motivo del nombre de la novela:
Veía el título como una hidra de cien cabezas que se apodera de la vida y la estrangula, como un fecundo manantial de servidumbres. Un hombre, todo hombre lucha media vida para que se le autorice a ponerse al servicio de cuanto detesta. La servidumbre de la clientela. La servidumbre del código profesional. La servidumbre de la representación social. Un médico o un abogado de éxito es un pobre infeliz que se entrega a una clientela, que vive a su servicio para hacer dinero a su costa, y luego morirse. Nada, total nada[7].
Así, llega el día de la graduación:
Me esperaba la servidumbre. La servidumbre era, por lo visto, el término ineludible de la vida humana entendida como la más impresionante de las mentecateces. Si vivir era ser un buen peón en el tablero de los ajedreces mayores; si vivir era someterse obedientemente a dos o tres pequeñas servidumbres, ¡ya no quería vivir! Yo quería ser, nada más que ser. Saqué una pequeña libreta y escribí: “Ser es superar la idea de la vida como servidumbre”[8].
Pedro Majalca decide estudiar Economía, por lo que es igualmente becado por el estado. Entre el dilema de ser revolucionario o católico decide evadir ambos caminos y vuelve a preocuparse por el problema de la nada. Julimes, el ahora ex—presidente municipal, le pide un favor a Pedro: que prepare un discurso para el gobernador. Luego de dejar el discurso con quien corresponde, aquél regresa a la ciudad y a la universidad, en la que hay una efervescencia por Carlos Marx.
Dustano Canales, amigo suyo, le comenta que una de sus alumnas trabaja en una monografía sobre las industrias de transformación en las regiones desérticas, y le pide que le eche una mano. Ha concertado cita para ambos en la cafetería de la universidad. Elvia Sardaneta, rubia, menudita y gentil. Ambos comienzan a verse todos los días. Así, entra en su vida esa ex-españolita.
Elvia detesta las fiestas de toros en el ruedo de Las Ventas, por un trauma de horror al mirar la sangre de seis toros muertos como si de un manantial rojizo se tratara. Los toros eran rojos y los toreros azules. Premonición ésta, por simbólica, y por demás evidente, de la ya próxima guerra civil en España.
En un bombazo muere don Martín; y doña Asunción, su vecina, quien teje ropa para ganarse la vida y a la vez recibe un dinero de su marido militar, la acoge en su casa. Ambas migran a Barcelona, lejos de la guerra. Un día, éste llega con una pierna menos. Tienen que mudarse hacia el sur para intentar llegar a Francia, pasando por Cataluña.
Elvia, quien enseña español y aprende rápidamente francés, también lee sobre política, crítica de cine, teatro, literatura y religión (materias que, por supuesto, interesaban sobremanera a José Fuentes Mares, intereses profundos que le cede generosamente a su personaja) y conoce a Etienne, quien es entrado en carnes, corto de estatura, honesto y sencillo hasta el candor, apenas ayer un modesto burócrata en un pueblo del ródano[9].
Los dos Elvia y Étienne, ambos con “e”, se reúnen por las tardes a conversar a espaldas de una lavandería. El segundo presiente la inminente invasión de los alemanes a Francia y se quiere casar con ella antes de que eso pase. Al final, La primera accede. Abordan un tren a París. Llegan a la estación de Austerlitz y se hospedan en un hotelucho de la Gay Lussac, frente al jardín del Luxemburgo. Días después, Etienne muere en batalla contra los alemanes. Entonces Elvia viste de blanco, no de negro. Toma clases y cursos de arte, literatura y economía de guerra en la Sorbona. Conoce a Rafael, primer secretario de la embajada de Cuba en Francia, quien desea casarse con Elvia. Cuando Rafael deambula por las calles de París, dos alemanes lo siguen, lo aprehenden y lo llevan a la comandancia. Deberá salir de España. Al día siguiente, Elvia y Rafael se casan. La pareja viaja en barco a Lisboa y de ahí a Nueva York.
Elvia y Pedro se integran al curso del presente de la narración. Ella pertenece a una Organización de ayuda clandestina en España. Pedro está en crisis:
Mi único fin era ser Pedro Majalca, pero el ser no admite contactos; no puede ser para esto o para lo otro, y mucho menos se puede ser para alguien, ya que cuando se es para alguien se renuncia al propio ser en aras de ese alguien[10].
Después de este párrafo nietzcheano, en el siguiente, encontramos ciertos destellos schopenhauerianos en materia de ascetismo:
…No pude hacerlo porque en ese momento jugó nuevamente su carta el viejo don Gil, el que me torció la vida. La nada me esperaba junto a la puerta de la calle… Mi libertad, mi yo completo, mi propósito de ser nada más que yo, todo desaparecía en aquellos momentos. Atrapado por las dos servidumbres insuperables: ¡El miedo y el sexo! Sentía como una puñalada el triunfo de don Gil. Y pensé que un ambicioso sin miedo y sin sexo sería rey del mundo[11].
Elvia y Pedro vuelan y descienden en el aeropuerto de Barajas, en España. Pedro se inscribe en la Universidad. Ambos se divierten bromeando a costa de Franco y de Mussolini. Van a Toledo y dan con el museo de El Greco. Pedro acompaña a Elvia a una reunión de la Organización en Madrid, la cual planea un estallido de huelgas de las fábricas. Paco es el jefe; Zunzunegui coordina. Elvia se opone porque las considera medidas moderadas y sugiere algo más radical para jalarse apegos, adherencias al movimiento, de otras regiones. Surge la idea de organizar un atentado.
Pedro Majalca lleva a Elvia por la verdadera Castilla: Ávila, Salamanca, Medinas, Valladolides, aldehuelas de la región de La Mancha. Contemplan cinco cadáveres de comunistas. Pedro reflexiona sobre el verdadero sentido del museo de El Escorial: la voluntad de trascender más allá de la muerte del rey Felipe. Luego de cenar, ambos duermen, pero Pedro sufre una pesadilla febril. En ella la pareja discute y el diálogo es una clara reminiscencia a la obra “El mundo como voluntad y representación”, de Arthur Schopenhauer:
—¡Yo quiero ser Pedro Majalca! ¡Por favor, Elvia, dime que puedo ser Pedro Majalca!
—No, ya no podrás ser Pedro Majalca. Tú y yo, todos, somos nada. La nada.
—¡Yo soy voluntad! ¡Quiero ser Pedro Majalca! —sollozaba, mientras besaba su cuello perfumado.
—Todos son voluntad y nada —contestó Elvia, sentenciosamente; la voluntad lucha contra la nada, y la nada lucha contra la voluntad. Es el drama de la vida; de la vida de los demás… no de la mía.
—¿Quién eres tú? —pregunté, mirando sus ojos fijamente.
—Una pura nada[12]
Después de desayunar, Pedro viaja en un metro atestado de gente. Dos hombres intentan colarse en una de las estaciones y sólo uno lo consigue. El hombre que se queda afuera, le advierte al de adentro de que no hable con nadie hasta que dé su informe el que habrá de colarse en la reunión. Pedro analiza una y otra vez esta sincronía y presiente que esa frase fortuita se refiere a la cita clandestina de la calle de Hilarión Eslava. Se mete en un bar.
Regresa a la pensión y se guarda una pistola y una navaja toledana en sus bolsillos. Le cuenta a Elvia de sus sospechas. Se dirigen a la reunión, misma que preside Paco. Zunzunegui ha sido aprehendido. Un hombre con cara de estilete también da su comentario, al igual que un calvo gordinflón. Otro de los hombres pregunta cómo se está preparando el “golpe” siguiente. Pedro sospecha del calvo gordinflón y grita que entre ellos hay un policía. Aquél sale huyendo. A partir de ahí, el clímax y el desenlace se aceleran. Pedro llegara a la conclusión de que también:
El llamado remordimiento es otra fuente inagotable de servidumbres[13].
Cae en un estado de ascesis, y esa es la segunda opción que el autor alemán recomienda a un hombre cuando éste ha conseguido un pleno conocimiento de sí mismo, tal como la describe en uno de los párrafos más esclarecedores de su libro más importante este escritor y filósofo: “El mundo como voluntad y representación”:
La voluntad (de aquél que ve más allá del principium individuationis) da un giro, ya no afirma su propio ser, que se refleja en el fenómeno aparente (Erscheinung), sino que lo niega. El fenómeno (Phanomen) por medio del cual esto se manifiesta es el paso de la virtud a la ascesis. Ya no se contenta, en efecto, con amar al prójimo como a sí mismo ni con hacer por los demás lo que haría por sí, sino que nace en él un horror hacia ese ser cuya expresión es su propio fenómeno, hacia la voluntad de vivir; núcleo y esencia de ese mundo reconocido como un tormento. Por eso niega justamente esa esencia que aparece en él y que se expresa ya a través de su cuerpo, y sus actos dan ahora un mentis (negación) a su fenómeno y se ponen en contradicción con él. No siendo la esencia nada más que un fenómeno de la voluntad, cesa de querer cosa alguna, huye de la dependencia de su voluntad respecto de cosa alguna y trata de reafirmar en su fuero interno la máxima indiferencia hacia todas las cosas. Su cuerpo sano y robusto, expresa mediante los genitales el instinto sexual; pero él niega la voluntad y da un mentis al cuerpo: no quiere satisfacción sexual alguna, bajo ninguna condición (…) Con la completa supresión del conocimiento, desaparecería de suyo el mundo en la nada, pues no hay objeto sin sujeto.
Si revisamos bien la novela, encontraremos que José Fuentes Mares encarna en el protagonista Pedro Majalca, (su alter ego) todos esos rasgos de la filosofía de Arthur Schopenhahuer. Enhorabuena por todos nosotros, sus lectores.
[1] “Servidumbre”, José Fuentes Mares, Editorial Océano, 1983, 174 p.p.
[2]p. 7.
[3]p. 22.
[4]p. 23.
[5]Ibidem.
[6]p. 25.
[7]p.p. 27—28.
[8]p. 28.
[9]Ibidem.
[10]p. 93.
[11]p. 101.
[12]p. 121.
[13]Ibidem.

