Antonio Nazzaro nació en Turín, Italia, en 1963. Es periodista, poeta, traductor, video artista y mediador cultural. Fundador y coordinador del “Centro Cultural Tina Modotti”. Director de diferentes colecciones de poesía italiana y latinoamericana por varias casas editoriales. En el 2024 ha recibido el reconocimiento de “Traductor del año” por la casa editorial “Colección Sur”, Cuba.
Como traductor ha publicado poemarios y antologías de autores italianos e hispanoamericanos en diversos países. Actualmente coordina la Escuela Cubana de Poesía, proyecto, también, replicado en Honduras. Invitado a publicar por el Ministerio de Cultura de Cuba la traducción de la antología Cabeza de Zanahoria del poeta Luis Rogelio Rodríguez Nogueras (Wichy, el rojo). Su traducción del poemario de Pier Paolo Pasolini Hosas de lenguas Romanas fue publicado en el 2025 por la editorial cubana Arte y Literatura. Dirige la colección de poesía italiana “Cantos Órficos” para la Editorial Abisinia. En Italia dirige la colección de poesía latinoamericana “Territorio d’incontro” por la casa editorial Arcoiris, Salerno, Italia.
– ¿Hubo un libro o una voz familiar que te acercó por primera vez a la poesía?
Sí, hubo una voz familiar, la voz de mi mamá. Mi mamá era una gran amante del arte, aunque no había tenido la oportunidad de estudiar, porque creció durante la guerra, pero ella me acercó al arte y a la poesía. Fundamentalmente, la voz familiar fue la voz de mi madre.
Puedo decirte que escribí mi primer poema cuando tenía siete años y medio, en el segundo año de secundaria, y estaba dedicado a mi abuelo. Pero cuando vinieron los padres ese día a la escuela para que cada uno leyera su poema, yo no leí nada. Pero sí, fue mi mamá, el centro o el comienzo de mi relación con la poesía.
– ¿Por qué no lo leíste? ¿Recuerdas algo de ese poema?
Lo único que recuerdo del poema, y lo tengo en un cuaderno, quién sabe en qué ciudad, en qué país; es que era un poema dedicado a mi abuelo que fue partisano y luchó contra los fascistas en la Segunda Guerra Mundial.
Y no lo leí y eso fue algo que duró bastante tiempo porque era, era y soy, creo, en parte muy tímido, y además me parecía que no sabía leer bien, y eso duró por muchos años, también cuando ya era grande.
A las lecturas de poemas me hacía acompañar por una amiga actriz y ella leía mis poemas. Creo que fue un problema de timidez y de ser muy niño.
– ¿Qué te llevó de Italia a México y luego a Venezuela antes de establecerte en Cuba?
Uy, es una historia bastante larga. Digamos, para hacerlo breve, que yo había vivido en Italia o estaba viviendo en Italia una experiencia muy fuerte. Había pasado años viviendo en la calle porque era un adicto y una amiga me invitó a México, dice: «No, vente acá, te relajas quince días y vas a sentirte mejor».
Y nada, fui con la idea de quedarme quince días y los quince días se convirtieron en siete años. Y, sobre todo, lo que le debo a México es la oportunidad de tener otra vida o de retomar la vida que se había interrumpido en un cierto momento.
Luego, lo de Venezuela se debe al hecho de que me casé en México y tuve a mi esposa, ella falleció y eso me creo mucha dificultad de seguir viviendo en México. Me transferí, me mudé de Ciudad de México a Cozumel, donde estuve casi dos años y luego necesitaba aire diferente. Y me vino a la cabeza que Venezuela podía ser una buena oportunidad. Y me fui allá y me quedé también en Venezuela bastantes años y fue una experiencia muy grata. Hice muchas cosas que me encantaron. Trabajé mucho con jóvenes poetas, artistas, y eso fue.
Y lo último de la llegada a Cuba. En realidad, entre Venezuela y Cuba hay también una temporada en Colombia, en Bogotá, donde además logré publicar mi segundo poemario. Mi primer poemario fue publicado en Chile, porque así funciona un poco también mi vida. Yo soy bastante… no diría inmigrante o emigrante, yo soy más un emigrante nómada. Y luego, en Colombia, llegó el COVID. Mi mamá vivía conmigo y no era seguro para ella quedarse en Colombia y regresamos a Italia y me quedé dos años en Italia.
Luego me vine a Argentina, a Buenos Aires. Estuve un año, trabajé bastante en traducciones de poemarios y conocimiento de artistas de acá. Empecé una colaboración con una artista argentina que quiero mucho, que se llama Mariana De Marchi. Pero después de ese año estuvo el cambio de gobierno y el nuevo gobierno de Milei cerraba espacios culturales o no le daba ya dinero. Entonces era complicado definirlo, quedar así trabajando.
Siempre he tenido una buena relación con Cuba. Alex Pausides, que es el que creó el Proyecto Sur, la editorial Sur de Cuba, me propuso de coordinar las escuelas de poesía de Cuba y por eso me fui allá. Y fueron un año y medio, casi dos años, muy, muy, muy bellos en todos los sentidos: el tipo de vida, el escribir.
Traduje bastante poemas, bastantes libros, creé muchas antologías también, y me quedé allí hasta que el lindo señor Trump hizo que la vida ya no fuera posible para mí, porque yo trabajaba gratis por Cuba y me ganaba el dinero, pero con otros trabajos donde era necesario tener luz e Internet y eso se complicó mucho. Y entonces me vine otra vez a Buenos Aires, donde por suerte tengo muy buenos amigos. Algunos ni entiendo por qué me quieren tanto, pero por eso ahora estoy en Buenos Aires, y acabo de abrir una nueva colección de poesía italiana contemporánea moderna.
Tuve la suerte de que uno de los más grandes poetas italianos vivos, quizá el más grande, Milo de Angelis, aceptara regalarme unos poemas suyos para dar vida a ese nuevo libro que acaba de salir de la imprenta hace dos días.
En total son casi 30 años que vivo en América Latina. Tuve ese paréntesis del COVID en Italia por mi mamá, pero si tengo que ser sincero, el lugar donde más me siento extranjero es cuando voy a Italia. Y nada, eso es creo una de las cosas raras de mi vida, que yo me siento mucho mejor cuando estoy en América Latina que cuando estoy en Italia.
– ¿Qué poetas latinoamericanos contemporáneos sientes que están dejando huella en la actualidad?
Uy, esa sí es una pregunta difícil. ¿Poetas latinoamericanos que se pueden considerar, creo, contemporáneos? Por ejemplo, de México, seguramente Jaime Sabines; de Colombia, Álvaro Mutis, que, según yo, en un capítulo que se titula Hospitales de Ultramar, ha alcanzado un nivel de poesía increíble, aunque yo estoy convencido que no voy a escribir en toda mi vida un verso que sea parecido a los dos citados.
De los poetas contemporáneos hay muchos que leo y que, de cualquier forma, me ofrecen facetas diferentes de ver el mundo y de escribir. Pero, decirte unos nombres no sabría, porque tengo mala memoria para los nombres. Hay un poeta, por ejemplo, de… que creo que es de Aguascalientes o que ganó el premio de Aguascalientes no hace mucho, que me encantan sus poesías. La poesía, por ejemplo, de Mario Bojórquez también me gusta mucho, hablando de un súper contemporáneo, creo. Y hay muchos más, pero la verdad yo con los nombres soy terrible.
Creo que en América Latina la poesía joven, contemporánea y joven, es verdaderamente fantástica. Quiero citar a una poeta cubana, Giselle Lucía Navarro, porque creo que, junto con Regina Ramos de Uruguay, son dos grandes poetas que van mucho más allá de los países. Creo que hay fantásticos representantes de la poesía latinoamericana contemporánea. Y pido perdón a todos los que no cito, que no me recuerdo, pero son muchos y ellos lo saben. Espero que no se molesten mucho.
No puedo no nombrar a poetas argentinos por el hecho de que vivo acá. Creo que uno que no es exactamente contemporáneo, pero su poesía de amor es poesía política, es muy impactante para mí, es Juan Gelman, y también Oliverio Girondo. Y de los contemporáneos, uno que tal vez no es tan conocido, aunque yo ya he traducido mucho de él, es Fabio Wasserman. Y como influencia en mi estilo de escribir, «entre comillas», creo que Mario Benedetti de Uruguay, también marca un punto importante para mí.
– Ya mencionaste un poco sobre la política de Milei en cuanto a la cultura. ¿Qué crees que sea lo peor que le ha pasado a Argentina con este régimen político?
Hablo de política muy poco porque este no es en realidad mi país, pero sí vivo acá, y lo peor que le ha pasado a Argentina con esta política es la distorsión de las políticas sociales, de las políticas culturales, la idea de que la cultura vale solo si es espectáculo; esa idea de que la macroeconomía cuenta más que la gente. Entonces, si la macroeconomía está bien, pero la gente vive en la calle cada vez más y hay más personas que tienen que tener cuatro trabajos para sobrevivir, me parece que eso es uno de los puntos álgidos, ¿no? La distorsión de la vida social, de las políticas sociales, de las políticas públicas…
Cito una sola cosa: el hecho que cada año intentan no financiar la universidad pública, me parece que es la expresión máxima de lo que quiere decir un gobierno de derecha. Por lo menos acá en Argentina, aunque en Italia no bromeamos con el gobierno Meloni, y desde que la presidente Meloni, que considera a Benito Mussolini el hombre político más importante de la historia italiana, desde que ella está en el poder yo decidí no escribir más en italiano y estoy escribiendo desde hace tres años, prácticamente, en español.
Y es una cosa típica de Italia. Pasó en diferentes épocas, casi siempre cuando había un gobierno de derecha; en la época del fascismo, por ejemplo, sin tener ni la idea de compararme con él, pero Pier Paolo Pasolini decide escribir en dialecto. Porque creo que nos olvidamos de que la lengua es la expresión más alta de la cultura que tenemos, pero como no tengo nada de la idea de cultura que tiene la Meloni, gracias a Dios, decidí que mi cultura era la cultura de América Latina.
Me gustaría decirte un país en particular, pero no. De todos los países en que he vivido, hablo en ese español mexicano, colombiano, venezolano, argentino… y así.
– Como traductor, ¿crees que debes ser fiel y textual cien por ciento al texto o el traductor puede convertirse en una especie de segundo autor con ciertos derechos sobre la obra, con la intención de que quede lo mejor posible?
Mira, yo creo esto y lo aprendí cuando frecuentaba el Liceo, cinco años antes de entrar en la universidad. Yo hice un Liceo donde se estudiaban los clásicos, se traducían viejos autores griegos y latinos. Mi profesora, que era considerada una grande de la crítica literaria, Elia De Fedecis, un día me dijo: “Tú primero respeta la poesía por lo que es y sobre todo por lo que quiere decir. Luego, si tienes la capacidad de mejorar esa traducción sin que se pierda el sentido, que cambie algo del sentido, lo puedes hacer”.
Cuando me pongo a leer un poema y luego me pongo a traducirlo, intento concentrarme en tres cosas: la época en que vivía el poeta, el sentido que tiene su poesía o su poema, y cómo puedo hacer para no cambiar la idea, el sentido, lo que el poeta quiere comunicar. Luego me ocupo del ritmo, de la musicalidad y todas esas cosas; pero para mí llegan después de haber mantenido de forma muy fiel el sentido de lo que quiere decir el poeta.
Y sí, añado algo: creo que un poeta es más útil para traducir poesía que uno que está especializado en traducir novela, por ejemplo. Pero creo que el poeta traductor, cuando traduce, tiene que olvidarse de ser un poeta. Tiene que vivir en otro cuerpo, en otra cabeza, en otro tiempo, en otro mundo. Que es lo lindo, porque eso hace que un traductor nunca esté solo.
Además, yo creo que como el italiano y el español tienen el mismo origen —el español tiene casi un 20% de sus palabras, si no más, que llegan de la cultura árabe, pero eso pasa en parte también en el diccionario de la lengua italiana—, yo creo que a veces hay que, por ejemplo, mantener algunas palabras del italiano al español que puede ser que en español ya no se utilicen tanto o que la gente haya olvidado qué quiere decir. Además, porque pienso que quien lee poesía debe saber que la palabra es el centro de la poesía.
– Y tú como poeta, ¿cuál es tu proceso creativo?
Mi proceso creativo es bastante complicado porque yo soy disléxico y disgráfico, es decir, no puedo escribir a mano. Entonces, cuando tengo una idea… no la inspiración, la inspiración no existe, es un invento de la época romántica; cuando tengo una idea muchas veces la grabo, y luego de la grabación, pasarlo al papel y todo eso, es un trabajo bastante largo, y paso por miles de correcciones.
Lo que intento cuando creo un libro, un poemario, es que tenga un comienzo, un centro y un final. No me gustan los libros antología, porque me parece que escribir una antología de ti mismo es bastante presumido. Pero mi proceso creativo se basa sobre las ideas y, sobre todo, sobre lo que veo y siento en las calles… eso. No creo que haya otro proceso creativo que no sea vivir en medio del mundo.
Y quiero hacer una precisión que te puede parecer tonta, pero yo no me siento como poeta. Yo me considero uno que escribe; si luego alguien me dice que soy un poeta y lo que he escrito son poemas o es poesía, qué bien. Pero yo satisfago una necesidad que tengo que es la de escribir, de tener una forma mía de dialogar con el mundo. Pero no me creo un poeta, la verdad que no. Creo que soy una persona que escribe.
Y cuando hablo de necesidad, hablo de necesidad real, como comer o ir al baño. Para mí escribir es esto: es una necesidad de este tipo, es algo que tengo que hacer a diario. Más o menos yo escribo dos o tres cosas al día, casi me obligo a hacerlo, pero también es lo que me da aire o aliento. Pero sí, no me considero un poeta.
– ¿Cuál es el rol de la poesía en tiempos de crisis política?
Esa es una pregunta profunda y compleja. Más que asignarle una función rígida, el papel fundamental de la poesía o del acto de escribir se centra en preservar y defender el sentido de la humanidad.
En contextos marcados por el nacionalismo, el fascismo, el racismo o la beligerancia política y económica, la humanidad es a menudo el sentido más asaltado. Por ello, la poesía actúa como un refugio de resistencia y un diálogo abierto para sostener esa condición humana. Para cumplir este propósito, el escritor requiere, ante todo, una profunda honestidad intelectual.
No es una tarea sencilla, pero su verdadero valor radica en esa capacidad de resguardar lo humano cuando todo lo demás parece amenazarlo.
Sí, perdón, quiero añadir algo, aunque sé que esto no le va a gustar a la mayoría, y creo que, en el sentido de mantener la humanidad, por ejemplo, yo odio bastante toda esa, para mí, moda, de poesía por Gaza, poesía por las mujeres afganas y todo eso, porque todo eso termina en un momento que no se entiende bien por qué, y porque terminó la moda, y eso no es mantener el sentido de la humanidad; eso es el capitalismo del ego del poeta. Juan Gelman decía que la poesía es anticapitalista, y lo es, por cierto, pero el ego de los poetas es terriblemente capitalista. Y se vuelve capitalista porque pierde la capacidad de mantenerse honesto. Pasolini decía que un poeta no puede permitirse estar de un lado o del otro; un poeta tiene que ser honesto intelectualmente y también en la vida, aceptando lo que es o lo que no es, pero mantener esa honestidad intelectual. Y mantener la honestidad intelectual es mantener el sentido profundo de la humanidad, según yo.
Respecto a los poemas sobre Palestina y la guerra, ahí también hubo una forma de deshonestidad de muchos poetas que escribían sobre los pobres niños que morían —y que se mueren, lo cual es horrible—, pero lo hacían de una sola forma. ¿Por qué no se escribe una antología de poemas dedicada a Ucrania? La guerra ya no es una cuestión política; en la guerra la gente muere mal, y los militares que regresan viven una vida infernal.
Como ejemplo, el gran poeta Gustavo Rozandi, que fue uno de los militares que tuvo que ir a la Guerra de las Malvinas, escribió un poemario terrible cuando lo lees. Ahí viene uno de los poemas que quedará en la historia de la literatura argentina, sobre la muerte del soldado Jafosky. Era algo real y no estaba hablando de si los demás eran buenos o malos, sino de la tragedia. Hay que considerar que se calcula que el 50% de los soldados que regresaron de la Guerra de las Malvinas se suicidaron. Eso es la guerra.
La guerra no puede ser solamente la guerra de Palestina; hay un montón de guerras en el mundo. ¿Por qué nadie escribe sobre aquellas? ¿Por qué solo hablamos de lo que el poder te dice que tienes que hablar o de lo que parece ir en contra del poder? Hay que tener mucho cuidado, y ahí la única forma es la honestidad intelectual, la preparación y la investigación que uno tiene que hacer respecto a este tipo de problemas. Hace cinco años se hablaba un montón de las mujeres afganas y ahora a nadie le importa nada de eso, a pesar de que no creo que estén yendo a la universidad en minifalda y tacones, sino que llevan una vida terrible. Pero ya a nadie le importa. Esa forma de escribir poesía está muy lejos de mi idea de la poesía.
– ¿Qué proyecto tienes en marcha ahora mismo?
Tengo varios proyectos por delante. A nivel personal, mi mayor logro de este año fue cerrar el poemario dedicado a Cuba. En cuanto a mi trabajo editorial, quiero seguir impulsando la colección de poesía italiana contemporánea para que sea sostenible económicamente, ofreciendo libros bien hechos a la mitad del precio habitual. También continuaré dando conferencias sobre Dante —que para mí es sinónimo de poesía—, Pasolini, Sandro Penna, Pavese y la poesía neodialectal italiana, cuyos dialectos considero equivalentes a las lenguas indígenas de América Latina.
Próximamente viajaré a Italia para presentar mi primera traducción de una novela argentina y luego regresaré para seguir dando clases, ya que, al no tener jubilación y sobrepasar los 60 años, debo trabajar para vivir, sabiendo que de la poesía no se vive. Pienso que mi verdadero legado será esta colección de poesía contemporánea, más allá de mis propios poemas. Además, tengo proyectos de traducción en Cuba y publicaciones para la Feria de Guadalajara.
Cabe aclarar que alrededor del 70% de mi trabajo de traducción y edición lo hago de forma gratuita —incluso he donado derechos de traducción a viudas de amigos poetas—, porque la poesía es una pasión que no se compra ni se vende. Como me dijo mi abuelo al empezar mi vida de emigrante: “hay dos cosas que nunca van a estar a la venta: tu palabra y tu dignidad”. Ese principio guía toda mi labor cultural.
Ha publicado los poemarios: Amor migrante y el último cigarrillo (RiL Editores, Chile; Arcoiris, Italia, 2018) y Cuerpos humeantes (Uniediciones, Bogotá, 2019). Diario amoroso sin fechas, Fotonovela poética (Edizioni Carpa Koi, Italia, 2022), Poemas ordenadamente desordenados (Ediciones Otlazapan, Mexico, 2024), La Dictadura del amor (Barnacle, Buenos Aires, 2024) y Un libro de cuentos breves: “Olor a” (Edizioni Arcoiris, Italia).

