(Seguimos en llamada).
—Cuénteme de esa huelga universitaria.
—Vecina, yo creía que estábamos haciendo una revolución.
—Pues ya lo creo. Usted habría tenido 20 o 21 años. Estaba morrito… e iluso.
—Al movimiento estudiantil lo bautizamos en una asamblea como Comité Universitario Democrático, CUD, para que la comunidad y los medios de comunicación —radio, prensa y televisión— nos identificaran. Con las instalaciones tomadas, organizamos un sistema de guardias porque existía el riesgo de que nos desalojaran, ya fuera la policía, el otro bloque de estudiantes o hasta el Ejército. Unos veinte estudiantes nos quedábamos a dormir en la facultad y yo era uno de ellos. Dormíamos en la sala audiovisual porque tenía alfombra y aire acondicionado. Para sostener los gastos de la huelga teníamos que botear y pedir apoyo a la comunidad. Algunos comerciantes y dueños de negocios nos donaban despensas.
—¿Y usted qué papel jugaba?
—Yo estaba en la primera línea. Era activista. Ayudaba a botear, a pintar bardas y a enfrentar a los policías que casi todos los días nos provocaban y buscaban recuperar la facultad o detenernos. Recibimos el apoyo del CDP, una organización social muy combativa que existió aquí en Juárez y que después se convirtió en un partido político. También nos respaldaban los “cebolleros” de la Escuela Superior de Agricultura, que igualmente estaban en huelga. Ellos eran muchos más y bastante radicales.
—¿Y la gente sí los apoyaba?
—¿Qué le diré? La gente de aquí suele ser muy reservada en ciertos temas. Observa, analiza y pocas veces participa. Pero déjeme contarle algo curioso que hicimos para evitar que el movimiento se enfriara y para que los medios siguieran cubriendo la huelga.
—A ver.
—Una noche de sábado planeamos realizar una manifestación muy peculiar: un mitin en calzones. Solo nos apuntamos dos, Alejandro Sánchez y yo. Al día siguiente, a las diez de la mañana, llegamos a la Plaza de Armas, frente a la Catedral. Íbamos unas diez personas en una camioneta, pero únicamente Alejandro y yo nos quitaríamos la ropa para caminar con una cartulina cada uno. Los demás nos hicieron círculo para cubrirnos y salimos en puros calzoncillos —eran calzones, no bóxer—. Caminamos unos cien metros levantando las cartulinas y, por supuesto, llamamos la atención de todo el mundo. Antes habíamos avisado a los periódicos para que enviaran fotógrafos.
—¿Y luego?
—Apenas recorrimos esos cien metros cuando unos policías municipales intentaron detenernos y comenzaron a perseguirnos. Yo me refugié en el cine Reforma, donde había función de matiné. En plena carrera le quité el rebozo a una vendedora de semillas para cubrirme y traía dos policías detrás. Corrí entre las butacas y los espectadores hasta que logré escaparme. Cuando regresé a la calle encontré un zafarrancho porque otros policías ya habían detenido a Alejandro. Mis compañeros rodeaban la patrulla para impedir que se lo llevaran. Entre gritos, empujones y jaloneos conseguimos que lo soltaran y nos retiramos en la camioneta. Al día siguiente fuimos la nota principal en periódicos y noticieros. Habíamos cumplido nuestro objetivo. Más adelante repetimos la protesta en Chihuahua capital y también tuvo mucho impacto.
—¡Qué aventados!
—Sí, pues era 1982. La gente era mucho más recatada.
—¿Y ganaron la huelga?
—Le dimos batalla a los funcionarios de la UACH en Chihuahua. Hicimos varios plantones frente a Rectoría. En uno de ellos nos desalojó un grupo de porros encabezado por jugadores de futbol americano. Venían armados con garrotes y bates de béisbol. Tuvimos que refugiarnos en el Palacio de Gobierno del Estado. Nos dieron una buena golpiza porque nosotros no éramos ni treinta y ellos eran como ciento cincuenta.
—¿Y cómo terminó todo?
—Como la policía y la judicial ya nos habían dado un ultimátum para desalojar el edificio, la UACJ ofreció abrir una escuela especial para que los huelguistas concluyéramos nuestras carreras con reconocimiento oficial de la SEP. En otras palabras, nos expulsaron de la UACH, pero la UACJ nos recibió. Gracias a eso pudimos graduarnos y obtener un título profesional.
—Toda una experiencia.
—Y una generación muy unida. Fíjese que de aquel grupo salieron profesionistas muy productivos y seguimos en contacto hasta la fecha.

