La primera noche de Miguel Ángel Gámez Castillo en Ciudad Juárez fue en un cuarto de vecindad, durante el invierno, con un pedazo de alfombra como cama y montones de ropa usada como cobija. Había nacido el 9 de septiembre de 1974 en San Luis Potosí y llegó a la frontera dos meses después, cargado por su madre, quien emprendió el viaje con seis hijos.
En aquella casa había hambre, frío y una familia buscando salir adelante, como tantas que llegaron a Juárez persiguiendo una oportunidad. Medio siglo después, aquel niño es maestro desde hace 30 años y acaba de ganar el Voces al Sol 2026, un concurso literario de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) con historias nacidas precisamente de la familia y el barrio.
“Mi mamá se vino de San Luis Potosí porque ya no aguantaba más la situación por allá. Se vino nada más y nada menos que con cinco hijos y conmigo en brazos. Mi hermana mayor, Carmen, cuidando a los más chicos. En orden eran Silvia, Óscar, Yadira, Manuel y yo. Yo en brazos”, recordó.
Su madre encontró un cuarto de vecindad entre la colonia Obrera y el Centro. La abuela le prestó dinero para comprar ropa usada que después vendía. También lavaba y planchaba camisas para pagar el cuarto y conseguir comida. Durante aquel primer invierno, la misma ropa que intentaban vender servía para proteger a los niños del frío.

“Dormíamos entre la ropa, con la ropa, para no morirnos de frío”, relató. De aquellos años conserva una imagen sencilla y persistente. “Yo lo único que recuerdo es que yo siempre tenía hambre”. Esa experiencia aparecería muchos años después transformada en literatura.
Después la familia vivió cerca de la colonia Obrera y posteriormente en el Barrio Colorado. Miguel recuerda un Juárez polvoriento, con calles que se inundaban cuando llovía y unos inviernos capaces de calar hasta los huesos. En casa, los hermanos crecieron muy unidos.
“No había tenido absolutamente nada ni recibía realmente regalos de Navidad, pero tuve una niñez muy feliz porque lo que sobraba en la casa era amor, entre los hermanos, entre la familia. Yo creo que eso fue lo que me movió a siempre ser positivo, a pesar de las circunstancias”, explicó.
La calle fue otro espacio fundamental de su infancia. Estudió en la Federal 9 y perteneció a la primera generación de esa secundaria. Le gustaba caminar durante horas por La Mariscal, Segunda de Ugarte, el Centro, San Lorenzo y otros sectores. Miraba casas, negocios y personajes que quedaron almacenados en su memoria.
“Explorar siempre fue mi mayor hobby. Para mí, explorar todo el Centro, yo lo disfrutaba mucho. A lo mejor no medí el peligro, pero era un cuadro muy diferente, no había tanto peligro como ahora. Me agarraba por La Mariscal, Segunda de Ugarte, por todo el Centro”, recordó.
Uno de aquellos personajes fue una mujer que atendía Cobra Videoclub. Miguel no tenía videocasetera en casa y hacía mandados para ella. Iba por tortas y refrescos, y recibía como recompensa películas y, algunas veces, el desayuno. La mujer también solía regañarlo porque faltaba demasiado a clases.
“Me decía ‘métete a la escuela’. Yo le decía ‘no, yo soy feliz en la calle’”, contó. Conocía perfectamente cuántas faltas podía acumular y, cuando se acercaba al límite, regresaba disciplinadamente al salón. Al comenzar otra evaluación hacía nuevamente sus cuentas y retomaba sus caminatas por Juárez.
Aquellos recorridos formaron una relación particular con la ciudad. Caminaba desde el Hospital General hasta el Centro, se desviaba deliberadamente para conocer nuevas calles y observaba las antiguas quintas cercanas a la casa de Juan Gabriel. También recuerda a personas cuyos nombres jamás conoció y que siguen presentes en sus recuerdos.
“Siento que conocí a Juárez de una forma muy peculiar, pero me encantaba. Ver las casas, las quintas donde estaba la Casa Juan Gabriel, me encantaban esas quintas”, señaló. Aquellas calles fueron construyendo una memoria urbana que posteriormente aparecería en sus cuentos y crónicas.

El lector que se formó entre cómics y barrio
Su formación como lector también comenzó lejos de cualquier canon literario. Archie, La Pequeña Lulú, los cómics de Disney, Capulina y otras historietas fueron sus primeras lecturas. Como no podía comprarlas, una empleada de la Farmacia del Carmen le permitía leerlas mientras las cuidara y cumpliera una condición.
“Lo único que me pedía a cambio era llevarle buenas calificaciones. Y se las llevaba, y me dejaba leerlos a cambio de no maltratarlos”, relató. Aquello ocurrió alrededor de 1984 y 1985, cuando estudiaba la primaria. Su padre también comenzó a hacer esfuerzos para acercarle libros y revistas.
En secundaria aparecieron las publicaciones de vaqueros, traileros, lucha libre, chistes y humor popular. Leía cuanto encontraba. Su padre compraba Selecciones del Reader’s Digest y Miguel comenzó por los chistes y las citas para después aventurarse con artículos que muchas veces todavía no comprendía.
“Siempre yo leía todo lo que me encontraba”, dijo. También descubrió que aquellas publicaciones manejaban registros muy distintos del idioma. Algunas utilizaban lenguaje formal y otras reproducían expresiones del barrio, incluyendo groserías. Él encontraba en todas una escuela de gramática, puntuación y formas de contar.
Una lectura tomada a escondidas de la biblioteca de sus hermanas terminó por darle una lección. Leyó “Legión” y su imaginación convirtió las escenas violentas en imágenes que lo acompañaron durante varias noches. A pesar del miedo, terminó el libro. Después decidió concentrarse en las lecturas que llevaba su padre.
“Me iba a dormir y en las noches soñaba con las escenas que yo imaginaba del libro”, recordó. Para entonces la lectura ya formaba parte de su vida cotidiana. Los libros escolares de primaria podía terminarlos en un día y todavía conserva la costumbre de no abandonar un texto que consigue atraparlo desde las primeras páginas.
La historia, especialmente la de México, Hispanoamérica y el mundo prehispánico, se convirtió después en una de sus principales aficiones. También comenzó a comprender que las historias escuchadas dentro de su propia familia, con humor negro, problemas sociales y dificultades económicas, podían convertirse en material para escribir.

“Es el cien por ciento de todo, porque crecí en barrio, en barrios”, explicó sobre la influencia de aquellos años en su literatura. Con el tiempo conoció personas de diferentes condiciones sociales y esa experiencia amplió el universo que posteriormente llevaría a sus textos.
Uno de los acontecimientos que marcaron su juventud fue la muerte de su padre cuando tenía 18 años. Miguel había dejado los estudios y quería ingresar nuevamente a la preparatoria, pero sus ingresos eran insuficientes. Llegó entonces a la preparatoria Paso del Norte y contó su situación a las maestras María Elena Bravo Almanza y María Elena Almanza Roa.
“Les dije ‘mi papá murió la semana pasada y yo ando buscando escuela porque le prometí que iba a volver a estudiar’. Me dijeron ‘vente mañana con unos cuadernos, no vas a pagar colegiatura, no vas a pagar inscripción, pero no bajes el promedio de nueve’”, narró. Así consiguió regresar a las aulas.
En aquella escuela conoció estudiantes de otros estratos sociales y comenzó a frecuentar ambientes que hasta entonces le resultaban ajenos. Acudió a reuniones en el Campestre, Rincones de San Marcos y Los Nogales. Esa convivencia terminó ampliando su conocimiento sobre las distintas realidades de la ciudad.
“Yo nunca perdí el piso. Iba, los veía, convivía con ellos, pero yo nunca dejé mi barrio. Creo que al conocer lo mejor de los dos mundos te deja esa pauta para poder escribir otras cosas, un margen bien amplio para escribir”, comentó.
Treinta años frente al grupo y muchas historias
La docencia apareció durante esos años y terminó convirtiéndose en su oficio. Comenzó como maestro particular mientras estudiaba y posteriormente pasó por diferentes instituciones educativas. Los problemas económicos le impidieron terminar la carrera y obtener un título, aunque continuó dando clases. Lleva tres décadas frente a grupos.
“Soy profesor desde hace 30 años. Por cuestiones económicas nunca pude titularme; de hecho, no terminé la carrera porque llegaron los problemas económicos más fuertes”, explicó. Actualmente trabaja en el Instituto México, institución marista donde asegura haber encontrado estabilidad y reconocimiento profesional.
Durante su trayectoria conoció también a docentes que dejaron huella en la educación juarense, entre ellos Francisca Gómez Veleta. De aquellos maestros aprendió elementos que después incorporó a su propia forma de trabajar frente a los alumnos. Durante años, señala, la experiencia y el desempeño dentro del aula tenían un peso importante para conseguir empleo.
“Siempre he estado enfrente del grupo, hasta la fecha”, señaló. Ahora observa mayores dificultades laborales porque las escuelas exigen cédulas estatales, federales y títulos mientras algunos salarios, según explica, no superan los seis mil pesos quincenales. Del Instituto México afirma que es la escuela donde se ha sentido más valorado.

La escritura llegó a las publicaciones y concursos muchos años después. En 2024 autopublicó un libro en Amazon que vendió apenas unos cuantos ejemplares. Él mismo recuerda aquella experiencia con humor y la considera parte de sus primeros intentos formales como escritor.
“Autopubliqué un libro de Amazon que he vendido como cinco ejemplares; mi familia también los ha comprado. Hasta me da pena decir que lo publiqué porque considero que fue un impulso, como principiante”, confesó. Un año después decidió probar suerte en una convocatoria literaria de la UACJ.
En 2025 participó por primera vez en el concurso. Algunos de los relatos enviados fueron considerados más cercanos al cuento que a la crónica, categoría de aquella convocatoria. Un amigo lo convenció de intentarlo nuevamente, esta vez cuidando que todos los textos correspondieran al género solicitado.
“Me convenció de volver a hacerlo. Me dijo ‘nada más, por favor, asegúrate de que todos sean cuento’. Me aseguré de que todos fueran cuento, los volví a enviar sin esperar nada y resulta que gané”, relató. El libro reúne, dice, 15 cuentos construidos a partir de anécdotas familiares y personales.
La casa donde siempre cabía alguien más
Después del resultado algunas personas se acercaron para comentarle que encontraban en el libro historias cercanas, emotivas y vinculadas con la vida de barrio. Gámez Castillo comprendió que muchas de sus experiencias pertenecían también a una generación que atravesó dificultades económicas y creció en colonias semejantes.
“Me gusta escribir cosas que viví y que sé que mucha gente vivió junto conmigo, a pesar de que no las vivió conmigo”, afirmó. Esa cercanía define lo que considera su estilo. Además del cuento, escribe crónica urbana y de barrio, y tiene otros tres libros, una novela y dos volúmenes de crónica.
También continúa buscando espacios para sus textos. Recientemente envió a Yucatán un cuento para participar en una convocatoria relacionada con Beatriz Espejo. Entre sus proyectos se encuentra “La casa de los extraños”, una historia surgida directamente de la vivienda donde creció.
“Mi casa era una especie de casa del migrante”, explicó. Familiares procedentes de San Luis Potosí llegaban a Juárez buscando trabajo y durante el trayecto conocían a personas de Durango, Zacatecas, Torreón y otros lugares. Algunas veces salían dos personas y terminaban llegando ocho o nueve a la vivienda familiar.
En aquella casa todos encontraban un lugar. Algunas personas dormían en el piso y Miguel recuerda que por las mañanas tenía que brincar cuerpos para poder salir rumbo a la escuela. Para él era parte de la vida cotidiana. Su padre recibía a quienes llegaban, les daba alojamiento y los orientaba para conseguir empleo.
“Mi papá nunca le cerró la puerta a nadie”, recordó. Algunos viajeros permanecían dos días, otros una semana y hubo quienes vivieron hasta seis meses en la casa. Sus padres compartían incluso los frijoles cuando la comida apenas alcanzaba para la propia familia.
Miguel tardó años en comprender aquella costumbre. Cuando era niño algunas veces se enojaba porque compartir la comida significaba quedarse con hambre. Su padre finalmente le explicó el origen de aquella solidaridad. Alguien también le había abierto una puerta cuando él la necesitó.
“Mi papá me dijo ‘si te quieres ir, vete. Solo espero que encuentres una casa como esta, donde te abran la puerta sin conocerte’”, recordó. La frase quedó junto con las calles recorridas, los cómics prestados, los inviernos, el hambre y aquellos desconocidos que llegaban buscando un sitio donde dormir. Décadas después, buena parte de esos recuerdos encontró lugar en los cuentos y crónicas de Miguel Ángel Gámez Castillo.

