Enzia Verduchi nació en Roma, Italia, en 1967. Estudió Periodismo y Ciencias de la Comunicación en el Instituto Campechano y el diplomado de Creación Literaria de la SOGEM. Becaria del Centro Mexicano de Escritores en 1992, ese mismo año obtuvo el Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta. Fue becaria del FONCA en 1996 y 2003. Es poeta y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México a partir de 2004.
Verduchi hconversa con Poetripiados acerca de poesía, migración, memoria y de una identidad construida entre Italia y México. En esta entrevista reflexiona sobre la utilidad de la poesía, su proceso creativo, la traducción de su obra y la responsabilidad de escribir frente a la violencia contemporánea.
También analiza la crisis de la industria editorial mexicana, la importancia de los apoyos para los creadores y las transformaciones de la poesía nacional. Entre recuerdos familiares y nuevos proyectos, Verduchi defiende una literatura vinculada con la experiencia, la realidad y la condición humana.
Su obra poética ha sido parcialmente traducida al inglés, francés, portugués, italiano, hindi y polaco.
—¿Qué te queda de Italia después de tantas décadas en México?
Queda mucho. Resta la lengua materna, la posibilidad de leer en su idioma original poetas maravillosos como Pavese, Ungaretti, Montale, Luzi, Pasolini, Merini o Cavalli; así como grandes narradores como Moravia, Buzzati, Levi, Ginzburg, Calvino, Tabucchi, Eco y novelistas recientes como Magris, Maraini, Veronesi, Scurati o Bajani. Resta la saga familiar de los que permanecieron y los que emigraron, porque los Verduchi no sólo emigraron a México, sino también a Estados Unidos y Brasil.
Esta historia familiar la retomé para escribir mis primeros dos libros de poesía: Cartas de usurpación y El bosque de la hormiga. Me aventuro a decir que también queda una forma peculiar de reflexionar y analizar, como he escrito en 40 grados a la sombra: “una va adquiriendo la nacionalidad nómada del trasterrado, se construye la tierra nativa con imágenes y costumbres de dos continentes, se escucha el ritmo cotidiano de la palabra y la reflexión halla sus cimientos en la fusión de las sílabas latinas. Uno habla y escribe como piensa; por momentos se puede pensar en dos idiomas”.
—En Breviario sobre el temblor escribiste sobre el 19S. ¿Por qué elegiste la crónica y no la poesía para ese tema?
Ese libro surge de la información y apoyo a través de redes sociales que me tocó coordinar durante poco más de un mes: desde el momento en que concluyó el movimiento telúrico y salieron de inmediato los vecinos a ayudar a otros vecinos bajo los escombros, el 19 de septiembre, hasta personas que no conocíamos y que confiaron en nosotros y nos apoyaron desde el interior del país y del extranjero. Lo que quería hacer era una obra coral. En ese libro no es significativo lo que yo piense; lo que realmente importa es lo que pensamos, transmitimos y la forma en que nos apoyamos entre todos y todas. Era fundamental darle voz y rostro a cada persona. No hay un narrador, hay miles de narradores relatando la tragedia, el cansancio, la esperanza por encontrar vidas y, principalmente, la dignidad por salir adelante y reconstruir sus comunidades. Eso sólo lo encontré en la crónica.
—¿Para qué sirve la poesía hoy, en tu opinión?
La poesía no sirve para mucho, pero, como dijo el gran Borges: “bueno, ¿para qué sirve la muerte? ¿para qué sirve el sabor del café? ¿para qué sirve el universo? ¿para qué sirvo yo? ¿para qué servimos? Qué cosa más rara que se pregunte eso ¿no?”. La poesía sirve para vivir, para mostrar el envés de las cosas y las situaciones, para recordar que somos humanos.
—Tu obra está traducida a varios idiomas. ¿Qué se pierde en esas traducciones?
He tenido la fortuna de contar con notables traductores que además son excelentes poetas, como Alessio Brandolini, que llevó Nanof al italiano, o Martha López Luaces y Nuria Morgado, que realizaron la versión de Groenlandia al inglés, o Bernard Pozier, que tradujo varios poemas de El bosque de la hormiga, o Frédéric-Yves Jeannet, que está trasladando Nanof al francés. Más que perder, mis poemas han ganado con la traducción de estos poetas; he aprendido de todos ellos y estoy agradecida por su labor y dedicación.
—¿Qué opinas del panorama editorial mexicano para la poesía en este momento con la salida de Era?
La industria editorial mexicana, en general, está viviendo una crisis que viene arrastrando desde hace una década. El Estado mexicano no ha creado una institución u organismo de apoyo a la industria editorial como, por ejemplo, el Centro Nacional del Libro de Francia o el Programa de Ayudas a la Promoción del Libro de España, con el objetivo de promover el libro y la lectura, así como la creación y la difusión de obras literarias y su internacionalización.
Dejar esta responsabilidad al Fondo de Cultura Económica no es suficiente; no hay un verdadero fortalecimiento de la industria editorial mexicana. Por el contrario, situaciones como no asistir a la Feria del Libro de Frankfurt para presentar o promover un catálogo de editoriales y autores mexicanos, o regalar libros, que no garantiza un programa real de fomento a la lectura a nivel nacional, hablan de la incapacidad del gobierno federal. Basta con los datos que ofreció el INEGI en noviembre de 2025: “En menos de una década, el porcentaje de lectura bajó de 86.7% a 69.9% en hombres, y de 81.9% a 69.3% en mujeres”.
Respecto a la publicación de poesía, recae principalmente en las editoriales independientes, que en su mayoría no cuentan con una distribución en el territorio nacional y fuera de nuestras fronteras, además de que los apoyos del Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales de la Secretaría de Cultura federal no son suficientes para la edición y promoción de la poesía mexicana. Podemos decir que el panorama es desolador.
—Con las guerras actuales, ¿qué responsabilidad tiene un poeta al escribir sobre conflictos que no vive directamente?
Pienso que uno debe escribir poemas sobre lo que uno vive y sobrevive a diario. Entiendo perfectamente que nos indigne la situación en Gaza, en Ucrania o en Sudán y queramos aportar un poema que hable de nuestra indignación, pero no siempre esos poemas logran su objetivo y corren el riesgo de convertirse en un panfleto. En los últimos quince años se han escrito significativos libros sobre la migración, los desaparecidos y la violencia en México, que quedarán para siempre en la historia de la literatura latinoamericana, como Los muertos de María Rivera, Antígona González de Sara Uribe y Libro Centroamericano de los muertos de Balam Rodrigo. Nuestra responsabilidad es hablar de nuestra realidad.
—¿Cómo es tu proceso creativo?
Necesito tener un proyecto completo en la cabeza, una visión integral de lo que quiero escribir. Investigo el tema que deseo abordar y me puede llevar años antes de tomar la pluma y escribir el primer verso de un libro. Incluso hago diagramas. Y de pronto empiezan a surgir los versos de manera natural.
—¿Qué tan necesarias siguen siendo las becas como el FONCA para que un escritor pueda dedicarse a esto en México?
Quien va a escribir, escribirá con beca o sin beca del FONCA. Me pregunto: ¿si hay un Sistema Nacional de Investigadores, donde los investigadores cuentan con un sueldo además de la beca, por qué desaparecer el Sistema Nacional de Creadores? Es importante apoyar a los creadores artísticos del país, considerando que el trabajo creativo en los últimos años en México no sólo ha decrecido, sino que el pago por colaboraciones es prácticamente nulo o simbólico.
—¿Qué hace distinta a la poesía mexicana de la del resto de Latinoamérica?
En los últimos años han surgido poetas con temáticas reveladoras, distintas y disruptivas respecto a lo que se solía escribir en México. Es “la tradición de las rupturas”, planteada por Octavio Paz. Vivimos un cambio estético, tanto en la forma como en la métrica, pero principalmente en los tópicos. “Una ruptura continua”. Quizás vivir en el filo de una violencia irracional, tanto en lo económico como en lo social, nos ha llevado a nuevas búsquedas y esas búsquedas nos definen, nos diferencian y, a la vez, nos hermanan con Latinoamérica.
—¿En qué proyectos trabajas actualmente?
Concluí un libro de poemas sobre la migración de los grupos mayenses de la península de Yucatán hacia Estados Unidos. Es un libro que inicialmente fue una investigación antropológica. Ha sido un proceso lento de compartir la experiencia, tanto de los que emigraron como de los que se quedaron, a través de entrevistas y de acompañamiento. Este libro se encuentra en etapa de revisión.
Ha publicado los libros de crónica 40 grados a la sombra (2013) y Los segundos y los días. Breviario sobre el temblor (2018). Y los libros de poesía: Cartas de usurpación (1992), El bosque de la hormiga (2002), Groenlandia (2018), Nanof (2019, 2024) y Tu nombre, arde. Antología personal (2026). Finalista del Premio Internazionale Letterario Camoire Francesco Belluomini 2025, por la edición italiana de Nanof.

