Antonio Ortuño Sahagún nació en Guadalajara, Jalisco, en 1976. Es narrador, guionista y articulista. Ha publicado más de veinte libros, entre novelas, cuentos, narrativa juvenil e infantil y ensayo.
Ha sido ganador del V Premio “Ribera del Duero” de Narrativa Breve (España, 2017); del I Premio de Cuento Iberoamericano Bellas Artes “Nellie Campobello” (México, 2018) y del Premio “Cuatrogatos” de literatura juvenil (Estados Unidos, 2017). Fue nominado en 2024 al premio Ariel, de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC), en la categoría de “Mejor guion adaptado”, por la película Recursos humanos.
Fue seleccionado como escritor residente en la ciudad de Berlín por el Deutscher Akademischer Austauschdienst (DAAD) para el periodo 2018-2019. Fue seleccionado como parte de la lista de los 25 mejores escritores jóvenes en español, generación 2010, por la revista británica Granta.
También formó parte de la lista “México 20”, de los mejores escritores mexicanos menores de 40 años, auspiciada por el British Council y el Hay Festival en 2015. Fue elegido Escritor del Año por la revista GQ en 2010.
Ha sido elegido en tres ocasiones como miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México (SNCA).
Para el autor mexicano
Para el autor mexicano, la literatura nació entre bibliotecas familiares, libros comprados en supermercados y tardes en las que leer era también una forma de entretenimiento. Ese lector formado entre Borges, novelas policiacas, ciencia ficción y clásicos terminó construyendo una obra narrativa marcada por una mirada crítica y una concepción de la escritura alejada de solemnidades.
En esta nueva conversación con Ortuño, el escritor recuerda su insólito paso adolescente por el estudio de efectos especiales vinculado a Guillermo del Toro, habla de La fila india, reflexiona sobre política, mafias literarias y puritanismo, y explica por qué enseñar escritura significa acompañar procesos, no vender fórmulas para crear literatura.
—¿Cómo era tu casa cuando eras niño? ¿Había libros?
Tuve la fortuna de crecer en una familia de lectores, una familia con muchísimos libros, en la que había bibliotecas por todas partes. Mis abuelos tenían una biblioteca grande; la hermana de mi abuela, mi tía Concha, tenía también su propia biblioteca.
Mis padres estaban separados y cada cual, por su lado, también tenía bibliotecas. A mi abuelo le gustaba la literatura de humor, pero también leía filosofía y muchas cosas de historia de España, pues mi familia era española. A mi madre le gustaba mucho la poesía, tanto la del Siglo de Oro español como la de la Generación del 27, de Lorca, de León Felipe, de Vicente Aleixandre, etcétera. Mi tía Concha, la hermana de mi abuela, era muy aficionada a las novelas policiacas; tenía la colección de novelas de Agatha Christie y novelas de Ellery Queen, y tenía a Chesterton, con El padre Brown, y los primeros libros que yo leí de Conan Doyle, de Sherlock Holmes. Y bueno, en casa también había colecciones de libros que se compraban entonces en el supermercado, de novelas clásicas, de aventuras, de ciencia ficción, en fin, de clásicos también latinoamericanos, novelas del Boom, etcétera. Así que en mi formación los libros estuvieron muy presentes y siempre como un elemento lúdico, de entretenimiento, de diversión.
Incluso durante varios años no hubo televisión en mi casa porque se fundió en un apagón y mi madre no tenía dinero como para andar comprando televisores. Entonces mi manera de entretenimiento, aparte de los juguetes que tenía —estoy hablando de cuando tendría unos siete u ocho años—, eran los libros, y leí y releí muchísimos libros, un poco gracias a eso, a que tenía que esperar a ir a casa de mi abuela para ver la televisión.
—¿Qué escritores/as vivos te parecen los más importantes o influyentes actualmente?
Caray, la realidad es que yo siempre he leído exclusivamente por un impulso personal, entonces, sinceramente, la importancia, trascendencia o popularidad de los autores en una cierta época me ha resultado más bien indiferente. Supongo que porque cuando comencé a comprar libros no tenía mucho dinero para hacerlo, entonces compraba muchos libros de segunda mano, libros en rebajas, en saldos, en remates y, desde luego, esos no tienden a ser los libros de los autores de moda. Creo que toda mi historia como lector y la inmensa mayoría de mis influencias fue con autores a los que llegué entre azar y rebote, abriendo directamente los libros y leyendo el arranque y fijándome en la contraportada, sin tener referencias de los autores.
No soy una persona que se nutra mucho de las recomendaciones de libros de los demás, porque tengo un gusto muy particular. Entonces, realmente, han sido encuentros casi azarosos, como relámpagos, los encuentros con los autores que me importan.
Para mí, en este momento, no sé si circunscribiéndolo nada más a la lengua española, los autores que más me entusiasman son gente como Horacio Castellanos, por ejemplo; Vila-Matas, más conocido, pero Horacio Castellanos Moya es un autor reconocido, aunque no es popularísimo ni una referencia que se le venga a las personas como una especie de autor pop, pero a mí me parece que es el mejor escritor en español vivo. Respeto muchísimo a Vila-Matas. Y hay autores como Eduardo Mendoza que, bueno, es todo un Premio Cervantes; de este lado no es tan reconocido y a mí me gusta mucho. La realidad es que yo nunca leo al autor porque le hayan dado algún premio o reconocimiento, sino porque encuentro algo en los párrafos de sus textos que me llama y que me hace quedarme y querer leer más.
—Me llamó la atención que trabajaste en una empresa de efectos especiales. ¿Qué hacías ahí exactamente?
Bueno, fue mi primer empleo. Rigoberto Mora era el socio de Guillermo del Toro en una empresa que se llamaba Necropia. Guillermo era el director y Rigo, de alguna manera, el operativo. Era un pequeño estudio de efectos especiales que trabajó en películas como, por ejemplo, Bandidos, de Luis Estrada. Trabajaron en la serie Hora marcada, de Televisa, y en diferentes comerciales de televisión. También hicieron los efectos de La invención de Cronos, la primera película de del Toro. Rigo Mora, el socio de del Toro, era compañero en la universidad de mi hermano Ángel y, en algún momento, Rigo me ofreció chamba y fue mi primer empleo.
Era yo adolescente y trabajaba saliendo de la escuela y los fines de semana, cuando se requería. Pero mis labores eran de asistente absoluto, es decir, lo mismo iba a la tienda por las cocas y los lonches que barría, trapeaba, limpiaba y, poco a poco, fueron entrenándome para mezclar sustancias, látex y diferentes tipos de silicón, etcétera, para que pudiera ayudar en lo que se necesitara.
Básicamente, mi labor al principio era solamente de chalán. Después comencé un poco a integrarme a la línea de obreros, en la fabricación de los utensilios de látex y de los prostéticos, etcétera, hasta hornear incluso el látex y demás. Y luego, por ejemplo, fui operador de la cámara de stop motion que se utilizaba para algunos proyectos que hubo.
Y claro, desde luego, yo tenía un interés muy grande por el cine y trabajar, incluso de esa manera tan marginal, le enseña a uno muchísimas cosas. Esto suena como si yo hubiera aprendido en un aula con del Toro, pero no tenía que ver con eso. Del Toro estaba en su casa escribiendo guiones y, además, luego se fue a dirigir La invención de Cronos, y yo en realidad iba a una oficina en la que generalmente quien estaba era Rigo Mora. Era más bien extraño que lo viéramos.
Y bueno, me dio dinero para traer para los camiones, para poder comprar música, por ejemplo, para poder comprar libros, para no estarle pidiendo a mi madre el tiempo que duró; porque, desde luego, después de que La invención de Cronos fuera un éxito crítico y recibiera premios, del Toro decidió trasladarse a Estados Unidos para comenzar lo que luego sería su exitosa carrera. Y la empresa se disolvió y Rigo siguió por su cuenta, aunque ya mucho más enfocado en la animación y mucho menos en los efectos especiales. Y eso sería un poco la historia.
Supongo que puede parecer de mucho glamur, pero el glamur en realidad era barrer, ir por las cocas y limpiar un montón de moldes de residuos de látex. No es como si hubiera ido a Harvard.
—¿Cuáles son los libros a los que regresas una y otra vez?
Mira, yo creo que todos tenemos esos libros recurrentes que hemos releído un montón de veces. Pero claro, en ocasiones no son los más evidentes. Hay libros que nos deslumbran y que solo leemos un par de veces, quizás, en la vida. Y otros libros que tienen otra velocidad y que se vuelven una suerte de compañía, de referencia. En mi caso, uno de los autores a los que vuelvo de muchas formas es Borges, pero quizá no a sus títulos más reconocidos, a los cuentos de El Aleph o a los ensayos de Nuevas inquisiciones o algunos de los títulos emblemáticos, sino mucho a ciertos libros que para mí fueron importantes para entender la prosa.
Para mí, Borges es quizá el mejor prosista en español. Hay un par de libros con charlas de Borges que luego él revisó para volverlas textos y que me parece que tienen un estilo estupendo. Uno que publicó el Fondo de Cultura Económica, que se llama Siete noches, creo que es uno de los libros que más veces he releído en la vida; son siete charlas de Borges sobre diferentes temas.
También, por diversión, muchas veces me encuentro volviendo a los diarios de Bioy Casares sobre Borges, a ese libraco enorme de mil páginas que me parece sumamente divertido. Desde luego, en un terreno cercano al del chisme, estos diarios de Bioy Casares sobre Borges.
He releído muchas veces los artículos de Jorge Ibargüengoitia, porque para mí son una de las mejores radiografías de lo que yo considero que es México, con agudeza y con inteligencia; además, son textos divertidos y hospitalarios.
Hay un autor español, anterior, de principios de siglo, Julio Camba, que le gustaba mucho a mi abuelo y que hacía libros de viajes y, además, fue corresponsal del periódico ABC en varias capitales europeas, pero él no cubría la nota dura, sino que escribía pequeñas crónicas de color. Y también son crónicas muy divertidas, de ingenio, de agudeza, que yo disfruto muchísimo.
Uno que releí muchas veces porque lo leí de niño y me abrió, de alguna manera, la puerta de la historia clásica se llama Historia de los griegos e historia de Roma, de un periodista y divulgador italiano llamado Indro Montanelli.
Vuelvo de repente a la poesía de ciertos autores que me gustan, pero quizá menos. Quizá menos porque es un poco por épocas, y quizá ninguno de poesía haya sido tan recurrente como mis lecturas de narrativa.
Uno de Angélica Gorodischer, una escritora argentina que siempre menciono, que se llama Kalpa imperial, me parece un monumento, tanto por lo estilístico como por lo narrativo.
La lista sería infinita y esos son quizá los del día. Debe haber muchos otros a los que vuelva. De niño, cada vez que me enfermaba fuerte, sobre todo en invierno, porque tengo tendencias asmáticas, me releía los tres tomos de El Señor de los Anillos, de Tolkien, en mi infancia y en mi juventud temprana. Era una especie de ritual y lo relaciono siempre con la gripa, pero sobre todo con el descanso, con la convalecencia, con eso que a veces la modernidad o la posmodernidad nos ha quitado, la posibilidad de enfermarse y quedarse una semana tirado, porque siempre hay demasiadas cosas por hacer.
—¿Cómo fue que escribiste La fila india, sobre migrantes centroamericanos? ¿Qué te inspiró? ¿Algún suceso en particular?
Bueno, más que hablar de inspiraciones, creo que se me ocurren ideas, ideas de lo que puede ser una novela, y trato después de preguntarme muchas veces si esa idea vale la pena. Y la idea surgió del hecho de que vivo muy cerca de las vías del tren en Guadalajara y, en un momento, hace bastantes años, porque ese libro comencé a escribirlo por allá de 2010, más o menos, quizá antes, mi barrio se llenó de migrantes centroamericanos.
Habían sucedido unas masacres de centroamericanos en Tamaulipas y mucha gente que tomaba la ruta del Golfo para llegar a Estados Unidos, que es más corta desde Centroamérica, comenzó a arriesgarse en la del Pacífico, que pasa por Guadalajara. Hablo de rutas de ferrocarril. Y el barrio se llenó de migrantes. Algunos venían bastante maltratados. Desde luego, la pregunta es por qué llegó aquí esta gente, qué les pasó. Y después el ejercicio, no de intentar entrevistarlos, porque eso creo que habría sido otro ejercicio distinto, sino escucharlos, porque muchos de ellos pedían ayuda, apoyo, utilizar la llave del agua de la cochera de la casa para lavarse o para lavar algunos enseres, orientación para llegar a un albergue cercano, ese tipo de cosas.
Me di a la tarea de escucharlos y de ahí comenzó a surgir el interés y la idea de entender mejor el fenómeno y documentarme con trabajos periodísticos, con ciertos trabajos académicos, hablando con gente y también leyendo. Pero me parece que el impulso inicial surgió de esta duda de por qué está aquí esta gente y después de esta idea de escribir, no directamente sobre ellos, sobre la situación de los migrantes, sino sobre cómo es «la fila india», que de alguna manera es una suerte de viaje narrativo a la cabeza de los mexicanos que discriminan, que agreden a los migrantes, que no se resignan a coexistir y a convivir con ellos.
Esa fue mi intención con la novela y surgió básicamente de ese episodio.
—¿Crees que un escritor tiene obligación de hablar sobre política?
No, no creo que un escritor tenga la obligación de escribir sobre nada en lo absoluto. Me parece que incluso plantear obligaciones es lo contrario a lo que yo entiendo por literatura, que es la absoluta libertad de ejercer el lenguaje, de ejercer la imaginación, de ejercer incluso la malicia, si es necesario. Yo no creo que escribir se trate de elaborar manuales de buenas costumbres o tratados sobre qué sería más deseable en el mundo.
En todo caso, si se va a incursionar en un tema, hay que procurar hacerlo con agudeza, con sentido. La verdad, para repetir las consignas de las redes sociales o de las marchas, no creo que haya necesidad de hacer novelas. Me parece que la literatura está para otra cosa y no para darse baños de pureza en ningún sentido y desde ninguna postura.
—¿Crees que existan las mafias literarias en México?
Bueno, como todas las leyendas urbanas, eso suele tener visos de realidad. Yo he tratado de vivir de una manera bastante cimarrona, en el sentido de que hago mi trabajo literario y no tengo una capilla ni tengo discípulos a los que movilice, ni ejerzo el poder de una revista o de un portal o de un suplemento o de una institución. Entonces, desde luego, siento que opino desde fuera.
Sí ha habido grupos reunidos en torno a una de estas entidades, al poder económico, institucional o al poder cultural, y desde luego hay a quienes no les gusta la manera en la que han actuado. A mí, sinceramente, no es un tema que me interese particularmente. Yo creo que nunca he visto a un buen escritor que se vea imposibilitado de publicar o cuya obra no pueda llegar a los lectores ansiosos por leerla porque alguien le ponga la mancha negra, la letra escarlata o lo que sea y le impida publicar. Al menos yo no he visto que eso exista.
Existe, y eso desgraciadamente creo que es inherente a la manera de ejercer el poder en México, gente que favorece a quienes le aplauden y que les hace las dagas que puede a quienes la critican; pero eso es algo que existe en todas las capas de la vida mexicana. Existe en el deporte, existe en la cultura, existe, desde luego, en la política, que gira en torno a eso. Y sucede entre los tiangueros y sucede entre los dentistas, igual que en la cultura.
Quizá el problema es que hay personas que piensan que el ejercicio de la cultura se limita a entidades angelicales, que no tienen ninguna clase de interés particular, y eso, pues no, no es cierto. La gente tiene intereses y los pone en práctica y lo vemos, insisto, en la cultura, como lo vemos en todo.
Y la verdad es que yo, cuando he concurrido a convocatorias o a concursos, si no gano, sinceramente no pierdo el tiempo buscando el hilo negro de quién me perjudicó. Se pueden haber topado con una obra que les gustara más y hasta ahí.
Mucha de la gente que denuncia comportamientos mafiosos, en cuanto tiene un poco de poder, ejerce esos comportamientos. Así es esto, pero, insisto, creo que es el poder y un cierto carácter nacional de hambre atrasada entre quienes lo ejercen.
Quizá porque yo trato de mantenerme lo más lejos posible de los poderes, pues no me parece tan importante. Aunque, desde luego, no niego que exista.
—Un poco en ese sentido, ¿hasta qué punto podemos valorar una obra por sus propios méritos sin que la conducta, las ideas o la vida de quien la creó condicionen nuestra lectura?
Bueno, eso es una decisión personal. A mí, sinceramente, no me importa cuando ha pasado suficiente tiempo. Es decir, yo he leído mucho a Céline, que fue un tipo, según lo que sabemos de su biografía, bastante terrible, un personaje hosco, malvado, discriminador, pero que dejó una obra literaria poderosísima y escrita, además, desde esas claves.
Creo que la literatura sería más pobre si no existiera un autor como Céline. Eso no significa que uno lo valide, digamos, como persona. Supongo que, si hubiera sido contemporáneo de Céline, quizá habría tenido muchas más reservas para poder relacionarme con su obra, pero, al no ser contemporáneos, tampoco me aterra enfrentarme a esos libros. Para mí han sido de disfrute y de aprendizaje, entendiéndolos en su contexto y sin caer en el error, que me parece adolescente, de asumir que porque algo funciona de manera estética va a funcionar de manera ética en la realidad. Creo que no hay que mezclar una cosa con otra.
A mí el puritanismo me cae muy mal y la gente que se trepa a un púlpito y empieza a condenar obras y personas y demás tiene mucho que ver con los soplones, y a mí me caen mal los soplones, y me caen mal los moralistas y me caen mal los puritanos.
Desde luego que prefiero relacionarme con personas que me parezcan decentes y aprecio la bondad, la generosidad, la empatía como rasgos humanos en la vida real, y las aprecio si están manifestadas literariamente de manera que me parezca eficaz. Pero no trato de buscar autores ni obras que sirvan solamente para el bien ni para elogiar el bien y a los buenos. No sé, supongo que porque no tengo espíritu de catequista.
Creo que en ocasiones es muy fácil irse con una suerte de estampida y decir: «Tal personaje pecó, crucificadlo junto con su obra».
Creo que no significa justificar o validar a la gente que se comporta de manera miserable, sino sencillamente no mezclar unas cosas de unos ámbitos con otros. Imagina que no utilizáramos tampoco los objetos que fueron construidos, diseñados o comercializados por gente que no fuera éticamente a prueba de bombas.
Lo más probable es que no pudiéramos utilizar nada. Y, desde luego, me imagino que casi todas las personas tenemos facetas reprobables. Y como te digo, resumiendo un poquito, a mí no me aterra relacionarme con una obra de ninguna manera, ni le tengo miedo a que por leer algo que escribió un malvado me vuelva malvado yo. Pero creo que hay que hacerlo consciente y, sencillamente, darle el contexto y el valor literario que tiene, sin tampoco forzarse a validar a la persona o a mitificarla, o a intentar redimirla también a fuerzas porque dejó una obra valiosa.
Sencillamente, creo que existen en planos diferentes de la inteligencia y de la realidad. La literatura es lo que está dentro de los libros, la materia literaria, la creación, la imaginación de las ficciones. En general, me refiero a ficción cuando hablo de literatura. Y en otro lado está la realidad. Hay personas que han llenado sus libros de buenas palabras y que son miserables en la realidad, y son muchísimos.
—Entiendo que das clases de escritura creativa. ¿Realmente se puede enseñar a escribir o qué les enseñas a tus alumnos? ¿Cómo abordas la enseñanza?
Tengo la idea de que la escritura no se trata solamente de una actividad de la zarza ardiente ni del dictado de los demonios internos que sean incompatibles entre todas las personas, sino que, como con toda actividad humana, hay una serie de elementos que se pueden analizar y se pueden practicar, discutir. Y, desde luego, quizá otra serie de elementos que son más singulares, que son más misteriosos y que son más difícilmente compartibles. Pero hay tanto en la escritura que se puede poner en común, tanto que da la experiencia, el trabajo, el análisis de elementos, la discusión, que me parece que puede servir de mucha ayuda para quien tome talleres o clases, cursos, diplomados. Incluso a estas alturas ya existen grados académicos relacionados con la escritura creativa.
Desde luego, creo que hay que distinguir varias cosas. Por un lado, los estudios literarios propiamente dichos y la creación son cosas bien distintas. Creo que es muy diferente la literatura estudiada como un fenómeno desde la óptica de las ciencias sociales y con un espíritu mecanicista, que desde luego puede ser una materia apasionante y con muchísimas vertientes de interés, de la discusión y la práctica de lo que es propiamente creación de narrativa, creación de ficciones, ya sea en cuento o ya sea en novela.
Y por eso me parece importante que sean los propios creadores quienes puedan impartir estos talleres. Para mí sería, no la palabra «inconcebible», que suena así como una especie de indignación, pero me convence menos que alguien que no haya practicado el arte de la novela, que no escriba ficción, dé cursos sobre esa práctica. Insisto, los estudios literarios son otra cosa.
En este caso, me parece que los talleres de escritura creativa o, insisto, las demás denominaciones de lo que conocemos como escritura creativa en general, son impartidos por autores que se han dedicado a eso y que comparten su experiencia, su visión, las visiones de otros autores y que, bueno, además, de alguna manera, abren la discusión con los grupos para que se den distintas aportaciones y opiniones.
Vamos, no creo que sea imposible escribir sin talleres. Yo escribí sin talleres, nunca pasé como alumno por un taller. Me asomé de repente, por invitación, a alguno y no me convenció y no me quedé. Trabajé con prueba y error, pero pienso que hay muchas cosas que me podría haber ahorrado, muchas etapas que podría haber quemado con mayor celeridad si hubiera tenido cierto acompañamiento y algunos otros compañeros con los cuales contrastar mi trabajo.
Creo que eso es lo que tiene que hacer un taller: no educarte, porque no hay una forma exclusiva; no es como enseñarles a sumar o a restar o a lavarse los dientes a las personas, porque es una actividad compleja y múltiple, la escritura. Me parece que lo que se hace en este caso es aportar todo lo que uno pueda y acompañar los procesos de escritura como un lector inteligente, crítico, pero que espere aportarle al proceso de los demás.
Me parece que en esos términos puede ser muy útil y, desde luego, para mí, como me imagino que para todo el que ha impartido estos talleres, es un gusto cuando las personas que han pasado por esos talleres publican, ganan premios, becas, etcétera; es un gusto mayor.
Lo que no creo que uno pueda hacer, y que sería una estafa, algo así como una estafa piramidal, es tratar de vender un método, como si existiera una sola forma, una sola visión correcta para la escritura. Yo pienso que eso no existe, que es algo múltiple, en lo que uno sencillamente trata de aportar la experiencia para acompañar la escritura y tratar de resolver, o al menos de problematizar, las dudas de quien asiste a los talleres.
—Para cerrar, cuéntanos un poco en qué trabajas actualmente, libros, proyectos, etcétera.
Bueno, siempre estoy trabajando en varios proyectos y ahora mismo tengo tres, ¡je! Uno es una novela en la que llevo varios años involucrado; generalmente pasa así. Tengo novelas que se cocinan, de alguna manera, a fuego más lento y otras que se atraviesan y salen en medio de esos procesos un poco más largos, pero esta ya llegó a su etapa final y espero tenerla después de siete años de trabajo, no continuo, pero sí muy frecuente. Es una novela que ocurre en el siglo XVI.
Aparte de eso, tengo un libro de cuentos nuevo, del que ya ha salido por ahí publicado algún adelanto, y todavía no lo termino. Me faltan algunos cuentos por escribir, pero no lo apresuro, no tengo prisa de que salga. Es un libro que he disfrutado bastante en su escritura y que, de alguna manera, es una suerte del siguiente paso de un libro anterior que se llama La vaga ambición. Este sería como una suerte de siguiente estadio de ese proyecto; mismo personaje central y mismos cuentos independientes, pero unidos por esa pertenencia o por esa propuesta.
Además de eso, hay un libro que reúne varios artículos. Ya hay un libro mío que se llama El caníbal ilustrado, que es una reunión de artículos sobre literatura, y ahora, con calma, estoy reuniendo algunos artículos sobre vida cotidiana y pequeñas crónicas también para articular un segundo volumen con ese tipo de textos más breves y reflexivos, en ocasiones humorísticos.
Pues esos son los tres en los que estoy trabajando y, bueno, pues ahí voy poco a poco con ellos. Espero que antes de un año, quizá, tenga terminados los tres, y lo demás serán los tiempos editoriales.
Sus novelas más recientes son La fila india, 2013 (Editorial Océano; reeditada en 2021 por Seix Barral); Blackboy, 2014 (juvenil, con el seudónimo A. del Val, Ediciones B); Méjico, 2015 (Editorial Océano; reeditada en 2021 por Seix Barral); El rastro, 2016 (juvenil, Fondo de Cultura Económica); El ojo de vidrio, 2018 (juvenil, Fondo de Cultura Económica); Olinka, 2019 (Seix Barral); Matarratas, 2021 (juvenil, Editorial Océano, colección Gran Travesía); La Armada Invencible, 2022 (Seix Barral); El amigo muerto, 2025 (Seix Barral, reescritura de Blackboy), entre otros títulos de cuento y ensayo.

