Ana García Bergua nació en la Ciudad de México en 1960. Es narradora, cronista, traductora. Su obra se encuentra en diversas antologías y colecciones en español, inglés, alemán, francés y esloveno. Púrpura y Edificio han sido publicados en España. Su novela Isla de bobos fue traducida al francés y publicada por Mercure de France en 2009; en 2015, la novela formó parte de las lecturas del examen nacional de Agrégation en Francia para profesores de español.
También fue becaria de Jóvenes Creadores del FONCA en 1992, es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Obtuvo en 2013 el Premio de literatura “Sor Juana Inés de la Cruz” de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara por La bomba de San José. Premio Bellas Artes de Narrativa “Colima” para Obra Publicada 2016 por La tormenta hindú y otras historias, Premio Bellas Artes “Inés Arredondo” 2025 por su trayectoria.
Colaboradora de diversas publicaciones como El Semanario Cultural de Novedades, Este País, La Jornada Semanal, en este último medio publicó durante dieciséis años su columna «Paso a retirarme». Actualmente colabora en Literal Magazine, Letras Libres y el suplemento “Laberinto” del diario Milenio donde escribe la columna “Husos y costumbres”.
Desde los libros de Charles Dickens y Mark Twain que marcaron su infancia hasta las traducciones que le revelaron nuevas dimensiones de su propia escritura, la narradora mexicana reflexiona sobre el oficio de contar historias, la evolución de las mujeres en la literatura y los desafíos de publicar en un panorama editorial cambiante.
En esta conversación con Poetripiados también habla de la soledad como espacio creativo, de los miedos que acompañan el paso del tiempo, de su relación con la trascendencia a través del arte y de su mirada crítica sobre los populismos.
Además, comparte los proyectos que hoy ocupan su escritorio: una traducción de Mark Twain, un nuevo libro de cuentos y una novela próxima a publicarse.
—¿Qué te hizo escribir narrativa? ¿Hubo un momento o un libro que lo disparó?
De niña, hubo dos narradores, Dickens y Mark Twain, con los que entendí que había una voz que contaba cosas conmovedoras y esa voz me gustaba, aunque estuviera traducida. Siempre fui muy lectora de narrativa (hasta incluyo a los comics), pero en realidad tardé en dedicarme a eso porque toda la familia lo hacía y yo estaba convencida de que iba para otra cosa, aunque escribía mucho en mis cuadernos. Cerca de los veintitantos años, después de haber dejado la carrera de Letras para estudiar escenografía para teatro, me fui dando cuenta de que la escritura era una herramienta que ya tenía, esa voz de narrador que guardaba de mi infancia y de tantas lecturas posteriores, y se me facilitaba más expresar con ella las imágenes que me interesaba transmitir.
—Tu obra se ha traducido al francés, inglés, alemán, esloveno e italiano. ¿Alguna vez una traducción te hizo ver algo de tu propio texto que no habías notado?
La traducción de Serge Mestre de Isla de bobos (en francés se llamó L’île aux Fous) me hizo notar el ritmo poético que tenía la prosa en algunos capítulos y él la enfatizó. Su traducción es la que más me ha gustado de mi obra, porque tenemos una sensibilidad parecida.
—Empezaste a publicar en los años 80. ¿Qué luchas te tocó enfrentar entonces que las narradoras más jóvenes de hoy ya no tienen que pelear?
Mi caso no es el de una lucha porque tuve mucha suerte; nací en el medio intelectual y no tuve que hacer antesala, aunque por lo mismo me sentía más “a prueba”. Fue José de la Colina quien me impulsó a confiar en mi escritura y me inspiró para jugar con ella. Cuando empecé a publicar, aparecía a veces en las listas de escritores de mi generación en el apartado de “entre las mujeres, tenemos a…” y ese apartado me caía gordísimo. Yo quería formar parte de la lista como cualquier otro y otra. Ahora eso es un poco al revés, las listas son de mujeres y los hombres se quejan, pero sobre todo el problema es de espacio, pues cada vez, por suerte, hay más escritoras que publican, pero se van cerrando las posibilidades de las editoriales independientes donde poder empezar a publicar y las grandes sólo aceptan ciertos tipos de obras, aunque Internet da muchísimas posibilidades.
—¿Hay algo que te dé miedo de verdad, no literario, sino de la vida diaria?
Siempre le he tenido fobia a las mariposas negras, pero a últimas fechas lo que me horroriza más es la incertidumbre, no saber si habrá trabajo más adelante, si a mis hijas les irá bien, cómo se pondrá el mundo. Es una época fea y difícil, esta que estamos viviendo, pero trato de sobreponerme a esos miedos. Por mi edad, comienzo a tenerle miedo a las enfermedades.
—¿Cómo es tu relación con la soledad y cómo es un día ordinario en tu día a día?
Tengo una buena relación con mi soledad, me gusta mucho, tanto que vivo un poco encerrada. Yo comienzo el día tomando una clase de pilates por zoom con un maestro buenísimo y un grupo muy agradable; desde hace varios años que la tomo (antes de la pandemia era presencial) y me ha sostenido física y anímicamente. Después trabajo en mi compu durante todo el día, básicamente; interrumpo para ir a dar talleres o presentar libros, para salir a buscar cosas al barrio, para salir con mi esposo, caminar un poco, ver amigos. Llevo muchos años trabajando de free-lance y colando la escritura en medio de artículos, traducciones, asesorías, correcciones y talleres. Vivo con mi esposo Eduardo que es músico y mi gatita Canica, y con ellos organizamos la vida diaria, pues mis hijas ya se independizaron. Por épocas, cuando hay libro que promover, he viajado bastante.
—¿Cómo te relacionas con la fe, la religión o alguna forma de trascendencia?
Vengo de una familia de izquierda de exiliados españoles que aborrecían a la iglesia católica porque se alió con Franco, así que no tuve educación religiosa de ningún tipo y me cuesta mucho trabajo la solemnidad de las ceremonias, pero a la vez me gustan las cofradías y los grupos. Mi relación con la transcendencia tiene que ver con el arte, con la literatura y la expresión del espíritu humano a través del tiempo.
Me interesa mucho la historia y me conmueven los vestigios de la vida cotidiana de la gente en momentos remotos. Cuando camino por el centro de la ciudad imagino todas las manos que se han ido posando día tras día sobre los antiguos muros y pienso en una especie de comunicación ultra temporal. Si fuera religiosa, sería espiritista quizá; me gusta creer en fantasmas.
—¿Quiénes son, para ti, los escritores y escritoras más representativos de México para el mundo?
Es muy difícil contestar esa pregunta. ¿Escritores de siempre? Pues Rulfo, que es el cliché, o Ines Arredondo, pero también (y sobre todo) Sor Juana Inés de la Cruz. Si me preguntas sobre la época actual, no lo sabría decir. Muchos jóvenes y no tanto escriben sobre la violencia, sobre la situación de las mujeres, sobre las cosas que pasan en el país y que son temas urgentes, pero también hay muchos escritores y poetas extraordinarios que escriben sobre la intimidad, sobre la percepción, sobre otras cosas y que se hermanan con autores universales, como Coral Bracho, por poner un ejemplo notabilísimo, entonces no sé qué clase de lista habría que hacer. Representativos de México, de su historia y su situación hay también unos muy malos, la verdad; como que no acaba de ser un criterio literario.
—¿Qué opinas del auge de los populismos y las derechas duras en el mundo, de Milei a Trump?
Me dan terror los populismos de derecha y los de izquierda; vivimos amenazados por dictaduras de grupos cuyo plan principal es quedarse en el poder para medrar con él, llámense Trump y Milei, pero también Cuba, Venezuela, Nicaragua, 4T. Yo siempre he pensado que la salud y la educación deben ser muy buenas y gratuitas, como en el sistema inglés, y que la pequeña empresa debe tener oportunidad de desarrollo. También estoy del lado de los derechos civiles de las minorías, de las mujeres, la agenda LGBT y las víctimas de la violencia. Pienso que la educación y la cultura son la base para que la sociedad pueda mejorar realmente, pero los populismos tienden a atacar a la cultura y a la educación antes que nada porque la gente educada les quita votos. Ahora simplemente soy demócrata, me importa que uno pueda aceptar que se equivocó y vote por otra opción; me aterran los gobiernos que empiezan por desmantelar el sistema democrático que les permitió llegar al poder y luego no hay manera de quitarlos. Por mi edad conozco lo que fue el PRI y lo que costó sacarlo del poder; siento que estamos de regreso.
—¿Existen las mafias en el mundo literario de habla hispana?
Eso de las mafias fue un chistorete de Fernando Benítez que alguien se tomó muy en serio. Lo que hay son grupos intelectuales que se unen por distintos tipos de afinidades, ideas y gustos. Algunos se acercan al poder porque suele ser un gremio bastante precario (aunque nos ganan los bailarines), algunos no y buscan promoverse de otras maneras: crean editoriales, revistas, e igualmente esos pueden llegar a rechazar a alguien porque no les guste o no vaya de acuerdo con sus lineamientos y entonces los acusarán de mafiosos. Hablan de mafias, pero nadie se pregunta cómo sería un ambiente artístico sin grupos afines, sería rarísimo. Hace poco un poeta dijo que su grupo era el más importante de México y más bien lo que provocó fue risa. Eso ha existido siempre, si Leonardo Da Vinci no se le hubiera pegado al duque Ludovico Sforza quizá no habríamos visto jamás sus obras. Soy más bien realista en ese sentido.
—¿En qué proyectos trabajas actualmente?
Ahora trabajo en una traducción muy larga de los cuentos de Mark Twain para Páginas de Espuma que me tiene encantada de la vida. También estoy corrigiendo un libro de cuentos que se llama Enfermos imaginarios para entregar a una editorial a final de año y espero que muy pronto salga ya mi novela Discreción y venganza en Ediciones ERA.
Sus libros más recientes son Leer en los aviones, Postales desde el Puerto y La escalera eléctrica.

