Con especial aprecio para mi amigo, el librero de “El Karacol”, Arturo Flores.
Una librería de viejo o un bazar de libros de nuevo o de medio uso, son un maravilloso puente de acercamiento entre la economía de un lector apasionado y ese bello objeto físico incomparable hecho de celulosa, tinta y de muchas páginas que aun, afortunadamente, nos hace la vida más llevadera, más soportable y más dichosa; son el origen de una romería, de una peregrinación devota y placentera en ese religioso ir y venir de las personas por cada uno de los exhibidores de los cientos o miles de volúmenes.
Es un completo regocijo echar a volar de nuestros bolsillos los pesos suficientes como para poder adquirir, después de haber hurgado con cierta fruición entre tantos títulos, aquellos libelos de autores que al fin hemos encontrado. Aunque no siempre se va a la librería de viejo o a un bazar de nuevo y usado, a buscar títulos, sino a que éstos sean los que nos encuentren. Volúmenes que, por alguna extraña e ignota razón, escaparon del deseo del librero por ponerle un alto precio que merecen y que hemos descubierto; libros especiales que están ahí, camuflados, durmiendo en el tablado o en la fórmica del estante exhibidor; libros raros que para una mayoría pasarán desapercibidos, pero no para el ojo avizor; para el “olfato lector selectivo”, si es que hay uno; por ese anhelo secreto de ese lector, de esa lectora que, en el silencio de su casa, y a lo largo de los años se especializado como tal. En esto, precisamente, consiste el verdadero hallazgo, el enorme gozo del lector avezado.
Los libros tienen un aroma inconfundible. No hay otro olor sobre la tierra que se compare con el de los libros. Huelen a lignina, sí, pero también huelen a antiguo. Huelen a experiencia, a vida intensa, plena. Huelen a frustración, a sufrimiento. Huelen a duelo, porque muchos de sus autores cifraron al escribir, todas sus esperanzas, sus años de miseria, la incomprensión de su genio y muchos ya son clásicos, otros están por serlo; mientras que otros serán, tristemente, olvidados. La mayoría de ellos huelen a nostalgia; a sabiduría; encierran en las profundidades de ese océano de palabras las perlas del conocimiento, cuya consigna data de los tiempos de gloria del hermoso templo de Delfos ahora ya en ruinas: Homo, Scire te ipsum. Hombre, conócete a ti mismo.
No hay mayor placer que el de los dedos febriles acariciando títulos, lomos, hojas en medio de un tumulto en el que se puede oír el barullo de la gente; o el gozo de escuchar el jolgorio de los tordos al meterse el sol; ni el hecho de padecer el sonido de las bocinas y los automotores, pasando de largo ante una feria del libro, es decir, uno puede leer también en ellos, la vida misma. Habrá que ver a las muchachas bonitas, tan jóvenes, buscando con ojos febriles más los libros de magia que del conocimiento, como si la magia de sus pocos años y su mucha gracia no les fuera suficiente. Sentirse vivo es acudir a ese ritual antiquísimo de buscar en una librería de viejo o un bazar de libros nuevos o de medio uso.
El complemento perfecto de esta cofradía dispersa de libreros trashumantes somos los lectores, y cuya parte fundamental que es la memoria o la identidad de lo que somos, se debe precisamente a todo eso que hemos leído. Por otra parte, se anda en la vida como más libre después de leer. Parafraseando al gran escritor peruano, Mario Vargas Llosa, una primera pareja de novios se amará mejor luego de haber leído la leyenda griega de Píramo y Tisbe, el mejor antecedente de Romeo y Julieta de Shakespeare, que la pareja siguiente que no ha leído en lo absoluto.
Cuando uno ha aprendido a leer, no mal, ni de prisa, uno es el que comienza leyendo la primera línea de una novela, de un cuento, de un ensayo, de un poema o de una pieza dramática y otro, que es uno mismo, el que termina de leer la última.
Primero debemos ser lectores hedónicos, es decir, por placer. No sólo pasar los ojos por un un libro meramente por el hecho de que sea antiguo, sino por esa búsqueda de la emoción estética que nos otorga, ya que como pudo haber dicho alguna vez Heráclito, “Ningún ojo se baña dos veces en el mismo libro. Es algo más importante todavía: Leer es un ir leyéndose Porque el autor es el primero y el último lector de su obra. Antes de leer para los demás, leemos para nosotros mismos; segundo, debemos actuar como si fuéramos lectores ingenuos, acaso sin serlo, es decir, pensar que estamos leyendo algo verídico, verosímil, creíble, pues esto es lo que equivale a leer un libro con la misma devoción que la que demuestra un niño ante esa escuela del asombro que es la vida.
Al igual que la lectura, escribir es escuchar la voz del otro que te habita; es un ir “in crescendo”. Quo scribis, bis legis. Y exactamente pasa lo mismo con la escritura. Entre una orilla y la otra se establece el nexo de esos dos que son el uno. Leer y escribir. Escribir y leer. Y es que antes de escribir (se) comenzó a leer (se) atenta, pacientemente, en la escritura de los otros. ¿Qué otros? En primer lugar, los clásicos antiguos, que parece un pleonasmo; en segundo, los clásicos modernos, que es un oxímoron. Para detectar a los primeros hace falta tiempo; para los segundos, un ojo crítico, avizor, una inteligencia lúcida.
Dentro de la literatura mexicana, existe una novela fascinante por la clave que nos brinda de manera implícita, sobre la imposibilidad de la escritura, sobre ese proceso duro y áspero de la etapa infértil del que escribe. “El libro vacío” es su título. Escrita por la mano de una mujer, Josefina Vicens, el protagonista es un hombre, José García, cuya lucha titánica es propiamente sobre la imposibilidad de escribir precisamente una novela y para ello tiene dos cuadernillos. En el primero anota todo lo que le impide llegar a escribir la gran historia con la que sueña y en la que cifra todas sus esperanzas de salir del anonimato. Obviamente, el segundo cuaderno es donde se ha predispuesto a escribirla. Pero conforme avanzamos en la trama, sólo el primer cuadernillo es el que se llena. El segundo, permanece en blanco. Finalmente, la novela real desemboca en la imposibilidad de escribir la novela ficticia. Cuando uno termina de leerla, también se pone uno a reflexionar sobre lo que pudo pasarle al personaje al que le fue vedada la magia de la creación. Uno sigue reflexionando y al poco tiempo una luz penetra en el entendimiento y da con la clave, con la llave hermenéutica, la de la interpretación. Uno vuelve a abrir el libro de Josefina Vicens y repasa la vida del protagonista y se golpea uno la cabeza diciendo, cómo no me di cuenta desde un principio. Uno descubre entonces el verdadero motivo del por qué está imposibilitado para escribir su ópera prima: El protagonista nunca menciona a otros autores, a otros novelistas. No comenta ningún libro. Y esa es la consecuencia: José García no escribe su novela no porque no pueda hacerlo, sino porque simple y sencillamente no lee nunca. José García no ha aprendido bien la lección, para poder descubrir su propio, auténtico y verdadero yo, es preciso leerse en lo que otros han escrito. El que no lee no dejará de ser estéril; el que nunca lee, no debe, ni puede, escribir.
Pero regresando a los poetas, Borges siempre se jactó más de los libros que había leído que de los que había escrito. El dominio de la palabra escrita ensancha el mundo, ha escrito Mario Vargas Llosa. Por tal motivo, la palabra puede resultar subversiva. Leer implica un riesgo, un serio compromiso. En ella se cumple una vez más esa dulce reconciliación de los opuestos cuando, tal y como lo afirma Friedrich Holderlin, la labor del poeta resulta ser la más inocente de todas las ocupaciones, llevada a cabo, por supuesto, con el bien más peligroso de todos: el lenguaje.
Todas aquellas personas que leen, comienzan a descubrir su propia identidad. Las páginas que recorren en la soledad de su habitación, anulando el sentido de las manecillas del reloj, los alimentan. Han sabido arreglárselas muy bien con la tradición que les antecede, y también con las adversidades propias de un siglo, donde a la formación humanista no sólo la han puesto en decadencia, sino que la han ido expulsando de las aulas.
Leer a los que nos antecedieron es una obligación nacida del deseo genuino de conocer lo que otros poetas nos han ido heredando. Recoger la tradición, darle cabida en nuestro corazón a través del órgano visual; darle un espacio desde el intelecto, a través de un corpus reflexivo, se convierte no en una tarea impuesta desde el exterior, sino desde lo interno. Visitar a los amados muertos en sus propios sarcófagos, en sus propias tumbas, las bibliotecas, es decir, frecuentar la sabiduría estratificada, convertida en libros, es una tarea de respeto, de reverencia y de autoconocimiento.
Hay que arrastrar la carga de las influencias si se desea alcanzar una originalidad significativa dentro de la riqueza de la tradición literaria occidental.
Quien escoja la lectura sólo por un lado de la arista, la más puntiaguda, la de una obligación como imposición, como tiranía, como carga, está condenado a fracasar. La tarea de conocer a los clásicos, antiguos y modernos, tal y como aconseja el poeta latino Horacio, habrá de resultar entonces agridulce. Agria, por lo inconmensurable de la labor, por lo inabarcable; dulce, por sus hallazgos, por las perlas de sí mismo encontradas no en el fondo del mar, sino en la lisa y llana superficie de la página impresa.
Pan y vino. Flores y libros. Libros y poesía. Una librería, un bazar de libros, una biblioteca, son, a qué dudarlo, la viva imagen de una cierta clase de paraíso perfecto sobre la tierra. Atarse al cuello a la sabiduría como un collar de perlas, queridos lectores, eso es viajar a través de la lectura poética.
Una librería de viejo, una biblioteca pública o un bazar de libros de nuevo o de medio uso son, en sí mismos, en estos duros tiempos de las redes digitales y el excesivo uso del teléfono celular, ese pequeño demonio rectangular hecho de componentes, litio, carátula, pantalla, chip y cargador eléctrico que nos enchina la piel sólo de pensar en el daño que está causando a la memoria y a la capacidad de atención y de retención en el cerebro humano de millones y millones de personas, a la identidad y a los otros apegos.
Eso me hace recordar, por asociación, a los famosos personajes de la novela distópica “Farenheit 451” de Ray Bradbury, esos seres-libro, esas bibliotecas vivientes que luchan contra un sistema que usa a los bomberos, no para aplacar los incendios, sino para causarlos. Bomberos que dirigen su furor ígneo contra todos esos objetos bellos del conocimiento llamados libros. Y me hace re-cordar, es decir, darle cuerda a la memoria, que, en ese sentido, la perversión humana ha superado la ficción, porque ya no hace falta quemar los libros para impedir, malsanamente, que sean leídos. Ahora se ha ido incrementando, debido a la existencia de su sustituto, el teléfono móvil, que se roba el oro del tiempo, de la atención, de millones de personas en el mundo. Esos objetos portátiles, anti-consciencia, anti-identitarios que parecen estar ganando la batalla, introyectando en las masas el deseo profundo e inconsciente de ya no acercarse a los libros, de ni siquiera tocarlos, percibirlos, leerlos. Transformando el libro en un bicho raro, en un objeto de culto minoritario “vintage”.
Entonces los libreros, esos bazareros del río de las palabras, héroes anónimos y antiposmodernos, llamados libreros, se vuelven más que tus amigos, casi tus hermanos, porque comprenden el brillo de tu mirada, el resplandor que mantiene viva la llama de la esperanza. Uno sonríe siempre al verlos. Y uno no sabe de qué están hechos estos hombres que cargan y guardan cajas y cajas de libros en los rincones de ese paraíso, que tiene la sinuosa forma de un laberinto. Estos libreros son los quijotes reales de la modernidad.
¡Qué bueno que existan estos locos, estos idealistas! ¡Qué suerte oír sus voces, sus saludos fraternos; saber de sus cuitas y de sus ocurrencias! ¡Los libreros de esta clase siempre serán eternos!

