Mi vecina y yo seguimos al habla por WhatsApp.
—Vecina, a lo mejor ya la aburrí contándole de los oficios en que trabajé antes de encontrar mi vocación.
—No… ya hasta abrí una cerveza.
—Qué curioso, yo también ya llevo dos cervecitas.
—Oiga, vecino… ¿y sus hermanos no trabajaban?
—Todos le ponían al “camello” de niños, menos mis hermanas las más chicas; a ellas les tocó nomás acompañar a mi jefita a entregar y cobrar las prendas que confeccionaba. Tenía una máquina de coser Singer de pedal; con ella hacía vestidos, pantalones para niño o niña, batas para amas de casa, faldas, blusas sencillas… y también hacía bastillas y otro tipo de reparaciones. A mis hermanos mayores también les tocó vender limones y huevos. Dos de ellos vendieron El Mexicano, que se ofrecía pregonando la nota principal: “¡Los de la liga roban bancoooo!” o “¡Mujer mata a su viejo a machetazooos!”.
—¡Ja, ja, ja!… Por eso me gusta charlar con usted, vecino. Le pone mucha crema a sus tacos.
—Otro carnal fue cobrador de las enciclopedias Salvat. Mi hermana mayor vendió galletas Gamesa casa por casa y, más grandecita, se fue a una maquila. Otro fue aprendiz de carrocero. Pero, en el fondo, mis padres nos alentaban a trabajar porque no querían que cayéramos en las garras ocultas del barrio, que eran los amigos malandrines que le ponían al cemento, thinner, Pegarey, churros de mota y pastillas psicotrópicas. Estos chicos malos abundaban en la colonia, pero eran buenas bestias con nosotros. Y como yo era el más vaguillo, mi madre me ponía marca personal.
Me gradué de secundaria e iba directo a la Preparatoria Altavista, pero hice el examen de la Prepa del Chamizal. Esta prepa era particular, de paga. Según esto, ahí aceptaban a puro recomendado y cerebrito; era raro que admitieran a jovencitas y jovencitos de colonias populares y barrios periféricos. Y había algo de cierto, porque pasé el examen y mi salón estaba lleno de “juniors” e hijas de papi. Lo cierto es que las mensualidades eran las más caras. Después se “democratizó” y entrar a la Del Chami ya no es un lujo.
—No se me desvíe… ¿Cuál fue su siguiente trabajo?
—Es que mi siguiente jale tiene que ver con mi entrada a la prepa. Tenía 16 años y ya no vendía nada en las calles, pues ya me daba vergüenza. Y por un golpe de suerte, o más bien por un “golpe de necesidad”, me hice rutero.
—¿Qué no estaba muy chico para manejar?
—Pues sí, no le digo que apenas iba a entrar a la prepa. Pero ya sabía manejar. Una amiga de la secu me enseñó a manejar en una camionetita bombacha marca Volkswagen, y mi padre me dejaba dar vueltas a la manzana en una de sus dos ruteras (vans) que poseía para trabajar.
Y llegó la hora de surtir la lista de útiles escolares que necesitaba para el primer día de clases en la prepa. Entre los útiles venía un juego geométrico profesional para Dibujo Técnico, muy diferente a los que usé en la primaria y secundaria. Lo vendían mucho más caro y pues yo ya no trabajaba.
Le pedí el dinero a mi madre para el juego geométrico y me dijo que se lo pidiera a mi padre. Fui a la parada donde salía la Ruta 2B a pedirle dinero para comprar el compás, de esos que vienen en su cajita de plástico. Llegó mi padre y le dije:
—Dame para el compás.
Entonces mi padre me respondió, medio molesto:
—Miguelito, no te voy a dar nada, ni para las colegiaturas. Si quieres, te presto la rutera para que te des una vuelta en la ruta y con eso sacas para tu mentado compás.
Y que le agarro la palabra.
No tenía licencia de chofer, pero no hubo impedimento porque mi padre era el “jefe de ruta”. Me di la vuelta en la rutera, subiendo y bajando pasajeros. Un muchachito de 16 años manejando una rutera.
Y me fue muy bien con una sola vuelta, del Centro a las colonias Del Carmen, Echeverría, Francisco I. Madero, Barrio Alto y la Chihuahua. Saqué para el compás, las escuadras y hasta para una regla T de plástico.

