—Vecino, está muy emocionado y yo también, pero me habla mi sobrina (la patrona). Le voy a colgar y ahorita le vuelvo a marcar para que me siga contando de ese taller literario.
—Vaya y atienda sus deberes, yo aquí estoy.
—Le marco de volada; es más, no se mueva.
Platicar de mi infancia, adolescencia y parte de mi juventud con mi vecina es muy útil… más en estos tiempos de pandemia. Me he dado cuenta de que conocer y hacer amistad con esta bella joven es algo terapéutico para mí. Así mi encierro es más soportable.
Yo ya quisiera salir a la calle y ver (frente a frente) a mis seres amados; lo bueno es que todos saben que estoy encerrado por precaución. Aquí enjaulado extraño mucho a mi esposa y a mi hija… Aunque ellas me monitorean por WhatsApp (celular) y me alientan a resistir mi encierro, las echo mucho de menos. Ellas no quieren que el Covid me atrape, por eso se fueron a casa de mi suegra.
Suena el celular; es el tono del WhatsApp de mi vecina.
—Ya volví, vecino. Nos quedamos en que, para usted, entrar y permanecer en ese taller fue lo mejor que le pasó.
—Sí… fue lo mejor para mí. Sin ese taller hubiera terminado siendo un escritor en el anonimato; de esos a los que les dicen en son de burla: “ni en su casa lo conocen”.
—¿Por qué dice eso?
—Porque algunos miembros del taller empezamos a publicar poesía y narrativa (cuentos principalmente) en revistas y suplementos culturales de circulación nacional… De eso se trataban los primeros talleres del INBA de cada estado; de hacer más visibles a jóvenes de provincia en el ámbito nacional. Y es que antes la cultura y literatura estaban muy centralizadas en la CDMX y un poco en ciudades como Guadalajara, Puebla, Monterrey, Xalapa y Zacatecas… Y los demás jóvenes escritores del país estábamos en el olvido… El maestro David Ojeda era inclemente con los textos que presentábamos; eso nos sirvió para ir puliendo y mejorando nuestra escritura… Recuerdo que él se venía (cada quince días) en autobús desde la ciudad de San Luis o Zacatecas y a veces se alocaba y viajaba en tren… pero nunca faltaba a una sesión… Pronto nos hicimos amigos y Ojeda nos surtía de buenos libros y buena música… Vecina, tenga en cuenta que en aquellos años no existía el Internet, ni siquiera los celulares, ni teníamos aquí en Juárez una librería decente, así que el taller y Ojeda nos rescataron de la “edad de piedra”.
—Vecino, ¿y cuántos integrantes formaron ese taller?
—Fuimos ocho los más constantes: Wilibaldo Delgadillo, Rosario San Miguel, Alonso Lastra, Ricardo Morales, Juan Manuel García, Joaquín Cosío y mi hermano Jorge Humberto… y los ocho irrumpimos en la literatura a nivel nacional (unos más que otros) y en algunas zonas del sur de Estados Unidos… A mí Ojeda sí me formó y guio; los otros ya traían su camino andado… Lo chingón es que David Ojeda nos empezó a conectar con otros escritores y, sobre todo, nos mostró lo que se estaba publicando en otras regiones del país… y yo le debo mis primeros libros, gracias a su gestión cultural.
—¿Dijo que entre los integrantes del taller estaba Joaquín Cosío? No me está hablando del famoso actor, ¿verdad?
—De ese mero. Le hablo del “Cochiloco”… del “Mascarita”.
—¿¡Fue su amigo!?
—¡Es mi amigo!
—Oiga… pues ese taller dio frutos de buena calidad.
—Sin duda… Nos empezaron a publicar en revistas, suplementos de circulación nacional… en plaquets y libros propios… y una cosa muy chingona: empezamos a viajar, íbamos a presentar nuestros textos y publicaciones a otras ciudades (gracias al taller). Aclaro que todos no podían viajar por cuestiones laborales o personales, pero Joaquín, mi hermano y yo sí lo hacíamos, porque sabíamos que, en el futuro, eso nos iba a convenir mucho… Por eso, vecina, formar parte de ese taller fue vital para mí. Me alejó de las drogas y malandros del barrio. Por ese taller soy escritor.

