—Como no iba a estar enojado con el mundo; perder a la madre es lo más difícil, vecino.
—Su fallecimiento fue un golpe duro para mis hermanos y para mi padre.
—Me lo imagino.
—Mis hermanos y yo éramos muy dispersos; es decir, cada quien tenía sus planes y estilos de vida muy diferentes… y nos llevábamos muy bien; de hecho, nos seguimos llevando muy bien, pero con la muerte de mi madre cada quien agarró su rumbo… Entonces, las paredes de la casa materna como que se quebraron. La única que se quedó en esa casa con mi padre fue mi hermana menor. Los demás salimos huyendo; yo, por ejemplo, me casé por primera vez… y me despedí de mi casa.
—¿O sea, este es su segundo matrimonio?
—Sí.
—¿A qué edad se casó por primera vez?
—No sé decirle.
—Vecino, esas fechas no se olvidan.
—Vecina, la embolia hizo estragos en mí… pero, por la edad de mi hijo, me he de haber casado a los 20 o 21.
—¿¡Tiene un hijo más!?
—Sí.
—¿Y tiene relación con él?
—Siempre… Nada más que él se fue a vivir al Chuco, pero nos vemos seguido.
—Sigamos con la historia de cuando era rutero… Por lo que me cuenta, ¿le gustaba mucho manejar?
—Lo que más me gustaba era interactuar con la gente y oír, de rebote, las historias de la vida cotidiana de los pasajeros: sus problemas, sus chismes, sus amoríos, sus anécdotas… Oía cada cosa que pasaba adentro de mi rutera. ¡Ah!, y no le he contado que en dos ocasiones me quebraron los vidrios de la camioneta.
—¿Y eso?
—Fueron cholos celosos a quienes no les gustaba que les anduviera pedaleando sus bicicletas.
—¿Y sí tenía muchas novias?
—Noviecillas, pero nada más de manita sudada (besos y caricias), porque mi madre me advirtió: “Mira, Miguelito, si vas a andar entre tanta muchacha y vieja lagartona, no quiero que andes de pito suelto, porque hay muchas enfermedades venéreas y menos quiero que vayas a embarazar a una chamaca”… Creo que ese era el temor de mi madre; por eso quería que dejara la rutera. También tenía miedo de que me pasara una desgracia (choque o asalto), y más porque estaba muy chico.
—Ha de tener muchas anécdotas de esos años.
—¡Muchas! Alegres, tristes, trágicas… de todos los matices. Algo que me pasó en la ruta nunca lo voy a olvidar… Una madrugada que estaba nevando encabronadamente, yo iba apenas a recoger pasaje de las colonias y se supone que el pasaje sube rumbo al Centro y no al revés, pues una pareja, con un bebé en brazos, me hizo la parada… Yo les dije que, si iban al Centro, se subieran a otra que fuera para allá, porque llegaban más rápido, pero decidieron subirse y dar la vuelta conmigo… Hacía un frío de los mil demonios y había tanta nieve que yo iba vuelta de rueda (las llantas de atrás traían cadenas para no atascarme)… Di toda la vuelta, recogiendo pasaje, hasta que llegué a la terminal del Centro. Se bajaron todos, menos la pareja de cholitos… Me esperé un rato y no se bajaban; estaban como estatuas. Les dije que se bajaran; no me respondían nada, estaban inmóviles, como si se hubieran congelado… Me desesperé y fui hasta donde estaban sentados… ¡Estaban en shock!, pues el bebé de brazos, envuelto en varias cobijitas, estaba morado y ya no respiraba… ¡Estaba sin vida! Les pregunté si se les murió en el camino o habían subido a mi ruta ya con el niño muerto… Seguían idos… Yo, en chinga, corrí a una farmacia que abría las 24 horas; me llevé a empujones al farmacéutico para que revisara si se podía hacer algo… Todo fue en vano… Cuando reaccionó el cholito (tendría unos 15 años), me dijo: “Cuando nos subimos a la ruta, el niño todavía respiraba; se nos murió en el camino”. Y yo le respondí: “Si me hubieran dicho que el niño estaba enfermo, yo me hubiera salido de ruta y los hubiera llevado a una clínica, pero no me dijeron nada”. Busqué una patrulla y ellos pidieron por radio una ambulancia.

