—Vecino, eso fue una experiencia muy dramática.
—Sí… Yo tenía 18 años y nunca había convivido con la muerte tan cerquita… Porque el bebé estaba vivo cuando la pareja de cholitos se subió a mi camioneta y falleció en el trayecto… O sea que pude hacer algo, pero la pareja nunca me informó que el niño necesitaba atención médica urgente.
—Disculpe, vecino, ¿qué son cholos?
—¿No sabe qué son los cholos?
—No… Yo sé de nacos, mas no de cholos.
—Es que usted es como niña fifí…
Según la IA, los cholos son miembros de una subcultura urbana nacida de la identidad chicana en los barrios méxico-estadounidenses de California durante los años 60 y 70.
Surgió como un mecanismo de resistencia contra la discriminación, forjando una identidad que fusiona lo mexicano, lo urbano y lo popular mediante códigos, lealtades y una estética propia.
Rasgos y estética distintiva
La identidad chola destaca por una apariencia visual y códigos de lenguaje inconfundibles:
Vestimenta: Pantalones holgados, camisas abotonadas únicamente hasta el cuello (usualmente de franela), camisetas blancas, gorras, pañuelos o redes en la cabeza y tenis deportivos.
Arte y expresión: Uso de tatuajes de trazo fino con nombres o símbolos del barrio, afición por el graffiti caligráfico y los automóviles modificados conocidos como lowriders.
Actitud y organización: Agrupación en «clicas» (pandillas) fuertemente unidas por la lealtad, el respeto y la defensa del territorio.
Historia y evolución fronteriza
En sus inicios, la cultura chola sirvió como red de apoyo y afirmación personal para los hijos de migrantes que no terminaban de ser aceptados ni por la cultura anglosajona ni por la mexicana tradicional. A principios de los años 70 y 80, el movimiento cruzó la frontera hacia ciudades del norte de México, como Tijuana, Ciudad Juárez y Monterrey, donde se adaptó al contexto local de barrios marginados.
—Pero aquí, en Juárez, vecina, el movimiento cholo se fue diluyendo. Es decir, había y hay cholos de cepa, fieles a su tribu… y malandros (pandilleros) que se decían cholos y pululaban en cada barrio.
—Yo había oído, pero de los “Pachucos”.
—Esos son harina de otro costal… Esos surgen en los años treinta… Pero a mí me tocó “interactuar” con cholillos de poca monta. Nada que ver con los cholos originales; estos, con la mirada, te hacían temblar… En la Ruta 2B batallamos un poco con los cholillos, porque nos asaltaban (por unas monedas) y los más atrevidos asaltaban también a los pasajeros… Nos amenazaban con puntas, cuchillos, navajas y fileros… En aquellos años las armas de fuego eran muy raras… Le voy a contar lo último de mi experiencia laboral como rutero… La vez que me convertí en héroe. ¡Ja, ja, ja!
—¿Cómo Batman?
—No tanto, pero una vez un cholo se subió a mi camioneta. Andaba drogado, me sacó un cuchillo y me pidió todo el dinero (billetes y monedas)… Yo traía como 20 pasajeros. Ya mero llegábamos al Centro, y el cholo también se puso a bajarle la lana al pasaje. Mientras los asaltaba, los amenazaba con el cuchillo cebollero… Yo me di cuenta de que estábamos a una cuadra de la Cárcel de Piedra (que en aquellos años tenía un gran portón por la calle Oro, por donde entraban las patrullas), pues yo me metí hasta los patios de la cárcel, ignorando a dos guardias que custodiaban el portón… En menos de un minuto, policías armados rodearon la rutera. Yo me bajé de la camioneta con los brazos en alto y gritando: ¡Adentro nos están asaltando! ¡Es un cholo!… Pobre cholo, lo bajaron a punta de macanazos y golpes; se lo llevaron arrastrando. Terminado el zafarrancho, pasajeros y policías me aplaudieron por la maniobra.
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