Hace poco navegaba en internet mientras afuera llovía. Se había ido la luz y los destellos de los relámpagos se colaban por los pequeños claros de la cortina de mi cuarto. Trabajaba en un ensayo para la maestría, así que comencé a buscar un libro desde el celular. No recuerdo exactamente cómo llegué hasta una plataforma digital que reunía varios cortometrajes y codumentales realizados por estudiantes de la Universidad Iberoamericana.
Encontré uno producido en 2017. Tenía pocas reproducciones, pero el título me atrapó de inmediato: Cuando me di cuenta que estaba viva. Me llamó la atención por la sencillez de su propuesta y por la fuerza de su mensaje. Entonces pensé que, así como existen contenidos que nacen para el consumo inmediato y desaparecen con la misma velocidad de las noticias, también hay obras que permanecen, que dejan algo parecido a un retrato doloroso de una realidad que parece no terminar nunca.
El documental aborda la tortura sexual ejercida contra mujeres por agentes del Estado mexicano. Es una obra artística y política que, pese a la contundencia de su narrativa, ha sido vista por muy pocas personas en comparación con la dimensión del problema que denuncia.
“Un día su vida fue brutalmente interrumpida: a cada una de ellas las torturaron sexualmente. No fue un hombre desconocido, ni un hombre cercano a ellas. Fue un agente del Estado…”. Rápido la frase me hizo click frase porque aparte de que funciona muy bien como introducción, es un golpe directo contra una sociedad que durante décadas aprendió a convivir con el horror hasta volverlo paisaje cotidiano.
La importancia de este documental no radica únicamente en mostrar testimonios de sobrevivientes. Su verdadera potencia está en la manera en que utiliza el arte para romper el silencio. La animación, la narración, la música y la construcción visual convierten el dolor en memoria colectiva. Ahí es donde el arte deja de ser entretenimiento y se transforma en resistencia.
Cuando las instituciones fallan, cuando los expedientes se archivan y la justicia se vuelve una puerta cerrada, ¿qué queda? Muchas veces queda el arte. El cine documental, la literatura, el teatro, la fotografía y la música han sido históricamente espacios donde las víctimas logran existir fuera de las estadísticas oficiales.
México es un país atravesado por la violencia. Lo ha sido durante décadas, durante generaciones. Las desapariciones, los feminicidios, la militarización y la impunidad han moldeado la vida cotidiana de millones de personas. En ciudades fronterizas como Juárez o Tijuana, la violencia incluso redefinió la identidad colectiva. Por eso resulta fundamental preguntarse: ¿qué sociedad estamos construyendo cuando las historias más dolorosas permanecen invisibles? ¿Por qué tantos trabajos artísticos que denuncian abusos terminan confinados a círculos académicos o culturales reducidos?
El arte no resuelve por sí solo los problemas estructurales de un país, pero sí puede reconstruir algo profundamente roto: el tejido social. Puede devolver empatía en sociedades acostumbradas a mirar hacia otro lado. Puede generar diálogo donde antes había miedo. Puede humanizar a quienes fueron reducidos a cifras.
En tiempos donde el consumo rápido de información convierte la tragedia en contenido efímero, documentales como éste obligan a detenerse. A escuchar. A mirar de frente aquello que incomoda. Y quizá ahí reside su mayor valor: recordarnos que mientras una sociedad siga siendo capaz de narrar sus heridas, todavía existe la posibilidad de sanar.

