“¿Entonces para pintar necesito ponerme falda?”
El sonido de las latas comenzó a las 9:00 am. Algunas chicas llegaron con libretas llenas de bocetos, otras nunca habían sostenido un aerosol entre las manos. Había adolescentes, mujeres adultas, madres acompañadas de sus hijxs. Nadie parecía preocupada por demostrar experiencia o jerarquía. La dinámica era aprender y compartir.
El primer encuentro fue un taller de graffiti en casa de Queen, dirigido a mujeres interesadas en acercarse a la gráfica urbana. Dos semanas después ocurrió Graffmorras vol. 3, una pinta colectiva organizada por las artistas urbanas Lovely y Queen, quienes desde hace tres años sostienen este proyecto de manera autogestiva en Ciudad Juárez. La edición de este año, realizada el 17 de mayo, marcó un cambio importante dentro de la escena local, por primera vez el proyecto se organizó completamente de manera independiente, sin estudios, colectivos, ni instituciones mediando el proceso. Solo ellas organizando materiales, consiguiendo donaciones, gestionando espacios y sosteniendo el ideal de construir un lugar donde aprender graffiti no implique negociar constantemente la seguridad, la legitimidad o el cuerpo.

Esto es importante por varias cosas, porque durante años el graffiti y la gráfica urbana en Ciudad Juárez han estado atravesados por competencia, territorialidad y validación masculina.
Queen recuerda entre risas incómodas que cuando anunciaron que el taller y la pinta de Grafmorras Vol. 3 estarían dirigidos únicamente a mujeres y disidencias, le escribieron comentarios como: ¿Si me pongo falda también puedo pintar? Evidenciando el por qué muchas mujeres necesitan espacios propios para aprender, practicar y permanecer dentro de la gráfica urbana.

Lovely cuenta que cuando empezó a pintar lo hizo desde la curiosidad. “Yo casi no salía de mi casa”, dice. Fue hasta la universidad que comenzó a moverse sola por la ciudad. En ese momento no dimensionaba del todo lo que significaba hacer graffiti siendo mujer. Lo veía desde la exploración y la diversión, sin entender todavía los riesgos o dinámicas que atravesaban esos espacios. “Quizá me hubiera ayudado tener figuras de mujeres a quien mirar”, menciona, “y no hombres intentando salir con muchachitas”.

Queen comparte una experiencia similar. Llegó a Juárez siendo ya adulta y durante años no supo cómo acercarse a la escena. “Sí se necesita más ese espacio o esa confianza de poder llegar con alguien seguro para mí, que sea mujer, para aprender y saber que existe”.
Las dos hablan constantemente de la necesidad de cambiar los códigos bajo los que históricamente se ha aprendido graffiti. Porque muchas veces el conocimiento técnico dentro de la calle sigue funcionando desde dinámicas jerárquicas y masculinas.
Lovely lo explica sin titubear: “Hay hombres que enseñan esperando algo a cambio, mujeres utilizadas como cuota simbólica dentro de eventos o artistas cuya profesionalidad sigue siendo cuestionada incluso después de haber realizado el trabajo”.
Pero Graffmorras intenta moverse desde otra lógica.

Cuando les pregunto qué diferencia existe entre un espacio autogestivo y un espacio realmente seguro, ninguna de las dos habla de vigilancia o de aislamiento. Hablan de confianza. De poder asistir con hijos, sobrinos, amigas o incluso abuelas. De crear un lugar donde las mujeres puedan compartir experiencias sin sentir que están siendo evaluadas constantemente.
“Aquí venimos a crear, a compartir y a hacer arte”, dice Queen. “No vamos a juzgarte ni a exigirte”.
Esa idea fue pilar tanto en el taller como en la pinta colectiva. Porque aunque el graffiti históricamente ha sido leído desde la competencia o la territorialidad, ellas están proponiendo otra relación con la calle. Lovely recuerda que durante la pinta no solo pensaban en plasmar algo personal, sino también en escuchar a los vecinos y dejarles algo a quienes habitan el espacio diariamente.
Queen, por su parte, habla de libertad. No de purismo técnico ni de fama, sino de la posibilidad de expresarse sin tener que entrar en competencia constante. “No vengo a decir esto es mío”, explica. “Vengo a expresarme libremente y a disfrutar el proceso”.
Y esta es la pauta más importante que está ocurriendo dentro de la gráfica urbana hecha por mujeres en Juárez. No se trata únicamente de ocupar muros. Se trata de producir otras maneras de aprender, de compartir conocimiento y marcar caminos seguros para las próximas generaciones.
Y eso también modifica la relación con la ciudad.
Queen dice que ahora mira Juárez distinto porque entiende que aquí mismo existe el talento y la capacidad para construir estos espacios sin esperar validación externa. “No necesitamos que otras personas vengan a enseñarnos”, dice. “Podemos hacerlo nosotras”.

Sin embargo, ninguna romantiza el proceso. Las dos hablan del desgaste que implica sostener proyectos independientes mientras trabajan, resuelven su economía y continúan con su vida cotidiana. También reconocen algo que sigue siendo inevitable para cualquier mujer que interviene el espacio público en esta ciudad: el riesgo de que en cualquier momento te pase algo malo.

Aun así, insisten, porque las metas son claras:
Que las niñas puedan acercarse al graffiti desde espacios menos hostiles.
Que más mujeres continúen dentro de estas prácticas sin abandonar el proceso.
Que proyectos como Graffmorras puedan instalarse como parte de la vida cultural de la ciudad.
Ahí está una de las transformaciones más importantes del proyecto. No únicamente que haya más mujeres pintando muros, sino que cada vez existan más espacios donde aprender, crear y habitar la calle juntas deje de sentirse como una excepción.

