Museo en Casa: Infancia, periferia
y el derecho a la cultura
Parte 1
El problema nunca fue la ausencia de públicos,
sino la manera en que históricamente
se ha entendido quién merece convertirse en uno.
Crecí en la calle Batalla del Cerro Grillo, en el kilómetro 29 a las afueras de Ciudad Juárez. Una colonia que hasta la fecha no cuenta con servicio de agua potable ni drenaje. En los años noventa tampoco había luz eléctrica. Aunque entonces no era consciente de que el acceso a los servicios básicos es un derecho fundamental, tuve una infancia feliz, rodeada del amor de mis abuelos y del inmenso desierto de los kilómetros.
Pero si en la colonia apenas existían las condiciones mínimas para habitar, mucho menos existían espacios pensados para la experiencia cultural o artística. No había bibliotecas, museos, talleres ni lugares donde el arte formara parte de la vida cotidiana. La sensibilidad estética no aparecía desde la infraestructura institucional, sino desde otros lugares como la imaginación, el juego, los relatos familiares, la relación con el paisaje y la capacidad de encontrar belleza incluso en medio de la precariedad.
No fue sino hasta que cumplí 12 años que finalmente pude conocer un museo. Fuimos al Museo de Arte de Ciudad Juárez en mi último Día del Niño de la primaria. Recuerdo que medía apenas 1.30; las obras colgadas en las paredes me quedaban demasiado altas y aunque una persona intentaba explicarnos el significado de las imágenes, yo no entendía nada. Lo único que pude percibir con claridad fue que aquel era un espacio pensado para adultos. No porque hubiera algo explícitamente prohibido para una niña, sino porque simplemente no podía comprender el lenguaje ni la manera en que se suponía que debía relacionarme con lo que estaba viendo.
Con el tiempo entendí que esa sensación no era individual. La primera vez que un niño entra a un museo suele ocurrir que ese espacio no fue pensado para él. Las obras están demasiado altas. Los textos parecen escritos para especialistas. Las reglas del comportamiento son implícitas: no tocar, no correr, no hablar fuerte, no incomodar. Y entonces aparece la sensación de no pertenecer.
Pienso en esto mientras converso con Ayerim Quiroz y su Museo en Casa, proyecto comunitario y sensorial, mismo que fue seleccionado por el Fondo Transborde 2026. El proyecto busca trabajar con niñas y niños de las colonias Aztecas y Libertad a través de modelado en barro, pintura con materiales reciclables y huerto comunitario, partiendo de una idea que parece sencilla pero que en realidad es profundamente política: reconocer que las experiencias artísticas no tendrían que depender del código postal ni de la cercanía con las instituciones culturales.
Porque una de las cosas más potentes del proyecto es precisamente que parte de esa misma pregunta: ¿qué ocurre cuando las infancias solo pueden relacionarse con el arte desde espacios diseñados bajo lógicas adultocentristas? ¿Cómo desarrollamos sensibilidad estética si desde pequeños aprendemos que el arte es un lugar al que debemos entrar en silencio y con permiso?

Durante años se ha repetido que en Ciudad Juárez “no hay públicos para el arte”. La frase aparece constantemente en diagnósticos culturales, conversaciones institucionales y discursos que intentan justificar la baja asistencia a exposiciones, museos o actividades culturales. Pero quizá el problema nunca fue la ausencia de públicos, sino la manera en que históricamente se ha entendido quién merece convertirse en uno.
Nadie nace sabiendo cómo recorrer una galería, menos como relacionarse críticamente con una obra. Esa sensibilidad se construye a través de exposición, acompañamiento y acceso continuo.
No es ningún secreto que gran parte de la infraestructura cultural permanece centralizada, mientras enormes sectores de la ciudad crecen lejos de cualquier posibilidad sostenida de contacto con experiencias artísticas. Hay sectores completos de la población que históricamente no fueron pensados como espectadores legítimos de la cultura. Mucho menos como productores de ella.

Mientras ciertos públicos crecieron visitando museos, tomando talleres o desarrollando herramientas para relacionarse con distintos lenguajes artísticos, otras infancias crecieron en colonias donde el acceso cultural dependía casi por completo de esfuerzos aislados,actividades dominicales en iglesias, asociaciones civiles, espacios autogestivos o talleristas independientes que trabajan desde la precariedad.
Y aun así, la sensibilidad existe. Existe quien aprende a reconocer un mural en su colonia. En quien entiende que un graffiti comunica algo más que “vandalismo”.
En quien desarrolla una relación estética con el espacio que habita incluso sin haber pisado nunca una galería.
Cuando le pregunto a Ayerim si ¿Recuerda el momento exacto en el que entendió que los espacios artísticos tradicionales no estaban pensados para las niñeces? me contesta que ocurrió a partir de su primera hija.
_ Yo la llevaba a los museos y galerías y ahí empecé a notar como constantemente tenía que modificar su manera natural de habitar el espacio, guardar silencio, no correr, no emocionarse demasiado fuerte, controlar su cuerpo para que encajara dentro de una lógica adulta del arte. Parecía que el espacio esperaba quietud y silencio, me dice, cuando las niñas y los niños conocen el mundo desde la exploración corporal y sensorial.

Pero lo que verdaderamente detonó en ella la reflexión fueron las preguntas de su hija.
¿Por qué no había obras hechas por niñas o niños?
¿Por qué las obras de los adultos sí estaban ahí y las suyas no?
¿Y por qué su casa no podía ser un museo si estaba llena de dibujos pegados en las paredes?
A partir de esos cuestionamientos la creadora de Museo en Casa me comentó que esas preguntas la llevaron a investigar qué debería de ser realmente un museo y a entender que no se debería de limitar a una institución o un edificio con vitrinas, pues también puede ser un espacio vivo de memorias, sensibilidad, imaginación, que encuentro colectivo y desde ahí comenzó a tomar forma un museo en casa. A jugar al museo en casa con los vecinos. Porque quizá una de las barreras más fuertes de los espacios culturales no es física, sino emocional y simbólica. Ayerim me lo explicaba claramente cuando me dijo lo siguiente:
_ Muchos museos siguen transmitiendo la idea de que el conocimiento artístico pertenece solo a ciertas personas, ciertos lenguajes y ciertas formas “correctas” de comportamiento.
Tal vez el problema no sea únicamente que muchas personas nunca entren a un museo.
Tal vez el problema empieza mucho antes, en el momento en que ciertas corporalidades aprenden que esos espacios no fueron pensados para ellas.
Porque formar públicos no significa llenar salas, significa generar condiciones para que más personas desarrollen herramientas sensibles y críticas para relacionarse con el mundo.
Y eso implica tiempo, implica continuidad y comprender el arte no como lujo, entretenimiento o mercancía cultural, sino como un derecho.
En mi experiencia trabajando en talleres comunitarios dentro de colonias periféricas de Ciudad Juárez, he visto algo que contradice por completo la idea de que ciertos sectores “no entienden” el arte. Lo que muchas veces no existe no es interés, sino acceso sostenido. Cuando las infancias tienen contacto continuo con procesos artísticos, desarrollan rápidamente capacidades de observación, interpretación y sensibilidad visual. Aprenden a identificar símbolos, narrativas y discursos dentro de las imágenes que los rodean. Aprenden, en otras palabras, a leer su contexto.
Ayerim menciona algo similar cuando habla sobre cómo cambia la relación con el entorno una vez que una niña aprende a observarlo estéticamente.
_ Empiezan a encontrar belleza o significado en cosas que parecían invisibles, dice. Una flor creciendo entre el concreto, las texturas de la tierra, las historias de las abuelas.
Porque en una ciudad hostil difícilmente se produce contemplación.

Cuando la vida cotidiana está atravesada por jornadas de traslado interminables, precariedad, violencia o ausencia de espacios seguros, el arte deja de aparecer como posibilidad cercana. No porque las personas no tengan sensibilidad, sino porque el desgaste ocupa todo el espacio disponible.
Tal vez por eso muchos de los esfuerzos más importantes de formación artística en Juárez no están ocurriendo necesariamente dentro de las instituciones formales, sino en talleres comunitarios, asociaciones civiles y espacios independientes que operan desde los márgenes.
Lugares donde el arte todavía puede aparecer como experiencia compartida y no únicamente como legitimación cultural.
Y quizá ahí comienza la verdadera pregunta: ¿Qué tipo de ciudad habita una infancia que nunca tuvo derecho a imaginarse dentro de la cultura?
Continuará…

