Natalia Alejandrina Blanco realizó recientemente una residencia artística en Biznaga. Pero mi primer encuentro con ella no fue aquí en Juárez, fue en La Habana, en un festival de muralistas latinoamericanas. Éramos las dos únicas norteñas mexicanas. En medio de ese contexto, se cruzaron distintas formas de entender el arte público, las diferentes líneas del feminismo y las múltiples dinámicas de resistencia. Natalia y yo llegamos al común acuerdo de que el desierto también se carga en el cuerpo, no solo como geografía, sino como experiencia compartida de periferia y de ausencia, particularmente de las mujeres dentro de las artes, especialmente en la gráfica.

Ahí coincidimos en algo que he mencionado anteriormente en este espacio, la constante lucha por mantener presencia en el espacio público y la necesidad de no desaparecer. Esa conversación no se quedó en La Habana, regresó conmigo y hoy vuelve a tomar forma al escuchar el proceso de Natalia más de cerca, en mi estudio.
Natalia no llega a la gráfica desde un solo lugar. Su práctica abarca arte urbano, gráfica y paleontología, pero más que una suma de disciplinas, lo que articula su trabajo es una forma particular de leer y habitar el territorio. “El desierto es un espacio vivo”, dice. No lo nombra como paisaje, sino como archivo histórico. Creció en Coahuila, en una zona donde los fósiles aparecen casi a la intemperie, y desde ahí construye una línea de trabajo que reconstruye un pasado que no es visible a simple vista: cuando ese desierto era mar, cuando los organismos que ahora estudia habitaban nuestro mundo.

Pero su interés no es únicamente científico pues ella explica que “Trabaja con lo que se ve y con lo que no se ve”En ese cruce, la gráfica se vuelve una herramienta para traducir ese conocimiento. No busca una precisión absoluta, sino algo más complejo: la divulgación y hacer visible un saber que normalmente permanece en circuitos cerrados, romper la distancia entre el conocimiento especializado y la experiencia cotidiana.
Pero ese gesto de hacer visible el conocimiento no ocurre en un terreno neutral, también implica disputar las condiciones en las que ese conocimiento se produce y quién tiene acceso a él. Porque si entrar a la gráfica ya implica atravesar un campo históricamente masculinizado, entrar a las geociencias supone otro nivel de exclusión. “Somos muy pocas mujeres en paleontología”, menciona. No se trata solo de números, sino de condiciones: espacios donde la presencia femenina sigue siendo contada, donde el acceso no es neutro y el reconocimiento tampoco lo es. Aun así, Natalia insiste en habitar ambos mundos.
Esa misma tensión no se queda en el ámbito científico o técnico, también se manifiesta en el espacio público, específicamente en el arte urbano, donde las violencias se transforman pero no desaparecen. “Ahí puedes expandirte. Tu lienzo deja de ser una hoja y se vuelve una pared” comenta Natalia y con ese gesto su gráfica se desplaza, se amplifica y abre un universo de posibilidades que el taller no contiene. Pero esa expansión no es libre, está atravesada por riesgos y por la certeza de que la obra puede desaparecer en cualquier momento.
Habla de ilegalidad, de intervenir sin permisos, de asumir las consecuencias. “Yo hago arte ilegal. No nada más cuando hay logos o patrocinios. Lo hago cuando quiero”. Y junto con esa afirmación aparece la violencia cotidiana: comentarios en la calle, miradas, acoso e interrupciones. También la censura directa: piezas retiradas por autoridades, por grupos religiosos o por personas que consideran que ese espacio no le pertenece. “Pegas dos, te quitan uno, y vuelves a pegar tres”. No hay ingenuidad en esa lógica, hay repetición, hay insistencia, hay resistencia.

Pero si el espacio público es hostil, el taller tampoco es neutral. “La gráfica es un medio bien machista”, dice sin rodeos. Históricamente ha sido un espacio dominado por hombres, no solo en términos de presencia, sino de acceso a herramientas, a conocimiento técnico y a legitimación dentro del campo. Esa violencia no siempre es explícita, pero sí constante. Se traduce en subestimación, en la idea de que ciertos procesos requieren una fuerza o una resistencia que las mujeres no tienen.
Y sin embargo, ahí están. Produciendo, imprimiendo, circulando. Hay un momento en la conversación que resulta clave. Cuando le cuestionan la fidelidad científica de su trabajo, responde: “¿Cómo sabes tú que no eran rosas?”. La frase parece simple, pero no lo es. Descoloca la autoridad del conocimiento único, cuestiona quién decide qué es válido y qué no, y desde ahí su práctica deja de ser únicamente representación para convertirse en posibilidad.

Si algo caracteriza a su trabajo es la idea de huella. “La gráfica es un archivo histórico de lo que vivimos”. No como acumulación institucional, sino como rastro, como evidencia de que algo estuvo ahí. A diferencia de otras disciplinas, la gráfica circula, se pega, se reproduce y se multiplica. No depende de un solo espacio para existir. Y en esa circulación también se juega otra disputa: quién puede dejar marca en la ciudad, quién puede ser leído, quién puede permanecer.
Escuchar a Natalia obliga a mirar más allá de su caso individual, porque lo que aparece en su experiencia no es excepcional, es reconocible. En otras mujeres que han tenido que aprender técnicas en espacios donde no eran bienvenidas, en quienes han sido cuestionadas por intervenir el espacio público, en quienes producen desde disciplinas que no contemplan sus capacidades ni sus tiempos. No se trata de un caso aislado, sino de una estructura que se repite.
Este texto no busca romantizar la resistencia, pero sí nombrar que las mujeres siguen produciendo a pesar de las condiciones. Y en ese proceso, la gráfica deja de ser únicamente un medio para convertirse en una forma de ocupar territorio, de disputar lectura, de inscribirse en un espacio que todas las veces intenta borrarlas.

Visibilizar el trabajo de Natalia no es solo hablar de su obra, es reconocer todo lo que ha tenido que atravesar para sostenerla. Y también entender que su práctica no está aislada, forma parte de un tejido más amplio de mujeres que están imprimiendo, pegando, interviniendo, investigando y resistiendo desde el norte. No pidiendo permiso, sino insistiendo en existir.
Porque al final, dejar huella no es solo una acción estética, es una forma poética de permanencia. Es negarse a desaparecer en territorios que históricamente han sido leídos como vacíos.
PDT: Si quieres saber más sobre el trabajo de Natalia Blanco puedes seguirla en sus redes @nataliaalejandrinablanco Y si te interesa saber más sobre la situación actual de la presencia de mujeres en las geociencias puedes leer el siguiente artículo haciendo click aquí.

