El sábado me encontré con mi amigo Wan, ilustrador de cómic y diseñador gráfico. Me confesó que estaba decaído: la noche anterior alguien de su familia había mojado por descuido, muchos de sus trabajos. No eran piezas cualquiera. Eran pruebas, errores, documentos de su avance técnico a lo largo de los años. Vestigios de horas acumuladas frente a la mesa.
Me comentó que lo que más le podía era un viejo cómic de Superman. No por su valor económico, sino porque ahí estaba el Superman que su padre había leído en los años ochenta. Era un objeto mínimo, pero cargado de memoria. Un puente entre su trabajo y la vida de su padre, que hace dos meses acababa de partir.

Mientras lo escuchaba, pensé en mis propios vestigios. Yo también guardé mi archivo durante años. Empecé en 2008, en el Centro Municipal de las Artes de Ciudad Juárez. No sabía dibujar, en verdad mala. Y eso era precisamente lo importante porque cada hoja era evidencia de que el artista no nace hecho, sino que se construye.
Como planteaba Joseph Beuys, “todo ser humano es un artista”, no porque todos produzcamos obras, sino porque todos cargamos con una capacidad creativa que se forma en el tiempo. El arte no aparece como don, se construye: en la repetición, en el error, en la insistencia.
Mi archivo empezaba con lo más básico: tipos de sombreado, ejercicios de luz sobre objetos cotidianos, plantas, animales, estudios de anatomía. También estaba ahí algo que no cabía en lo técnico: el primer cuerpo desnudo que dibujé a mis 17 años. Esos dibujos eran mi tesoro.

No por lo bien hechos, sino por lo que contenían: memoria, risas, las primeras conversaciones con otros que también estaban intentando ser algo que aún no sabíamos nombrar. Ahí conviví por primera vez con músicos, bailarines, actores. Ahí sentí que encajaba en algún lugar, ahí empecé a construir una identidad. Ahí decidí que quería hacer arte el resto de mi vida.
Todo ese archivo lo guardé debajo del colchón. No ocupaba espacio, pero abarcaba todo mi proceso.
Lo dejé ahí cuando me fui de casa, con la idea de que algún día tendría un estudio propio donde pudiera darle otro lugar. Ese día no llegó. Cuando regresé por mis dibujos, ya no estaban, los habían tirado a la basura.

No hubo un “¿esto es importante? ¿Lo quieres?”, no hubo siquiera la sospecha de que eso pudiera tener algún valor. Simplemente desaparecieron. Nunca entendí por qué, sobre todo porque no estorbaban.
Cuando cuento esta anécdota a otros artistas, la mayoría responde con historias similares: trabajos desechados, procesos ignorados, decisiones minimizadas.
No siempre hay rechazo frontal, pero sí una constante: el arte no es reconocido como trabajo dentro del núcleo familiar.
Recuerdo compañeros en la universidad que primero se titularon en ingeniería o en carreras “seguras”, entregaron esos títulos a sus padres, y solo después se permitieron estudiar arte. Como si necesitaran validar su existencia antes de poder elegir.
No podría decir con certeza por qué ocurre, pero hay algo que se repite: el primer círculo que nos margina no siempre es el institucional, sino el familiar. La obra del artista no es reconocida como valiosa dentro de su propio núcleo íntimo, incluso cuando hay afecto.
Hay también otros casos atravesados por estructuras más rígidas, como la religión. He visto artistas crecer dentro de entornos profundamente ortodoxos, donde la práctica artística se percibe como desviación o provocación. Ahí aparecen dos caminos: producir una obra que no incomode, que se adapte, o romper con ese marco y construir desde la tensión.
Aunque no todos los artistas viven esto, hay quienes han sido acompañados e impulsados desde sus familias. Pero incluso ellos no están exentos de encontrarse, más adelante, con esa misma lógica: la de un mundo que no siempre sabe qué hacer con lo que producimos.

Y que ese gesto: tirar, ignorar, minimizar no siempre responde a la mala intención, pero sí a una estructura donde el arte no tiene un lugar claro. Aprendí que el primer lugar donde una obra puede no ser reconocida como trabajo es la propia casa.
Porque cuando el primer círculo falla en reconocer lo que hacemos, buscamos otros donde eso sí importe. Donde no tengamos que justificar por qué hacemos arte, ni demostrar que es trabajo, ni traducir constantemente lo que significa.
Hermanos del arte, que al igual que mis hermanos biológicos compartimos los mismos traumas: dibujos tirados, procesos ignorados, decisiones minimizadas.
Lo que en casa no tuvo valor, en otro cuerpo resuena.
Lo que fue desechado, en otra historia se repite.
Lo que no fue nombrado, encuentra lenguaje en alguien más.
Y entonces la comunidad deja de ser una elección. Se vuelve una forma de sostenerse y quizá ahí radica su fuerza. Porque, antes de encontrar un lugar en el mundo, tenemos que construir uno entre nosotrxs.

