Hay una forma de desaparecer en el arte que nadie menciona, “la pausa”. Las mujeres artistas que maternan no siempre abandonan el arte, a veces simplemente dejan de aparecer.
Sus procesos creativos son interrumpidos una y otra vez. Dejan de aplicar, dejan de producir con continuidad, dejan de estar en los espacios donde el arte se legitima.
Siguen siendo artistas, pero fuera del reconocimiento local.
En Juárez he visto ese desvanecimiento repetirse tantas veces que ya no podría nombrarlo como casos aislados, sino como destino. No ocurre por falta de talento ni por falta de disciplina. Ocurre porque sostener una práctica artística exige algo que la maternidad rara vez concede: cuerpo disponible y concentración sin interrupciones.
Y nadie está dispuesto a reorganizar el mundo para que las mamás creadoras sigan activas y visibles.

Karla Michelle, artesana y artista urbana juarense, no es un caso que elegí al azar, sino alguien cuyo proceso he visto de cerca. He sido testigo de su crecimiento, pero también del desgaste que implica sostener una práctica artística mientras materna en un contexto que no la contempla. Por eso su experiencia importa. Michelle me comenta que ha tenido que rechazar siete de cada diez oportunidades. Y no habla de grandes becas ni de residencias, sino de lo más básico: bazares, talleres, trabajos donde parecería que sí hay lugar para una madre. Pero no, porque vender con dos niñas al lado implica correr al baño, darles de comer, entretenerlas y resolver el cansancio al mismo tiempo. El resultado suele ser más estrés que ganancia.
Su proceso creativo se resume en atender a sus hijas, preparar el almuerzo, llevar a una a la escuela y luego producir como puede con la otra a un lado. En palabras textuales, me ha dicho que crear así “no es libre, ni es cómodo”. El tiempo continuo para trabajar casi no existe: apenas unas tres horas seguidas los fines de semana. Entre semana, producir se vuelve una obligación a pedazos. Su tiempo para crear no se mide en horas, se mide en fragmentos.

Hay algo profundamente violento en eso, y no tiene que ver con la maternidad en sí, sino con las condiciones en las que se ejerce. El sistema no contempla a las madres artistas. No genera infraestructura, no redistribuye el cuidado, no modifica sus tiempos. Solo espera que las mujeres hagan ambas cosas al mismo tiempo: criar y producir, como si el cuerpo pudiera sostenerlo sin romperse. Y cuando no se logra, el problema nunca es el sistema. El problema siempre parece ser una misma.
Y eso no ocurre solo en el arte, pero en el arte se vuelve especialmente cruel, porque producir exige tiempo, dinero y constancia: justo lo que la maternidad difícilmente concede.

Aun así, Michelle no ha pensado en abandonar su práctica. Su respuesta fue durísima, pero también personalmente compartida: ha pensado más en abandonar la maternidad que lo que hace. La frase incomoda, pero dice una verdad que pocas se atreven a nombrar: el problema no es la falta de amor por lxs hijxs, sino la violencia de un sistema que obliga a las mujeres a sostenerlo todo, sin descanso y con culpas constantes.

Mientras tanto, el arte sigue operando como si nada de esto existiera.
Como si todas las trayectorias fueran lineales.
Como si el tiempo fuera igual para todos los cuerpos. Pero no lo es.
Y en ese desajuste, muchas artistas no se van: las desaparecen.
P. D. Este texto también ha sido escrito en fragmentos, mientras cocino, cuido, creo, administro, gestiono y armo un disfraz de escarabajo para el festival de primavera de mi hijo. Si quieren apoyar el arte local, sigan la página de Michelle: @Mi Che´el.

