La calle como escuela de arte: Graffiti, espacio público
y cuerpo en conversación con Dayron López
Dayron llegó a Biznaga en un momento en el que la ciudad viene arrastrando una pregunta ¿quién puede realmente intervenir la calle? No solo transitar, sino marcarla y ser leído en ella. A su llegada se lo preguntó, pero él no responde desde la teoría, sino desde la experiencia.
— Mi primer contacto con el arte fue en la calle, me dice. Yo era parte del cuadro de honor, hacía Tae Kwon Do, era disciplinado y de pronto un amigo me invita a un crew. Yo no entendía qué era eso hasta que los vi reunidos alrededor de alguien que estaba dibujando letras que ni siquiera se entendían. Eso me atravesó el cuerpo.
Hay algo en esa frase que me interesa más de lo que parece. No es solo el origen, es el impacto: “me atravesó el cuerpo”
—A partir de ahí empecé a leer la ciudad y hasta ahora lo sigo haciendo, continua.
Leer la ciudad, vuelvo a eso porque hace poco alguien me dijo exactamente lo mismo después de empezar a hacer graffiti, que la ciudad dejaba de ser fondo y se volvía texto. Que lo que antes parecía ruido empezaba a tener estructura, intención, código.

Se lo digo, le digo que yo también vengo de una formación más institucional, más “formal”, y que durante mucho tiempo leí el graffiti desde el prejuicio: como marca, como imposición, como territorio.
No se ofende, no lo niega, más bien lo desmenuza.
—Es que la calle es otra escuela, responde. No es solo pintar. Es observar. “Cazar el spot”. Ver quién pasa, cómo se mueve la gente, cómo pega la luz, cómo se ubica el muro en relación al barrio.
Y ahí entiendo que no estamos hablando de técnica, estamos hablando de otra forma de conocimiento. Hay un punto en la conversación donde yo no puedo quedarme en la idea de la calle como escuela. Porque sí, leer la ciudad suena potente, pero no todos aprendemos a leerla desde el mismo lugar, ni con el mismo nivel de riesgo. Le pregunté si consideraba que el acceso al espacio público es igual para todos los cuerpos.

—Sí, me dice. Yo soy consciente de que esta pregunta nace de una experiencia muy diferente a la mía. Desde mi posición como varón, el espacio público se me entrega con menos condiciones. Mi forma de vestir, mi presencia física, mi fenotipo… todo eso me da ciertos privilegios que otros cuerpos no tienen.
Lo escucho y pienso en todas las veces que he tenido que calcular antes de salir a pintar. En los horarios, en las calles, en la posibilidad de estar sola o no. En el simple hecho de pensar si es seguro o no y le digo que para muchas mujeres, el problema no es solo el muro, sino el hecho de estar ahí.
—Yo he vivido violencias, continúa, pero han sido por el muro o por lo que estoy pintando. Nunca por el hecho de ser. El derecho a la calle debería ser igual para todos y todas.
Entonces la conversación ya no es sobre arte, sino sobre condiciones. Sobre quién puede ocupar la calle sin justificar su presencia. Porque si algo deja claro esta conversación es que la calle no es un terreno neutral. Es un espacio atravesado por género, por clase, por cuerpo. Y aunque el graffiti, el mural o la intervención se planteen como formas de apropiación, no todos parten del mismo punto para hacerlo. Y ahí es donde la práctica deja de ser solo estética. Se vuelve política, aunque no se nombre como tal.
Ya no estamos hablando solo de quién puede habitar la calle, sino de qué pasa con lo que se produce en ella.
Me menciona el caso reciente de murales borrados. Me habló de esa sensación de trabajar durante días o semanas para que después llegue alguien: una institución, una campaña, otro actor y lo tape como si nada.
— No es lo mismo encimar un mural de publicidad que uno que el barrio construyó. Hay una violencia que es más estructural, continúa. Esta cosa de “limpiar” los barrios, de imponer una identidad a través de ciertos murales. Eso también borra la gráfica que ya existe, la memoria del lugar. Hay intervenciones que no hacen preguntas.
Le digo que eso conecta con algo que hemos visto en Juárez: muros intervenidos que después son cubiertos por programas institucionales, por propaganda política y negocios locales, por discursos que no cuestionan nada, que solo se imponen para generar presencia simbólica en el espacio público.
Entonces me pregunto si en este sentido el problema no es solo que el graffiti incomode o que los artistas se encimen entre ellos. El problema es que también hay una producción visual que funciona como control, como una forma de domesticar el espacio público, de volverlo legible solo bajo ciertos códigos.
—El graffiti aparece como respuesta, agrega. Casi como algo necesario.
Lo escucho y pienso en lo fácil que es reducir esa respuesta a “vandalismo”, sin detenerse a ver contra qué está reaccionando. Le digo que durante mucho tiempo yo también leí el graffiti desde ese lugar: como agresió e imposición. Que me parecía incluso una práctica patriarcal, una forma de marcar territorio.
No lo niega, pero tampoco lo reduce a eso.
—Creo que nuestra chamba es entender si lo que hacemos dialoga con el barrio o si solo lo estamos limpiando, dice.
Me parece muy poderoso la diferenciación que Dayron propone entre “limpiar” y “dialogar” porque no solo aplica al graffiti. Aplica también al muralismo institucional, al arte “con permiso”, a todo lo que interviene el espacio público bajo la idea de mejora. ¿Mejora para quién? ¿Desde qué mirada? ¿Bajo qué estética?
Ahí es donde la conversación obliga a preguntarnos si lo que hacemos realmente abre diálogo o si, en el fondo, también participa en la misma lógica de borrado. Porque quizá habría que cuestionar también hasta qué punto ciertas producciones comisionadas responden al sentir del artista y no a la necesidad de las instituciones de producir una imagen específica de ciudad, de comunidad o incluso de “armonía”.
Y es justo ahí donde la conversación cambia nuevamente de escala, porque si el espacio público condiciona lo que se puede pintar, el cuerpo y la vida cotidiana del artista también condicionan cómo, cuándo y desde dónde se produce una obra.
Le pregunto qué cambió después de la paternidad, refiriendome a sus procesos creativos, a sus tiempos.

—Se transformó completamente, me dice. Mi tiempo ya no es mío en el mismo sentido, no quiero verlo como una limitación porque prefiero pensar que es otra forma de producir, la paternidad cansa muchísimo pero también me obliga a ser más preciso con mi tiempo.
Habla de días divididos, de una nena que ahora habita su estudio, su casa, su rutina. De una práctica que ya no sucede en aislamiento, sino en convivencia.

Le digo que en mi experiencia y en la de muchas mujeres esas palabras no siempre son suficientes para nombrar lo que implica maternar y producir al mismo tiempo.
—A los papás nos ven como héroes por hacer lo mínimo, dice. Y eso te hace ver cómo el sistema castiga a las mamás. No impacta igual la paternidad que la maternidad, hay diferencias físicas, mentales, sociales y nosotros no pasamos por eso.
Hacia el final de la conversación le pregunto qué está dispuesto a cuestionar hoy de su propia práctica que antes no cuestionaba y sobre qué tendría que cambiar para que el espacio público realmente pudiera ser habitado por todas las personas.
— Quizá el problema no es únicamente físico, responde. No se trata solo de poner rampas, luminarias o infraestructura, sino de replantear la manera en que concebimos nuestros barrios y la forma en que transitamos la ciudad.
Entonces parrafrasea una frase de una canción de Portavoz:
“La violencia va a terminar cuando los barrios estén pensados para seres humanos.”

Pienso entonces que el espacio público no se vuelve accesible únicamente cuando instala infraestructura incluyente, sino cuando deja de producir desgaste como condición cotidiana.
Porque quizá el problema no es solamente quién pinta los muros, quién los borra o quién tiene derecho a intervenirlos. Quizá el problema empieza mucho antes: en la normalización de ciudades hostiles, de transportes que nos tratan como mercancía, de barrios diseñados para sobrevivirlos y no para habitarlos. Porque hablar de graffiti, de muralismo o de gráfica también es hablar de cómo aprendimos a relacionarnos entre nosotros mismos.

De las violencias que repetimos sin cuestionarlas, de las jerarquías que normalizamos, de los cuerpos que consideramos legítimos para ocupar la calle y de los que seguimos mirando como intrusos.
Tal vez por eso intervenir el espacio público nunca será únicamente una cuestión estética, es también una forma de imaginar qué tipo de vida queremos sostener en común.
Y quizá el verdadero reto no sea solamente transformar los muros, sino dejar de reproducir la dureza que nos enseñaron como única manera posible de habitar la ciudad.

