Yolanda de la Torre nació el 4 de noviembre de 1967 en la Ciudad de México. Es narradora y poeta. Cursó estudios de sociología y letras hispánicas que nunca concluyó. Posteriormente ingresó a la Escuela de Escritores de la Sociedad General de México (Sogem), cuyo diplomado sí terminó y le abrió las puertas a la revista Plural de Excélsior. Ganó mención honorífica en el Segundo Concurso de Poesía para Niños de Alfaguara con Canción para una niña de otro mundo, y cuenta con un segundo libro de poesía para niños, La alquimista de sueños.
Trabajó en Canal 11 como jefa editorial del sitio web de la emisora, y en Canal 22 como fundadora y editora en jefe de la agencia de información cultural, Noticias 22, donde también fue colaboradora del noticiario Ventana 22, hoy Noticias 22, y del programa El Rotativo.
La poesía, la memoria familiar y la escritura como acto de resistencia atraviesan esta conversación con Yolanda de la Torre. Desde una infancia marcada por la literatura hasta proyectos que llevan la palabra a territorios extremos, la autora reflexiona sobre crear, acompañar y nombrar el dolor sin renunciar a la belleza.
A continuación, la entrevista completa:
-¿Qué es la poesía?
“La poesía es la camisa de mil puntas cruentas que llevo sobre el alma”, decía Rubén Darío. Tal era mi definición adolescente de la poesía: un lugar donde depositar el dolor, la herida, y eso no ha cambiado; pero con el tiempo en la poesía encontré belleza, luz que disipó la oscuridad, distintas formas de esperanza. La poesía es un ancla que sostiene a los poetas y a sus lectores.
-Creciste en una familia profundamente literaria: hija de Gerardo de la Torre, sobrina de José Agustín. ¿Cómo fue vivir rodeada de esa efervescencia creativa y cómo fue tu relación personal con ellos?
Cuando mi papá dejó de trabajar en la refinería de Azcapotzalco después de dieciocho años como obrero, se convirtió en guionista de Fantomas y de la primera versión de Plaza Sésamo en México, por invitación del cineasta y escritor Juan Manuel Torres. Mi padre me llevaba al foro –yo tenía unos cinco o seis años– e incluso salí en un par de episodios en la tele, uno de ellos con mi padre actuando como cartero. Yo era tan tímida que, en lugar de decirle: “Buenos días, señor cartero”, se me salió un: “Buenos días, señor… ¡papá!”
Así me di cuenta de que mi padre no era como los otros padres, los de la mayoría de mis amigos de la primaria: tenía una máquina de escribir y era disciplinado, ávido lector, joven, y le encantaba la parranda. Verlo trabajar duramente, escuchar el crujido de las teclas, era un asombro. Se servía un trago, encendía un cigarro bajo la luz blanca de una lámpara de escritorio en la penumbra de su sala, y a darle. Una vez me preguntó mi maestra de tercer grado a qué se dedicaba mi padre. Le conté que era escritor. “No, no, pero en qué trabaja”. ¡Es escritor! Ella no podía creerlo. La vida bohemia no tenía buena fama en las escuelas.
Papá me llenó de libros toda la vida. Fue una influencia definitiva en mí. Por él me acostumbré a leer de noche, un poco de todo: desde Memín Pingüín y Fantomas, hasta El Quijote para niños; y por él, claro, comencé a escribir: pura imitación. Luego, ya adolescente, me di cuenta de que mi tío Pepe, José Agustín, no sólo era escritor, sino que había alcanzado la fama. La gente hacía filas para que le firmara sus libros.
Comencé a leerlo y ¡bum! ¡Qué vértigo narrativo! Así llegué a la literatura de la Onda. Sumergirme en la de mi padre fue un proceso más lento, porque su escritura sobre la vida obrera me resultaba ajena cuando era pequeña. Papá, a diferencia de lo que me ocurrió con José Agustín, fue un gusto adquirido. Ahora creo que fue un creador brillante, un gran conocedor de la lengua española, y un hombre cuyo trabajo merece más atención de la crítica, aunque a él las críticas le tenía sin cuidado.
Hace diez años llegué a Cuautla y mi tío me recibió como a una hija. Conviví muy de cerca con él, vaya, viví en su casa un par de meses –un espacio que mi tía Margarita cuidó siempre de manera amorosa–, y me di muchos “toques” con él de madrugada, a la hora en que lo asaltaba el insomnio. Hablábamos mucho de rock, de su trabajo como narrador, del de mi padre, de su experiencia en el cine. Él recitaba Los motivos del lobo, también de Darío.
Cuando yo tenía dieciséis años, mi tío me dijo que siguiera escribiendo, que iba a llegar lejos. Eso me tocó profundamente. Hoy miro su estudio, el lugar donde escribió gran parte de su obra, y aún me parece verlo inclinado sobre su Olivetti.
–Tu libro Umbrales (2012) es un proyecto fascinante y arriesgado: un taller literario con personas hospitalizadas en el pabellón psiquiátrico del Instituto Nacional de Neurología. Háblame de ese proceso.
Fue una experiencia arrasadora. Tuvo lugar porque fui invitada a impartirlo por el doctor Jesús Ramírez-Bermúdez. Yo di talleres de creación literaria durante mucho tiempo en distintos espacios culturales, pero nunca había trabajado con pacientes en internamiento neuropsiquiátrico, así que fue un enorme reto. Estaba asustada: ¿y si hacía y decía una estupidez? ¿Y si en vez de ayudar a los pacientes los alteraba?
Supe muy pronto, desde la primera vez que pisé el pabellón Emil Kraeppelin y comencé el voluntariado, que la meta en este taller no era mejorar la escritura, sino brindar a los internos –algunos de ellos abandonados ahí por sus familias y sus amigos– un espacio de expresión. Pronto aquello se convirtió en una experiencia catártica para ellos y para mí.
Sostuve el taller durante dos años. Todos los lunes iba a trabajar feliz de la vida al área de Neuropsiquiatría a las 10:00 en punto y colocaba en círculo sillas con paleta que pertenecían a un pequeño auditorio, yo de pie en el centro, para poder interactuar con todos los pacientes. Les ponía ejercicios creativos de escritura y si querían leerlos ante los demás, les daba la voz.
De eso se trataba el taller: de darles voz a personas que estaban silenciadas dentro de un pabellón neuropsiquiátrico y de ofrecerles palabras de aliento con el mayor tacto posible. Cada sesión les pedía permiso para guardar sus escritos: poemas, dibujos, testimonios, cuentos, textos autobiográficos, evidencias del lenguaje de la enfermedad y del delirio, pero también atisbos de luminosidad y salidas de lo oscuro. Si aceptaban, guardábamos su trabajo. Ese fue el origen de Umbrales.
Tras dos años como voluntaria, el CCD, bajo la gestión de Grace Quintanilla, me brindó un apoyo económico para llevar a cabo un proyecto basado en mis talleres. Me hice cargo de la selección de textos, de la estructura del libro, de su corrección y de su título. Después me atacó la enfermedad de Graves con toda su fiereza, me retiré para atenderme y el CCD, junto con editorial Acapulco, dio luz a Umbrales, que fue lanzado sin fines de lucro y con la autorización de los pacientes o sus familiares.
Umbrales también se convirtió en un espacio interactivo dentro del portal del CCD que, como el libro, tiene la intención de tender puentes entre las personas que están dentro de un pabellón y la gente de afuera, la que no necesita ser internada. Al contenido del sitio se le considera literatura electrónica y forma parte del Índice Internacional de Libros Digitales.
-¿Se puede enseñar a escribir?
No sé si se puede enseñar a escribir, pero sin duda se puede enseñar a pulir un texto, a mejorarlo, a librarlo de ripios y a amar el lenguaje, que es la materia prima del escritor.
-¿Cómo ves el panorama editorial en México para la poesía? ¿Sigue siendo un género marginal?
Sin duda: la poesía sólo tiene espacio en las editoriales independientes, que son las que han mantenido vivo el trabajo de los poetas mexicanos contemporáneos. Ellas se han encargado de que la poesía no sea víctima total de los grandes corporativos editoriales que dominan el mercado.
-Cuéntame de tu proceso creativo. ¿Tienes rituales, fetiches, manías?
Yo soy puro caos. Para concentrarme necesito ruido: soy el tipo de persona que odia el silencio de las bibliotecas. Pongo música o dejo de fondo un programa de tele interesante del cual me olvido en cuanto empiezo a escribir. Trabajé en redacciones de lo más escandalosas, entre gritos, sombrerazos y mucha adrenalina. Hoy estoy lejos del vértigo periodístico, pero aún necesito ese desorden auditivo, ese caos: me sirvo un té verde, relleno una pipa con yerba, me siento en el escritorio de mi estudio, pongo rock o música clásica, según el ánimo, y me siento ante el escritorio cuando trabajo de manera más formal o en el sillón de la sala, donde me siento a hacer anotaciones sobre los proyectos que me traigo entre manos y a darles forma en la cabeza. Aunque mi déficit de atención me mantiene en otro mundo, en ambos lugares me olvido del mundo cuando me concentro y entro en hiperfoco.
-¿Quiénes son tus escritores favoritos vivos, los que realmente te han marcado?
Uno de mis grandes favoritos es Orhan Pamuk. Soy fan de la literatura negra: me gusta la aspereza de James Ellroy, su tono burlón e incisivo. Leo por igual a Joel Dicker y, poniendo la vara mucho más alta, a Carol Joyce Oates. Me fascina la autoficción de Karl Ove Knausgård. Más recientemente he leído a la escritora india Arundathi Roy, que sigue la misma línea.
En México tenemos autores magníficos cuya literatura posee la virtud de afectar a sus lectores y me afectaron a mí. Poetas como Níger Madrigal, Kyra Galván, Jesús Gómez Morán, Hortensia Carrasco Santos, Carmen Nozal, Andrés Cisnegro y Guadalupe Elizalde, entre muchos otros, son ejemplos de ello. Entre los narradores disfruto mucho a Juan Villoro; sobre todo su libro La figura del mundo, que hace un retrato de su padre, Luis Villoro. También destaco a Cristina Rivera Garza; a Lydiette Carrión, que colocó sobre la mesa el feminicidio, y a Bibiana Camacho, la maestra de lo siniestro.
Mención aparte merecen las poetas del colectivo Las locas de la casa, del que soy parte: Enna Osorio Montejo, Pita Ochoa, Sofía Alvarado Cortés, Ana Chiw, Isolda Dosamantes, Teresa Cepeda, Alma García Mitre y Alicia Eugenia Segura, todas espléndidas poetas.
-¿Para qué sirve la poesía en un país como México, donde se asesinan mujeres diariamente, donde desaparecen personas, donde la violencia es cotidiana?
La poesía no puede sacarse a sí misma del mundo al que pertenece, del contexto histórico-social en el cual está inserta, y es parte de todo un movimiento social centrado en la resistencia contra un sistema asesino. Los integrantes de ese movimiento gritan: tienen el don de convertir la rabia en una
metáfora, una imagen o un símbolo que refleja su furia, su frustración y su esperanza en un país devastado por la violencia. Ellos conocen el deber poético de incordiar al tirano y ser voz de quien no puede alzarla.
-Tu padre escribió sobre los premios literarios. En México hay una sospecha constante de que muchos premios están amañados, que son cuotas políticas o favores editoriales. ¿Qué opinas?
Es un tema complejo que tiene que ver directamente con la actuación de las principales instancias culturales: la Secretaría de Cultura y el Inbal. La limpieza de los certámenes literarios siempre ha sido cuestionada. Es claro que cambia el poder de manos y cambian los autores que se benefician, o no, de ello. Dicho eso, en los últimos años he leído libros de poesía cuya bajísima calidad es increíble que haya sido premiada. ¿Hay corrupción ahí? Posiblemente.
-¿En qué trabaja Yolanda de la Torre actualmente? ¿Qué proyectos trae en mente?
Llevo algunos años trabajando en un libro de poesía, Baobab, centrado en la enfermedad, el duelo, la fortaleza y la esperanza. Ahí va, lento pero seguro. Otro proyecto es una crónica de mi internamiento que no sólo narra mi historia, sino también la de mis compañeras, en un intento de forjar una literatura del nosotros. Además, este año quiero concluir un libro-bomba híbrido, que he estado tallereando con Bibiana Camacho. En eso estoy. Andar enferma, físicamente enferma de no sé cuántas cosas desde hace ya casi quince años, ha hecho que mi escritura se ralentice tanto que suelo bromear con que me volví una poeta emergente a los cincuenta años. Eso es tomarse el tiempo, ¿no?
Su obra narrativa y poética forma parte de varias antologías nacionales e internacionales. La versión en línea de su libro Umbrales, forma parte del Índice Internacional de Literatura Digital.

