Gurriers nació en Dublín cuando el mundo estaba a punto de bajar el volumen. Era 2020 y cinco músicos comenzaron a ensayar mientras la pandemia cerraba escenarios y vaciaba las calles. De aquel encierro salió una banda cargada de electricidad, guitarras sucias y tensión urbana, una combinación donde el post-punk golpea primero, el noise rock mete distorsión en las heridas y el shoegaze deja flotando una neblina oscura después del impacto.
El nombre ya contiene parte de su ADN. “Gurrier” es una expresión irlandesa asociada con el muchacho callejero, el rufián, alguien criado en los márgenes. La palabra encajó con una banda interesada en cantar sobre alienación, precariedad, crisis habitacional e incertidumbre política. Su música comenzó a sonar como una caminata nocturna por una ciudad que aprieta los dientes.
La formación reunió a Dan Hoff en la voz, Ben O’Neill y Mark MacCormack en las guitarras, Pierce Callaghan en la batería y Emmet White inicialmente en el bajo. Posteriormente Charlie McCarthy ocupó ese instrumento de manera estable. Hoff funciona como el cable pelado del grupo, mientras las dos guitarras levantan capas de ruido y el bajo y la batería empujan las canciones con una cadencia física, repetitiva y urgente.
Durante los primeros años hubo más ensayo que escenario. La pandemia convirtió aquella gestación en una especie de sala de presión. Gurriers acumuló canciones hasta que el 1 de febrero de 2023 soltó “Approachable”, producido por Chris Ryan. Fue su primer golpe discográfico reconocible: bajo pesado, guitarras abrasivas y una voz que parece avanzar empujada por la ansiedad.
El volumen comenzó entonces a viajar. BBC Radio 6 Music les dio exposición fuera de Irlanda y los conciertos en Dublín y Belfast fueron abriendo camino hacia Reino Unido y Europa. En directo encontraron una de sus mayores fortalezas: Hoff al frente y O’Neill y MacCormack construyendo una pared de guitarras capaz de convertir las canciones en algo mucho más físico.
Las comparaciones con Fontaines D.C. y The Murder Capital aparecieron inevitablemente por su procedencia y por formar parte de una generación irlandesa que convirtió el malestar social en combustible musical. Gurriers encontró un espacio propio aumentando la abrasión, el ruido y una sensación de peligro que atraviesa buena parte de sus composiciones.
El 13 de septiembre de 2024 llegó el momento de subir todos los amplificadores. Come and See, su primer álbum, apareció bajo No Filter Records con once canciones. Alex Greaves estuvo en la producción y Pelle Gunnerfeldt en la mezcla. El disco consiguió conservar algo difícil de embotellar en un estudio: la sensación de una banda tocando al borde del cortocircuito.
“Nausea”, “No More Photos”, “Top Of The Bill” y “Sign Of The Times” recorren ansiedad, alienación, fama y desencanto contemporáneo. Las guitarras raspan, la sección rítmica martillea y la voz entra como otra fuente de distorsión. Come and See terminó recibiendo comentarios favorables de publicaciones británicas como Rolling Stone UK, DIY, NME, Clash, Crack y Dork.
Con el disco llegaron giras por Reino Unido, Francia, Países Bajos y Alemania, además de fechas agotadas. Gurriers dejó de ser únicamente una promesa de los pequeños escenarios dublineses y comenzó a incorporarse al circuito internacional construido alrededor de la nueva música irlandesa.
En 2025 apareció “Erasure”, nuevamente con Greaves y Gunnerfeldt. El tema empujó su sonido hacia pulsaciones industriales y guitarras todavía más oscuras. La banda continuó ampliando su presencia internacional y comenzó a dejar señales de que el siguiente capítulo podría conducir hacia un segundo álbum.
Cinco años después de aquellos primeros ensayos, Gurriers suena como una banda nacida exactamente en el momento que le correspondía. Hay ansiedad digital, calles caras, empleos precarios, ruido político y una generación intentando encontrar su lugar. Todo termina conectado a los amplificadores. Cuando Gurriers toca, Dublín parece convertirse en feedback.

