Dicen que los monstruos evolucionan junto con las personas y que el mal busca maneras cada vez más creativas y actualizadas para encontrar víctimas que alimenten sus oscuras entrañas. ¿Qué haríamos si fuera verdad?
No hace muchos meses, en una de las avenidas principales de la Ciudad de México —de esas en las que abundan los negocios, los rateros y los tacos de a tres pesos—, un muchacho conocido como “el Chepe” robó un celular. Muchos dirán: “¿Qué más da?”. Lo inquietante es que hubo algo anormal.
Según una señora, a quien llamaremos doña Juana para proteger su identidad, y que vendía tamales a pocos metros de donde ocurrió el robo, lo que declaró a los policías que acudieron tras su aviso fue muy extraño. La mujer aseguró haber atestiguado un asalto que no parecía un robo común (si es que eso existe). Sorprendida y confundida, relató que el asaltado permanecía tranquilo, como si le hablaran del clima, mientras el ladrón le apuntaba con un arma. Ni siquiera opuso resistencia al entregar el teléfono, el cual, en palabras textuales de la señora, “era de color negro, bien ‘pipirs nice’, de esos de la manzanita”.
Lo más extraño fue lo que añadió después: explicó que se giró un momento para sacar su celular y llamar a la policía, pero cuando volvió a alzar la mirada, ni el asaltante ni el asaltado estaban allí. Se habían esfumado.
Los oficiales no le creyeron; sin embargo, para no alterarla, le dijeron que harían el papeleo y se retiraron, recomendándole cambiar de sitio su puesto para evitar problemas si el ladrón regresaba.
El caso del “disque robo”, como lo bautizaron extraoficialmente en la jefatura, nunca se integró en carpeta, al igual que la desaparición del maleante. De hecho, para sorpresa de quienes trabajaban en esa avenida y sí ubicaban al bandido, resultó extraño no volver a verlo en los días, la quincena e incluso el mes siguiente. Más aún: no se reportaron robos de celulares durante ese tiempo, ni asaltos con navaja ni carteristas. Aquel robo del Chepe fue el último delito registrado en la avenida durante ese mes, lo que, claramente, abrió la puerta para que otros malhabidos buscaran dónde delinquir.
No pasó mucho antes de que otro ratero, conocido como “el Palomo”, alias Fernando P., comenzara a operar en esa concurrida avenida. Esta vez, los ojos de doña Juana no presenciaron los hechos, pero sí los del hermano menor del Palomo, Roger P. Roger apenas le llevaba unos años a su hermano; tenía dieciséis y estaba “aprendiendo el negocio” a petición de este, quien necesitaba ayuda para evitar que le ocurriera lo mismo que al desaparecido Chepe.
El trabajo del “Enano”, como le decía su hermano, era vigilarlo y seguirlo a la distancia por si necesitaba ayuda en algún momento. Conforme pasaron los días en esa avenida, los robos de celulares y los asaltos volvieron a ser más comunes y, poco a poco, la gente de los negocios cercanos empezó a ubicar a ese par de ladrones, aunque, obviamente, sin decir nada al respecto. Igual que con su predecesor, lo asumían como parte de la inseguridad y la incertidumbre.
Un día, como tantos otros en los que el Palomo y el Enano realizaban sus actividades delictivas, se presentó la misma situación extraña tras la cual el Chepe había desaparecido: un hombre estaba siendo asaltado, esta vez por el Palomo, pero el afectado mostraba una calma excesiva mientras todo ocurría. Roger recordó los chismes que había escuchado al respecto y, como era un chico muy listo, no tardó en atar cabos. Decidió mantenerse muy atento y observó a su hermano ejecutar el robo, siguiéndolo con la vista hasta que salió de la “zona de riesgo”. Sin embargo, cuando intentó localizar al asaltado, este simple y sencillamente ya no estaba allí. Había desaparecido, dejando un helado estremecimiento en las manos de Roger, quien, más asustado que otra cosa, emprendió el camino a toda prisa para alcanzar a su hermano en la casa, que era su punto de reunión.
El asalto había sido un éxito, aunque en esta ocasión nada había sido normal. Roger se sentía nervioso y paranoico: miraba hacia atrás cada media cuadra, buscando a aquel sujeto misterioso, y respiraba aceleradamente cada vez que tenía que detenerse antes de cruzar la calle. De haber podido, incluso habría corrido entre el tráfico para avanzar más rápido.
Al final, sintiendo que el corazón se le saldría del pecho, el Enano llegó a su casa, pasando de largo cualquier distracción, para ir directo a su cuarto en busca de su hermano. Allí estaba, sentado en la cama, con el celular ya apagado y sin tarjeta SIM. Aquella imagen permitió que el adolescente respirara hondo por fin y recuperara el temple necesario para contarle a Fernando lo que había visto.
El Palomo, a diferencia de Roger, estaba completamente calmado; de hecho, se sentía emocionado por llevar el celular a desmantelar. Después de todo, se trataba de un iPhone muy bonito, de color negro, prácticamente nuevo, así que infería que podrían sacar algo significativo de las piezas de aquel aparato. Aunque, dada la hora, tendría que esperar al día siguiente para concretar ese plan.
El tiempo siguió su curso y la rutina continuaba con su ritmo. Roger tomó su celular para jugar un rato, matando zombis virtuales antes de irse a dormir. Sin embargo, cuando estaba en su cama completando una misión de la app, el sonido inconfundible de otro teléfono encendiéndose se hizo presente, haciendo que el muchacho pausara sus acciones y mirara hacia la cómoda, donde estaba el iPhone negro, iniciándose como si alguien lo hubiera prendido.
Roger miró el dispositivo sin entender por qué acababa de pasar eso; dejó su juego en la cama, tomó el otro aparato de su mueble y lo apagó por si las dudas, volviendo a poner ese teléfono en su lugar. Incluso se detuvo unos segundos pensando al respecto, aunque lo dejó de lado al instante para volver a su juego.
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Pasaron apenas unos cuantos minutos de calma antes de que el teléfono se prendiera una vez más, haciendo que Roger se pusiera nervioso en esta ocasión. No quería ni siquiera tocar aquel iPhone extraño. Aunque, claro, la curiosidad es grande, y un sonido de mensaje proveniente del mismo aparato lo empujó a tomar valor para asomarse de nuevo y ver de qué se trataba. El chico palideció al descubrir que era un mensaje de ubicación en vivo y que, además, tenía marcada una ruta para llegar directamente a su casa.
El Enano dudó, pero tomó el teléfono con la intención de apagarlo una vez más. Le temblaban las manos y sentía un nudo en la garganta mientras llevaba uno de sus dedos al botón de encendido. Sin embargo, antes de lograr su cometido, se dio cuenta de que la imagen en la pantalla se estaba moviendo. Quienquiera que le hubiera mandado la ubicación se estaba dirigiendo a su casa. Aquello lo hizo entrar en pánico. Sin perder tiempo, alzó la voz llamando a su hermano y salió corriendo de su habitación.
No tenía sentido que el teléfono hiciera eso, menos aún sin la tarjeta SIM. Tras varios tropiezos provocados por los nervios, el Enano encontró a su hermano fumando en la calle, al lado de la entrada. Al Palomo le gustaba ese pequeño vicio porque lo relajaba. Sin embargo, toda esa paz se esfumó en cuanto el Enano llegó con el rostro desencajado, contándole a toda velocidad lo que había sucedido y extendiéndole el celular para que lo viera por su propia cuenta. Al final, Fernando se mostró molesto; casi parecía gritarle con la mirada: “¿Qué rayos hiciste, cabrón?”. Aun así, no tenía tiempo para buscar culpables, así que entró por su pistola y un tubo viejo. Luego le dijo a Roger que iría a “tronarse” a quien estuviera intentando intimidarlos y que volvería pronto.
Por último, le pidió que, si su mamá preguntaba, le dijera que iría a “trabajar” y que no tardaría. Después de eso, el Palomo se encaminó, según él, a encargarse del asunto por la fuerza. Lamentablemente para ambos jóvenes, esa despedida se convirtió en las últimas palabras que intercambiaron, pues a la mañana siguiente unos vecinos encontraron muerto al joven, y de una manera muy peculiar: tenía los ojos completamente en blanco y el pellejo pegado a los huesos, tal cual como si algo le hubiera succionado la vida junto con la carne. Y, como si la incertidumbre y el luto no fueran suficientes, aún faltaban el papeleo y el interrogatorio que la familia de Fernando tendría que enfrentar.
Fue justamente ahí cuando Roger compartió lo que sabía, dejando desconcertados a los policías con una declaración que rayaba en la locura: “El hombre del celular lo mató”. Ese fue el inicio de una serie de argumentos extraños y fantasiosos que hicieron suponer a los agentes que el muchacho se encontraba en shock por la muerte de su hermano. Y su miedo lo hacía sonar todavía peor: “Era para cagarse del miedo; apagaba el teléfono y se prendía solo otra vez. Y al final salió una ubicación en mensaje, igualito a cuando alguien pide un Uber y ve cómo se acerca a donde estás”.
“Ahí fue cuando le avisé a mi hermano, y él fue a buscar al sujeto del celular y se llevó el iPhone para ubicarlo”.
Los oficiales miraron a Roger con pesar y lástima, le agradecieron su ayuda y lo despidieron del interrogatorio para llamar ahora a la madre, que estaba hecha un mar de lágrimas y desconsuelo. El segundo interrogatorio terminó tan mal y decepcionante como el primero, así que madre e hijo volvieron a casa en un silencio abismal, haciendo que cada uno se encerrara en su mundo y en sus respectivas habitaciones hasta que la noche llegó nuevamente junto con la hora de cenar.
Sin embargo, el Enano no se presentó, y aquella anomalía comenzó a preocupar a la madre, quien, desesperada, buscó a Roger por todos lados. Incluso trató de marcarle a su teléfono sin ningún éxito, pues la llamada se iba directo a buzón. Cada vez más mortificada, se empeñó en buscar minuciosamente en los alrededores y en su casa, encontrando al final un iPhone de color negro sobre la cama de su hijo, el cual no reconocía. Como era de esperarse, tras la búsqueda fallida, la señora Martha llamó a las autoridades, quienes, debido a los antecedentes recién ocurridos del asesinato, se dirigieron a su casa para investigar. Las cosas continuaban por un rumbo siniestro. En cuanto los oficiales llegaron, comenzaron las preguntas a la madre y la búsqueda de pistas.
Hallar el celular era algo nuevo, pues en el cuerpo de Fernando no se había encontrado una pista así. Sin embargo, la testificación de Roger en el interrogatorio los hizo pensar que podía ser útil. Uno de los oficiales se agachó para recoger el teléfono y mirarlo con detenimiento. Casi saltó cuando este empezó a vibrar, mostrando en el nombre del contacto la palabra “Roger/Enano”. El policía le hizo una señal a su compañero más cercano para que tomara nota, de ser necesario, y sin más pausa contestó la llamada.
“¿Hola?”
Fue la única palabra que dijo antes de mostrar una expresión de duda que sus compañeros no pudieron interpretar, menos aún cuando, poco a poco, su rostro comenzó a transformarse en mortificación.
De un segundo a otro, el oficial lanzó el celular al piso, intentando soltar un fuerte grito de dolor. Sus labios permanecieron mudos, a pesar de que se veía que exclamaba con fuerza, mientras que desde el iPhone se escuchaban los alaridos que deberían haber salido de su boca. Lo que al inicio parecía un caso extraño pero rutinario se convirtió en una escena tétrica, casi infernal. Los otros oficiales chillaron aterrados al ver a su camarada, pues, frente a sus propios ojos, la piel del policía comenzó a pegarse cada vez más a sus huesos, como si algo lo estuviera consumiendo desde adentro, succionándolo hasta dejarlo como un esqueleto cubierto de pellejo, mientras de sus iris se escapaba la vida en un tinte blanco, denso y profundo que reflejaba muerte y horror.
De un instante a otro, los gritos provenientes del celular cesaron en una escena tétrica y casi espejeada que recordaba a los restos de Fernando, hallados apenas el día anterior. Entre tantos alaridos y mortificaciones, nadie notó el momento en que la llamada proveniente del iPhone se colgó, justo cuando el oficial había exhalado su último aliento, dejando en su lugar una nueva ubicación en vivo que, lentamente, marcaba el aproximarse de algo extraño y siniestro, capaz de destruir a un hombre con poco menos que unas palabras vía telefónica.
Una sola persona sobrevivió aquella noche en esa casa: un oficial relativamente joven, con una carrera limpia y mucho futuro, el cual se vio arruinado por el terrible evento que lo llevó directo a la demencia, repitiendo hasta el cansancio frases más tétricas que la realidad: “sabe quiénes merecen castigo”, “¡sabe quiénes son culpables!”, “Los consumirá a todos”.
La locura lo destrozó. Actualmente, este caso sigue sin solución; pasó a las noticias como el asesinato cometido por algún psicópata del que no se sabe nada, por lo que no se dieron detalles. Extraoficialmente, los policías de la zona tratan el caso como cerrado, mientras las leyendas corren por las calles y la gente cuenta ahora la historia de un iPhone negro que atrae muerte, desapariciones y/o locura a quien lo tenga o tan siquiera lo conteste. Incluso algunos de los que todavía trabajan en aquella avenida y que vieron nacer esta leyenda dicen que, en años como estos, la maldad y los seres de las tinieblas también se adaptan a los tiempos modernos. En esta época, las cosas ya no son lo que parecen, y la oscuridad lo sabe y lo aprovecha para alimentarse a sí misma.
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Andrea SZ nació en Guadalajara Jalisco y es autora de literatura infantil, entre ellos, el famoso “Monstruacio, el preguntón” (editorial Vázquez Gil, 2024) y está incluida en la antología del horror cósmico Xalñisco Inefable

