—No me lo imagino de rutero, vecino. Mi cuñado me ha platicado que tienen mala fama, que manejan con las patas unidades chatarra… que son puros relingos de camiones escolares de Estados Unidos.
—Tienen su famita, pero de todo hay en la viña del Señor. Hay ruteros bien portaditos que traen sus camiones muy cuidaditos y que tratan al pasaje con amabilidad.
—Si usted dice.
—No niego que haya choferes irresponsables que se echan sus copas y hasta se drogan, y aun así andan tras el volante, pero quiero creer que son los menos. En sí, los ruteros son una “especie” que se cuece aparte. Lo digo porque yo pertenecí a ese gremio de los 16 a los 23 años.
—¿Cómo se puso a trabajar de rutero?… Cuénteme.
—Pues, al darme mi caladita para comprar el juego geométrico profesional, le dije a mi padre que me diera chance de trabajar en la rutera los sábados y domingos. Al principio me dejaba echar unas vueltas los domingos, mientras él comía y se echaba una siestecita, hasta que me dijo: “Mira, Miguel, un amigo agente de tránsito —este tránsito era el encargado de recolectar todas las multas que se acumulaban a la semana de los concesionarios de la Ruta 2B y, por una cuota, las desaparecía— me advirtió que si te ve otro agente de tránsito te van a multar y se van a llevar la rutera al corralón por ser menor de edad… mejor te suelto la rutera de las 4 a las 7 de la mañana, de lunes a sábado”.
—¿De madrugada?… Si la ciudad está muerta.
—Se equivoca, señorita. En esos años Juárez no dormía en su zona Centro. Recuerde que le hablo del verano de 1978. En aquel tiempo la vida nocturna vibraba: cantinas, bares, encueraderos, cabarets, lupanares, casas de mala reputación y salones de baile no cerraban. Había mucha gente en la noche y, a eso, súmele que en la madrugada muchas personas, especialmente mujeres, bajaban de las colonias para tomar los camiones que las llevaban a las maquilas, porque antes no existía el transporte de personal. Así que el Centro hervía de gente en las madrugadas.
Más todavía los viernes y sábados, porque se juntaba el relajo de la raza que salía a divertirse. Y muchos necesitaban de las ruteras, pues aún no había tantos automóviles y un taxi no era nada barato. Todas las rutas dejaban cinco o seis ruteras de guardia que daban servicio hasta el amanecer.
Mi padre me dio todas las facilidades y me puse a jalar de las 4 de la madrugada a las 7:30 de la mañana, de lunes a sábado, porque entraba a la Prepa del Chamizal a las 8. A las 4 de la mañana ya estaba en la terminal ubicada en las calles Santos Degollado y Morelos, atrás del Mercado Cuauhtémoc y a dos cuadras de la Catedral, esperando que mi camioneta se llenara de pasaje, al que tenía que “repartir” en varias colonias del poniente, como la Cobre, Del Carmen, Francisco I. Madero, Echeverría y otras aledañas.
Yo me la pasaba a toda madre porque mi pasaje, a esas horas, estaba compuesto por prostitutas, meseros y meseras, borrachines y trasnochadas que regresaban a sus casas… claro que también por gente trabajadora. Y regresaba al Centro con la rutera repleta, como lata de sardinas, de muchachas y señoras operadoras de maquila. De modo que los usuarios de la ruta eran muy peculiares y, poco a poco, nos hicimos conocidos o amigos, ya que siempre se subían a mi ruta a la misma hora.
Vecina, esa fue una de las etapas de mi vida que más disfruté.
—Ya me lo imagino de coqueto, dándole servicio de transporte a tanta dama de la maquila.
—La verdad que sí.
—De seguro le salieron muchas novias.
—¿Qué come que adivina?
—Vecino, le tengo que colgar… Ya llegó mi hermana. Mañana me comunico para que me siga contando sus andanzas de rutero. Cuídese.

