En la noche salí al patio a regar mis árboles frutales, pero antes revisé la canastilla que tenemos colgada entre el naranjo y el limonero para pasarnos cosas mi vecina y yo… Tomé lo que me dejó.
Era algo que estaba muy envuelto… de esos que te llegan por paquetería. Tomo el paquete, recorro la puerta doble y arrojo el paquete al escritorio de trabajo… Sigo regando mis árboles. Termino y, por primera vez desde que se decretó la pandemia, me encamino por el pasillo que lleva a una puerta metálica, y esa puerta negra va a dar al frente de la casa. La noche está pesada; son las 12:25.
Ya tenía semanas sin estar frente a la casa… Despacio me acerco a la reja y observo la calle oscura. Reflexiono. Después recorro e inspecciono los dos árboles de bambú (cuyos follajes llegan hasta la ventana del segundo piso), una palma y un mandarino enano… A estos árboles mi esposa o mi hija vienen a regarlos para que no se sequen, ya que yo los cuidaba, pero como no tengo “permiso” para salir (solo al patio), ellas se encargan… Doy tres vueltas por lo que es la cochera y el frente de la casa, y vuelvo al pasillo que lleva a la parte trasera y entro a la casa… Agarro el paquete que contiene el obsequio de la vecina, lo tiento antes de abrirlo; se siente blando… Rompo el paquete, trae varias capas de plástico y papel… Quedo atónito… ¡Son cuatro pantaletas!
Son calzones de mujer, más bien calzoncitos simpáticos; dos son azul claro y unos color melón. Obviamente, la vecina se equivocó de paquete… ¿o me juega una broma?
Le quiero mandar un mensaje por WhatsApp, pero ya es muy noche.
Al siguiente día (era sábado) le mando este mensaje a las diez de la mañana: “Vecina, hábleme cuando tenga tiempo”.
Pasa un minuto y me contesta: “Déjeme termino algo y le marco como en media hora”.
Me llama 35 minutos después preguntándome:
—¿Recogió el regalito que le dejé en la canastita?
—Sí.
—¿Le atiné a la medida?
—Vecina… Creo que se equivocó de paquete… Aquí tengo cuatro pantaletas; me imagino suyas.
—¡No es cierto!… ¡Ja, ja, ja!… Me equivoqué de paquete.
—Pues sí.
—Espéreme un minuto… no me cuelgue.
(La espero).
—Aquí tengo su paquete; soy una idiota… Déjeme le tomo una foto; es un sombrero panamá, de esos que se doblan o enrollan y no les pasa nada… Lo vi en Amazon y me gustó para usted… Ya le mandé la foto… Para su colección.
—Qué chido… En la noche me lo deja en la canastita y yo le devuelvo sus calzones.
—Quien nos oyera pensaría cosas malas.
—Ya sé.
—Vecino… Es original el sombrero panamá; me costó carito.
—Sí… son cariñosos por su flexibilidad y ligereza… ¿Cuánto le costó?… Un amigo me regaló uno hace mucho, ¡y venía en un tubo de cartón!
—Me costaron como si fueran 30 pantaletas sexys… ¡Ja, ja, ja!
—Sí sabe que esos sombreros no son de Panamá.
—No sabía.
La IA dice:
“El sombrero Panamá se fabrica tradicionalmente en Ecuador, especialmente en las localidades de Montecristi y Jipijapa, en la provincia de Manabí. Su materia prima es la paja toquilla (Carludovica palmata), una fibra ligera, flexible y resistente que permite crear sombreros frescos y duraderos. La técnica de tejido se transmite de generación en generación, y la confección de un sombrero fino puede tardar desde semanas hasta seis u ocho meses, dependiendo de la calidad y la finura del trenzado.
Historia y popularización
Aunque su origen es ecuatoriano, el sombrero adquirió el nombre de “Panamá” debido a su tránsito por los puertos panameños en el siglo XIX, que eran puntos estratégicos de comercio hacia Estados Unidos y Europa.
Durante la construcción del Canal de Panamá a principios del siglo XX, los trabajadores y visitantes utilizaban estos sombreros para protegerse del sol tropical. La fama internacional se consolidó cuando el presidente estadounidense Theodore Roosevelt fue fotografiado usando uno durante su visita a las obras del canal en 1906.
Esta imagen difundida globalmente contribuyó a que el sombrero se conociera como “Panama Hat”, aunque siempre se haya fabricado en Ecuador.
La producción de estos sombreros es vital para la economía local, ya que miles de familias dependen de la fabricación y exportación de estas piezas. Los sombreros de Montecristi, en particular, son reconocidos por su calidad excepcional y finura, siendo considerados auténticas obras de arte tejidas a mano”.

