En 1987, Paz Errázuriz, destacada fotógrafa chilena, hizo pública una serie de imágenes cuyo título era el de “Boxeadores”. En ella, Errázuriz reunía un conjunto de retratos de pugilistas amateurs, realizada en un club de boxeo de la periferia de Santiago. Los retratos exhibían magníficamente la precariedad de las condiciones en que los deportistas se desempeñaban, además de ofrecer una visión alternativa del mundo del boxeo, por cuanto los pugilistas escogidos parecían presentarse ante la cámara de una forma más “humana”, si se puede decir así, alejada de la imagen ganadora e implacable que usualmente se pretende transmitir en este deporte. Los boxeadores de Errázuriz, en cambio, exponían su fragilidad y pobreza, los golpes dados no sólo por sus adversarios en el cuadrilátero, sino más bien por la sociedad chilena de los años 80’, que los obligó a sobrevivir entre índices de miseria y cesantía altísimos, que afectaron profundamente a la clase trabajadora. El boxeo era para ellos una vía de escape para esa realidad asfixiante, una posibilidad incierta de encontrar la riqueza que, de otra forma, no podrían hallar en el Chile pinochetista.
Cuatro esquinas, el libro más recientemente publicado por Daniel Téllez (Ediciones Bon Art, 2025) está en sintonía con la línea de Paz Errázuriz mencionada anteriormente, al rendir un homenaje a boxeadores mexicanos que alcanzaron un gran nivel, convirtiéndose en referentes para México y el mundo. El texto, dividido en tres partes (“Libra por libra”, “Malapata” y “Nocaut”) se aproxima al tema deportivo, algo que ya Daniel había intentado -aunque de una manera un tanto distinta- en su libro Arena mestiza de 2018, texto dedicado a la lucha libre, desde una mirada que aprecia a lo popular como un símbolo distintivo y fundamental de lo mexicano. En el primer apartado de Cuatro esquinas, “Libra por libra”, Téllez, usando un lenguaje que se apropia del modo periodístico y con expresiones que provienen del ámbito publicitario (hablo específicamente de los carteles y rótulos en las bardas donde se anuncian las peleas), nos propone los retratos poéticos de distintos boxeadores mexicanos que han hecho historia en el mundo del pugilato (entre los cuales sobresalen, tal como nos lo señala Armando Alanís Canales en la cuarta de forros, los nombres del “Kid Azteca, Vicente Saldívar, Rubén Púas Olivares, Mantequilla Nápoles, Raúl Ratón Macías, Salvador Sánchez, Julio César Chávez, Pipino Cuevas, Carlos Zárate, Chiquita González, Dinamita Márquez, el Terrible Morales y Jackie Nava” por indicar algunos). Los retratos que Daniel construye buscan enfatizar la idea de que muchos de estos boxeadores han debido enfrentar los vaivenes de la fortuna, oscilando entre fastos y miserias en sus respectivas carreras. Esto, por supuesto, ya desde su origen social (en ese sentido se nombran lugares como Tepito, Neza, Tacubaya o Santiago Tianguistenco como lugares de nacimiento o crianza de una parte de ellos), manifestándose esto también en la forma en que los boxeadores lidiaron con la fama y el dinero ganados en sus trayectorias deportivas. Una muestra de lo que comento es el poema “El box me dejó soltero”, dedicado a la figura del “Kid Azteca”, que cito completo para ilustrar este punto: “Fuiste el emblemático campeón sin corona / que se encumbró en la fama / y volvió a Tepito, el barrio que te vio nacer. / Sin ningún antecedente con los guantes / a tus quince años obtuviste la victoria por decisión / en tu primera pelea, en Laredo. / Accidentalmente te volviste ídolo de las multitudes / más de cuatro décadas / y por dos de ellas fuiste campeón nacional welter / sin aspiraciones mundialistas. / Hiciste amigos por doquier, tan poderosos / como tu gancho al hígado, / y el alias que te acompañó toda la vida, / entre rizos y tus ojos rasgados, “Kid Chino” y luego “Kid Azteca”, / lo paseaste 244 veces sobre el encordado / y 200 tantas bajaste victorioso. / Tu actitud bohemia mermó el exorbitante capital / que acumuló tu historial de peleas / por Estados Unidos, Cuba, Panamá y Argentina, / dejando tu vida en los billares y el dominó. / Lo perdiste todo por las malas apuestas / y pese a tener numerosas parejas en el camino / nunca te casaste. / Permaneciste esperando a la mujer / y al título mundial, sentenciaste en tu última entrevista”.
Las estampas que Téllez propone en Cuatro esquinas de los boxeadores aludidos, surgen de una admiración declarada del poeta respecto al deporte del que fueron y son practicantes renombrados, en tanto ellos serían también representantes y símbolos generacionales que, a través de sus ganchos y movimientos de pies, formaban parte y también abanderaban una cultura mexicana popular, ligada a la lucha por la sobrevivencia, que halla en el boxeo un espacio privilegiado de expresión. Esta lectura, en clave Monsiváis, parece verse reafirmada en unos versos de “JC Chávez”, otro poema de la primera parte: “Callaste bocas venenosas / y la proverbial frase / “no existe enemigo pequeño” / reivindicó las aspiraciones perdedoras / de nuestras vidas máculas / que desde la lona del barrio / reinciden por la puerta grande”.
La vía que el deporte ofrece para escapar de la pobreza es, empero, una que muy pocos pueden recorrer hasta el final, tal como nos sugiere Daniel muy lúcidamente en “Malapata”, la segunda parte del libro, donde en contraste con las historias de éxito presentadas antes, nos cuenta la existencia de Artemio, un aspirante a boxeador, cuyo retrato imaginario se sustenta en un conocimiento detallado de las prácticas y hábitos de los pugilistas, y del entorno en que comúnmente viven. El texto abre con una cita de José Ramón Garmabella: “El boxeo profesional, debido a su propia naturaleza, debe ser considerado como el deporte de la miseria”, que establece desde un primer momento las coordenadas con que debemos aproximarnos al relato. La vida de Artemio está duramente marcada por el estrato social al que pertenece, que le ofrece nulas posibilidades de escapar a la miseria, salvo las que pueda hallar en el box. Chofer de un camión, entrena ocasionalmente en algún club, para dar rienda suelta a la violencia que carga desde su infancia: “Artemio es foco de atención. Su carácter virulento pilla audiencia en la calle. Un encono y la maquinación del destino es irreversible. La nariz rota de un prójimo no admite indulgencia. Los transeúntes degradan la saña callejera de los puños de Artemio. Su campo de pruebas halla en su estómago sitio para la crueldad. Su credibilidad epistémica, esa que aumenta por el dolor, palidece su carrera”. A través de una serie de escenas narradas bellamente por Daniel (que recuerdan textos vanguardistas de los años 20’ y 30’ como La casa de cartón de Martín Adán o Novela como nube de Gilberto Owen por el lenguaje usado), vamos atravesando distintos momentos de una existencia signada por el fracaso, que alcanza en la imitación de ídolos como Púas Olivares o Pipino Cuevas, unos breves instantes de luminosidad. La carrera de Artemio en el boxeo amateur, paralelo al ascenso de Julio César Chávez y “Mano de Piedra” Durán, culmina tras 29 combates con un número abrumador de derrotas; el desenlace representa, evidentemente, el destino de la casi totalidad de los boxeadores del medio, del cual aquellos mencionados en Cuatro esquinas conforman tan sólo la punta del iceberg. Téllez muestra una enorme empatía respecto a estos boxeadores que han desertado en el camino, que justamente son los que permiten la aparición de las grandes figuras que conforman el boxeo mexicano, al identificarlos junto con Artemio al protagonista de un cuento de Jack London que se cita en “Malapata”: “Ahora es el héroe caído. Una condición que Artemio ha abrazado. Las palpitaciones que produce el hambre en la boca del estómago ahora lo hermanan con Tom King”.
La parte final del libro, “Nocaut” funciona como una síntesis de las posiciones desarrolladas, que se presentan como perspectivas complementarias y no encontradas de una misma visión, de una práctica que, buscando escapar de la miseria, nos muestra a sus protagonistas como seres de carne y hueso, frágiles al mismo tiempo que poderosos, siguiendo la mirada inicial de Paz Errázuriz en la serie fotográfica que citábamos al comienzo: aquí, se nos reitera por intermedio de personajes como Muhammed Ali, George Foreman, Mike Tyson y Manny Pacquiao, la grandeza de un deporte que zigzaguea entre luces y sombras tan acendradas, encontrando en una ciudad como Tijuana, “meca del pugilismo nacional” -como señala Daniel- un lugar geográfico perfecto para su encarnación (al respecto habría que pensar en lo que significa esta urbe en términos de una multiculturalidad y un bilingüismo marcados, tal como ha sido manifestado por Heriberto Yépez en varias ocasiones, un lugar que es para México una puerta de entrada y salida del país). El libro cierra entonces con un tono épico que apunta a galvanizar la aproximación al box como un arte que, en muchos casos, puede equipararse a la poesía por su permanente vaivén entre claridad y penumbra.
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Manuel Illanes (Santiago, Chile, 1979). Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM. Ha publicado los libros de poesía Tarot de la carretera (Fuga, Santiago, Chile, 2009), Crónica de Tollan (Piedra de Sol, Santiago, Chile, 2012; La Ratona Cartonera, Cuernavaca, México, 2013), Memorias del inframundo (Mantra Ediciones, Ciudad de México, 2016), Paraíso inc. (Ediciones Ojo de Golondrina, Ciudad de México, 2018; Editorial Navaja, Iquique, Chile, 2021), Diario de la peste (G0 Ediciones, Santiago, Chile, 2019), Paisaje con ruinas (Gravity’s Rainbow, Ciudad de México, 2021), Cascajo (Ediciones Bon Art, Ciudad de México, 2023) y Piedra Rosetta en el desierto (Sauvage Atelier, León, Guanajuato, México, 2026). También figuran poemas suyos en las antologías Chile mira a sus poetas (2015), Residencia temporal: seis poetas chilenos en México (2016), Evocaciones de la Torre Latinoamericana (2021) y La ciudad de los poemas. Muestrario poético de la Ciudad de México moderna (2021). Recibió una Mención Honorífica en el VII Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2022 por su poemario Cascajo.

