Canto y trazo de las Cuatro esquinas de Daniel Téllez
El boxeo es como acercarse a ver una pintura. Uno sabe cuando el pintor es mal pintor, pinceladas repetitivas, colores monótonos, motivos anestesiados. Podría decirse que la repetición es uno de los motores que más lo atascan, y, sin embargo, lo impulsan a iniciar una y otra vez en un ciclo que podría ser eternamente un fracaso. Para que haya un pintor se necesita que haya una aparición de lo invisible. Tal y como sucede en el boxeo cuando éste no se piensa arriba del cuadrilátero, sino en esa aparición que lo hace ser, precisamente, boxeo, y que se da en la grada y en la calle.
Boxear y boxeo no son lo mismo, pero orbitan en el lenguaje, son cercanos. En el boxeo la aparición de lo que no se ve se puede anticipar, se olfatea casi. Es veloz y cruel. Se trata de un aprendizaje que sólo da la constancia y sí, hablo del ojo entrenado que alcanza a mirar cosas como si de una premonición se tratara. ¿Cómo vamos a ver sobre el soporte que el pintor estaba distraído al ejecutar un trazo? ¿Cómo vamos a enterarnos de lo que quiso decir el movimiento de cintura de un hombre cuando tiene el hígado inflamado luego de tremendo gancho recibido?
En las cuevas nos representaron, pero fue el fuego el que nos hizo ver —ya adentro de las cuevas como un gran sol que iluminó su interior— que sobre la textura de la piedra alguien nos pintó. No importó la forma ni el fondo, es más, ni siquiera existía una idea de que aquello que se había trazado éramos nosotros, la naturaleza. El pintor Georges Bellows lo supo. En su serie de pinturas donde la noche abraza al boxeo, la belleza de la violencia entre los torsos desnudos va más allá de lo manifiesto. La cueva la llevamos a los anillos. Los anillos con el paso de los años se transformaron en arenas. Las arenas quedaron pintadas en cuadriláteros, en las esquinas donde los peleadores descansan luego de tres minutos de dar y recibir. En las pinturas de Bellows los hombres de traje alzan los brazos de los peleadores semidesnudos, el ring sostiene a un réferi y todo aquello que está fuera del encordado es una fiesta alrededor del fuego. La aparición de lo invisible sostuvo su cometido bajo la antorcha, y por encima y alrededor está la mirada. El ruido no alteró el resultado. El dolor y el agotamiento alcanzaron a darle al pintor un sentido trágico a sus motivaciones. Bellows, al igual que el poeta, retrata el placer colectivo. También la industria. No por nada Caravaggio pintó El Martirio de Santa Úrsula a manos de un mecenas.

Cuerpos, cuadros, motivos, trazos. Velocidad, ritmo, precisión, ejecución. Y canto. El canto del poeta que, junto al fuego, la representación y el placer colectivo, memoriza, recrea, juega, asiste, introduce, epiloga, despide o saluda, ese canto que permite también escuchar la aparición de lo invisible porque precisamente va a la par de lo que no se ve en el boxeo, aunque esté ahí, en el músculo lastimado, en las piernas agotadas o en la sonrisa del que vence a su oponente a pesar de que las tarjetas no le fueron favorables según quién y cómo vio. Y no es porque el poeta refuerce una a-sintonía entre el upper y la mandíbula, entre el resorteo feroz de un cruzado que va perfectamente conectado a la sien. Ya está pintado, como se dice popularmente. El canto del poeta también anticipa al ojo. El decir del poeta, en este caso de Daniel Téllez, sentado en la gradería de su casa como si estuviera en el Caesars Palace en las Vegas, a los diez años, observando –y aquí enfatizo la mirada– el recuerdo de sus ídolos E. T. y Sid Vicius. Ese día del sepelio de Salvador Sánchez que hoy está en streaming y se hace más sólido a través de la memoria del poeta, que va y viene y logra llevarnos al Madison Square Garden, a Querétaro y a Namibia, a todas las regiones a las que Téllez viajó cuando fue niño gracias a los puños de Salvador Sánchez.
Téllez, como el buen pintor, como el artista que es, en el mano a mano retrata a los peleadores con los que ha dialogado a lo largo de su vida, le gustan los flashback y es un maestro en el hablarles de tú, de frente, sin tapujos. Si para 1982 Daniel tenía una década de observar el mundo, diez años más adelante, entrado en sus veintes, encontró en la magia de Julio César Chávez un lugar entre la vida pública y lo íntimo, un recoveco donde la nostalgia y la ira del peleador se guardan en la memoria. Cuando Daniel le dice al de Ciudad Obregón:
En el arrojo del orgullo patrio
hiciste tuya la plegaria disponible
—en tiempos sin ciberespacio—
un delirante repaso al extranjero bravucón
que encabronó nuestros verbos con sus alharacas.
La estética de la violencia
de aquel septiembre del 92
—la noche del escarmiento para el de Bayamón—
mi fervor torció en un extraño olor a muerte
que tenía sus asideros en la sinergia colectiva
de una nación hipnotizada en la ilegitimidad
del pacifismo y en el amor al prójimo.
Le dice que ese fuego no fue encendido en vano, sin malas intenciones, porque todo incendio conlleva sus cenizas, y Julio César, uno de los mejores libra por libra de la historia, lo empuña a un mundo en el que palpitan “bocas venenosas” y en éstas también radica la concentración del mánager frente a la pantalla ya no como el artista, sino como el aficionado que sencillamente decide ver a sus ídolos caer. Así pasa con Rubén el Púas Olivares, “Campeón de palabrotas/ y de chingadazos,/ al chile”, nos dice Daniel, “Una ilusión ácida que dio vueltas/ sin licencia debida del hastío.”
Que los peladores hayan tomado forma en verso no sólo nos habla de la enorme capacidad literaria de Téllez para dar significado a los magníficos retratos de su libro Cuatro esquinas (BonArt, 2025), sino que explora junto con ellos la vida pública de un país a través del boxeo y sus alrededores. Va en defensa propia a rasparse los pómulos sin ese afán condenatorio que le dan a este deporte en la actualidad. Como el buen pintor, Daniel crea la huella de la ausencia. Aquí en su libro están las calles y los escenarios donde el pugilismo mexicano cobró notoriedad. En un arco que abarca las figuras de Kid Azteca, Ratón Macías, Kid Chino y Mantequilla Nápoles pasando por Pipino Cuevas, Carlos Zárate, Daniel Zaragoza, a los que sembraron de emociones los finales de los noventa e inicios de los dosmiles como Márquez, Barrera, Morales, Jackie Nava y Antonio Margarito.
En su forma de pintarlos, Téllez no es celoso. Por ejemplo, la segunda parte del libro llamada “Malapata” nos presenta a Artemio, “quien […] sabe que al boxeo hay que plantarle historias. Que es asunto de multitudes y hechizos populares donde no se tortura ni se mata a nadie. Su filosofía mora en sus puños, arma volitiva para exorcizar tempestades. Del anonimato a la cúspide su humanidad pugilista cimenta una trayectoria irreprochable.” Y además “Artemio sabe que el boxeo tiene mucho de honorable. Que se necesita una vocación fatalista para ganarse la vida con los puños y el guante. Artemio ha colgado los guantes. Voltea hacia el pasado como quien bebe agua. Tiene la cara triste de arrastrar su cuerpo por el mundo. Cabal y honesto, siempre vivió al filo del precipicio a pesar de ser rengo y un poco sordo.” “Nocaut” es la tercera y última parte de Cuatro esquinas. Téllez se lía con Cassius, Foreman, Iron Mike (Mike Tyson), Pacquiao y la ciudad de Tijuana, hacedora y meca de los peleadores más recientes.
Cuatro esquinas va más allá de la colección de poemas para afirmarse como un atlas lírico del boxeo, donde encontramos la estética del golpe mediante un lenguaje “técnico” que cabalga entre uppers, ganchos y cuerdas, con el que Daniel logra construir una poética donde el cuerpo es el lienzo. Este libro de Téllez confirma que el boxeo en México es una sustancia cultural. El poeta logra que el lector escuche el dolor, la nostalgia y el orgullo que emana de cada asalto escrito. Es una obra que trata sobre la resistencia en el encordado, pero más sobre el saber ver. Al final, la aparición de lo invisible que Téllez persigue se completa cuando suena la campana definitiva. Si el boxeo es una pintura, la sección de “Nocaut” funciona como el trazo final y decisivo, aquel que fija los colores de la tragedia y la gloria en el lienzo de nuestra memoria colectiva. En ese rincón donde conviven leyendas como Tyson y Pacquiao con la geografía mítica de Tijuana, se comprende que el pugilismo es la huella de una ausencia que se vuelve presencia a través del verso.
El poeta, al igual que el pintor en la cueva, busca rescatar la humanidad de quien, a pesar de la derrota o el paso de los años, sigue habitando ese espacio sagrado iluminado por el fuego del ring. Así, Cuatro esquinas cierra con un eco: el canto del poeta que nos recuerda que, en el boxeo como en la vida, lo más importante ocurre precisamente allí donde la vista no alcanza, pero el corazón —y la palabra— logran descifrar los bordes de una actividad estética a pesar de sus detractores.
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Rodrigo Castillo (Ciudad de México, 1982). Poeta, ensayista y editor. Su libro más reciente es Prodigios de los cercenados. Vida de los santos Cosme y Damián soñada por Fra Angelico (Ediciones Simiente, 2024). En Vaso Roto publicó el libro Sombra roja. Diecisiete poetas mexicanas (1964-1985) (2016). Cofundador de La Dulce Ciencia Ediciones, editorial dedicada exclusivamente a la historia del boxeo mexicano.

