México ha ganado sus dos primeros partidos, aseguró el liderato del Grupo A y está a un paso de conseguir algo que jamás ha logrado en una Copa del Mundo: una fase de grupos perfecta. La pregunta comienza a escucharse en cada conversación futbolera, en las redes sociales y en las celebraciones que han acompañado al Tricolor desde el arranque del torneo: ¿estamos frente a una selección capaz de romper las barreras históricas o la ilusión volverá a detenerse en la misma estación de siempre?
La respuesta no es sencilla. Por un lado, los números son inmejorables. Dos victorias en dos partidos, seis puntos, liderato asegurado y la posibilidad de cerrar la primera fase con nueve unidades si derrota a Chequia. Nunca antes México ha logrado ese registro en un Mundial. Ni siquiera en las ediciones que hoy son recordadas con nostalgia.
En 2002, el equipo dirigido por Javier Aguirre estuvo cerca de conseguirlo. Había vencido a Croacia y Ecuador, pero un gol de Alessandro Del Piero en los minutos finales permitió a Italia rescatar el empate. Dieciséis años después, en Rusia 2018, el Tricolor sorprendió al mundo derrotando a Alemania y venciendo a Corea del Sur. Parecía encaminado a una actuación histórica, pero Suecia lo goleó 3-0 en el último encuentro de grupo y la fiesta terminó convirtiéndose en preocupación.
Por eso el momento actual resulta tan atractivo para los aficionados. México no sólo está ganando; además juega en casa. Los estadios se han pintado de verde, blanco y rojo, y cada triunfo ha sido celebrado como una fiesta nacional. Millones de personas salieron a las calles tras la victoria sobre Corea del Sur. No era únicamente un festejo futbolístico. También era la necesidad colectiva de creer que esta vez puede ser diferente.
Sin embargo, el análisis futbolístico obliga a bajar un poco la euforia. México ha sido efectivo, pero no espectacular. El equipo de Javier Aguirre ha mostrado orden, compromiso defensivo y capacidad para competir bajo presión, aunque todavía está lejos de exhibir el futbol dominante que suelen mostrar los grandes candidatos al título.
La victoria contra Corea del Sur reflejó precisamente esa dualidad. El resultado fue positivo y el boleto a la siguiente ronda quedó prácticamente asegurado, pero el equipo pasó largos lapsos defendiendo y terminó dependiendo de una extraordinaria doble atajada de Raúl «Tala» Rangel para conservar la ventaja. La jugada se convirtió en meme, en símbolo y en motivo de celebración, pero también evidenció que el margen de error sigue siendo muy reducido.
Aun así, existen factores que alimentan la esperanza. México cuenta con el respaldo de su gente, tiene experiencia en el banquillo con Aguirre y ha encontrado jugadores que atraviesan un buen momento. Además, el formato del torneo y la localía ofrecen condiciones que difícilmente volverán a repetirse.
Por ahora, la historia sigue abierta. México puede lograr un récord inédito con nueve puntos en la fase de grupos y avanzar con confianza hacia los partidos que realmente definen el destino de una selección. La afición ya empezó a soñar. Falta saber si el equipo está listo para acompañarla más allá de ese muro que durante décadas ha separado la ilusión de la historia.

