La tarde se hizo noche y la vecina y yo seguíamos chacoteando por WhatsApp:
—Vecino, aparte de ofertar huevos casa por casa, ¿en qué más trabajó antes de dedicarse a la escritura?
—También me tocó vender limones por las calles.
—¿Limones?
—No le digo que antes se vendían muchas cosas por las calles… Eran los principios de los años 70 y no había supermercados ni tiendas de conveniencia. Y en mi casa, como éramos muchos (8 hermanos) y con un padre que trabajaba en Denver (mojado-indocumentado), pues la lana no alcanzaba y todos teníamos que ponerle al “jalisco”.
—¿Jalisco?
—¡Sí!, al jale… a trabajar.
—¡Ah!… ya entendí.
—Vecina… le falta mucho barrio.
—Viera que sí… Yo era niña rica y no me juntaba con la chusma.
—Usted no… Sus padres eran los del billete.
—Tiene razón… Yo vivía en una burbuja.
—Bueno… vendiendo limones duré poco. Un buen día le dije a mi madre que quería vender limones. (Por el barrio pasaban tres o cuatro limoneros). Entonces mi jefa, de un costal de harina, me hizo una especie de bolsón que me colgaba al hombro y compró una reja de limones en el mercado… y me lancé a vender limones pregonando (en otros barrios, por supuesto): ¡Limoneeees! ¡Limones! ¡Para su agua fresca!… Este emprendimiento lo abandoné porque una mañana unos malandrines me quitaron lo de la venta del día, arrojaron mis limones a la vil calle y me dieron unos moquetes: eran tres cabrones más grandes que yo… Ese sueño de ser limonero lo intenté a los 12 años.
—¿Y la secundaria?
—Sábados y domingos los usaba para trabajar en algo, porque mi madre nos inculcó la cultura del trabajo desde chiquillos, así que mis compañeros y compañeras de la secu ni cuenta.
—¿Y no vendía menudo los domingos?
—No se burle, chavala… porque también vendí crema para el cuerpo en boli.
—¿En boli?
—Sí… Un señor tenía una máquina (que para mí era una maravilla; era como los armatostes que tienen en las tortillerías, pero esta era más chiquita), que rellenaba los bolis, los cortaba y sellaba… y las vendíamos casa por casa. Le recuerdo que antes no había tantas cremas en el mercado y este señor las hacía. (Ya se empezaban a vender dos o tres marcas en las farmacias).
—¡Qué interesante!
—También, de los 9 a los 10 años, fui chalancillo de un “maistro” mecánico que tenía su taller a una cuadra de la casa… ahí trabajaba cuatro horas por las tardes, de lunes a viernes, lavando fierros, yendo y viniendo a una refaccionaria, recogiendo y limpiando las herramientas.
—¿Pero sí le pagaban en todas estas chambitas?
—¿Chambitas?… Le recuerdo que era un niño entrando a la adolescencia y esas chambitas para mí eran ¡trabajos!… porque ganaba dinero.
—¿Y por qué tanto amor al trabajo… desde niño?
—Así nos educó mi madre primero y luego mi padre, cuando lo echó la migra… Mis padres se conocieron y son de un rancho llamado Noria de Molinos, Zacatecas, cuando estudiaban segundo de primaria (hasta ahí estudiaban los del rancho… si querían seguirle se tenían que trasladar a Luis Moya, un pueblo que se ubica a 10 kilómetros de La Noria). Se enamoraron y luego los dos se vinieron a esta frontera a trabajar en lo que fuera, porque escucharon que aquí, en Juárez, había mucho trabajo… y aquí se casaron… como no tenían televisión, pues tuvieron 10 hijos, solo que dos murieron en los partos… Estos rancheros traían el gen del trabajo y nos lo contagiaron a mis hermanos y a mí… Todos le pusimos al camello desde chiquitos.
—¡Qué trabajador me salió!

