El herrero que me regaló a Galeano
(y cómo un libro me enseñó que el futbol
es un viaje del placer al deber)
I.
Hace seis años, en San Antonio, Texas, conocí a un viejito colombiano. Trabajaba haciendo herrería. Manos callosas, dedos torcidos y una mirada limpia, tranquila, de alguien que ya no necesitaba demostrar nada.
Un día me llevó a su casa, una vivienda grande, de clase media alta, donde vivía solo desde que murió su esposa. En medio de aquel silencio había instalado una biblioteca porque los libros se habían convertido en sus compañeros.
Ese día me mostró su colección: libros de la Biblioteca de la Universidad, de la editorial Clarín. Ahí estaban Vargas Llosa, Sábato, Borges y, entre todos ellos, uno delgado, de tapas blandas, que me entregó con una sonrisa.
—Este te lo regalo —dijo—. También estos otros.
No entendía por qué me los regalaba. No éramos familia ni siquiera del mismo país, pero él me miró, vio mis manos, mis ganas, y supo que esos libros iban a estar bien conmigo. Sabía que se iba a morir y quería dejarlos en manos que realmente los cuidaran.
Cuando llegué a mi casa y los abrí entendí lo que de verdad me había entregado. No eran libros usados cualquiera. Tenían dedicatorias, palabras escritas a mano por los autores: Galeano, Sábato, Vargas Llosa, Borges. No sé cómo llegaron a sus manos, pero ahí estaban, como pequeños tesoros sobrevivientes de otra vida.
Al poco tiempo, Frank murió.
El libro se llamaba El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano, una recopilación publicada en 2002 que reúne el libro original de 1995 y otros artículos posteriores.
II.
Galeano empieza con una confesión que desarma:
“Todos los uruguayos nacemos gritando gol. Yo quise ser jugador de futbol como todos los niños uruguayos. La pelota y yo nunca pudimos entendernos, fue un caso de amor no correspondido.”
No escribe desde arriba. Escribe desde el barro. Como él mismo se define: “un mendigo del buen futbol”.
III.
El corazón del libro está en el primer capítulo:
“La historia del futbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí.”
Eso lo escribió en 1995. Y sigue vigente:
“El juego se ha convertido en espectáculo. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un futbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohíbe la osadía.”
Pero Galeano no era un amargado. No tiraba la toalla:
“Por suerte todavía aparece en las canchas algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.”
Ese “descarado carasucia” puede ser Maradona gambeteando a medio equipo inglés. Puede ser Ronaldinho sonriendo. Puede ser Messi, ese niño de Rosario que nunca dejó de jugar como en el pasillo de su casa.
IV.
Galeano también cuenta historias de guerra y futbol. Una se me quedó grabada:
“En el verano de 1916, un capitán inglés se lanzó al asalto pateando una pelota. Su regimiento, que vacilaba, lo siguió. El capitán murió de un cañonazo, pero Inglaterra conquistó aquella tierra de nadie.”
Y otra todavía más terrible:
“Un monumento recuerda, en Ucrania, a los jugadores del Dínamo de Kiev de 1942. En plena ocupación alemana, derrotaron a una selección de Hitler. Les habían advertido: ‘Si ganan, mueren’. No pudieron aguantarse las ganas de ser dignos. Los once fueron fusilados con las camisetas puestas.”
Eso es el futbol. No solo un juego. También una forma de dignidad.
V.
Galeano escribe sobre el estadio vacío:
“¿Ha entrado alguna vez a un estadio vacío? Párese en medio de la cancha y escuche. No hay nada menos vacío que un estadio vacío. En Wembley suena todavía el griterío del Mundial del 66.”
Y sobre el hincha:
“Rara vez el hincha dice: ‘Hoy juega mi club’. Más bien dice: ‘Hoy jugamos nosotros’.”
“Cuando el partido concluye, el hincha celebra o llora. Entonces el sol se va y el hincha se va. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros.”
Esa soledad de volver a ser uno después de haber sido multitud la entiende cualquiera que haya ido a la cancha.
VI.
Galeano también denuncia el negocio del futbol:
“Al sur del mundo, éste es el itinerario del jugador con buenas piernas: de su pueblo pasa a una ciudad del interior; de allí a un club chico de la capital; el club chico lo vende a uno grande; el grande, asfixiado por las deudas, lo vende a otro más grande de un país más grande; y finalmente el jugador corona su carrera en Europa.”
“El futbol sudamericano es una industria de exportación. Produce para otros. El Sur no sólo vende brazos, sino también piernas, piernas de oro, a los grandes centros extranjeros.”
VII.
Cuando leo a Galeano me acuerdo del herrero colombiano. Porque él también era un artesano. Trabajaba el hierro con las manos, como Galeano trabajaba las palabras. Los dos entendían que la belleza no se compra. Se hace. Con paciencia y oficio.
El herrero me regaló esos libros porque sabía que mis manos iban a cuidarlos bien. No sé qué vio en mí. Quizá las manos callosas de alguien que también trabaja. Quizá la mirada de alguien que entiende que la cultura no es solamente para quienes tienen estudios.
El caso es que esos libros siguen conmigo y este, el de Galeano, lo he leído varias veces: en el camión rumbo a la obra, en la madrugada cuando no puedo dormir y el fútbol de verdad, el de la calle y el del potrero, me parece cada vez más lejano.
El herrero murió hace algunos años. Los libros que me regaló siguen en un estante, bien cuidados. Y cada vez que los abro, lo recuerdo.
También recuerdo a Galeano, que murió en 2015, un año antes de que la FIFA estrenara su Mundial de 32 equipos, de estadios fantasma y corrupción destapada. No alcanzó a ver el Mundial de Qatar, ese que se jugó en invierno, con obreros muertos en las construcciones y la televisión vendiendo felicidad.
Pero Galeano ya lo había visto todo. Ya lo había escrito. Nos dejó el mapa para no perdernos.
Por eso este libro es un regalo que no se devuelve. Como el que me hizo el herrero. Como el que cualquier obrero que entiende la belleza del oficio puede hacer.
El futbol sigue siendo, a pesar de todo, un juego. Y mientras exista un niño gambeteando una naranja en un pasillo angosto, un viejito colombiano regalando libros en San Antonio o un periodista de obra escribiendo de madrugada, la esperanza seguirá ahí.
Porque, como decía Galeano, la pelota no se mancha. La manchan quienes la venden.

