En los últimos años, cada vez más personas encuentran en el running algo más que una actividad física. Para muchos, correr se ha convertido en una forma de regular la ansiedad, despejar la mente o atravesar momentos de bajo ánimo. No se trata solo de “sentirse mejor después de entrenar”, sino de algo más profundo: una reorganización del equilibrio psíquico.
La ciencia contemporánea ha comenzado a confirmar lo que la experiencia subjetiva ya sugería: que el ejercicio físico, especialmente cuando se practica de forma regular y a una intensidad moderada o alta, protege la salud mental y reduce la probabilidad de desarrollar síntomas de ansiedad o depresión leves y moderados; y que, si ya han aparecido, puede disminuirlos de forma natural. Pero lo interesante es que esta evidencia no entra en conflicto con el psicoanálisis; por el contrario, parece dialogar con algunos de sus conceptos fundacionales.
Desde Freud, el psiquismo fue pensado como un sistema que debe tramitar energía. Cuando esta energía se acumula sin salida —por conflictos, inhibiciones o pérdidas— aparece el malestar: ansiedad, angustia, melancolía, apatía. “La angustia surge cuando la excitación no encuentra vías adecuadas de ligadura” (Freud, 1926).
El running puede leerse como una vía directa de descarga y regulación. A diferencia de la palabra, que requiere tiempo, simbolización y elaboración, el cuerpo actúa de inmediato. Tal como lo afirma Laplanche: “Antes de que el conflicto pueda decirse, el cuerpo ya lo está inscribiendo”.
Al correr, el exceso encuentra un cauce. Este se traduce en respiración agitada, ritmo cardíaco elevado, sudor y fatiga. Todo eso no es un efecto colateral: es parte del proceso. Van der Kolk estipula que “el cuerpo no es solo el lugar donde se padece el conflicto, sino también donde puede comenzar a resolverse”.
Por otra parte, las neurociencias aportan datos concretos a este fenómeno. El running favorece la liberación de neurotransmisores vinculados al bienestar emocional —como la serotonina y la dopamina— y estimula la producción de BDNF, una sustancia clave para la plasticidad cerebral. “El ejercicio actúa como uno de los estimulantes más potentes de la neuroplasticidad”, así lo deduce, con base científica, Ratey.
Esto se traduce en una mejor regulación emocional, menor reactividad al estrés y mejoras en funciones cognitivas como la memoria de trabajo. Estudios recientes muestran que quienes practican ejercicio aeróbico intenso —como el running— de manera regular presentan menor incidencia de síntomas ansiosos y depresivos, especialmente en cuadros leves o moderados. “El ejercicio no solo previene la depresión: en muchos casos la trata con eficacia comparable a intervenciones clínicas” (Schuch et al.).
No porque el ejercicio venga a reemplazar a la terapia, sino porque crea condiciones biológicas y psíquicas más estables. “Un sistema nervioso regulado amplía las posibilidades del pensamiento y de la palabra”, como lo deduce Van der Kolk.
Hay algo especialmente interesante del running desde una lectura psicoanalítica: su carácter repetitivo de ritmo, cadencia y respiración. La repetición suele asociarse al síntoma, a lo que retorna sin resolverse. Freud hablaba de una repetición que fija y mortifica, llamada compulsión de repetición (1920).
Pero en el running ocurre algo distinto. La repetición liga en lugar de fijar. “No toda repetición conduce a la fijación; algunas permiten una nueva organización de la energía”, afirma Laplanche. El cuerpo aprende a sostener el esfuerzo, a tolerar la incomodidad, a diferenciar entre dolor y daño. Esa experiencia se traduce, muchas veces, en mayor tolerancia psíquica frente a la frustración y el malestar. Aprender a permanecer en el esfuerzo modifica la relación del sujeto con la angustia.
No es raro que algunas personas lleguen a terapia después de haber encontrado en el running un primer alivio. En esos casos, el ejercicio no compite con el trabajo analítico, sino que lo habilita. Reduce la angustia basal y permite que la palabra circule sin quedar desbordada. La regulación corporal precede, en muchos casos, a la elaboración simbólica.
Desde esta perspectiva, no debería haber tensión entre psicoanálisis y neurociencias. Uno piensa la economía del deseo y del conflicto, mientras el otro describe los mecanismos biológicos que lo sostienen. No se trata de elegir entre cuerpo o palabra, sino de comprender su articulación.
El running no es una cura milagrosa ni una solución universal. No reemplaza la terapia ni resuelve conflictos profundos por sí solo. Pero sí funciona, para muchas personas, como un mecanismo eficaz de autorregulación, un modo de equilibrar la energía psíquica y reducir la vulnerabilidad al malestar emocional. Cuando el exceso encuentra una vía de descarga, el síntoma pierde intensidad, como lo dedujo Freud.
Tal vez por eso correr se ha convertido, para tantos, en una especie de análisis en movimiento: sin diván, sin interpretación explícita, pero con ritmo, respiración y constancia. El cuerpo piensa antes de que el pensamiento encuentre palabras.
Nota del autor
El presente texto no busca oponer disciplinas ni establecer jerarquías entre enfoques terapéuticos. Por el contrario, parte de la convicción de que el malestar psíquico exige miradas múltiples y articuladas. Las referencias al psicoanálisis —en particular a Sigmund Freud y Jean Laplanche— sostienen la idea de una economía de la energía psíquica, donde la angustia y el síntoma emergen cuando el exceso no encuentra vías adecuadas de tramitación. Desde esta perspectiva, el cuerpo no es un mero receptor pasivo del conflicto, sino un actor central en su regulación.
Las contribuciones de la neurociencia contemporánea, especialmente los trabajos de Bessel van der Kolk y John J. Ratey, permiten comprender cómo el movimiento corporal, y en particular el ejercicio aeróbico de intensidad moderada a alta, impacta directamente en la regulación del sistema nervioso, la plasticidad cerebral y la estabilidad emocional. Estudios empíricos recientes (Erickson et al.; Schuch et al.) respaldan la idea de que el ejercicio físico no solo actúa como factor protector frente a la ansiedad y la depresión, sino que puede desempeñar un rol activo en su atenuación en cuadros leves o moderados.
Lejos de generar tensión, el diálogo entre psicoanálisis y neurociencias abre un campo fértil, donde el cuerpo regula, la química acompaña y la palabra elabora. En muchos casos, el movimiento antecede al discurso y crea las condiciones necesarias para que la experiencia psíquica pueda ser pensada y dicha. El running, entendido aquí no como solución universal sino como práctica sostenida, aparece así como una forma contemporánea de autorregulación, un espacio donde el cuerpo comienza a ordenar aquello que, más tarde, podrá encontrar palabras.
Referencias
Freud, S. (1920). Más allá del principio del placer.
Freud, S. (1926). Inhibición, síntoma y angustia.
Laplanche, J. (1985). Vida y muerte en psicoanálisis. Buenos Aires: Amorrortu.
Van der Kolk, B. (2014). The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma. New York: Viking.
Ratey, J. J., & Hagerman, E. (2008). Spark: The Revolutionary New Science of Exercise and the Brain. New York: Little, Brown and Company.
Erickson, K. I., et al. (2011). Exercise training increases size of hippocampus and improves memory. Proceedings of the National Academy of Sciences, 108(7), 3017–3022.
Schuch, F. B., et al. (2016). Exercise as a treatment for depression: A meta-analysis. Journal of Psychiatric Research, 77, 42–51.
Schuch, F. B., et al. (2018). Physical activity and incident depression: A meta-analysis of prospective cohort studies. American Journal of Psychiatry, 175(7), 631–648.

