Mauricio Carrera nació en la Ciudad de México en 1959. Es autor de más de una cuarentena de libros en géneros como cuento, novela, ensayo, testimonio, biografía, poesía y teatro. Ha recibido, entre otras distinciones, el Premio Internacional Bicentenario de Letras Sor Juana Inés de la Cruz, el Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia, el Premio Nacional de Cuento Inés Arredondo, el Premio Nacional José Fuentes Mares, el Premio Bellas Artes de Ensayo “Malcolm Lowry”, el Premio Bellas Artes de Novela “José Rubén Romero”, el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí, el Certamen Nacional de Ensayo Literario Alfonso Reyes y el Premio de Novela Breve Amado Nervo.
Entre la lucidez y el desencanto, el autor concibe la literatura como un acto vital y urgente. Escribe porque está vivo, porque el tiempo pesa y la muerte acecha.
A los cincuenta años de oficio, reflexiona sobre disciplina, mercado, crítica y creación, con una voz que rehúye concesiones y desconfía de las modas literarias.
A continuación, te presentamos la entrevista completa.
-¿Cómo organizas esa múltiple vida que llevas: escritor, periodista, guionista, profesor?
Estoy vivo y eso cuenta. Lo demás es disciplina, voluntad creadora, afán por dejar huella de mi paso por el mundo. Llevo en mí la presencia atosigadora de la muerte, que todo lo termina. Soy un descreído. No hay cielos redentores ni fantasiosas reencarnaciones, sólo el aquí y el ahora. Por eso escribo, hago el amor, trato de publicar, de pasármela bien, de hacer cosas, de viajar, de ganarme la vida. Eso, ganarme la vida. ¡Vaya expresión! Tener un peso en la bolsa para comer, para echarme mis vodkas, para no sucumbir ante la gravedad de las deudas, para comprar medicinas, para procrastinar, para amar, para escribir.
Desde hace más de quince años decidí dejar la seguridad de un trabajo pobremente remunerado en una oficina para dedicarme a hacer literatura. Mi literatura. De algo ha servido. En este 2026 cumplo cincuenta años de escritor. Inicié a los dieciséis años y aquí sigo. Son más de cuarenta libros publicados y muchos premios. Para lograrlo uno se convierte en circo de varias pistas, pues además de escribir, uno debe actuar de jurado, de periodista, de profesor, de negro literario o escritor fantasma. No ha sido fácil, pero soy escritor y escribo.
-¿Cómo ves a México desde la literatura en 2026? ¿Qué está pasando con la narrativa del país?
La literatura en general se distingue por tener escritores buenos, mediocres y malos. También hay los resentidos, que son como la hiedra. A ratos los malos son los que se llevan el aplauso rápido y fácil o la entrada a las grandes editoriales. A ratos es lo que sucede en México. Se publica por mero negocio a influencers que no saben escribir. Se siguen modas, se insiste en una literatura light, se opta por lo woke o lo políticamente correcto, por libros de género. Está bien. Las grandes editoriales no son hermanitas de la caridad. Publican libros en su mayoría para el ahora, para lo inmediato, no para la posteridad. Claro, hay sus excepciones, muy pocas. Si a eso le aunamos la política librera-editorial de libros que solo están mes y medio en mesa de novedades o anaqueles, y si no se venden, son destruidos, el panorama es desolador. El problema es —uno siempre vuelve a Zaid— los demasiados libros. Todo mundo publica o autopublica. Esa es otra moda actual, la autopublicación. Hay quien hasta pone una editorial marginal para autopublicarse. Hay quien no le importa poner no pocas cantidades de su dinero para autopublicarse. Las editoriales independientes se han multiplicado. Ahí encontramos desde escritores consagrados, a noveles, medianos y malos. Se aplaude el esfuerzo de estas editoriales, que en ocasiones no es señal de calidad. Así, la literatura mexicana subsiste a pesar de la austeridad y de que no seamos una nación lectora. Hay excelentes escritores y escritoras, que son los de siempre, muy pocos, o emergentes, muy pocos. El chiste es saber distinguirlos y distinguirlas de entre muchos y muchas que han sido inflados o infladas por sus relaciones públicas, los trending topics o la mercadotecnia editorial.
-¿Se puede enseñar a escribir?
Sí y no. Escribir es algo que se trae, que no se enseña. Sin embargo, se pueden enseñar trucos, atajos, compartir experiencias y disciplinas para escribir mejor. Frases como la de Huidobro: “Un adjetivo, cuando no da vida, mata”, sustituye a todo un semestre de creación de personajes. La mejor escuela es la literatura, leer y escribir. Los escritores de antes no necesitaban clases o cursos, pregúntenselo a Tolstoi, Lawrence Durrell o Norman Mailer. Ahora abundan los talleres de escritura, las escuelas de escritura creativa. Me parece bien, sólo destacaría dos grandes errores. Uno, que muchos talleres literarios funcionan con la palmadita en la espalda (“vas bien, vas bien”), en lugar de fomentar críticamente mejores escritores.
Y, en cuanto a las escuelas literarias, un hecho que observo con frecuencia: quienes asisten quieren todo deglutido y en la boca, aspiran a tener recetas o fórmulas para escribir, como si se tratara más de autoayuda que de la verdadera lucha de nuestros demonios contra la página en blanco. Son mejores en sus escaletas que en sus cuentos o novelas, porque la verdadera literatura no está en los esquemas aprendidos de memoria, sino en el misterio del proceso creativo. Juan José Arreola afirmaba que no se puede enseñar literatura, pero sí a amar la literatura. Más que un acto motivacional de refuerzo positivo o de manidas recetas, se debe enseñar que sin pasión y disciplina no hay literatura que valga la pena. Que escribir es sufrimiento y gozo, que el ego es vapuleado y fortalecido, que uno, si es escritor o escritora, escribe a pesar de todo, incluso a pesar de nuestras propias limitaciones. Y que el chiste es aprender de nuestros errores, no de los elogios o las palmadas en la espalda.
-¿Cómo es tu relación con las editoriales? ¿Tienes independencia real o terminas escribiendo lo que el mercado pide?
Uno publica donde puede. Me gustaría publicar en Gallimard, Anagrama, Acantilado o en Alemania y Estados Unidos. Publico donde me abren las puertas, esa es mi relación con las editoriales. No es queja, así es el mundo editorial, y ya. Estoy agradecido con editoriales como Ficticia, Lectorum, Cabos sueltos, Medusa, Molinos al viento, Lapicero rojo, Ediciones La Rana, Los otros libros, que han confiado en mí y estoy en sus catálogos. Ahí están los libros, y si algo pasa o no, eso ya me excede. Uno, además de escribir, debe ser vocero y promotor de nuestra propia obra. ¡Qué ironía! ¡Qué cansado!
He publicado en Planeta y Random House, y tampoco pasa nada. Los libros se publican y tienen su vida propia. Se han vendido tres mil o dieciséis mil ejemplares de algunas de mis obras, pero no pasa nada. El reto es el siguiente libro, qué hacer, dónde publicarlo. Nunca he perdido mi independencia temática. He aspirado al best-seller, sí, y tengo libros que han buscado lo mediático, las grandes ventas, el éxito popular, y no pasa nada. Son libros que no tienen la concesión de lo ligero, de lo obviamente comercial, y a los que les he puesto alma, corazón, vida y literatura en su escritura.
Uno no vende el alma por publicar. Uno no da las nalgas por publicar; por lo menos, no es ni ha sido mi caso. He tenido la fortuna de que mi más reciente novela, La derrota de los días, haya aparecido en el Fondo de Cultura Económica. Por supuesto, no falta quien sospeche entreguismo, capitulación ante el nuevo régimen, genuflexiones ideológicas. Vaya tontería. El escritor debe ser libre de escribir lo que se le antoje, sin importar el mercado. Si se abre una puerta editorial, hay que aprovecharla sin caer en condicionamientos o bajezas.
Son tiempos difíciles para nosotros los escritores, pues hay presiones por todos lados para escribir de manera políticamente correcta, que es otra forma del puritanismo y el golpe de pecho, o para sumarse a los temas de moda, que es una manera fácil de tocar a las puertas de las grandes editoriales. Hay quien ha sucumbido de inmediato. Yo no.
-¿Crees que existe una verdadera crítica literaria en México?
Como siempre, hay más reseñistas que verdaderos críticos. Reseñistas de apoyo a los libros de amistades, marcados por lo parcial y las relaciones públicas. Hay poca reflexión y más vítores, menos crítica y más aplausos. No es nuevo. El propio Octavio Paz buscaba reseñistas que elogiaran su obra, y eso que era grande. El ego, ante todo. En México existen unos seis críticos verdaderos, que, a ratos, por sprit de corps, se dejan arrastrar por el elogio para no patear el pesebre. Sólo, entre los críticos, hay uno que es superior a todos. Los demás son los demás, entre muchos otros que reseñan como publirrelacionistas. De la Academia, mejor ni hablamos.
La mayoría de los académicos que abordan lo literario siguen el canon, la teoría literaria de moda, los mismos autores y autoras inmersos en la mercadotecnia editorial. La enésima tesis sobre Vargas Llosa, lo sobrenatural hecho crítica feminista en las novelistas de la generación zeta, la sombra del patriarcado abusivo en la obra de tal o cual. ¡Qué aburrido! Muchas veces, cuando pienso en el accionar de los críticos, recuerdo la cachetada que Clea le pone a Darley, en El cuarteto de Alejandría, por abandonar la poesía y volverse ensayista. El crítico necesita de nosotros los escritores para ser. Nosotros necesitamos de ellos para apaciguar, aunque sea un poco, nuestra vanidad.
-¿Cuál es tu rutina de escritura?
Perder mucho el tiempo, rascarme la panza, ver infatigable la televisión, caminar hasta cansarme, dedicarle mis malabarismos amorosos a la amada, ganarme la vida con muchas chambitas mal pagadas, beberme un vodka o dos en mi cantina favorita, leer algún libro pendiente, dedicarme a pensar que la vida es absurda, que cómo le voy a hacer para pagar la renta, que envejezco, aunque mi propio espejo me mienta, y una vez hecho eso, escribir, escribir y escribir. Pierdo mucho el tiempo, pero cuando me siento a escribir, lo hago en serio. Puedo escribir donde sea y a cualquier hora.
Eso explica ser un procrastinador profesional y tener en mi propia bibliografía más de cuarenta libros publicados.
-Si tuvieras que recomendar solo tres de tus libros, ¿cuáles serían?
Es como negarse a hablar de los hijos feos o tontos. O no ponderar al hijo pródigo para alentar a los menos afortunados. ¿Tres de mis libros? Me centraré en dos de los más recientes, por ser los más cercanos en mi quehacer escritural, así como en uno no tan viejo, aparecido hace pocos ayeres. Empezaré por este último. El tigre de la luna, novela de aventuras que mezcla el mundo vikingo con el mundo maya. Es mi novela a lo Conan Doyle y el Profesor Challenger en el mundo perdido. Mi vanidad afirma que podría servir para una buena película o una buena serie, puros sueños de opio ante la pobre realidad mexicana.
¿Otro libro? Soy más narrador que otra cosa, pero he salido del closet como poeta. Tengo cuatro libros de poesía. El que recomendaría: Plagio. Poemas que reflejan lo que sé de la vida, armados con lo que entiendo de la literatura. Para mis colegas poetas soy inexistente. No importa: hay más poesía en mí e insistiré en garabatear poemas.
¿La tercera recomendación? La derrota de los días, novela de aventuras, novela dentro de una novela, novela de amor, novela de iniciación, novela homenaje a los escritores que admiro. Quien la ha leído afirma que es una gran novela —sí, una gran novela— y mi ego ronronea de felicidad. Es mi obra maestra. Es mi Doctor Zhivago y La montaña mágica. Si existe la posteridad (que ya no me importará por estar muerto), esta obra me la dará. Es mi Bildungsroman. Esta novela prueba que hay que dejar de hacer novelitas para el aplauso inmediato, a fin de aspirar a otras alturas. Si lo logré o no, ya lo dirá el tiempo, el mejor de los críticos literarios.
Me gusta que haya aparecido en el Fondo de Cultura Económica, ya que le garantiza distribución y visibilidad. Me gusta también que haya aparecido justo en el momento que cumplo cincuenta años de escritor.
-¿Qué desearías ahora que cumples cincuenta años de escritor?
Cerrar el Balalaika, el San Luis, el California Dancing Club, que son centros nocturnos, y hacer un gran fiestón con bailongo y bebidas al por mayor. Antes tendré que sacarme la lotería. Homenajes (a los que aspira mi ego y rechaza mi lado mamón), no sé si haya. Soy inexistente en las esferas de las élites oficialistas y culturales. Además, ahora le hacen homenajes a quien sea, lo merezca o no, por obras mayores o de índole mediocre. ¿Un deseo? Ingresar a la Academia Mexicana de la Lengua. ¿Otro? Que le vaya muy bien a La derrota de los días. Ah, y que esta novela se traduzca al inglés, al francés, al klingon o al swahili.
-Políticamente, ¿cómo ves el caos mundial actual?, ¿tienen los escritores obligación de escribir sobre esos temas para intentar cambiar el mundo?
Los escritores, la única obligación que tenemos, es la de escribir lo mejor posible. Lo demás no es literatura sino panfletos, propaganda. La literatura comprometida con la política es efímera y vacua. Es vender la pluma a una causa que al rato se convierte en dictadura, fascismo, totalitarismo, populismo, plutocracia. No hay que cambiar al mundo desde la literatura sino reflejarlo con sus luces y miserias.
El realismo socialista crea víctimas, igual que delatores el macartismo. El mundo apesta, pero ha apestado desde siempre. Por eso Shakespeare o Cervantes, por eso Sor Juana. Del ogro filantrópico hay que sacar provecho para mantenernos en la literatura, no para respaldar sus fallas o sus crímenes. La independencia intelectual, antes que nada. Se puede estar, como ciudadano, a favor o en contra de tal o cual causa, pero la literatura debe mantenerse ajena a lo políticamente correcto o a las ideologías imperantes. La literatura no toma partido, no muestra lo bueno o lo malo, sino la vida como es.
-Según tu experiencia, ¿existen las mafias literarias?
Sí, pero se declaran inexistentes. Son grupos con poder de decisión sobre publicaciones, empleos, premios. El cuatachismo tipo héroe griego: Melés o Teleo, las relaciones públicas para avanzar en la carrera literaria. El aplauso mutuo para reforzar egos y mafias. Son los cárteles de la cultura. Existen a nivel universitario, local, regional, a través de revistas y suplementos, si son del norte o del sur, si están más cerca o no de las entidades gubernamentales, si practican la excluyente sororidad, si son funcionarios públicos que publirrelacionan su escasa obra, si son poetas, si nacieron en, y de grupos de escritores jóvenes-ya-no-tan-jóvenes dispuestos a ocupar a como dé lugar su sitio (merecido o no) en las letras mexicanas.
-¿Cuáles son tus proyectos a futuro?
No cometer el mayor de los pecados, como diría Borges: no ser feliz. Y no esperar que la literatura me enriquezca, sólo que no me empobrezca, al decir de Balzac. Y seguir con la pasión literaria. Hay unos cinco libros inéditos en el cajón que deseo ganen algún concurso o sean dignamente publicados. Me seguiré negando a la autopublicación, a lo políticamente correcto, a lo woke y a usar demasiados gerundios. Compraré billetes de lotería con la esperanza de que esos proyectos a futuro los concrete en la Toscana o Bora Bora. Completar la tercera parte de la trilogía que inició con Las horas furtivas. Publicar este año la segunda parte, que ya he terminado, de esta trilogía. Las horas furtivas, por cierto, es otro de mis libros que recomendaría. El tema: la pareja en crisis, la infidelidad. ¿Otro proyecto? Difundir un libro de cuentos próximo a publicarse, publicado por la UANL: El origen del mundo. Seguir celebrando mis cincuenta años de escritor con libros, copas, amor, salud, viajes y amistades. Encontrar un mecenas cuyo dinero me garantice seguir escribiendo sin las tiranías cotidianas.
Entre lo más reciente de su obra sobresale: Pequeño Pushkin y otros relatos. Antología personal (2016), Infidelidad (2017) y El neopolicial mexicano (2017), La vida endeble (2019), Indiferente cosmos (2019), Palabrerío (2019), Las horas furtivas (2020) y Memorial de las aves (2020), El sol de los muertos, en coautoría con Fernando Rivera (2020), El animal más hermoso del mundo (2021), Aurora boreal (2021), Tolvanera (2021), Un reino igual a ti (2023), Los invictos y otras derrotas (2023), Aurora boreal y otras historias (2024), Caterinajirafa (2024), Apagada estrella (2024), Plagio (2025) y La derrota de los días (2025).

